2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

  

1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 

 

 4ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 5ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 

 

 6ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
 

 

 

 

 

 

EL AGUILA GUERRERA

 

QUINTA PARTE

 
1. EL "MORO"

 

La relación entre Facundo Quiroga y Estanislao López fue siempre tirante. Tanto que no son pocos los historiadores que acusan al caudillo santafesino de ser el verdadero insti­gador de la muerte del riojano.

Quiroga tenía un motivo fundamental para odiar a López: Lamadrid se había apoderado en La Rioja del caba­llo de Facundo, el famoso "Moro" al que su dueño le adjudicaba poderes sobrenaturales. Una representación luciferi­na a la que consultaba y cuyos consejos seguía al pie de la letra.

Luego de la batalla de El Tío, el tan mentado equino cae en manos de López. Cuando Quiroga se lo reclama, don Estanislao se niega a devolvérselo.

El general Paz, en sus Memorias, se ocupa de la impor­tancia que el "Moro" tenía para su dueño. Recuerda una sobremesa de oficiales en la que todos se mofaban del caballo "confidente, consejero y adivino del general Quiroga". Picado, un antiguo oficial de éste cuenta: "Señores, digan ustedes lo que quieran, rían cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar es que el caballo moro se indispuso terriblemente con su amo el día de la acción de La Tablada, porque no siguió el consejo que le dio de evitar la batalla ese día. Soy testigo ocular de que habiendo querido el gene­ral montarlo el día de la batalla, no permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo uno de los que procuraron hacerlo, y todo para manifestar su irritación por el desprecio que el general hizo de sus avisos".

A pedido de Facundo, Rosas interviene sin éxito ante el caudillo santafesino para resolver el pleito. "Puedo asegu­rarles compañeros que dobles mejores se compran a cuatro pesos donde quiera -responde López-; no puede ser el decantado caballo del general Quiroga porque éste es infa­me en todas sus partes". Pero no lo devolvió.

Siguiendo instrucciones del Restaurador, Tomás de Anchorena escribe a Facundo rogándole que no haga del tema del caballo un asunto de Estado que podría perturbar la marcha de la República y ofreciéndole una indemniza­ción económica.

En la respuesta de Quiroga (12 de enero de 1832) se evidencia su furor: "Estoy seguro de que pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro caballo igual, y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de recibir en cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina (...) Me hallo disgustado más allá de lo posible".

El santafesino nunca devolvió al "Moro". En su Facun­do, Sarmiento pone en boca del enfurecido Tigre de los Lla­nos: "¡Gaucho ladrón de vacas! ¡Caro te va a costar el placer de montar en bueno!" (9, 48, 67).

 

  

 

2. QUIÉN ASUME LA RESPONSABILIDAD

 

Cuando el gaucho Zevallos le acertó con sus boleadoras a las patas del caballo del general Paz, un enorme alivio cundió en la Confederación Argentina. Sus líderes, Rosas, Quiroga, López, veían desaparecer a su principal adversa­rio. Cabía decidir sobre su suerte.

Estanislao López, que lo tiene en su poder, consulta al Restaurador, y éste le responde el 22 de febrero de 1832: "Si hemos de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la moral pública y repa­rar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre las na­ciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no sería un opro­bio para los argentinos?".

López a Rosas: "A pesar de que mi carácter es y ha sido siempre inclinado a la indulgencia no puedo menos que confesar que el fallo de usted es imperiosamente reclamado por la justicia en desagravio de los atentados atroces infe­ridos a los pueblos y a las leyes". Pero para no responsabi­lizarse, quería que la muerte de Paz fuese "por pronuncia­miento expreso de todos los gobiernos confederados o por una cosa semejante", y le pide a Rosas que consulte a las provincias.

Don Juan Manuel comprende que don Estanislao trata de escurrir el bulto: si se consultaba a las provincias la nota debería firmarla exclusivamente quien "lo hizo prisio­nero y lo custodia en su territorio" (28 de marzo).

López pide a Rosas el 24 de abril que le redacte un bo­rrador "para salir de una vez de este negocio".

Rosas no cae en la trampa. El 17 de mayo escribe: "Me excuso, compañero, hacer la redacción que me pide; esta obra es exclusivamente suya y nadie sino usted mismo es quien la debe dirigir y firmar".

