EL AGUILA GUERRERA
SEGUNDA
PARTE
1.
CARTAS COMPROMETEDORAS
El desastre de Cancha Rayada
pareció derrumbar las esperanzas de libertar
a Chile del yugo hispánico. Además corrieron rumores sobre la muerte de
San Martín y de O’Higgins.
Muchos
chilenos de significación, aterrados por su propia suerte, escribieron al
general realista Osorio declarándose ardientes partidarios de la metrópolis y
firmes sostenedores de la causa del rey. No ahorraban tampoco denuncias de
patriotas.
Estas cartas estaban en la valija
que encerraba la correspondencia secreta del jefe español, y que éste abandonó
al huir derrotado y perseguido, del campo de Maipú.
A
la sombra de unos álamos, según
relató su edecán O’Brien, leyó el Libertador una a una las cartas que tanto
y a tantos hombres notables comprometían. Luego, serenamente, sin revelar a
nadie su contenido, las hizo pedazos y las arrojó al fuego (8, 39).
2. LA PELIGROSA AGUA
BENDITA
La asamblea del Año XIII declara que “habiendo conocido con dolor y
perjuicio de la población que multitud de infantes perecen luego de nacidos del
mal vulgarmente llamado de “los siete días”, un espasmo que entre otras
cosas se origina por el agua fría con que son bautizados, y habiendo
oído al efecto a los profesores ilustrados en la materia; resuelve que
no se bautice en pueblo alguno de los comprendidos en el territorio de las
Provincias Unidas sino con agua templada en cualquiera de las estaciones del año;
y a efecto de ocurrir por todos los medios posibles a reparar los males
consiguientes con que son tratados los infantes al nacer, y l7uego de nacidos
por las primeras manos a que deben su socorro, se reencarga muy particularmente
al Supremo Poder Ejecutivo la vigilancia del cumplimiento de la ley” (4 de
agosto de 1814) (23).
3.
INSTRUCCIONES DEL LIBERTADOR.
San
Martín instruyó a su ejército antes de librarse la batalla de Maipú:
“1º-
Cada soldado, para batirse, llevará cien tiros y seis piedras; la mitad consigo
y la otra mitad detrás de su respectivo cuerpo.
“2º-
Antes de entrar en batalla, se les dará una ración de vino o aguardiente,
prefiriendo lo primero. Los jefes perorarán con denuedo a la tropa antes de
entrar en batalla, imponiendo pena de la vida al que se separase de su fila, sea
al avanzar, sea al retirarse.
“3º-
Se dirá a los soldados, de un modo claro y terminante por sus jefes, que si un
cuerpo se retira es porque el general en jefe lo ha mandado así por astucia.
“4º-
Si algún cuerpo de infantería o caballería fuere cargado con arma blanca, no
será esperado a pie firme, sino que le saldrá cincuenta pasos al encuentro con
bayoneta calada o con sable.
“5º-
Los heridos que no puedan andar con sus pies no serán salvados mientras dure la
batalla, porque necesitando cuatro para cada uno, se debilitaría la línea en
un momento.
“6º-
Recomiendo a los jefes de caballería llevar a retaguardia un pelotón de 25 a
30 hombres para sablear a los soldados que vuelvan cara, así como para
conseguir al enemigo mientras se reúne el resto del escuadrón. Siendo el carácter
de nuestros soldados más propio para la ofensa que para la defensa, los jefes
no olvidarán que en caso de apurado deberán tomar la primera” (43, 49).
4. UN SOBERANO PARA EL
PLATA (III)
El mismo Congreso que el 9 de julio de 1816 había
declarado nuestra Independencia del imperio hispánico, poco más de dos años
después, el 12 de noviembre de 88, votaba secretamente las cláusulas del
acuerdo con Francia por el cual nuestro país pasaría a depender del pequeño
ducado de Parma.
“Que S.M. cristianísima*
tome a su cargo allanar el consentimiento de las altas cinco potencias de la
Europa, y aún de la misma España”. Fue aprobado con la adición de que “se
exigiera especialmente el de Inglaterra”.
“Que conseguido este allanamiento sea también del
cargo del Rey Cristianísimo facilitar el enlace del duque de Lucca con una
princesa del Brasil, debiendo este enlace tener por resultado la renuncia por
parte de S.M. Fidelísima **
de todas sus pretensiones a los territorios que poseía la España conforme a la
última demarcación, y a las indemnizaciones que pudiera tal vez solicitar en
razón de los gastos invertidos en su actual empresa contra los habitantes de la
Banda Oriental.”
“Que la Francia se obligue a prestar al duque de
Lucca una asistencia entera de cuanto necesite para afianzar la monarquía en
estas Provincias y hacerla respetable, debiendo comprenderse en ella cuando
menos todo el territorio de la antigua demarcación del Virreinato del Río de
la Plata, y quedar por lo mismo dentro de sus límites las provincias de
Montevideo con toda la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay”.
