2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

 

 1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 

 
 

 4ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 
 

 5ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 
 

 6ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
 

 

 

       EL AGUILA GUERRERA

 

SEGUNDA PARTE

1. CARTAS COMPROMETEDORAS

 

El desastre de Cancha Rayada  pareció derrumbar las esperanzas de libertar  a Chile del yugo hispánico. Además corrieron rumores sobre la muerte de San Martín y de O’Higgins.

Muchos chilenos de significación, aterrados por su propia suerte, escribieron al general realista Osorio declarándose ardientes partidarios de la metrópolis y firmes sostenedores de la causa del rey. No ahorraban tampoco denuncias de patriotas.

Estas cartas estaban en la valija que encerraba la correspondencia secreta del jefe español, y que éste abandonó al huir derrotado y perseguido, del campo de Maipú.

A la sombra de unos álamos,  según relató su edecán O’Brien, leyó el Libertador una a una las cartas que tanto y a tantos hombres notables comprometían. Luego, serenamente, sin revelar a nadie su contenido, las hizo pedazos y las arrojó al fuego (8, 39).

 

  



  


2. LA PELIGROSA AGUA BENDITA

 

La asamblea del Año XIII declara que “habiendo conocido con dolor y perjuicio de la población que multitud de infantes perecen luego de nacidos del mal vulgarmente llamado de “los siete días”, un espasmo que entre otras cosas se origina por el agua fría con que son bautizados, y habiendo  oído al efecto a los profesores ilustrados en la materia; resuelve que no se bautice en pueblo alguno de los comprendidos en el territorio de las Provincias Unidas sino con agua templada en cualquiera de las estaciones del año; y a efecto de ocurrir por todos los medios posibles a reparar los males consiguientes con que son tratados los infantes al nacer, y l7uego de nacidos por las primeras manos a que deben su socorro, se reencarga muy particularmente al Supremo Poder Ejecutivo la vigilancia del cumplimiento de la ley” (4 de agosto de 1814) (23).

 

  


 

3. INSTRUCCIONES DEL LIBERTADOR.

 

San Martín instruyó a su ejército antes de librarse la batalla de Maipú:

 

“1º- Cada soldado, para batirse, llevará cien tiros y seis piedras; la mitad consigo y la otra mitad detrás de su respectivo cuerpo.

“2º- Antes de entrar en batalla, se les dará una ración de vino o aguardiente, prefiriendo lo primero. Los jefes perorarán con denuedo a la tropa antes de entrar en batalla, imponiendo pena de la vida al que se separase de su fila, sea al avanzar, sea al retirarse.

“3º- Se dirá a los soldados, de un modo claro y terminante por sus jefes, que si un cuerpo se retira es porque el general en jefe lo ha mandado así por astucia.

“4º- Si algún cuerpo de infantería o caballería fuere cargado con arma blanca, no será esperado a pie firme, sino que le saldrá cincuenta pasos al encuentro con bayoneta calada o con sable.

“5º- Los heridos que no puedan andar con sus pies no serán salvados mientras dure la batalla, porque necesitando cuatro para cada uno, se debilitaría la línea en un momento.

“6º- Recomiendo a los jefes de caballería llevar a retaguardia un pelotón de 25 a 30 hombres para sablear a los soldados que vuelvan cara, así como para conseguir al enemigo mientras se reúne el resto del escuadrón. Siendo el carácter de nuestros soldados más propio para la ofensa que para la defensa, los jefes no olvidarán que en caso de apurado deberán tomar la primera” (43, 49).

 

  


 


4. UN SOBERANO PARA EL PLATA (III)

 

El mismo Congreso que el 9 de julio de 1816 había declarado nuestra Independencia del imperio hispánico, poco más de dos años después, el 12 de noviembre de 88, votaba secretamente las cláusulas del acuerdo con Francia por el cual nuestro país pasaría a depender del pequeño ducado de Parma.

“Que S.M. cristianísima* tome a su cargo allanar el consentimiento de las altas cinco potencias de la Europa, y aún de la misma España”. Fue aprobado con la adición de que “se exigiera especialmente el de Inglaterra”.

“Que conseguido este allanamiento sea también del cargo del Rey Cristianísimo facilitar el enlace del duque de Lucca con una princesa del Brasil, debiendo este enlace tener por resultado la renuncia por parte de S.M. Fidelísima ** de todas sus pretensiones a los territorios que poseía la España conforme a la última demarcación, y a las indemnizaciones que pudiera tal vez solicitar en razón de los gastos invertidos en su actual empresa contra los habitantes de la Banda Oriental.”

“Que la Francia se obligue a prestar al duque de Lucca una asistencia entera de cuanto necesite para afianzar la monarquía en estas Provincias y hacerla respetable, debiendo comprenderse en ella cuando menos todo el territorio de la antigua demarcación del Virreinato del Río de la Plata, y quedar por lo mismo dentro de sus límites las provincias de Montevideo con toda la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay”.