José María Paz salvaría su vida, y luego de algunos años de confinamiento en Luján, escapará y retomará su lucha en contra de Rosas y López (59, 67).

 

  

 

3. ¿HAY ENFERMEDADES "INNOBLES"?

 

En la historia que nos enseñaron, nuestros próceres mueren pronunciando a veces frases para la posteridad, pero nunca se especifica la patología que los arranca de la vida. Como si su memoria hubiera de ser protegida de virus o bacterias "innobles"...

"Nada hay de terrible en lo que nos libra de todo lo que puede ser temido" (Tertuliano). Sin embargo, no poca con­moción causó nuestro aserto de que Güemes habría muerto desangrado por una hemofilia que transformó en mortal un sesgado trabucazo en su trasero.

Tampoco tiene sentido disimular, porque en nada devalúa sus méritos, que Manuel Belgrano murió a raíz de la sífilis contraída en su juventud.

 

 

  

 

4. LA SOMBRA DE DORREGO

 

El "Ejército Libertador" franco-argentino avanzaba so­bre Buenos Aires para acabar con la tiranía de Rosas.

Su jefe, Juan Lavalle, ordena hacer alto.

Con el pretexto de sosegar a algunas partidas federales se desvía al frente de un regimiento.

Entra en Navarro el 22 de agosto de 1840 y se dirige a la estancia "La Almeira".

El general Iriarte, entonces su subordinado, anota en sus Memorias que Lavalle cae en una profunda melancolía. Durante cinco días se encierra en un hondo mutismo, sentado en el mismo escritorio donde doce años antes había firmado la sentencia de muerte.

El mayordomo de la estancia, en señal de amistad, le regala el tintero en el que había mojado su pluma. Lavalle lo tomó en su mano desprevenidamente y, al reconocerlo, lo arrojó lejos como si le quemara.

El tintero se hizo trizas, hiriéndolo con sus destellos de fusilería (67).

 

 

  

 

5. LA MULATA TORIBIA

 

"Tuvieron muy buen efecto los balazos que hice hacer el 29 del mes pasado -escribe a su esposo en abril de 1834, refiriéndose a los atentados contra los generales Tomás de Iriarte y Félix de Olazábal-, como te lo anticipé en la mía del 28, pues a eso se ha debido que se vaya a su tierra el fascineroso canónigo Vidal."

Doña Encarnación Ezcurra de Rosas fue una mujer de carácter. Cuando don Juan Manuel está lejos de Buenos Aires, empeñado en su Campaña del Desierto, ella le informa: "Las masas están cada vez más dispuestas y el deseo de los paisanos es acabar con estos pícaros".

Las elecciones se avecinan: "No las hemos de perder, pues en caso de debilidad de los nuestros en alguna parro­quia, armaremos bochinche y se los llevará el diablo a los cismáticos*. Lo mismo me peleo con los apostólicos** débi­les, pues los que me gustan son los de hacha y tiza" (Carta del 13 de abril de 1834).

Tampoco se salvaban los parientes: "A tu hermano Prudencio le ha entrado una defensa particular por Viamonte, como si fuera su mejor amigo (...) Cuánto me alegraría que le echaras una raspa...". Prudencio Rosas fue uno más de los expatriados en Montevideo.

En otra correspondencia le adjunta ejemplares de El Defensor y El Látigo: "Verás cómo anda la reputación de tu mujer y la de tus mejores amigos. A mí nada me intimida, yo me sabré hacer superior a estos malvados y ellos paga­rán caros sus crímenes (...) Todo esto se lo lleva el diablo. Ya no hay paciencia para sufrir a estos malvados y estamos esperando cuando se maten a puñaladas los hombres por la calle".

Doña Encarnación, a quien sus enemigos ridiculizaban apodándola "la mulata Toribia" por su fealdad, fue la crea­dora de la temible "Mazorca", que hoy sería definida como un grupo parapolicial que practicaba el terrorismo de Esta­do. Su objetivo era acabar, por muerte o intimidación, con la oposición a su esposo.

En cuanto al nombre, algunos, magnánima o ingenua­mente, suponen que representaba de manera simbólica al campo argentino. Otros, más sofisticados, suponen un jue­go de palabras: más - horca.

Sin embargo, su verdadera razón era que una de las torturas preferidas por los "mazorqueros" era introducir un choclo en el ano de sus víctimas...