“Que estas Provincias reconocerán por su monarca
al duque de Lucca bajo la constitución política que tienen jurada, a
excepción de aquellos artículos que no sean adaptables a una forma de
gobierno monárquico hereditaria, los cuales se reformarán del modo
constitucional que ella provee”.
“Que estando convenidas las principales potencias
de la Europa en la coronación del duque de Lucca, deberá realizarse el
proyecto aun cuando la España insista en un empeño de reconquistar estas
provincias”.
“Que en dicho caso hará la Francia que se anticipe
la venida del duque de Lucca con toda la fuerza que demanda la empresa, o pondrá
a este gobierno en estado de hacer frente a los esfuerzos de la España auxiliándolo
con las tropas, armas, buques de guerra, y un préstamo de tres a cuatro
millones de pesos pagaderos luego que se haya concluido la guerra y
tranquilizado el país”. Se modificó “tres o cuatro” por “tres o más”.
“Que de ningún modo tendrá efecto este proyecto
siempre que se tema con fundamento que mirando la Inglaterra con inquietud la
elevación del duque de Lucca pueda empeñarse en resistirle y frustrarlo por la
fuerza”.
“Que a este fin se procurará a nuestro Enviado el
tiempo que considere necesario, para que pueda volver de aquí despachado este
asunto de tan alta importancia, conduciéndolo con toda la circunspección,
reserva y precaución que impone su naturaleza delicada, así por que no aborte
el proyecto como para impedir las funestas consecuencias que ocasionarán, si
llega a transpirarse prematuramente, las glosas malignas que sabrán darle los
enemigos de la felicidad de nuestra Patria”.
La mayoría de las cláusulas fueron aprobadas por
unanimidad (67).
5. LA VERDAD DE CHACABUCO
San Martín tarda diez días en
redactar el parte de batalla. Tiempo sin duda excesivo.
En el mismo señala: “El bravo
brigadier O’Higgins reúne los batallones 7 y 8, al mando de sus comandantes
Cramer y Conde, forma columnas cerradas de ataque y carga a la bayoneta sobre la
izquierda enemiga (...) El general Soler cayó al mismo tiempo sobre la altura
que apoyaba su posición”.
Años más tarde, harto ya de la
sistemática campaña que se había llevado a cabo en Chile para disminuir la
importancia de su papel en la independencia de ese país, y ante la publicación
en 1844 de una denigrante Memoria del Exmo. Señor Don Bernardo O’Higgins, el
Libertador hace reveladoras acotaciones al margen de su puño y letra (este
ejemplar se encuentra en al Archivo Mitre y ha sido estudiado por el coronel L.R.
Orstein).
En la página 29 su autor, un
tal Casimiro Albano, imagina que San Martín debió destinar a O’Higgins al
mando de la vanguardia por “opinión uniforme de los bravos”.
San Martín se despacha: “El
General O’Higgins era bravo hasta el extremo, pero sus conocimientos militares
eran nulos. Desde la cima de la Cuesta de Chacabuco lo destiné a perseguir al
enemigo con el Batallón 8 con la orden expresa de no comprometer ninguna acción
con el enemigo hasta que la caballería que yo llevaba pasase el desfiladero de
más de una legua. Al poco tiempo yo oí que el fuego había comenzado; a la
media hora llegué con dos escuadrones de granaderos, y vi con sorpresa que O’Higgins
marchaba en columna sobre los españoles y que éstos lo habían rechazado,
dispersándole el Batallón 8. Todo mi plan estaba trastornado por la
precipitación de este ataque que no daba tiempo a la división Soler de llegar
a tiempo de atacar por la espalda. En tan criticas circunstancias no me quedó
otro partido que el de atacar con la caballería la izquierda de la línea
enemiga, la que fue destrozada coincidiendo a este resultado el comandante
Necochea, que al mismo tiempo atacó la retaguardia”.
Ahora se comprende por qué San
Martín tuvo que tomarse diez días para adjudicar generosamente a O’Higgins
un mérito que no le correspondía (2, 74).
6.
DOS VALIENTES
El coronel francés don Carlos
Luis Federico de Brandsen había combatido durante años en las contiendas
europeas, mereciendo por sus méritos militares ser condecorado varias veces por
Napoleón.
Después de la caída del
vencedor de Arcole, emigró como muchos otros oficiales y ofreció su espada
mercenaria a la causa de los pueblos sudamericanos. Al igual que Brown, Bouchard,
Miller, terminó enamorándose y haciendo propio el anhelo libertario de nuestra
patria.
El 19 de setiembre de 1817 se
incorporó como capitán al Regimiento de Granaderos a Caballo.