“Que estas Provincias reconocerán por su monarca al duque de Lucca bajo la constitución política que tienen jurada, a  excepción de aquellos artículos que no sean adaptables a una forma de gobierno monárquico hereditaria, los cuales se reformarán del modo constitucional que ella provee”.

“Que estando convenidas las principales potencias de la Europa en la coronación del duque de Lucca, deberá realizarse el proyecto aun cuando la España insista en un empeño de reconquistar estas provincias”.

“Que en dicho caso hará la Francia que se anticipe la venida del duque de Lucca con toda la fuerza que demanda la empresa, o pondrá a este gobierno en estado de hacer frente a los esfuerzos de la España auxiliándolo con las tropas, armas, buques de guerra, y un préstamo de tres a cuatro millones de pesos pagaderos luego que se haya concluido la guerra y tranquilizado el país”. Se modificó “tres o cuatro” por “tres o más”.

“Que de ningún modo tendrá efecto este proyecto siempre que se tema con fundamento que mirando la Inglaterra con inquietud la elevación del duque de Lucca pueda empeñarse en resistirle y frustrarlo por la fuerza”.

“Que a este fin se procurará a nuestro Enviado el tiempo que considere necesario, para que pueda volver de aquí despachado este asunto de tan alta importancia, conduciéndolo con toda la circunspección, reserva y precaución que impone su naturaleza delicada, así por que no aborte el proyecto como para impedir las funestas consecuencias que ocasionarán, si llega a transpirarse prematuramente, las glosas malignas que sabrán darle los enemigos de la felicidad de nuestra Patria”.

La mayoría de las cláusulas fueron aprobadas por unanimidad (67).

 

  

  



5. LA VERDAD DE CHACABUCO

 

San Martín tarda diez días en redactar el parte de batalla. Tiempo sin duda excesivo.

En el mismo señala: “El bravo brigadier O’Higgins reúne los batallones 7 y 8, al mando de sus comandantes Cramer y Conde, forma columnas cerradas de ataque y carga a la bayoneta sobre la izquierda enemiga (...) El general Soler cayó al mismo tiempo sobre la altura que apoyaba su posición”.

Años más tarde, harto ya de la sistemática campaña que se había llevado a cabo en Chile para disminuir la importancia de su papel en la independencia de ese país, y ante la publicación en 1844 de una denigrante Memoria del Exmo. Señor Don Bernardo O’Higgins, el Libertador hace reveladoras acotaciones al margen de su puño y letra (este ejemplar se encuentra en al Archivo Mitre y ha sido estudiado por el coronel L.R. Orstein).

En la página 29 su autor, un tal Casimiro Albano, imagina que San Martín debió destinar a O’Higgins al mando de la vanguardia por “opinión uniforme de los bravos”.

San Martín se despacha: “El General O’Higgins era bravo hasta el extremo, pero sus conocimientos militares eran nulos. Desde la cima de la Cuesta de Chacabuco lo destiné a perseguir al enemigo con el Batallón 8 con la orden expresa de no comprometer ninguna acción con el enemigo hasta que la caballería que yo llevaba pasase el desfiladero de más de una legua. Al poco tiempo yo oí que el fuego había comenzado; a la media hora llegué con dos escuadrones de granaderos, y vi con sorpresa que O’Higgins marchaba en columna sobre los españoles y que éstos lo habían rechazado, dispersándole el Batallón 8. Todo mi plan estaba trastornado por la precipitación de este ataque que no daba tiempo a la división Soler de llegar a tiempo de atacar por la espalda. En tan criticas circunstancias no me quedó otro partido que el de atacar con la caballería la izquierda de la línea enemiga, la que fue destrozada coincidiendo a este resultado el comandante Necochea, que al mismo tiempo atacó la retaguardia”.

Ahora se comprende por qué San Martín tuvo que tomarse diez días para adjudicar generosamente a O’Higgins un mérito que no le correspondía (2, 74).

 

  


 

 

6. DOS VALIENTES

 

El coronel francés don Carlos Luis Federico de Brandsen había combatido durante años en las contiendas europeas, mereciendo por sus méritos militares ser condecorado varias veces por Napoleón.

Después de la caída del vencedor de Arcole, emigró como muchos otros oficiales y ofreció su espada mercenaria a la causa de los pueblos sudamericanos. Al igual que Brown, Bouchard, Miller, terminó enamorándose y haciendo propio el anhelo libertario de nuestra patria.

El 19 de setiembre de 1817 se incorporó como capitán al Regimiento de Granaderos a Caballo.

Tal era la fama que se había ganado en Europa y que rápidamente confirmó en nuestras tierras que el general Monet, prestigioso jefe español, en diálogo con Tomás Guido, quien se encontraba en Lima en misión diplomática ante el virrey del Perú, le preguntó:

-         Dígame usted, señor general, ¿tienen ustedes muchos oficiales como Brandsen?