 

"Aquesta marlo que miras

de rubia chala vestida

en las entrañas se ha hundido

de la unitaria facción."

 

(Rivera Indarte, en su época rosista) (4, 22, 40).

 

 

  

 

6. EL CHACAL DEL RÍO

 

Las jóvenes corrían despavoridas por las calles de Colo­nia del Sacramento, aullando de terror con sus ropas desga­rradas. Los saqueadores arrasaban con todo lo que encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los in­cendios.

El jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a lo "difícil de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y los soldados anglo franceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes, no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los nuestros, al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros oficiales hicieron lo posible por evitarlo. La represión del desorden resultó difí­cil, considerando que la Colonia era pueblo abundante en provisiones y especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los apetitos de los virtuosos saqueadores". Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes, ya que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.

Días después, la escuadra de mercenarios italianos, con sus talegos rebosantes de oro y plata, leva anclas y se interna en el Uruguay.

Al llegar a Gualeguaychú repiten el saqueo. El pueblo estaba desguarnecido y fue fácil para los italianos, que actuaban a las órdenes de la escuadra anglofrancesa que invadía las Provincias Unidas del Río de la Plata, desarro­llar sin inconvenientes su cruel codicia y lujuria. "Durante dos días los legionarios saquearon las casas de familia y principalmente las de comercio", dice Saldías apoyándose en las protestas de los comerciantes (sardos, españoles, portugueses y franceses) que la Gaceta Mercantil publicó el 23 de octubre.

El jefe de los saqueadores, a quien los diarios de Bue­nos Aires apostrofaban como "el chacal de los tigres anglo­franceses", se disculpará en sus Memorias: "El pueblo de Gualeguaychú nos alentaba a la conquista por ser un ver­dadero emporio de riqueza, capaz de revestir a nuestros harapientos soldados y proveernos de arneses (...) Adquiri­mos en Gualeguaychú muchos y muy buenos caballos, la ropa necesaria para vestir a toda la gente, los arneses de la caballería y algún dinero que se repartió entre nuestros pobres soldados y marineros que tanto tiempo llevaban de miseria y privaciones".

El jefe mercenario de esta horda salteadora era Giuseppe Garibaldi, que años más tarde se constituiría en el héroe de la unidad italiana y prócer nacional de Italia (5, 67).

 

 

  

 

7. PEDRO, EL HIJO ILEGÍTIMO

 

Sabía, desde que tenía conciencia, que su nacimiento había sido azaroso. Su madre, María Josefa Ezcurra, había muerto muy joven, anonadada quizás por la reprobación de una sociedad tan pacata como la porteña.

Pedrito fue adoptado por don Juan Manuel de Rosas, a instancias de su esposa, doña Encarnación, hermana de la infortunada María Josefa. La relación del niño con su padre adoptivo siempre fue excelente, tanto que, se decía, el Res­taurador lo prefería a su propio hijo, el apático y medroso Juan.

-Siéntese, m'hijo.

Don Juan Manuel lo había mandado a llamar y Pedrito, que ya había ido volviéndose Pedro con la voz enronquecida, los músculos rotundos y los sentimientos en torbellino, supo que el día había llegado.

-Sí, tatita -susurró, acomodándose en el borde del banco. Se hizo un silencio mientras don Juan Manuel hacía anotaciones y firmaba algunos papeles que se amontonaban sobre su escritorio.

-Lindo día -volvió a decir el joven, quien nunca había tenido miedo de cruzar esa mirada que todos rehuían. -Vamos al grano, m'hijo. Ya tiene edad para saber quién fue su padre.

Pedro tuvo miedo de no escuchar por el estrépito de su corazón. Ese hombre al que todos temían lo observaba sere­namente, casi con ternura.

-Su madre era una mujer muy bonita. La más bonita de las Ezcurra -no lo dijo, pero era como si lo hubiera dicho, "más bonita que mi Encarnación".

-Gracias -dijo el joven y enseguida dudó si era eso lo que debía haber dicho.

-Belgrano -estaba diciendo esa voz acostumbrada a mandar. Pedro no entendió, o no se atrevió a entender, y se quedó mirándolo.

-Belgrano -repitió don Juan Manuel-. Su padre fue Manuel Belgrano.

Había retratos de Belgrano por todas partes. En casas, en iglesias, en ayuntamientos. También en el salón de los Rosas. Era un prócer de la patria.