Tal era la fama que se había
ganado en Europa y que rápidamente confirmó en nuestras tierras que el general
Monet, prestigioso jefe español, en diálogo con Tomás Guido, quien se
encontraba en Lima en misión diplomática ante el virrey del Perú, le preguntó:
- Dígame usted, señor general, ¿tienen ustedes muchos oficiales como Brandsen?
Guido, en un rapto de sinceridad, respondió:
- No, general, nadie lo supera en valor, y en cuanto a conocimiento y pericia en el arte de la guerra, no es fácil igualarle.
- Me alegro –comentó sonriendo Monet-, porque si así n fuera se nos enredaría mucho más la madeja.
Brandsen murió en la batalla de Ituzaingó, heroicamente
al frente de su caballería, en una carga suicida ordenada por el jefe de las
tropas argentinas, Carlos de Alvear, quien le mandó tomar por asalto un bastión
brasileño a todas luces inexpugnable. En esa misma acción murió Simón
Lavalle, hermano de Juan.
*
El coronel Alvarado, durante la campaña del Perú, el 24 de noviembre de 1820, despachó una partida de 18 Granaderos a Caballo al frente del teniente Juan Pascual Pringles, con una comunicación ara el jefe del Batallón Numancia, comandante Tomás Heres.
La partida marchó durante toda la noche y al amanecer del 27 ocupó su puesto, en un terreno quebrado, en la caleta de Pescadores, sobre el mar. Allí fue sorprendido por la vanguardia enemiga al mando del coronel Valdez, muy superior en número y armamento.
El teniente Pringles, en lugar de reiterarse, arremetió temerariamente. Su ataque fue lógicamente rechazado por una fuerza cuatro veces mayor en efectivos y con piezas de artillería de las que él carecía.
Para colmo de males al retroceder se encontró con otra compañía de Dragones que le cerraba la retirada.
No se arredraron los granaderos y volvieron a cargar sobre este nuevo enemigo, siendo deshechos y sufriendo tres muertos y once heridos. Entre éstos, el mismo Pringles.
Pero al bravo puntano, a pesar de lo dramático de situación, no le pasó por la mente rendirse. Tomó una resolución temeraria: ahogarse antes que caer prisionero. Sus hombres se lanzaron al agua tras él.
Valdez, el jefe enemigo, acudió rápidamente al lugar e impresionado por el acto de coraje, ordenó el cese del fuego y ofreció garantía de vida a quienes ya casi desaparecían bajo el oleaje (8, 26, 44).
7. “¡RECOGE LA
SOTA!”
Los marineros mercenarios reclutados para la incipiente flota patriota carecían del fuego sagrado que da el saberse luchando por una causa noble que les competía. Eran además indisciplinados y codiciosos.
El almirante Brown decidió resolver el problema alistando a criollos y también indios, aunque carecieran de toda experiencia en el tema.
Como su instrucción era deficiente y les resultaba imposible memorizar el nombre de las velas, de las cuerdas y de las maniobras, el comandante irlandés ideó una treta ingeniosa:
Conocedor de que sus inexpertos reclutas eran maestros en el juego de naipes, reemplazó los términos náuticos por las cartas de la baraja. Entonces podía escucharse: “¡larga el as!”, “¡ata el caballo!”, “¡recoge la sota!”, en vez de nombrar a la mayor, el bauprés o los rizos (2).
8.
EL ACTA DE RANCAGUA
En Tucumán el Ejército del Norte se había sublevado
tomando prisionero a su amigo, el general Manuel Belgrano; en San Juan el Batallón
1° de Cazadores, unidad del Ejército de los Andes, se había declarado en
rebeldía; para colmo de males el gobierno de Buenos Aires, principal apoyo del
jefe del Ejército de los Andes, había visto derrotadas sus tropas, al mando
del inepto Rondeau, en la batalla de Cepeda por la coalición militar de las
provincias sublevadas de Santa Fe y Entre Ríos.
La anarquía se había instalado en las provincias del
Río de la Plata: cada una de ellas erigidas en republiquetas
independientes que velaban por sus propios intereses y provechos, desentendidas
de toda causa nacional.
San Martín, desolado, comprendió que ningún apoyo podría
recibir de su patria, donde, por el
contrario, era tildado de “aventurero”, “ladrón”, “loco” y otras
lindezas por el estilo. Se lo acusaba de que se ocupaba más de los destinos de
países extraños que de los avatares del propio. Como si la caída de Chile y
especialmente del Perú no fueran condiciones indispensables para nuestra
independencia .
Se encontraba entonces en suelo extraño a la cabeza de un
ejército representante de una nación cuyas autoridades, que lo designaron a él
jefe, habían caducado, por lo que la legitimidad de su mando quedaba
indudablemente cuestionada.
Pero don José estaba decidido a que tanto infortunio no
fuera suficiente para desviarlo de su férreo objetivo: acabar con la
resistencia española en Lima, para así asegurar la independencia de los países
del sur de América, meta que sus compatriotas parecían haber olvidado.