Guido, en un rapto de sinceridad, respondió:

-         No, general, nadie lo supera en valor, y en cuanto a conocimiento y pericia en el arte de la guerra, no es fácil igualarle.

-         Me alegro –comentó sonriendo Monet-, porque si así n fuera se nos enredaría mucho más la madeja.

Brandsen murió en la batalla de Ituzaingó, heroicamente al frente de su caballería, en una carga suicida ordenada por el jefe de las tropas argentinas, Carlos de Alvear, quien le mandó tomar por asalto un bastión brasileño a todas luces inexpugnable. En esa misma acción murió Simón Lavalle, hermano de Juan.

*

El coronel Alvarado, durante la campaña del Perú, el 24 de noviembre de 1820, despachó una partida de 18 Granaderos a Caballo al frente del teniente Juan Pascual Pringles, con una comunicación ara el jefe del Batallón Numancia, comandante Tomás Heres.

La partida marchó durante toda la noche y al amanecer  del 27 ocupó su puesto, en un terreno quebrado, en la caleta de Pescadores, sobre el mar. Allí fue sorprendido por la vanguardia enemiga al mando del coronel Valdez, muy superior en número y armamento.

El teniente Pringles, en lugar de reiterarse, arremetió temerariamente. Su ataque fue lógicamente rechazado por una fuerza cuatro veces mayor en efectivos y con piezas de artillería de las que él carecía.

Para colmo de males al retroceder se encontró con otra compañía de Dragones que le cerraba la retirada.

No se arredraron los granaderos y volvieron a cargar sobre este nuevo enemigo, siendo deshechos y sufriendo tres muertos y once heridos. Entre éstos, el mismo Pringles.

Pero al bravo puntano, a pesar de lo dramático de situación, no le pasó por la mente rendirse. Tomó una resolución temeraria: ahogarse antes que caer prisionero. Sus hombres se lanzaron al agua tras él.

Valdez, el jefe enemigo, acudió rápidamente al lugar e impresionado por el acto de coraje, ordenó el cese del fuego y ofreció garantía de vida a quienes ya casi desaparecían bajo el oleaje (8, 26, 44).

 

  

 



7. “¡RECOGE LA SOTA!”

 

Los marineros mercenarios reclutados para la incipiente flota patriota carecían del fuego sagrado que da el saberse luchando por una causa noble que les competía. Eran además indisciplinados y codiciosos.

El almirante Brown decidió resolver el problema alistando a criollos y también indios, aunque carecieran de toda experiencia en el tema.

Como su instrucción era deficiente y les resultaba imposible memorizar el nombre de las velas, de las cuerdas y de las maniobras, el comandante irlandés ideó una treta ingeniosa:

Conocedor de que sus inexpertos reclutas eran maestros en el juego de naipes, reemplazó los términos náuticos por las cartas de la baraja. Entonces podía escucharse: “¡larga el as!”, “¡ata el caballo!”, “¡recoge la sota!”, en vez de nombrar a la mayor, el bauprés o los rizos (2).

 

  

 


8. EL ACTA DE RANCAGUA

 

Fuertes vientos soplaban en contra de los proyectos de San Martín en Chile.

En Tucumán el Ejército del Norte se había sublevado tomando prisionero a su amigo, el general Manuel Belgrano; en San Juan el Batallón 1° de Cazadores, unidad del Ejército de los Andes, se había declarado en rebeldía; para colmo de males el gobierno de Buenos Aires, principal apoyo del jefe del Ejército de los Andes, había visto derrotadas sus tropas, al mando del inepto Rondeau, en la batalla de Cepeda por la coalición militar de las provincias sublevadas de Santa Fe y Entre Ríos.

La anarquía se había instalado en las provincias del  Río de la Plata: cada una de ellas erigidas en republiquetas independientes que velaban por sus propios intereses y provechos, desentendidas de toda causa nacional.

San Martín, desolado, comprendió que ningún apoyo podría recibir de su patria,  donde, por el contrario, era tildado de “aventurero”, “ladrón”, “loco” y otras lindezas por el estilo. Se lo acusaba de que se ocupaba más de los destinos de países extraños que de los avatares del propio. Como si la caída de Chile y especialmente del Perú no fueran condiciones indispensables para nuestra independencia .

Se encontraba entonces en suelo extraño a la cabeza de un ejército representante de una nación cuyas autoridades, que lo designaron a él jefe, habían caducado, por lo que la legitimidad de su mando quedaba indudablemente cuestionada.

Pero don José estaba decidido a que tanto infortunio no fuera suficiente para desviarlo de su férreo objetivo: acabar con la resistencia española en Lima, para así asegurar la independencia de los países del sur de América, meta que sus compatriotas parecían haber olvidado.

