EL
AGUILA GUERRERA
TERCERA
PARTE
1. APRENDIENDO A COIMEAR...
El empréstito
Baring tuvo una enorme importancia en la política de nuestro país a lo largo
de casi todo el siglo XIX. Fue el primer compromiso financiero contraído por la
Argentina y resulto una operación de ostensible venalidad.
Su teórico destino era la construcción de un puerto, la instalación de aguas corrientes en la ciudad, la fundación de pueblos en las fronteras y otros propósitos de parecida nobleza. Sin embargo los fondos obtenidos tuvieron aplicaciones distintas.
¿Por qué la casa Baring, que en 1824 no tenía el desenvolvimiento alcanzado después? Lo lógico hubiera sido dirigirse a Nathan Rothschild y Cía., iniciador de los empréstitos externos en Londres y sin disputa el banquero más solvente de la City. Rothschild acababa de concertar con el marqués de Barbacena, representante del Brasil, un empréstito en condiciones aceptables: dos millones de libras al tipo 85, con 5% de intereses y 1% de amortización; como garantía, el cuarto de la renta aduanera. Pero Rothschild, desconfiado, nunca quiso cerrar trato con países descendientes de España.
Tanto es así que el primer empréstito hispanoamericano, el de Colombia, contratado en marzo de 1822 por dos millones de libras, se hizo por intermedio de la Casa Herring, Graham & Powles.
La operación tratada con Baring por los hermanos Parish Robertson, con la complicidad de distinguidos ciudadanos como don Félix Castro, don Braulio Costa, don Miguel de Riglos y don Juan Sáenz Valiente, era sencillamente una estafa a las Provincias Unidas del Plata.
El 25 de junio de 1824, Castro, emisario de Rivadavia y Robertson, hacia saber a Baring que el empréstito de un millón de libras debería “colocarse” al tipo de 85, pero “girarse a Buenos Aires” solamente al tipo de 70, repartiéndose la diferencia entre banqueros y comisionistas. Es decir, quedaba establecida una suculenta y pionera coima.
Alexander Baring expresó su temor de que el gobierno de Buenos Aires no aprobase una operación semejante que dejaba en el camino 150.000 libras, además de las comisiones de estilo a cargo del deudor.
Pero Castro y Robertson aseguraron que nada tenia que temer. El ministro Rivadavia participaba del negociado. “Está también entendido que al pasar a nuestro crédito la antedicha suma de ciento veinte mil libras, nosotros garantizamos expresamente a Uds la aprobación del gobierno de Buenos Aires sobre esta disposición.” Es decir, ellos se encargarían de distribuir los beneficios ya acordados...
En la documentación aún hoy consultable en la Casa Baring, Nº 60. 630/2 del Archivo de Canadá, se registra “el reparto” del empréstito:
Al gobierno de Buenos Aires (debiendo descontarse comisiones para el “consorcio” y retenerse por Baring cuatro servicios de intereses y amortizaciones más sus comisiones) 700.000
| A la Casa Baring, su diferencia | 30.000 |
| Al “consorcio”, su diferenca | 120.000 |
| Total | 850.000 |
No
paró allí el aprovechamiento. La Casa Baring, al terminar de lanzar el empréstito
en abril, tenía en su caja, por lo menos, la respetable cantidad de 850.000
libras, si hubiera colocado los bonos a 85, y de 931.000 si hubiese aprovechado
el mejor momento. De ellos, 700.000 solamente serán acreditados a Buenos Aires,
sobre los cuales, como si no les hubiera sido ya
bastante, se lanzaron ávidos "consorcios" y banqueros para mejorar
aun más sus ganancias. Uno de ellos fue Hullet, banquero privado de Rivadavia,
con quien planeó los negocios de la enfiteusis ("Provinces of the Rio
Plata Agricultural Association") y de las minas de Famatina ("Provinces
of the Rio Plata Mining Association"). Para ello fue conveniente que don
Bernardino renunciara a su cargo y se embarcase con destino a Londres el 26
de junio. No hubo obstáculos para sustraer 6.000 libras esterlinas del empréstito
para sus gastos de estada europea. Se adujo "carácter diplomático",
aunque el viaje de Rivadavia era por asuntos comerciales de índole personal.
El puesto diplomático vendría después.
Parish Robertson y Castro aprovechan la ocasión para hacerse reconocer
7 mil libras de "comisión" y 3 mil de "gastos". Baring
también "premia" a ambos y al agente de Rivadavia, a cambio de que se
le permitiera cargar 131.300 libras por "cuatro servicios adelantados de
intereses y amortizaciones", más una comisión del 1% sobre los mismos (120 mil de intereses,
10 mil de amortizaciones y 1.300 de comisión).
El empréstito del millón de libras había quedado reducido a
552.700 netas antes de finalizar el mes de julio.
El ahora gobernador Las Heras reclama el envío del dinero a Buenos
Aires, que debía realizarse en lingotes de oro. Pero desde el 2 de julio la
banca inglesa informaba que "por prudencia" no convenía mandar oro a
tanta distancia, y proponía que el remanente -salvo 60.000 libras (exactamente
64.041, 62.000 en letras y lo restante en doblones de oro) que creyó prudente
remitir a Buenos Aires- quedase depositado en la Baring de Londres, abonándose
al gobierno porteño un interés del 3 por ciento anual, "que es todo lo
que podemos dar".