La tantas veces demostrada dignidad de don José, pero
también su fina intuición política, lo convencieron de que ninguna empresa le
sería posible si su mando no le era reafirmado por sus subalternos. En caso de
que así no fuese estaba persuadido
de dejar paso a otro que lo sucediera en la seguridad de que lo primordial era
garantizar la victoria militar sobre España.
“El Congreso y el Director Supremo de las Provincias
Unidas no existen, de estas autoridades emanaba la mía de General en Jefe del
Ejército de los Andes, y de consiguiente creo de mi deber y obligación el
manifestarlo al cuerpo de oficiales del Ejército de los Andes, para que ellos
por sí y por su espontánea voluntad nombren un General en Jefe que deba
mandarlos y dirigirlos, y salvar por este medio los riesgos que amenazan a la
libertad de América.” Así se iniciaba el texto secreto, en sobre lacrado,
que envió a su fuel subalterno, el general Las Heras, el 26 de marzo de 1820,
para que éste lo diera a conocer a todos los oficiales del Ejército de los
Andes acantonado en Rancagua.
Lo que San Martín también buscaba era que sus hombres
legitimaran sus reiteradas desobediencias al poder central. Pocas semanas antes
de su derrota en Cepeda, Rondeau lo había conminado a regresar
a Buenos Aires para oponerse a las fuerzas federales; también fue
llamado para conducir la resistencia contra una probable flota que zarparía de
España para reconquistar sus colonias; no faltaron tampoco los emisarios que lo
reclamaron para sofocar la revuelta popular que provocaría el delirante
proyecto de Pueyrredón y Valentín Gómez de coronar en el Río de la Plata a
un príncipe con el poyo de Francia.
Mientras Buenos Aires lo convocaba por motivos que lo
repugnaban y lo confundían, O’Higgins le hablaba con el lenguaje que
entusiasmaba a San Martín:
“Fortuna propicia nos está convidando a dar la última mano a la libertad de
América; y le proporciona a un ocasión y un motivo justo para asistir la orden
de su gobierno”.
La respuesta de sus oficiales fue unánime: “Respetadísimo
Jefe. Queda asentado como base y principio que la autoridad que recibe el
General de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la
felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, porque su origen, que es
la salud del pueblo, es inmudable”. Este documento se mantuvo en secreto
durante más de medio siglo y pasó a la posteridad como “El Acta de
Rancagua”.
En carta confidencial, revelada en sus memorias, Las Heras
reprochaba a su Jefe: “La verdad, mi general, que yo nunca hubiera creído que
V. me pusiese en tanto y tamaño aprieto. En fin, ya está hecho, y por
resultado se acabará de convencer qué clase de hombres son sus amigos”.
Bartolomé Mitre hace un comentario muy interesante
respecto del “Acta”: se trató de un acto revolucionario que sancionaba por
el voto de un congreso militar una desobediencia declarada, ligando un ejército
con la persona y con los designios de su general, levantados sobre el escudo de
sus soldados como un imperator romano. El ejército se hacía solidario de su
desobediencia y de su gloria, por una adhesión entusiasta y llena de confianza
hacia él, y el general a su vez reconoció en principio que su autoridad
emanaba del voto de sus saldados.
El Libertador, el resto de sus días, pagaría muy caro ésta
y otras desobediencias. Que eran encubiertas desobediencias a la logia a la que
había jurado acatamiento eterno. Fue el castigo, según muchos, lo que lo habría
llevado a abdicar ante Bolívar, a ver su vida amenazada y a huir de su Patria.
(6, 24, 30, 49).
9. UN SOBERANO PARA EL
PLATA (IV)
-Déjese de embromar, brigadier, con el asunto ése
del príncipe y todas esas macanas...
El Director Supremo, herido, se plantó frente
a ese coronel que tanta fama de valiente tenía, todavía rengo por una
metralla de Suipacha.
-Nuestra situación es muy débil; coronel Dorrego.
Solos no podremos resistir –intentó explicar Pueyrredón.
Dorrego lo miró fijo a los ojos, con esa intensidad
que San Martín había reflejado en una de sus cartas a su amigo Miller:
-¿Resistir a quién? Nuestros enemigos son los
portugueses, no los orientales.
El director estaba ya francamente molesto.
-Artigas es un traidor, un ambicioso.
Dorrego:
-Artigas es un americano como nosotros, sólo nos
separa un río... y los celos de quienes están dispuestos a regalar la Patria a
un principito gringo con tal de no reconocerle su poder y su prestigio.
Pueyrredón supo que quien condujo la vanguardia del
Libertador en sus mejores batallas lo estaba incriminando.
-No se insubordine, coronel –dijo con fiereza-,
respete mi grado.
Entonces Dorrego escupió, mordaz, la frase que más
podía herir a ese interlocutor cuya bravura nunca se elogiaba.