La tantas veces demostrada dignidad de don José, pero también su fina intuición política, lo convencieron de que ninguna empresa le sería posible si su mando no le era reafirmado por sus subalternos. En caso de que así no fuese estaba  persuadido de dejar paso a otro que lo sucediera en la seguridad de que lo primordial era garantizar la victoria militar sobre España.

“El Congreso y el Director Supremo de las Provincias Unidas no existen, de estas autoridades emanaba la mía de General en Jefe del Ejército de los Andes, y de consiguiente creo de mi deber y obligación el manifestarlo al cuerpo de oficiales del Ejército de los Andes, para que ellos por sí y por su espontánea voluntad nombren un General en Jefe que deba mandarlos y dirigirlos, y salvar por este medio los riesgos que amenazan a la libertad de América.” Así se iniciaba el texto secreto, en sobre lacrado, que envió a su fuel subalterno, el general Las Heras, el 26 de marzo de 1820, para que éste lo diera a conocer a todos los oficiales del Ejército de los Andes acantonado en Rancagua.

Lo que San Martín también buscaba era que sus hombres legitimaran sus reiteradas desobediencias al poder central. Pocas semanas antes de su derrota en Cepeda, Rondeau lo había conminado a regresar  a Buenos Aires para oponerse a las fuerzas federales; también fue llamado para conducir la resistencia contra una probable flota que zarparía de España para reconquistar sus colonias; no faltaron tampoco los emisarios que lo reclamaron para sofocar la revuelta popular que provocaría el delirante proyecto de Pueyrredón y Valentín Gómez de coronar en el Río de la Plata a un príncipe con el poyo de Francia.

Mientras Buenos Aires lo convocaba por motivos que lo repugnaban y lo confundían, O’Higgins le hablaba con el lenguaje que entusiasmaba  a San Martín: “Fortuna propicia nos está convidando a dar la última mano a la libertad de América; y le proporciona a un ocasión y un motivo justo para asistir la orden de su gobierno”.

La respuesta de sus oficiales fue unánime: “Respetadísimo Jefe. Queda asentado como base y principio que la autoridad que recibe el General de los Andes para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país, no ha caducado ni puede caducar, porque su origen, que es la salud del pueblo, es inmudable”. Este documento se mantuvo en secreto durante más de medio siglo y pasó a la posteridad como “El Acta de Rancagua”.

En carta confidencial, revelada en sus memorias, Las Heras reprochaba a su Jefe: “La verdad, mi general, que yo nunca hubiera creído que V. me pusiese en tanto y tamaño aprieto. En fin, ya está hecho, y por resultado se acabará de convencer qué clase de hombres son sus amigos”.

Bartolomé Mitre hace un comentario muy interesante respecto del “Acta”: se trató de un acto revolucionario que sancionaba por el voto de un congreso militar una desobediencia declarada, ligando un ejército con la persona y con los designios de su general, levantados sobre el escudo de sus soldados como un imperator romano. El ejército se hacía solidario de su desobediencia y de su gloria, por una adhesión entusiasta y llena de confianza hacia él, y el general a su vez reconoció en principio que su autoridad emanaba del voto de sus saldados.

El Libertador, el resto de sus días, pagaría muy caro ésta y otras desobediencias. Que eran encubiertas desobediencias a la logia a la que había jurado acatamiento eterno. Fue el castigo, según muchos, lo que lo habría llevado a abdicar ante Bolívar, a ver su vida amenazada y a huir de su Patria. (6, 24, 30, 49).

 

  


 


9. UN SOBERANO PARA EL PLATA (IV)

 

-Déjese de embromar, brigadier, con el asunto ése del príncipe y todas esas macanas...

El Director Supremo, herido, se plantó frente  a ese coronel que tanta fama de valiente tenía, todavía rengo por una metralla de Suipacha.

-Nuestra situación es muy débil; coronel Dorrego. Solos no podremos resistir –intentó explicar Pueyrredón.

Dorrego lo miró fijo a los ojos, con esa intensidad que San Martín había reflejado en una de sus cartas a su amigo Miller:

-¿Resistir a quién? Nuestros enemigos son los portugueses, no los orientales.

El director estaba ya francamente molesto.

-Artigas es un traidor, un ambicioso.

Dorrego:

-Artigas es un americano como nosotros, sólo nos separa un río... y los celos de quienes están dispuestos a regalar la Patria a un principito gringo con tal de no reconocerle su poder y su prestigio.

Pueyrredón supo que quien condujo la vanguardia del Libertador en sus mejores batallas lo estaba incriminando.

-No se insubordine, coronel –dijo con fiereza-, respete mi grado.

Entonces Dorrego escupió, mordaz, la frase que más podía herir a ese interlocutor cuya bravura nunca se elogiaba.