Puede
hacerse también historia de nuestros desfalcos públicos... (67).
2. LA MARCHA "ITUZAINGÓ"
Entre los efectos abandonados por los brasileños en su huida luego de la derrota de Ituzaingó, figura una valija que contiene un manojo de partituras musicales. En una de ellas y en caracteres de gran tamaño podía leerse: “Para ser ejecutada después de la primera gran victoria que alcancen las tropas imperiales, debiendo darse a esta marcha el nombre del campo en que se libre la batalla.”
Alvear, el jefe vencedor, que poseía conocimientos musicales, reconoció la jerarquía de dicha composición y decidió cumplir con el propósito de su ignoto autor: que sirviera para conmemorar una “gran victoria”. Pero de las tropas argentinas.
Fue ejecutada por primera vez por una banda del ejército patriota el 25 de Mayo de 1827, al festejarse en el campamento de los argentinos el decimoséptimo aniversario de la Revolución del año 10 (41, 64).
3. LA MASACRE DE PERROS
Se había hecho fama de hombre petulante. Solía recorrer las calles de su amada Buenos Aires, a la que tanto había embellecido y hecho progresar.
El viejo J. A. Beaumont, británico, relata en su Diario: “El presidente Rivadavia hacía su paseo a caballo por la ciudad con su escolta militar cuando he ahí que un perro sedicioso y de mala ralea mordió en una pata al caballo del presidente; que cayó a tierra y rodó por el suelo, felizmente sin herirse. Este atentado a la dignidad presidencial se consideró tan atroz, que no era para expiarse con la muerte de un solo y miserable can.
“Toda la raza de los canes fue proscrita y se designó la mañana siguiente para proceder a su exterminación completa. Fue uno de los días de mayor animación y bullicio que presencié en Buenos Aires. Los amos de los perros de toda clase muy mal heridos o apenas estropeados andaban chillando por las calles; los ejecutores, seguidos por bandas de muchachos, podían verse cumpliendo con amore su verdadera vocación, desde la mañana a la noche” (“2).
4. LAS MÁS DULCES EMOCIONES
Tucídides, el historiador de la guerra del Peloponeso (siglo V a.C.), describía:
“En tiempo de guerra despierta la avaricia; la justicia es hollada, reinan la fuerza y la violencia, la disolución toma su libre vuelo, el poder pasa a manos de los hombres más perversos, los buenos se ven oprimidos, la inocencia arruinada, ultrajadas las matronas y las vírgenes, las comarcas destruidas, los templos asolados, violados los sepulcros...”.
Muchos siglos después nuestras guerras fratricidas se empeñaban en darle la razón. Luego de la batalla de Cayastá se redacta el parte correspondiente, dirigido al gobernador López:
“El infrascripto tiene la grata satisfacción de participar a Usted, agitado de las más dulces emociones, que el infame caudillo Mariano Vera, cuyo nombre pasará maldecido de generación en generación, quedó muerto en el campo de batalla”.
Quien firma
es Calixto Vera, hermano de Mariano (67).
5. “VOS, DIVERTIDO CON TU INGLESA”
“... y así, mi querido Moreno, porque Saavedra y los pícaros como él son los que se aprovechan y no la patria, pues lo que vos y los demás patriotas trabajaron está perdido...” (20 de abril de 1811).
“... yo estaré llorando como estoy, y sufriendo tu separación que me parece la muerte, expuesta a la cólera de nuestros enemigos, y vos divertido, y encantado, con tu inglesa...” (9 de mayo de 1811).
Lupe continúa escribiendo a su esposo Mariano.
Las cartas, absurdamente inútiles, sin abrir, seguirán acumulándose sobre algún escritorio en Londres (30).
6. “CARTAS COMO ÉSTA SE ROMPEN”
“Cartas como éstas se rompen”, escribe, sibilinamente, Juan Cruz Varela al final de la misiva al general Lavalle en la que argumenta a favor de la muerte de Manuel Dorrego. No es de extrañar que sobre su firma asiente los tres puntos masónicos ya que la sociedad secreta estaba a favor del unitarismo rivadaviano y temía que si Dorrego era traído prisionero a Buenos Aires la “chusma” se volcaría a las calles para expresarle su apoyo.
También Salvador María del Carril opera sobre la “espada sin cabeza” como lo llamaría Echeverría: “Que las víctimas de Navarro no queden sin venganza (...) el partido de Dorrego se compone de la canalla más desesperada (...) general, prescindamos del corazón en esta caso”.
Volvamos tiempo atrás. Rivadavia había sido derrocado del gobierno de buenos Aires al sucumbir ante el descontento popular provocado por la vergonzosa abdicación de su emisario Manuel García quien, a pesar de que nuestro país había triunfado militarmente sobre el Brasil, en las negociaciones de paz había renunciado a la Banda Oriental bajo presión (¿o soborno?) del embajador inglés lord Ponsonby.
En lugar de Rivadavia el fervor popular encumbró a Manuel Dorrego, quien había sabido conquistar el favor de la mayoría de los gobernadores de provincia, así como también el de los sectores marginales de la sociedad: paisanaje, tolderías, descastados, etc. Puede decirse que Manuel Dorrego es el primer líder popular de nuestro país y eso es lo que, a la postre, le costará la vida.