Condenado al exilio, es intempestivamente embarcado
en su buque corsario con la orden de conducirlo a la isla de Santo Domingo. Por
ser colonia española, tal decisión significaba la horca o, si había suerte,
trabajos forzados en Ceuta.
Pueyrredón, en su furor, ni siquiera le había
concedido permiso para despedirse de su familia y recoger algunas pertenencias.
El capitán Almeida se deja convencer y lo desembarca
en la casi deshabitada Isla de Pinos, al sur de Cuba. Dorrego logra no ser
descubierto por los realistas y sube a una nave con destino a Estados Unidos,
pero como él mismo relata en correspondencia a un amigo, “habiendo el capitán
de presa en la costa de Jamaica metídose a contrabandear, fui preso por los
ingleses y conducido a esta isla en la Villa de Montero”.
Juzgado como pirata salva a duras penas su vida,
llegando a ver armada la horca que le estaba destinada. Logra convencer de su
inocencia a los captores y llega por fin a Baltimore.
Son sus años de extrañamiento en los Estados Unidos
los que transforman a aquel arrogante oficial en un estadista de fuste que dejará
huellas en nuestra historia.
-No sé en qué batalla nos hemos visto juntos,
brigadier – le había descerrajado Dorrego a Pueyrredón, con una media
sonrisa burlona (47, 73).
10. SANTIFICADO SEA EL
AZAR
Entre 1816 y 1820 Buenos Aires tuvo una lotería que
dependió, para sus fines benéficos, de la Hermandad de la Santa Caridad.
Una vez adquirido el número, el sorteo se realizaba
de inmediato. El vendedor ambulante de la esperanza entregaba a su cliente una
cedulilla dividida en dos partes. Seña y contraseña. La primera era una oración:
“San José Bendito”, decía por ejemplo, y el lotero la cantaba con voz
estentórea.
Si coincidía con la de su cedulilla, el afortunado
ya tenía seguro algún premio. Contestaba entonces, en voz alta con la contraseña,
que el lotero también tenía impresa en su duplicado. Por ejemplo “¡Ánima
de mi abuela, protégeme!”.
Entonces se cantaba la cifra de la buena suerte:
“Con 100 pesos fuertes, ¡favorecido el número 250!”.
Otra seña podía ser “Virgen Milagrosa”, y su
correspondiente contraseña: “Que los hombres tengan el corazón limpio”, Y
luego: “Con 85 pesos fuertes, ¡el número 123!...”
El azar y lo religioso, unidos (15).
11. COCHRANE VS. SAN MARTÍN
(I)
El almirante Cochrane era un héroe naval de Gran Bretaña,
condecorado con la muy prestigiosa Orden del Baño por sus hazañas en las
guerras napoleónicas. Llegó a ser también miembro de la Cámara de los Tories.
Pero su codicia lo llevó a embarcarse en estafas financieras que lo encerraron
en la Torre de Londres y lo despeñaron en el desprestigio social.
Ello lo llevó a ofrecerse como mercenario, aceptando la propuesta de
Álvarez Condarco para conducir la armada chilena.
Desde un principio compitió con
San Martín por la comandancia de la conquista de Lima.
"El objeto de la presente
expedición -consigna un oficio que O'Higgins hace llegar a manos del
almirante el 19 de agosto de 1820, víspera de la partida- es extraer al Perú
de la odiosa servidumbre de España elevándola al rango de una potencia libre y
soberana y concluir por ese medio la grandiosa obra de la independencia
continental de Sud América. El capitán general del ejército, don José de San
Martín, es el jefe a quien el gobierno y la república han confiado la
exclusiva dirección de las operaciones de esa gran empresa..." El
gobernante chileno deseaba poner coto a las intemperancias del altivo lord.
Cochrane, despechado, hace que veintitrés oficiales,
ignorando la disposición de O'Higgins, se declaren exclusivamente
subordinados a él, cuyos poderes "no pueden transferirse
a otro". "O'Higgins, semejante a otros muchos buenos capitanes
-escribe al dictado el secretario del almirante-, no desarrolló en el
gabinete aquel tacto con que tan brillantemente había servido a
la patria en el campo de batalla, permitiendo que el general San Martín, con su
habilidad peculiar de volver en provecho suyo las proezas de los otros, se
esforzase en llevar la palma, porque la gloria era en realidad de O'Higgins".
También trata de hacer aparecer a su odiado antagonista como
cobarde: "El general San Martín, al llegar a Pisco, no quiso entrar en la
villa, bien que las fuerzas españolas no contasen allí más que 300 hombres
escasos. Haciendo desembarcar las tropas al mando del mariscal (sic) Las Heras,
se marchó costa abajo en la goleta `Moctezuma'. Una conducta tal de San Martín
causó gran descontento en el ejército y la escuadra, puesto que había un
contraste con la primera toma que se hizo de dicha plaza el año anterior, por
el teniente Charles y el mayor Miller, acompañados de un puñado de
hombres".