Condenado al exilio, es intempestivamente embarcado en su buque corsario con la orden de conducirlo a la isla de Santo Domingo. Por ser colonia española, tal decisión significaba la horca o, si había suerte, trabajos forzados en Ceuta.

Pueyrredón, en su furor, ni siquiera le había concedido permiso para despedirse de su familia y recoger algunas pertenencias.

El capitán Almeida se deja convencer y lo desembarca en la casi deshabitada Isla de Pinos, al sur de Cuba. Dorrego logra no ser descubierto por los realistas y sube a una nave con destino a Estados Unidos, pero como él mismo relata en correspondencia a un amigo, “habiendo el capitán de presa en la costa de Jamaica metídose a contrabandear, fui preso por los ingleses y conducido a esta isla en la Villa de Montero”.

Juzgado como pirata salva a duras penas su vida, llegando a ver armada la horca que le estaba destinada. Logra convencer de su inocencia a los captores y llega por fin a Baltimore.

Son sus años de extrañamiento en los Estados Unidos los que transforman a aquel arrogante oficial en un estadista de fuste que dejará huellas en nuestra historia.

-No sé en qué batalla nos hemos visto juntos, brigadier – le había descerrajado Dorrego a Pueyrredón, con una media sonrisa burlona (47, 73).

 

  

 

 

 


10. SANTIFICADO SEA EL AZAR

 

Entre 1816 y 1820 Buenos Aires tuvo una lotería que dependió, para sus fines benéficos, de la Hermandad de la Santa Caridad.

Una vez adquirido el número, el sorteo se realizaba de inmediato. El vendedor ambulante de la esperanza entregaba a su cliente una cedulilla dividida en dos partes. Seña y contraseña. La primera era una oración: “San José Bendito”, decía por ejemplo, y el lotero la cantaba con voz estentórea.

Si coincidía con la de su cedulilla, el afortunado ya tenía seguro algún premio. Contestaba entonces, en voz alta con la contraseña, que el lotero también tenía impresa en su duplicado. Por ejemplo “¡Ánima de mi abuela, protégeme!”.

Entonces se cantaba la cifra de la buena suerte: “Con 100 pesos fuertes, ¡favorecido el número 250!”.

Otra seña podía ser “Virgen Milagrosa”, y su correspondiente contraseña: “Que los hombres tengan el corazón limpio”, Y luego: “Con 85 pesos fuertes, ¡el número 123!...”

El azar y lo religioso, unidos (15).

 

  

 

 

 


11. COCHRANE VS. SAN MARTÍN (I)

 

El almirante Cochrane era un héroe naval de Gran Bre­taña, condecorado con la muy prestigiosa Orden del Baño por sus hazañas en las guerras napoleónicas. Llegó a ser también miembro de la Cámara de los Tories. Pero su codi­cia lo llevó a embarcarse en estafas financieras que lo ence­rraron en la Torre de Londres y lo despeñaron en el despres­tigio social.

Ello lo llevó a ofrecerse como mercenario, aceptando la propuesta de Álvarez Condarco para conducir la armada chilena.

Desde un principio compitió con San Martín por la co­mandancia de la conquista de Lima.

"El objeto de la presente expedición -consigna un ofi­cio que O'Higgins hace llegar a manos del almirante el 19 de agosto de 1820, víspera de la partida- es extraer al Perú de la odiosa servidumbre de España elevándola al rango de una potencia libre y soberana y concluir por ese medio la grandiosa obra de la independencia continental de Sud América. El capitán general del ejército, don José de San Martín, es el jefe a quien el gobierno y la república han confiado la exclusiva dirección de las operaciones de esa gran empresa..." El gobernante chileno deseaba poner coto a las intemperancias del altivo lord.

Cochrane, despechado, hace que veintitrés oficiales, ig­norando la disposición de O'Higgins, se declaren exclusiva­mente subordinados a él, cuyos poderes "no pueden transferirse a otro". "O'Higgins, semejante a otros muchos buenos capitanes -escribe al dictado el secretario del al­mirante-, no desarrolló en el gabinete aquel tacto con que tan brillantemente había servido a la patria en el campo de batalla, permitiendo que el general San Martín, con su habil­idad peculiar de volver en provecho suyo las proezas de los otros, se esforzase en llevar la palma, porque la gloria era en realidad de O'Higgins".

También trata de hacer aparecer a su odiado antagoni­sta como cobarde: "El general San Martín, al llegar a Pisco, no quiso entrar en la villa, bien que las fuerzas españo­las no contasen allí más que 300 hombres escasos. Ha­ciendo desembarcar las tropas al mando del mariscal (sic) Las Heras, se marchó costa abajo en la goleta `Moctezuma'. Una conducta tal de San Martín causó gran descontento en el ejército y la escuadra, puesto que había un contraste con la primera toma que se hizo de dicha plaza el año anterior, por el teniente Charles y el mayor Miller, acompañados de un puñado de hombres".