Pero los rivadavianos sabían que el margen de maniobra del nuevo gobernador era limitado. Así, en una carta de Agüero a Rivadavia puede leerse: “Nuestra caída es aparente, nada más que transitoria. (...) Tendrá que hacer la paz con Brasil, aceptando la deshonra que nosotros hemos rechazado (...) Sea lo que fuere, hecha la paz el ejército volverá al país; y entonces veremos si nos ha vencido”.
Tal como lo señaló el lúcido Agüero, el grave problema se planteó cuando las tropas vencedoras de Ituzaingó, comandadas por el general Lavalle, regresaron a Buenos Aires con su carga de frustración y exigencias. El gran oficial de San Martín fue rápida y hábilmente captado por los unitarios de verba fácil y bolsillo inflado. Finalmente Lavalle se subleva y los mil quinientos veteranos de guerra son demasiados para los seiscientos inexpertos que el gobernador de Buenos Aires puede oponerles.
Derrotado en Navarro el destino hace que sea un compadre de Dorrego, el mayor Acha, quien lo toma prisionero y lo pone a disposición del general victorioso.
Es entonces cuando Bernardino Rivadavia, Valentín Gómez, Salvador María del Carril, Juan Cruz Varela y otros acosan desde Buenos Aires a Lavalle instándolo a la ejecución sumaria. “Este país se fatiga hace dieciocho años en revoluciones sin que uno sola haya producido un escarmiento (...) (si no fusila V. a Dorrego) habrá V. perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra y no cortará las restantes”.
El héroe de Riobamba toma la decisión de buena fe, convencido de que así terminaría la anarquía que asolaba esa patria por la que él tanto había luchado y tanto había sufrido.
“La historia –dice el parte de un compungido Lavalle- juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, pude estar poseído de otro sentimiento que el bien público”. El arrepentimiento lo atormentará el resto de su vida.
Pocos minutos antes de morir, Dorrego expresa su último deseo en carta a Estanislao López, el nuevo jefe federal: “Que mi muerte no sea causa de mayor derramamiento de sangre”.
Pero
nuevamente se confirmó una constante de nuestra historia: la violencia sólo
engendra más violencia en contra de quien la ejerce. Los unitarios, que
creyeron que con la desaparición de Dorrego se terminaba la amenaza federal, sólo
abrieron el camino para quien durante muchos años los perseguiría, exiliaría
y degollaría: don Juan Manuel de Rosas (11, 214, 49).
7.
ENEMIGOS DE SAN MARTÍN (I)
Casi inmediatamente después de la inmolación de Dorrego, Lavalle
percibió que los doctores porteños lo dejaban librado a su suerte. Hasta
Salvador María del Carril, uno de los principales instigadores del
fusilamiento, le escribe, cínicamente: "Me tomo la libertad de
prevenirle que es conveniente que recoja Ud. un acta del consejo verbal que debe
haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase, redactado con
destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma"
(Carta del 15 de diciembre de 1828, dos días después del ajusticiamiento).
Lavalle intenta una salida salvadora: ofrecerle el gobierno a San
Martín, que se mece a bordo del "Countess of Chichester", sin
desembarcar, en el puerto de Buenos Aire
El Libertador había puesto proa a su patria, después de años de
exilio, al enterarse de la caída de su enemigo Rivadavia y del ascenso de su ex
oficial, a quien mucho respetaba y quería, Dorrego. Pero los acontecimientos se
precipitaron luctuosamente durante su travesía.
A bordo recibe al secretario de Lavalle, Juan Andrés Gelly, y al
coronel Eduardo Trol, quienes le ofrecen el gobierno. San Martín rehúsa, y le
escribe a Lavalle una carta con un intencionado consejo: "Una sola víctima
que pueda economizar al país le será de un consuelo inalterable". La
alusión al repudiable sacrificio de Dorrego es clara.
¿Por
qué no desembarca San Martín? Nuestra Historia oficial jamás reconocerá el
miedo como un sentimiento digno de nuestros próceres. Pero es bueno reconocer
que don José tuvo temor de pisar tierra argentina y quedar a merced de sus
enemigos. Si los legistas rivadavianos habían sido capaces de asesinar a
Dorrego...
A
su amigo epistolar, Tomás Guido, le cuenta (carta del 27 de abril de 1829):
"¿Ignora usted por ventura que en el año 23, cuando yo por ceder a las
instancias de mi mujer de venir a darle el último adiós, resolví en mayo
venir a Buenos Aires, se apostaron partidas en el camino para prenderme como a
un facineroso, lo que no realizaron por el piadoso aviso que se me dio por un
individuo de la misma administración, ¡y en qué época!, en la que ningún
gobierno de la revolución ha tenido más regularidad y fijeza? ¿Y después de
estos datos, no quiere usted que me ponga a cubierto, no por mi vida, que la sé
despreciar, pero sí de un ultraje que echaría un borrón sobre mi vida pública?".
San
Martín no sólo tenía un justificado miedo de que se atentara contra su vida
sino también de ser víctima de una campaña de prensa que enlodara su
prestigio aun más de lo que ya estaba.