Cuando San Martín procede a proclamar la independencia del Perú, en
el marco de la más imponente solemnidad, hace acuñar y distribuir medallas
con el texto: "Lima obtuvo su independencia el 28 de Julio de 1821, bajo la
Protección del general San Martín y el Ejército Libertador". Ninguna
mención a la flota ni a su almirante...
Cochrane quedó muy ofendido. Para hostigar al Libertador aprovecha
que el pago de los sueldos de la escuadra se había atrasado, debido a la
escasez de recursos de la expedición, para fomentar inquietud y amenazas de
sublevación por parte de los marinos.
"Al día siguiente, 4 de
agosto, no sabiendo lord Cochrane que San Martín había cambiado de título -redacta
su secretario, en un remedo de ventrilocuismo- fue a palacio y rogó al general
en jefe propusiese un medio para pagar a los marineros extranjeros, que habían
cumplido sus contratos." San Martín respondió a esto que "él nunca
pagaría a la escuadra chilena a menos que fuese vendida al Perú, y que
entonces el pago sería considerado como parte del precio de adquisición".
Lord Cochrane le respondió malamente.
San Martín se volvió entonces
hacia el almirante y le dijo: "¿Sabe Ud., mi lord, que yo soy el Protector
del Perú?" El inglés ironizó entonces sobre las veleidades nobiliarias y
aristocratizantes de don José. Éste lo interrumpió, altanero, dando por
terminado el diálogo: "Lo único que tengo que decir es que yo soy el
Protector del Perú".
Al pie de lo que atribuye a su empleado, Cochrane agrega un infundio:
"Una circunstancia ha sido omitida en la presente narración. El general
San Martín, al conducirme hasta la escalera, tuvo la temeridad de proponerme siguiese
su ejemplo, esto es, faltase a la fe que ambos habíamos jurado al gobierno de
Chile, apropiase la escuadra a sus intereses y aceptase el grado más elevado de
Primer Almirante del Perú. Es casi excusado decir que deseché proposiciones
tan deshonrosas. San Martín, al ver mi negativa, me declaró en un tono
irritado que ni pagaría a los marineros sus atrasos ni la recompensa que les
había prometido".
El lord estaba decidido a enajenar a San Martín el apoyo de Chile, la
amistad de O'Higgins y su prestigio en la nación hermana (37, 42, 49).
12. LA CIUDAD DE SUS SUEÑOS
Bernardino Rivadavia se propuso hacer de Buenos Aires,
ese villorrio austral que hasta no hace mucho había sido un ignoto puerto de
contrabandistas, una ciudad que no desmereciera ante las europeas que había
conocido y admiraba. Se propuso dotarla con escuelas lancasterianas, avenidas,
ochavas, alumbrado, empedrado, museos, acotar la retrógrada influencia eclesiástica
y darle una apariencia política europea con "parlamentos"
abigarrados y ministros que discursearan en sus tribunas. La exterioridad, en
fin, del aparato que acababa de ver en los Comunes de Londres y la Cámara
parisiense.
Y también un Presidente: él mismo.
Para
una obra así era necesario el dinero, y los recursos locales de Buenos Aires
apenas llegaban a 400.000 pesos al año (contribución directa, creada en 1821,
licencias, patentes, anatas, "permisiones", rentas de propios, etc.).
Un presupuesto tan escuálido hacía imposibles los sueños de grandeza
municipal de
Rivadavia.
Pero
allí estaba el impuesto de aduanas que rendía dos millones anuales.
Las autoridades provinciales se lo incautaron sin escrúpulos porque "no
había Nación".
Claro está que sin recursos nacionales, San Martín no podía
seguir su guerra en el Perú, ni Güemes defender la quebrada de Humahuaca, ni
prepararse la reconquista de la Banda Oriental. Pero los gobernantes de Buenos
Aires no veían la Nación, sino el "porvenir maravilloso" de su
ciudad.
La posteridad reconoce a Rivadavia su espíritu progresista: Buenos
Aires tuvo escuelas, universidad, avenidas, ochavas, edificios públicos, porque
don Bernardino fue un gran intendente municipal que disponía del presupuesto
nacional.
Aunque la Nación perdió la Banda Oriental y el Alto Perú, y San Martín,
abandonado a su suerte, debió abdicar ante Bolívar (18, 46, 58).
13.
NUESTRA BANDERA EN LAS MALVINAS
En 1820 un barco argentino se presentó en las Islas Malvinas para
izar, por primera vez, el pabellón argentino.
La fragata "Heroína", al mando del coronel de marina David
Jewett, tuvo la misión de reafirmar la presencia de nuestra enseña en el
remoto archipiélago.