Cuando San Martín procede a proclamar la indepen­dencia del Perú, en el marco de la más imponente solemni­dad, hace acuñar y distribuir medallas con el texto: "Lima obtuvo su independencia el 28 de Julio de 1821, bajo la Protección del general San Martín y el Ejército Liberta­dor". Ninguna mención a la flota ni a su almirante...

Cochrane quedó muy ofendido. Para hostigar al Liber­tador aprovecha que el pago de los sueldos de la escuadra se había atrasado, debido a la escasez de recursos de la expedición, para fomentar inquietud y amenazas de suble­vación por parte de los marinos.

"Al día siguiente, 4 de agosto, no sabiendo lord Cochrane que San Martín había cambiado de título -re­dacta su secretario, en un remedo de ventrilocuismo- fue a palacio y rogó al general en jefe propusiese un medio para pagar a los marineros extranjeros, que habían cumplido sus contratos." San Martín respondió a esto que "él nunca pagaría a la escuadra chilena a menos que fuese vendida al Perú, y que entonces el pago sería considerado como parte del precio de adquisición". Lord Cochrane le respondió malamente.

San Martín se volvió entonces hacia el almirante y le dijo: "¿Sabe Ud., mi lord, que yo soy el Protector del Perú?" El inglés ironizó entonces sobre las veleidades nobiliarias y aristocratizantes de don José. Éste lo interrumpió, altanero, dando por terminado el diálogo: "Lo único que tengo que decir es que yo soy el Protector del Perú".

Al pie de lo que atribuye a su empleado, Cochrane agrega un infundio: "Una circunstancia ha sido omitida en la presente narración. El general San Martín, al conducirme hasta la escalera, tuvo la temeridad de proponerme si­guiese su ejemplo, esto es, faltase a la fe que ambos había­mos jurado al gobierno de Chile, apropiase la escuadra a sus intereses y aceptase el grado más elevado de Primer Almirante del Perú. Es casi excusado decir que deseché proposiciones tan deshonrosas. San Martín, al ver mi nega­tiva, me declaró en un tono irritado que ni pagaría a los marineros sus atrasos ni la recompensa que les había pro­metido".

El lord estaba decidido a enajenar a San Martín el apoyo de Chile, la amistad de O'Higgins y su prestigio en la nación hermana (37, 42, 49).

 

  

 

 

 


12. LA CIUDAD DE SUS SUEÑOS

 

Bernardino Rivadavia se propuso hacer de Buenos Ai­res, ese villorrio austral que hasta no hace mucho había sido un ignoto puerto de contrabandistas, una ciudad que no desmereciera ante las europeas que había conocido y admiraba. Se propuso dotarla con escuelas lancasterianas, avenidas, ochavas, alumbrado, empedrado, museos, acotar la re­trógrada influencia eclesiástica y darle una apariencia polí­tica europea con "parlamentos" abigarrados y ministros que discursearan en sus tribunas. La exterioridad, en fin, del aparato que acababa de ver en los Comunes de Londres y la Cámara parisiense.

Y también un Presidente: él mismo.

Para una obra así era necesario el dinero, y los recursos locales de Buenos Aires apenas llegaban a 400.000 pesos al año (contribución directa, creada en 1821, licencias, patentes, anatas, "permisiones", rentas de propios, etc.). Un pre­supuesto tan escuálido hacía imposibles los sueños de gran­deza municipal de Rivadavia.

Pero allí estaba el impuesto de aduanas que rendía dos millones anuales. Las autoridades provinciales se lo incau­taron sin escrúpulos porque "no había Nación".

Claro está que sin recursos nacionales, San Martín no podía seguir su guerra en el Perú, ni Güemes defender la quebrada de Humahuaca, ni prepararse la reconquista de la Banda Oriental. Pero los gobernantes de Buenos Aires no veían la Nación, sino el "porvenir maravilloso" de su ciudad.

La posteridad reconoce a Rivadavia su espíritu progre­sista: Buenos Aires tuvo escuelas, universidad, avenidas, ochavas, edificios públicos, porque don Bernardino fue un gran intendente municipal que disponía del presupuesto nacional.

Aunque la Nación perdió la Banda Oriental y el Alto Perú, y San Martín, abandonado a su suerte, debió abdicar ante Bolívar (18, 46, 58).

 

  

 

 

 

13. NUESTRA BANDERA EN LAS MALVINAS

 

En 1820 un barco argentino se presentó en las Islas Malvinas para izar, por primera vez, el pabellón argentino.

La fragata "Heroína", al mando del coronel de marina David Jewett, tuvo la misión de reafirmar la presencia de nuestra enseña en el remoto archipiélago.