Los
prohombres del partido unitario lo tratan con una prevención rayana en lo
agraviante. José María Paz, gobernador interino, informa a Lavalle de la
inesperada aparición: "Calcule usted las consecuencias de una aparición
tan repentina". Al referirse al Libertador lo hace como "el rey José",
mote despectivo referente a sus tendencias monarquizantes.
La
enemistad entre Rivadavia y San Martín nacía del 8 de octubre de 1812 cuando
el entonces coronel, al frente de su regimiento de Granaderos y secundando a
Alvear, irrumpió en la plaza de la Victoria para defenestrar a don Bernardino y
su Triunvirato, en lo que algunos consideran el primer golpe de Estado de
militares contra civiles.
Don
José regresa a su exilio europeo. Con meridiana claridad política, escribe a
su amigo O'Higgins: "El objeto de Lavalle
era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y
transase con las demás provincias a fin de garantir a los autores del
movimiento del 1° de diciembre (...) Pero los autores de este movimiento son
Rivadavia y sus satélites y a Ud. le consta los inmensos males que estos
hombres han hecho no sólo a este país sino al resto de la América con su
infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo
aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha
sufrido de estos hombres, pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de
un hombre de bien a un malvado".
Años antes, previamente a partir (¿huir?), San Martín había
visitado al dominante don Bernardino en su despacho, temiendo por su vida y la
de los suyos, convenciéndolo de su decisión de alejarse de su patria.
Obsecuente, medroso, le regaló entonces la valiosa campanilla de plata de la
Inquisición de Lima.
Aunque,
quizás, fue un agraviante mensaje encubierto (39, 56, 58, 71).
8.
LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
La
carta estaba fechada el 12 de agosto de 1822 y dirigida a don Francisco Bustos,
a quien se daba el trato de "Embajador". Era en respuesta a otra,
recibida dos días antes, protestando por un artículo aparecido en la prensa de
Buenos Aires que fue considerado ofensivo por el entonces gobernador de Córdoba,
hermano del "Embajador", título sin duda sarcástico ante la elevación
de Rivadavia a "Presidente".
El
texto es, sin duda, un meritorio ejemplo de los propósitos de
constitucionalidad que animaban a don Bernardino en un país anárquico,
sangriento y sin leyes.
"El
Gobierno debe antes de todo declarar al Señor Embajador, que él ha sentido
extremadamente la publicación del precitado artículo, y que le ha considerado
no menos injusto que impolítico; pero también tiene que manifestarle que hasta
aquí hasta donde puede extenderse en el presente caso y en cualquiera otro aun
cuando las invectivas se contrajesen a su misma actividad.
"La
facultad de los Escritores para escribir libremente, es decir con absoluta
independencia de la autoridad del Gobierno, les está acordada por una Ley
especial subsistente en ésta y en las demás Provincías, mediante la sanción
de todos los Gobiernos y Cuerpos representativos del país (...).
"Bajo
estos conceptos pués, el Gobierno reducido a sólo poder hacer patente al Señor
Embiado cuales son sus sentimientos en orden al asunto que ha motivado su
honorable comunicación, cree debe agregar por último que el Señor Enviado está
en el caso de poder adoptar cuantos arbitrios sugieren las Leyes del País para
reclamar contra la ofensa inferida a la respetable persona del Señor Gobernador
de Córdoba y para poner su reputación en el lugar que se merece”.
Admirables
conceptos, de gran actualidad, que confirman que nuestros próceres eran, como
todos nosotros, un damero de virtudes y defectos... (Documento en mi poder).
9.
LA ARISTOCRACIA DEL DINERO
La Constitución de Rivadavia suspendió, por el voto mayoritario de
los diputados, el derecho a votar de los menores de edad, los analfabetos, los
naturalizados en otro país, los deudores privados y del tesoro público, los
dementes, los vagos, los procesados por delitos infamantes. Pero también a los
"criados a sueldo, peones jornaleros y soldados de línea". Dorrego
levanta su voz:
"He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la aristocracia del dinero (...) Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases, y se advertirá quiénes van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, que tal vez no exceda de la vigésima parte (...) ¿Es posible esto en un país republicano?".
Siguió en ese tono: "¿Es posible que los asalariados sean buenos
para lo que es penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en
las elecciones?". El argumento de quienes habían apoyado la exclusión era
que los asalariados eran dependientes de su patrón. "Yo digo que el que es
capitalista no tiene independencia, como tienen asuntos y negocios quedan más
dependientes del Gobierno que nadie. A ésos es a quienes deberían ponerse
trabas (...) Si se excluye a los jornaleros, domésticos, asalariados y
empleados, ¿entonces quiénes quedarían? Un corto número de comerciantes y
capitalistas".
Y
señalando a la bancada unitaria: "He aquí la aristocracia del dinero y si
esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y mercarse (...) Sería
fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir en la generalidad
de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas. Y en ese caso,
hablemos claro: ¡el que formaría la elección sería el Banco!"
Los
buitres de la muerte ya planeaban, ávidos, sobre la cabeza de don Manuel (67).
10.
ENEMIGOS DE SAN MARTÍN (II)
Otros
acérrimos enemigos de San Martín eran los "carreristas", que se habían
jurado acabar con su vida, adjudicándole la muerte de sus jefes Juan José y
Luis Carrera. Los acaudillaba el hermano sobreviviente, José Miguel, astuto y
despiadado, quien había llegado a ser Director Supremo en Chile, y que con el
obsesivo propósito de venganza había ganado influencia en la política de las
Provincias Unidas constituyéndose en hombre de confianza del poderoso caudillo
entrerriano Francisco Ramírez.