Se trataba de un ex oficial norteamericano al servicio de Buenos Aires,
como corsario, desde 1815. Se había presentado a "prestar servicios en
la gran causa de la emancipación y de la independencia de estas provincias,
porque estaba animado de la justa idea de la libertad inculcada en las gloriosas
instituciones de los Estados Unidos", según explicaba él mismo en oficio
al gobierno porteño.
Antes de su misión a las Malvinas, Jewett había proporcionado al país
valiosos servicios. Vencedor en no pocos enfrentamientos navales contra
escuadras españolas, su jefatura de la "Heroína" tenía un inequívoco
sentido oficial, puesto que el barco fue declarado "fragata del
Estado".
Pero desde el principio la misión de
Jewett a las Malvinas estuvo signada por la fatalidad. Debió enfrentar un motín,
capear una epidemia de escorbuto, soportar la muerte de su segundo, afrontar
problemas técnicos en la fragata (que al desarrollar escasa velocidad le impedía
perseguir a los barcos enemigos que sorprendía en alta mar) y otros
inconvenientes inquietantes.
La "Heroína" contaba con 34 cañones en sus casi 500
toneladas. En su tripulación de más de 200 hombres abundaban los marinos
ingleses, muchos de ellos desertores de naves mercantes; también un grupo
numeroso de presidiarios y un destacamento militar en su mayoría de criollos,
al mando del capitán Laureano Anzoátegui.
Éstos fueron, precisamente,
quienes ayudaron al comandante Jewett a dominar la rebelión del resto de la
tripulación, acaudillada por los marinos británicos. La energía de Jewett
quedó de manifiesto al ajusticiar al jefe del motín, un inglés de apellido
Thomas.
Todas las dramáticas alternativas de la expedición marina no fueron
suficientes para disuadir a Jewett de cumplir con su deber. Con una tripulación
raleada por enfermedades y conspiraciones enfiló hacia las islas, apoderándose
en la travesía de una nave portuguesa, la "Carlota", que incorporó a
la expedición.
Poco antes de arribar a Puerto Soledad, como si de un mal sino se
tratase, aún debió afrontar un fortísimo temporal que desarboló seriamente
a la "Heroína" y hundió a la "Carlota".
Pero el pabellón flameó (2).
14. "EL LUGAR MÁS
DESPRECIABLE"
Lord Ponsonby, que tanto influyera en nuestra historia durante los años
en que representó a Inglaterra en las Provincias Unidas, era un dandy
bien parecido y galante que sedujo a lady Conyngham, amante del rey
Jorge IV.
Ello generó un serio conflicto en la Corte británica, que obligó al
primer ministro George Canning a sugerir al rey enviarlo lo más lejos posible.
Es decir a nuestras tierras. Para ello fue necesario que Gran Bretaña
reconociese finalmente al nuevo Estado americano.
Comprensiblemente disgustado llegó lord Ponsonby a Buenos Aires.
Escribe apenas llegado que era "el lugar más despreciable (vilest)
que jamás vi. Me colgaría si encontrase un árbol apropiado (...)
un lugar para bestias (beastly place)". En otras cartas: "Nadie vio un sitio tan desagradable como
Buenos Aires. Suspiro cuando pienso que tendré que quedarme aquí, en este
lugar de barro y osamentas pútridas, sin carreteras, ni caminos, ni casas
pasables, ni libros ingleses, ni teatro soportable (...) clima detestable, nunca
falta polvo o barro con temperatura que salta en un día 20 grados."
A Rivadavia, gobernante porteño, le advierte que "no estaba
dispuesto a cenar con él en público ni en privado" pues le aburrían sus
discursos de sobremesa... Su opinión sobre don Bernardino no era buena:
"Me hizo acordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de
prudente", escribe al Foreign Office el 17 de octubre de 1826; "como político carece de muchas de las cualidades
necesarias".
El lord deseaba regresar a su país y a su amante lo antes posible y
puso enseguida las cartas sobre el tapete. Apenas llegado -el 20 de setiembre-
notificó a Rivadavia que la guerra con Brasil debía concluirse, a la brevedad,
con la independencia de la Banda Oriental y la "libre navegación"
-es decir, la renuncia a la soberanía- de los ríos interiores.
El Presidente argentino no se horroriza ante planteo tan irreverente:
"Acogió mis palabras -informa a Canning- en la forma más favorable que me
era dado esperar, y habló muy extensamente a favor de la paz y con mucha
vehemencia de las dificultades de la guerra y los peligros que encerraba su
continuación para las instituciones de la República" (67).
15.
COCHRANE VS. SAN MARTÍN (II)
Lord Cochrane no ahorra agravios de grueso calibre en contra de su
enemigo San Martín: "En cuanto a su promesa de dar a los marinos la paga
de un año, nunca la cumplió ni pensó cumplirla; mientras que los 50.000 pesos
prometidos por la captura de ‘La Esmeralda’ y que dice que estaba tratando
de recoger, hacía tiempo que los había recogido y en cantidad mucho mayor de
los españoles, guardándoselos".