Se trataba de un ex oficial norteamericano al servicio de Buenos Aires, como corsario, desde 1815. Se había pre­sentado a "prestar servicios en la gran causa de la emancipación y de la independencia de estas provincias, porque estaba animado de la justa idea de la libertad inculcada en las gloriosas instituciones de los Estados Unidos", según explicaba él mismo en oficio al gobierno porteño.

Antes de su misión a las Malvinas, Jewett había pro­porcionado al país valiosos servicios. Vencedor en no pocos enfrentamientos navales contra escuadras españolas, su jefatura de la "Heroína" tenía un inequívoco sentido oficial, puesto que el barco fue declarado "fragata del Estado".

Pero desde el principio la misión de Jewett a las Malvinas estuvo signada por la fatalidad. Debió enfrentar un motín, capear una epidemia de escorbuto, soportar la muerte de su segundo, afrontar problemas técnicos en la fragata (que al desarrollar escasa velocidad le impedía per­seguir a los barcos enemigos que sorprendía en alta mar) y otros inconvenientes inquietantes.

La "Heroína" contaba con 34 cañones en sus casi 500 toneladas. En su tripulación de más de 200 hombres abun­daban los marinos ingleses, muchos de ellos desertores de naves mercantes; también un grupo numeroso de presidia­rios y un destacamento militar en su mayoría de criollos, al mando del capitán Laureano Anzoátegui.

Éstos fueron, precisamente, quienes ayudaron al co­mandante Jewett a dominar la rebelión del resto de la tri­pulación, acaudillada por los marinos británicos. La ener­gía de Jewett quedó de manifiesto al ajusticiar al jefe del motín, un inglés de apellido Thomas.

Todas las dramáticas alternativas de la expedición ma­rina no fueron suficientes para disuadir a Jewett de cum­plir con su deber. Con una tripulación raleada por enferme­dades y conspiraciones enfiló hacia las islas, apoderándose en la travesía de una nave portuguesa, la "Carlota", que incorporó a la expedición.

Poco antes de arribar a Puerto Soledad, como si de un mal sino se tratase, aún debió afrontar un fortísimo tempo­ral que desarboló seriamente a la "Heroína" y hundió a la "Carlota".

Pero el pabellón flameó (2).

 

  

 

 

 


14. "EL LUGAR MÁS DESPRECIABLE"

 

Lord Ponsonby, que tanto influyera en nuestra historia durante los años en que representó a Inglaterra en las Pro­vincias Unidas, era un dandy bien parecido y galante que sedujo a lady Conyngham, amante del rey Jorge IV.

Ello generó un serio conflicto en la Corte británica, que obligó al primer ministro George Canning a sugerir al rey enviarlo lo más lejos posible. Es decir a nuestras tierras. Para ello fue necesario que Gran Bretaña reconociese final­mente al nuevo Estado americano.

Comprensiblemente disgustado llegó lord Ponsonby a Buenos Aires. Escribe apenas llegado que era "el lugar más despreciable (vilest) que jamás vi. Me colgaría si encontra­se un árbol apropiado (...) un lugar para bestias (beastly place)". En otras cartas: "Nadie vio un sitio tan desagrada­ble como Buenos Aires. Suspiro cuando pienso que tendré que quedarme aquí, en este lugar de barro y osamentas pútridas, sin carreteras, ni caminos, ni casas pasables, ni libros ingleses, ni teatro soportable (...) clima detestable, nunca falta polvo o barro con temperatura que salta en un día 20 grados."

A Rivadavia, gobernante porteño, le advierte que "no estaba dispuesto a cenar con él en público ni en privado" pues le aburrían sus discursos de sobremesa... Su opinión sobre don Bernardino no era buena: "Me hizo acordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente", escribe al Foreign Office el 17 de octubre de 1826; "como político carece de muchas de las cualidades necesarias".

El lord deseaba regresar a su país y a su amante lo antes posible y puso enseguida las cartas sobre el tapete. Apenas llegado -el 20 de setiembre- notificó a Rivadavia que la guerra con Brasil debía concluirse, a la brevedad, con la independencia de la Banda Oriental y la "libre nave­gación" -es decir, la renuncia a la soberanía- de los ríos interiores.

El Presidente argentino no se horroriza ante planteo tan irreverente: "Acogió mis palabras -informa a Canning- en la forma más favorable que me era dado esperar, y habló muy extensamente a favor de la paz y con mucha vehemencia de las dificultades de la guerra y los peligros que encerraba su continuación para las institucio­nes de la República" (67).

 

  

 

 

 

 

15. COCHRANE VS. SAN MARTÍN (II)

 

Lord Cochrane no ahorra agravios de grueso calibre en contra de su enemigo San Martín: "En cuanto a su promesa de dar a los marinos la paga de un año, nunca la cumplió ni pensó cumplirla; mientras que los 50.000 pesos prometidos por la captura de ‘La Esmeralda’ y que dice que estaba tra­tando de recoger, hacía tiempo que los había recogido y en cantidad mucho mayor de los españoles, guardándoselos".