El
Libertador pagaba con su miedo culpas ajenas ya que el verdadero responsable de
la muerte de los hermanos Carrera había sido Bernardo de Monteagudo, hombre de
pluma brillante y escrúpulos escasos.
Ideólogo
del levantamiento chileno, fue el redactor de la proclama independentista del país
trasandino.
Como
otros muchos, la sorpresiva tragedia de Cancha Rayada lo había convencido de
que la revolución en Chile había fracasado y de que San Martín y O'Higgins
habían muerto. Huye entonces hacia Mendoza.
Llegado
allí se enteró de que San Martín no se había suicidado, como había llegado
a sus oídos, ni su ejército estaba destrozado, gracias a la acción de Las
Heras que logró salvar el grueso de las tropas en una prolija retirada en medio
de la noche.
Jamás
podrá dilucidarse si esta actitud de Monteagudo se debió a la cobardía y a su
capacidad, ya revelada durante el gobierno de Alvear y su logia, a la que él también pertenecía,
para saltar rápidamente de bando de acuerdo con las conveniencias, o si fue,
como él lo manifestó vigorosamente hasta el fin de sus días, una maniobra
para preservar la tambaleante revolución haciéndose fuerte en territorio
argentino.
Monteagudo
se encontró entonces en una situación complicada: en Mendoza, alejado de sus
protectores, quienes se sentían defraudados por su actitud, como era evidente
por la absoluta falta de respuesta a las cartas que ansiosamente les hacía
llegar desde el otro lado de la cordillera. Había que hacer algo.
La
oportunidad se le presentó dramáticamente al enterarse de que en las cárceles
mendocinas estaban alojados los hermanos Juan José y Luis Carrera, por delitos
menores, y que pronto serían dejados en libertad.
Seguramente
recordó entonces la carta de O'Higgins a San Martín: "Siempre han sido lo
mismo (los Carrera) y sólo variarán con la muerte; mientras no la reciban
fluctuará el país en incesantes convulsiones (...) Un ejemplar castigo, y
pronto, es el único remedio que puede cortar tan grave mal. Desaparezcan de
entre nosotros los tres cínicos Carrera, júzgueseles y mueran, pues lo merecen
más que los mayores enemigos de América".
Los
hermanos chilenos tenían gran ascendiente en la plebe y su innegable
patriotismo y coraje los exaltaba en la consideración popular. Su proyecto político
era inconciliable con el de San Martín y O'Higgins y les planteaba permanentes
dificultades.
Escribe
Bartolomé Mitre: "Por desgracia para los hermanos llegaba a Mendoza, entre
los fugitivos del campo de batalla y poseídos de los pavores de la derrota, el
doctor Monteagudo, auditor del Ejército de Chile. Este personaje, cuya figura
aparece en todas las hecatombes de la revolución, terrorista por temperamento y
por sistema, era el genio político que iba a decidir con su influencia de
revolucionario y jurisconsulto, la suerte de los presos".
Decidido a congraciarse con O'Higgins, Monteagudo se presenta ante el
gobernador Luzuriaga, quien debía su cargo a San Martín, y le manifiesta venir
en misión secreta confiada por el general.
El gobernador parece desconfiar al principio pero no son pocas las
veces que ha visto a don Bernardo junto al Libertador y constatado la confianza
que éste le dispensaba. Finalmente la seducción y la verba de Monteagudo
terminan por convencerlo y se abre así el juicio contra los Carrera.
Los verdaderos cargos eran que hacía ya años que los tres Carrera,
junto a la vigorosa Javiera, su hermana, planeaban acciones políticas,
militares y hasta terroristas para desembarazarse de quienes ellos consideraban
el obstáculo para hacerse del poder en Chile y enfrentarse, según ellos, en
mejores condiciones con el invasor español.
Monteagudo se erigió, como lo había hecho cuando se fusiló al héroe
de las Invasiones Inglesas, Álzaga, en principal fiscal del proceso: los acusa
de un supuesto intento de fuga de su prisión mendocina. Luego de un juicio
acelerado y en muchos sentidos procesalmente cuestionable, los Carrera son
condenados a muerte y la ejecución se lleva a cabo velozmente, argumentando,
como deja constancia en el dictamen, que "estaba autorizado en tal terrible
y extraordinario conflicto. No sólo para cumplir sumariamente la causa sino
para también proceder a la ejecución de la sentencia, sin previa consulta a la
superioridad por ser el peligro inminente".
Como Monteagudo lo anticipase, la noticia llenó de satisfacción a
O'Higgins, quien veía así despejado su camino de tan fastidiosos adversarios.
Tanto fue así que lo manda a llamar para que regrese a Santiago y nuevamente le
adjudica tareas de gran responsabilidad en su gobierno.
Lo que quizás estaba fuera de los cálculos del tucumano era la ira
que se desató en San Martín, en primer lugar debido al engaño del que había
sido objeto su fiel Luzuriaga, cuando Monteagudo invocó su nombre arteramente.