-Su padre fue un gran hombre, puede estar orgulloso, m'hijo. -Pedro no percibió el levísimo temblor en los dedos del Restaurador.

A continuación, ese hombre, que años más tarde lo haría coronel de sus ejércitos para tenerlo siempre cerca, hizo una seña para que se retirara. Un embajador aguardaba en el salón contiguo y Reyes, el edecán, se había asomado para recordárselo.

Cuando el joven, esforzándose para que su paso parecie­ra firme, iba a cerrar la puerta tras de sí, escuchó:

-De aquí en más, m'hijo, puede firmar Pedro Rosas y Belgrano.

 

 

  

 

8. LA COSTURERA

 

La paga de las costureras era miserable. Solía ser un oficio reservado para personas de baja condición social. La ropería de Simón Pereyna daba empleo a varias.

Entre ellas estaba Ángela Baudrix, viuda de Manuel Dorrego (7).

 

 

  

 

9. OPINIONES SOBRE EL RESTAURADOR

   

En el Parlamento francés se debatía la invasión a las Provincias Unidas en alianza con Gran Bretaña. Las opinio­nes sobre Rosas que allí se escuchaban reproducían bastante fidedignamente lo que de él se decía allende el océano.

Habla Thiers, jefe de la facción nacionalista: "Montevi­deo es una colonia francesa (...), está llamada a un desen­volvimiento que Buenos Aires no puede pretender".

Si el partido de las campañas*** había prevalecido en Buenos Aires era por los procedimientos de Rosas, "hombre tan célebre por sus crueldades. Ha fusilado sin juicio, que es el modo más humano de conducirse en ese país, porque habitualmente se degüella (...) se ponen juntos hombres y mujeres entre tablas y se los asierra. Rosas ha colocado cabezas humanas en los mercados donde habitualmente se expenden las cabezas de los animales (...) Por todo eso la población civilizada o semicivilizada de Buenos Aires se ha ido a Montevideo. Buenos Aires tenía antes 80.000 habitantes, y hoy apenas 40.000 sobrevivientes. En cambio en Montevideo de 15.000 ha pasado a 50.000.

Recuerda la fallida intervención de 1838. Continuaba siendo un deber de Francia derribar a Rosas del poder, porque eso era lo prometido a los unitarios al impulsarlos a la guerra, "así ese desgraciado general Lavallée (sic), que nosotros llevamos a la insurrección y que ha pagado con su cabeza la devoción a nuestra causa". Interesaba a la huma­nidad, de la que Francia era la expresión más alta, "borrar del mundo ese monstruo de barbarie e iniquidad".

Si Rosas estaba todavía en Buenos Aires era por la inefi­cacia y pusilanimidad del entonces gobierno francés. Bastaba unirse con Inglaterra "y Rosas de un soplo se vendría por el suelo. ¿O vosotros dejaréis que la indigna marina de Rosas continúe bloqueando Montevideo y revisando buques de nues­tra bandera que quieren entrar a ese puerto?".

Laurent de l'Ardeche, socialista, contesta a Thiers: "La guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios del Uruguay representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjero, y de este modo encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo.

"Los unitarios y sus amigos lo saben bien (...) A sus ojos el jefe del federalismo es un vecino peligroso para Bra­sil a título de propagandista y libertador de los esclavos; a sus ojos, si hay algo en las orillas del Plata que ofrezca analogía con las doctrinas de los revolucionarios y factores de barricadas, son las doctrinas y los actos del general Rosas (...) Lo que hay de cierto es que su poder se apoya en efecto sobre el elemento democrático, que Rosas mejora la condición social de las clases inferiores, y que hace mar­char a las masas populares hacia la civilización dando al progreso las formas que permiten las necesidades locales. Lo que hay de cierto es que él hace todo esto sin necesitar revoluciones y barricadas, puesto que la soberanía nacional es la única que lo ha elevado al poder donde lo mantienen invariablemente la confianza, la gratitud y el entusiasmo de sus conciudadanos" (67).

 

  



10. LA DELFINA


No vaciló. A pesar de que sólo le quedaban dos hombres de su escolta, no vaciló. Dando alaridos y revoleando su sa­ble cargó contra la partida santafesina que acababa de cap­turar a su Delfina.