El rencoroso marino cuenta que una feliz casualidad le permitió apoderarse del tesoro del Estado peruano, que San Martín trató de poner a buen recaudo, embarcándolo, ante la posibilidad de un contraataque de los españoles. Quizás, también, al demostrar confianza en el lord británi­co deseaba disminuir el voltaje de su confrontación, dañina para el proyecto libertario.

Sin embargo, el almirante aprovechará para redoblar sus ataques de mala fe: "Este dinero -escribirá- había sido enviado a Ancón bajo el pretexto de ponerlo a salvo de cualquier ataque de las fuerzas españolas, pero con el áni­mo quizá de hacerlo servir a las miras ulteriores del Pro­tector".

Fueron inútiles los esfuerzos de San Martín y de su estrecho colaborador Monteagudo para que Cochrane resti­tuyera tan importante caudal.

Éste saca partido de las ínfulas monarquizantes de don José -flanco que también aprovecharía Bolívar para denigrarlo- para describir, cargando las tintas, la Lima de 1820: "Se había formado una casi guardia real de escolta al Protector cuando salía al público; precaución no del todo inútil, a pesar de hallarse los limeños desarmados. En una palabra, los limeños tenían una república que hormigueaba de marqueses, condes, vizcondes y otros títulos de monarca, a cuyo fin todos creían se encaminaba el Protector". Recorde­mos que sus enemigos se burlaban de San Martín apodándo­lo "el Rey José".

Al producirse el regreso de San Martín a Chile, luego de Guayaquil, escribe el almirante: "Los patriotas de Chile ansiaban que yo lo arrestase y estoy cierto que si así hubiese procedido los hombres del poder no se habrían quejado; pero yo preferí que el gobierno siguiese su propio curso".

Falta a la verdad Cochrane, en su supuesta magnanimi­dad, puesto que el 12 de octubre de 1822 ha urgido al gobier­no chileno a "formar un sumario acerca de la conducta del mencionado Dn. José de San Martín", aprovechando que "habiendo llegado hoy a Valparaíso hállase ahora bajo la jurisdicción de las leyes de Chile". Se manifiesta "pronto a probar el haberse apoderado violentamente de la autoridad suprema del Perú; el haber intentado seducir a la marina de dicho Estado; el colocar sin derecho alguno a las fragatas `Prueba' y `Venganza' bajo la bandera del Perú; y otras de­mostraciones y actos hostiles a la República de Chile".

El Libertador debió huir del país que había liberado, a toda prisa, con una escolta proporcionada por su amigo O'Higgins, con su vida pendiente de un hilo, esquivando a los tribunales de un país que había llegado a execrarlo.

Por alguna inexplicable razón nuestra historia oficial reconoce como únicos antagonistas del Libertador a los godos y a las altas cumbres andinas, ocultando que fue escarnecido y hasta amenazado de muerte por algunos de sus poderosos contemporáneos, entre ellos Alvear, Rivadavia y Cochrane. Y no fueron los únicos.

Nada más hipócrita que la explicación oficial de que nuestro Libertador emigra a Europa para “completar la educación de su hija" (37, 42, 49).

 

  

 

 

 


16. LOS EMISARIOS

 

Rivadavia había dictado una Constitución unitaria y presidencialista, que contradecía los reclamos federales de las provincias.

A sus gobernadores envió emisarios con la noticia. Vélez Sarsfield no tuvo coraje para presentarse ante Facundo Quiroga y le envió el texto constitucional por chasque desde Mendoza. El Tigre de los Llanos ni siquiera se dignó a abrir el sobre y se lo devolvió con una nota: "Regrese Cecilio Bardeja -el correo- a la ciudad de Mendoza conduciendo el pliego que condujo de la Diputa­ción del Congreso General en razón de que el que habla no se halla en el caso de ver comunicaciones de individuos que dependen de una autoridad que tiene dadas órdenes para que le hagan la guerra, pero sí está en el de contestar con obras pues no conoce peligros que le arredren, y se halla muy distante de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro del despotismo".

A Tezanos Pinto no le fue mejor en Santiago del Estero con el gobernador Ibarra. Según informa a Buenos Aires, una mujer del servicio introdujo al comisionado y a su solemne comitiva en el dormitorio donde Ibarra dormía, o fingía dormir la siesta. "El diputado que suscribe no pudo menos que llenarse de la mayor sorpresa al ver al señor gobernador de Santiago del Estero en un traje semisalvaje inapropiado para las circunstancias, tomado de propósito para poner en ridículo al Soberano Congreso en la persona del comisionado (...) una forma que choca con el pudor y la decencia: en calzoncillos, con la camisa abierta y una vincha en la cabeza” (48, 67).

 

  



Tercera parte



* N. del A.: el Rey de Francia.

** N. del A.: el Emperador de Portugal.