Pero también, y principalmente, porque San Martín, magnánimo había
prometido a Ana María Cotapos, esposa de Juan José Carrera
la conmutación de la pena. Promesa que cumplió enviando el
siguiente mensaje a O'Higgins: "Excelentísimo Señor, si los cortos
servicios que tengo rendidos en Chile merecen alguna consideración, los
interpongo para suplicar a V.E. se sirva mandar se sobresea la causa que sigue a
los señores Carrera. Estos sujetos podrán tal vez algún día ser útiles a la
patria, y V.E. tendrá la satisfacción de haber empleado su clemencia uniéndola
al beneficio público".
Pero cuando esta comunicación llegó, la terrible sentencia hacía ya
tres días que se había cumplido, lo que fue aprovechado por los enemigos
chilenos del Libertador para acusarlo de falso y de haberse burlado de una viuda
desconsolada.
Desde entonces, la vida del Libertador estuvo en peligro (53).
11.
"A MI NO ME TOCÓ NADA"
Eran
las vísperas de Ituzaingó.
El
general Alvear se vuelve hacia él y le dice:
-¿Ve
usted esta galera cuán grande capacidad tiene? Pues bien, pienso llenarla de
oro y plata, y si la suerte nos es adversa, nos embarcaremos en el río Grande y
haremos un corte de manga al ejército y a la república. Todos son unos
botarates y el primero y más clásico es don Bernardino Rivadavia. No tenga
usted cuidado, de esta hecha lo he de enriquecer a usted.
El
aludido comenta: "Tales fueron, poco más o menos, sus palabras. Tal el
discurso extravagante e inmoral de aquel hombre que pasa en el concepto de
algunos por una cabeza privilegiada".
Y
sigue: "Al extinguirse la gloriosa batalla, el general en jefe se apoderó
de la vajilla de plata del marqués de Barbacena. Era hombre que no se
descuidaba (...) El general Soler participó del botín aligerando los baúles
del marqués. Después repartió algunos trapos entre los jefes del cuerpo de ejército
que él mandaba. A mí no me tocó nada, no sé por qué. Pero habría desdeñado
admitir una sola prenda, a no ser que hubieran sido libros o cartas topográficas.
Para nada de esto se acordó Soler de mí" (General Tomás de Iriarte, Memorias)
(41).
12.
EL EMBAJADOR Y EL CORONEL
"Veré
su caída, si tiene lugar, con placer -escribía el embajador Ponsonby a la
Corona británica el 1° de enero de 1828-; mi propósito es conseguir medios
para impugnar al coronel Dorrego si llega a la temeridad de insistir sobre la
continuación de la guerra".
El gobernador de Buenos
Aires no se resignaba a que Rivadavia y García hubieran entregado la Banda
Oriental al Brasil a pesar del triunfo de nuestras armas. Concibe un arriesgado
plan en complicidad con José Bonifacio de Andrada y otros opositores brasileños.
Se sobornaría a los mercenarios alemanes para que se sublevaran en Pernambuco.
Asimismo la guarnición irlandesa de Río de Janeiro se amotinaría y se
apoderaría del Emperador, embarcándolo en una fragata que lo trasladaría
preso hasta Buenos Aires. También se había acordado una ofensiva de los
orientales al mando de Lavalleja y parecía seguro el apoyo de Bolívar y sus
tropas acantonadas en el Alto Perú.
El eficiente servicio secreto inglés en las Provincias Unidas
desbarata el intento. "Su Excelencia no debería hacer caso a la doctrina
de algunos crudos teóricos que creen que América debe tener una existencia política
separada de los intereses de Europa -aleccionará lord Ponsonby al insurrecto
gobernador porteño-. El comercio y los intereses comunes de los individuos han
formado lazos de unión que el poder de ningún hombre podría quebrar. Mientras
ellos existan, Europa tendrá el derecho, y con certeza no le faltarán los
medios, para intervenir en la política de América cuando fuere necesario para
la seguridad de los intereses europeos".
Pero Dorrego no cejaba. Lo que ahora se proponía era la
autodeterminación de los uruguayos, seguro de que se reunirían a las
Provincias Unidas. O, al menos, se proclamarían independientes del Brasil.
Lord Ponsonby, rabioso, lo increpa: "¿Usted habla de una paz bajo
la base de que los beligerantes desocupen la Banda Oriental y la dejen libre
para elegir su destino, sea independencia o unión con alguno de los
beligerantes?"
La respuesta de Dorrego es reproducida por el aristocrático embajador
en su informe a Londres del 23 de enero: "Sí" (67).
13.
BÁRBAROS Y CIVILIZADOS
Los años de la anarquía fueron de una extremada crueldad. Unitarios y
federales saqueaban, torturaban, degollaban, empalaban. Ambos bandos hicieron
una guerra sin prisioneros.
Sin embargo, mientras algunos pasaron a la historia como "bárbaros",
tal el caso de Facundo Quiroga, otros no perdieron su condición de
"civilizados", como José María Paz.
Pero Domingo Arrieta, que fuera oficial de Paz en la "campaña de
la sierra", cuenta en sus Memorias de un soldado: "Mata aquí, mata allá, mata acullá, mata en todas partes, no
había que dejar vivo a ninguno de los que pillásemos y al cabo de dos meses
quedó todo sosegado".