El rencoroso marino cuenta que una feliz casualidad le permitió
apoderarse del tesoro del Estado peruano, que San Martín trató de poner a buen
recaudo, embarcándolo, ante la posibilidad de un contraataque de los españoles.
Quizás, también, al demostrar confianza en el lord británico deseaba
disminuir el voltaje de su confrontación, dañina para el proyecto libertario.
Sin embargo, el almirante aprovechará para redoblar sus ataques de
mala fe: "Este dinero -escribirá- había sido enviado a Ancón bajo el
pretexto de ponerlo a salvo de cualquier ataque de las fuerzas españolas, pero
con el ánimo quizá de hacerlo servir a las miras ulteriores del Protector".
Fueron inútiles los esfuerzos de San Martín y de su estrecho
colaborador Monteagudo para que Cochrane restituyera tan importante caudal.
Éste saca partido de las ínfulas monarquizantes de don José -flanco
que también aprovecharía Bolívar para denigrarlo- para describir, cargando
las tintas, la Lima de 1820: "Se había formado una
casi guardia real de escolta al Protector cuando salía al público; precaución
no del todo inútil, a pesar de hallarse los limeños desarmados. En una
palabra, los limeños tenían una república que hormigueaba de marqueses,
condes, vizcondes y otros títulos de monarca, a cuyo fin todos creían se
encaminaba el Protector". Recordemos que sus enemigos se burlaban de San
Martín apodándolo "el Rey José".
Al producirse el regreso de San Martín a Chile, luego de Guayaquil,
escribe el almirante: "Los patriotas de Chile ansiaban que yo lo arrestase
y estoy cierto que si así hubiese procedido los hombres del poder no se habrían
quejado; pero yo preferí que el gobierno siguiese su propio curso".
Falta a la verdad Cochrane, en su supuesta magnanimidad, puesto que
el 12 de octubre de 1822 ha urgido al gobierno chileno a "formar un
sumario acerca de la conducta del mencionado Dn. José de San Martín",
aprovechando que "habiendo llegado hoy a Valparaíso hállase ahora bajo la
jurisdicción de las leyes de Chile". Se manifiesta "pronto a probar
el haberse apoderado violentamente de la autoridad suprema del Perú; el haber
intentado seducir a la marina de dicho Estado; el colocar sin derecho alguno a
las fragatas `Prueba' y `Venganza' bajo la bandera del Perú; y otras demostraciones
y actos hostiles a la República de Chile".
El Libertador debió huir del país que había liberado, a toda prisa,
con una escolta proporcionada por su amigo O'Higgins, con su vida pendiente de
un hilo, esquivando a los tribunales de un país que había llegado a execrarlo.
Por alguna inexplicable razón nuestra historia oficial reconoce como
únicos antagonistas del Libertador a los godos y a las altas cumbres andinas,
ocultando que fue escarnecido y hasta amenazado de muerte por algunos de sus
poderosos contemporáneos, entre ellos Alvear, Rivadavia y Cochrane. Y no fueron
los únicos.
Nada más hipócrita que la explicación oficial
de que nuestro Libertador emigra a Europa para “completar la educación de su
hija" (37, 42, 49).
16. LOS EMISARIOS
Rivadavia había dictado una Constitución unitaria y presidencialista,
que contradecía los reclamos federales de las provincias.
A sus gobernadores envió emisarios con la noticia. Vélez Sarsfield no
tuvo coraje para presentarse ante Facundo Quiroga y le envió el texto
constitucional por chasque desde Mendoza. El Tigre de los Llanos ni siquiera se
dignó a abrir el sobre y se lo devolvió con una nota: "Regrese Cecilio
Bardeja -el correo- a la ciudad de Mendoza conduciendo el pliego que condujo de
la Diputación del Congreso General en razón de que el que habla no se halla
en el caso de ver comunicaciones de individuos que dependen de una autoridad que
tiene dadas órdenes para que le hagan la guerra, pero sí está en el de
contestar con obras pues no conoce peligros que le arredren, y se halla muy
distante de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro
del despotismo".
A Tezanos Pinto no le fue mejor en Santiago del Estero con el
gobernador Ibarra. Según informa a Buenos Aires, una mujer del servicio
introdujo al comisionado y a su solemne comitiva en el dormitorio donde Ibarra
dormía, o fingía dormir la siesta. "El diputado que suscribe no pudo
menos que llenarse de la mayor sorpresa al ver al señor gobernador de Santiago
del Estero en un traje semisalvaje inapropiado para las circunstancias, tomado
de propósito para poner en ridículo al Soberano Congreso en la persona del
comisionado (...) una forma que choca con el pudor y la decencia: en
calzoncillos, con la camisa abierta y una vincha en la cabeza” (48, 67).