Se calcula que fueron 2.500 los muertos y desaparecidos en esta represión
"civilizada".
Tampoco Lavalle dejó fama de sanguinario. Sin embargo, es suya la
proclama contra Estanislao López: "¡La hora de la venganza ha sonado! ¡Vamos
a humillar el orgullo de esos cobardes asesinos! Se engañarían los bárbaros
si en su desesperación imploran nuestra clemencia. Es preciso degollarlos a
todos. Purguemos a la sociedad de esos monstruos. Muerte, muerte sin
piedad". También: "Derramad a torrentes la inhumana sangre para que
esta raza ..maldita de Dios y de los hombres no tenga sucesión" (31, 48).
14.
“LOS SAGRADOS DERECHOS”
“... quienes derrocaron al gobierno general (N. del A.: del coronel
Manuel Dorrego) son los mismos que en 1814 pidieron a Carlos IV, un vástago de
la Casa de Borbón, para que se pusiese de rey entre nosotros (por Rivadavia),
los que en 1815 protestaron al embajador español en el Janeiro, conde de Casa
Flores, que si habían tomado intervención en los negocios de América había
sido con el objeto de asegurar mejor los derechos de S.M. Católica en esta
parte de América (por Alvear), los mismos que en 1816 nos vendieron a Juan VI,
entonces príncipe de Lucca (por Valentín Gómez y Pueyrredón), en fin, los
autores de todas las desgracias en América. América no lloraría tantas
desgracias si cuando en octubre de 1811 botó esa facción por tierra al
gobierno que se había formado en 1810, un castigo ejemplar les hubiera enseñado
que no se podían hollar los sagrados derechos de los Pueblos" (Circular
del gobernador Francisco Bustos, de Córdoba, a todas las provincias, 10 de
diciembre de 1828) (48, 67).
15.
LOS PUEBLOS LIBRES
"El objeto y fines de la Convención del Pilar, celebrada por V.S.
sin mi conocimiento ni autorización -le escribe Artigas a Ramírez, furioso-,
no ha sido otro que confabularse con los enemigos de los Pueblos Libres*
para destruir su obra y atacar al Jefe Supremo**."
El enojo del caudillo oriental se debía a que el gobernador de Entre Ríos
iba a concurrir al encuentro con sus pares de Santa Fe, Estanislao López, y de
Buenos Aires, Manuel de Sarratea, en representación de su alianza con Artigas.
Sin embargo, firma el tratado tripartito olvidando este acuerdo, con lo que don
José Gervasio queda aislado y a merced de los invasores portugueses.
"No es menor crimen haber hecho el vil tratado del Pilar sin haber
obligado a Buenos Aires a que declarase la guerra a Portugal -continúa la
carta- y entregase fuerzas suficientes y recursos bastantes para que el Jefe
Supremo y Protector de los Pueblos Libres pudiese llevar a cabo esa guerra y
arrojar del país al enemigo aborrecible que trata de conquistarlo. Ésta es la
peor y más horrorosa de las traiciones de V.S."
El "supremo entrerriano" no demora su réplica: "La
Provincia de Entrerríos no necesita su defensa ni corre riesgo de ser invadida por los portugueses, desde que ellos tienen el
mayor interés en dejarla intacta para acabar la ocupación de la Provincia
Oriental a la que debió V.S. dirigir sus esfuerzos (...) Mi patriotismo no
necesita de las recomendaciones de V.S. (...) ¿Por qué extraña que no se
declarase la guerra a Portugal? ¿Qué interés hay en hacer esta guerra ahora
mismo y en hacerla abiertamente? ¿Cuáles son los fondos de los Pueblos, cuáles
sus recursos?".
La disputa epistolar pasa a las vías de hecho. Artigas y Ramírez se
enfrentan rabiosamente en Arroyo Grande, en Las Guachas, en Sauce de Luna y
otros sangrientos combates. Finalmente, el entrerriano, con la ayuda de sus
nuevos aliados, derrota definitivamente al "Protector de los Pueblos
Libres" obligándolo a refugiarse en territorio paraguayo, de donde no
regresará jamás.
Una de las estipulaciones secretas del tratado del Pilar permite la
entrada triunfal de los federales en Buenos Aires. Lo narra, con repugnancia,
Vicente Fidel López:
"Sarratea,
cortesano y lisonjero, no tuvo bastante energía o previsión para estorbar que
los jefes montoneros viniesen a ofender, más de lo que ya estaba, el orgullo
local de la ciudad. El día 25***
regresó a ella acompañado de Ramírez y de López, cuyas numerosas escoltas
compuestas de indios sucios y mal trajeados a término de dar asco, ataron sus
caballos en los postes y cadenas de la pirámide de Mayo, mientras los jefes se
solazaban en el salón del ayuntamiento" (12,
44).
16.
LAS ÁCIDAS MEMORIAS DE UN SOLDADO
El general Tomás de Iriarte hace en sus Memorias
jugosos comentarios sobre protagonistas de nuestra historia, contemporáneos
y conocidos suyos:
Almirante Guillermo Brown: "Había desertado, robándose uno de
nuestros buques de guerra, con el que fue a piratear en el mar Pacífico hasta
que lo tomaron los ingleses y hubieron de ahorcarlo. De regreso a Buenos Aires
se le formó causa y quedó arrinconado sin destino gracias a la parcialidad de
nuestros jueces, porque en un país constituido habría sido sentenciado al
banquillo. Así, Brown vegetaba en la oscuridad y se moría de hambre cuando fue
llamado para tomar el mando de la marina".
Martín Güemes: "Jamás expuso su pecho a las balas (...) Era un
jefe ambicioso y anarquista. La provincia de Salta, la única barrera de la República
Argentina, estaba entonces muy mal guardada por las tropas montoneras del
caudillo Güemes. Los españoles la invadían con facilidad, siempre que así
convenía a sus intereses".
El general Iriarte no fue una personalidad intrascendente de su época.
Fue oficial de nuestra independencia e intervino en no pocos sucesos decisivos
de la misma. Más tarde actuó como diplomático en los Estados Unidos, tuvo
heroica participación en la batalla de Ituzaingó y, ya en la madurez, redactó
el Código Militar, juntamente con Bartolomé Mitre.
Juan Manuel de Rosas: "Era una especie de señor feudal. Estableció
reglamentos extravagantes y crueles, a los que él mismo quiso sujetarse, y así,
gradualmente, fue ascendiendo en consideración y prestigio entre los habitantes
de la campaña del Sur: eran éstos los criminales, ladrones, salteadores de
caminos, asesinos, hombres inmorales y delincuentes, a quienes perseguía la
justicia de las leyes y que, por evitar un merecido e infalible castigo, se
refugiaban en los campos de Rosas...".
Feliciano Chiclana: "Un día me citó a tener una entrevista en su
casa, pretextando enfermedad y que no podía venir a la mía. Cuando entré en
su alojamiento estaba en la cama, envuelto en una asquerosa frazada. Me dijo que
tenía que comunicarme un asunto de la mayor, gravedad, pero, entretanto, la
mujer y las hijas rodeaban su cama, y yo no estaba en ánimo de entrar en
materia delante de testigos". Iriarte comprendió que los familiares
estaban ex profeso para actuar como eventual testimonio de lo que allí se
hablase, y se retiró, sospechando que "en alguna pieza vecina estuviesen
ocultos algunos agentes". Y agrega: "¡Qué hombre el tal Chiclana! ¡Qué
ser tan abyecto y degradado! ¡Y fue miembro de la Primera Junta revolucionaria
y después del Poder Ejecutivo en el año doce!".
Manuel Dorrego: "El saqueo fue general. También las violaciones y
los asesinatos (...) Los gemidos, los gritos y -las amenazas de muerte eran tan
altos e incesantes que no se oía apenas al compañero con quien se hablaba. Es
decir, que los libertadores, los que levantaban tan alto el grito contra las
depredaciones de los enemigos, saquearon completamente a San Nicolás. Pero lo
saquearon a vista y presencia del gobernador Dorrego y de generales y jefes que
estaban dentro de la ciudad, sin que tomasen medida alguna para contener a la
soldadesca desenfrenada".
Bernardino Rivadavia: Iriarte reconoce su labor de estadista, pero
también lo acusa de haber importado el pedantismo europeo en nuestro país,
"su fatua hinchazón".
Cuando "paseaba por las calles de Buenos Aires, como era corto de vista, preguntaba al edecán que llevaba a su lado: ¿Quién es ese hombre incivil que no ha saludado al Presidente de la República?".
Tampoco escapó al memorioso general la rivalidad entre sus colegas San
Martín y Alvear: cierta vez, en Londres, asistió a un banquete en el que ambos
estuvieron a punto de tomarse a puñetazos cuando el segundo se mofó de las
ideas absolutistas del Libertador. "Alvear detestaba a San Martín y este
odio era recíproco. En Alvear obraba un sentimiento de envidia por el nombre
glorioso de su adversario." El encono de don José, según Iriarte, tenía
otro origen que denuncia su toma de partido: "Era el conocimiento que de él
tenía" (41).
17.
LOS DEUDORES NO DEBEN MORIR
A
veces surgía el humor de las entrañas del caos y del espanto.
El
coronel Nicolás Dávila había combatido corajudamente en la defensa de La
Rioja. Fue inútil, ya que el general rosista Benavídez arrolló a las fuerzas
que se le oponían, haciendo prisioneros a Dávila y a dos de sus hijos.
La
suerte del coronel parecía echada pues eran épocas de crueles represalias
contra el vencido. Y el general triunfante era de los que habían ganado mayor
fama de sanguinario.
Había
acampado en Sañogasta, y entrada ya la noche, Benavídez, que era muy dado al
juego, mandó llamar a Dávila y le propuso una partida.
El
coronel, sin hacerse rogar, aceptó.
Horas
después, de regreso a la carpa que servía de prisión, le contaba a su hijo
Cesáreo: -
-¿Sabés
que me ha invitado a jugar el general?
-¿Y
usted qué ha hecho, mi padre?
-He
jugado y he perdido seiscientos bolivianos.
-Ha
hecho usted muy mal, tata -exclamó Cesáreo, preocupado-, ¿con qué pagamos
ahora esta deuda?
-No seas tonto, m'hijo -repuso sonriendo el coronel-, me he dejado ganar para que este bárbaro, con la esperanza de cobrar, nos respete y no nos degüelle en el camino. Las previsiones de Dávila se cumplieron (8).