Era ésta una bella "gaúcha" riograndense que había subyugado a Francisco Ramírez, el caudillo entrerriano. Era una mujer de armas tomar y participaba activamente en las correrías del "supremo entrerriano".

El anecdotario de la pasión que los unía era muy exten­so. A nadie llamó la atención que don Pancho perdiera su vida -su corazón fue atravesado por un certero trabuca­zo- por salvar la de su amada.

El jefe de la partida, Zabaleta, llevó la cabeza como obsequio al caudillo santafesino Estanislao López, quien tantas batallas había librado junto a Ramírez (48).

 

 

  

 

11. LA PATAGONIA PARA CHILE

   

Años más tarde sería presidente de los argentinos, me­morable por su pasión en hacer del nuestro un país moderno, constitucional y alfabetizado.

En 1840 era un exiliado en Santiago de Chile, inte­grante de la Comisión Argentina que presidía el general Las Heras, cuyo objetivo era agotar todos los medios posi­bles para lograr la caída de Rosas.

Dichos medios no excluían la violencia, como lo de­muestran las máximas de guerra, escritas por Sarmiento y dirigidas al general unitario Lamadrid que operaba en la zona de Cuyo:

"Debe darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos".

"Debe manifestarse un brazo de fierro y no tenerse con­sideración con nadie".

"Debe tratarse de igual modo a los capitalistas que no presten socorros".

"Es preciso desplegar un rigor formidable".

"Todos los medios de obrar son buenos y deben em­plearse sin vacilaciones".

Sarmiento intentó también crear situaciones de con­flicto entre ambos países. Sólo así pueden explicarse acti­tudes alevosamente antipatrióticas sostenidas durante su extrañamiento. Su odio a Rosas daba para todo...

El ministro Montt adquirió y subvencionó un diario, El Progreso, que encomendó al sanjuanino. Desde el primer número, el 11 de noviembre de 1842, Sarmiento desarrolló una campaña "demostrando" los derechos chilenos sobre el estrecho de Magallanes e insistió en la necesidad de que su país de adopción se adelantara a la Argentina en la ocupa­ción del territorio.

La campaña encontró gran eco. No era un chileno quien lo decía sino un argentino de nota. En el ejemplar del 28 de noviembre podía leerse: "Esta habilitación del estrecho ha de acarrearnos inmensas ventajas y nos asegurará un porvenir colosal. ¿Quedan acaso dudas, después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del estrecho y establecer allí poblaciones chile­nas? (...) Para Chile basta, en el asunto de que tratamos, decir ¡quiero! Y el estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio y civilización".

Sarmiento, en La Crónica del 11 de marzo de 1849: "Un territorio limítrofe pertenece a aquel de dos Esta­dos a quien aproveche su ocupación (...) Para Buenos Aires es una posesión inútil. ¿Qué haría el gobierno de Buenos Aires con el estrecho de Magallanes, país remoto, frígido, inhospedable? (...) ¡Que pueble el Chaco y el sur hasta el Colorado y el Negro y deje el estrecho a quien lo posea con provecho...! Magallanes, por lo tanto, pertenece a Chile por el principio de conveniencia propia sin daño de terceros". No solamente el estrecho, sino toda la Patagonia: "Quedaría por saber aún si el título de erección del virrei­nato de Buenos Aires expresa que las tierras al sur de Mendoza entraron en su demarcación; que, a no serlo, Chi­le pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y las provincias de Cuyo".

Estas frases pesaron sobre la trayectoria sarmientina hasta su muerte. Sus contemporáneos no cejaron de repro­chárselo. Y aún hoy provocan escozor (57).

 

 

  

 

12. UN HOMBRE DE HONOR

 

El acuerdo Mackau-Arana había puesto término a la intervención francesa en el Río de la Plata. La resistencia argentina y las presiones británicas habían dado su fruto.

El vicealmirante Mackau sintió que era su deber comu­nicárselo formalmente a Lavalle, que continuaba su deses­perada huida hacia el Norte.

Para ello fue comisionado el capitán de corbeta Eduar­do Halley, quien lo alcanza en Ranchos (Córdoba), pocos días después de haber sufrido otra derrota, de las muchas que jalonarían la espantada del desintegrado "Ejército Li­bertador", en Quebracho Herrado, a manos de Oribe.

Era el 4 de diciembre de 1840. Halley se enfrenta a un jefe casi andrajoso, de ojos desaforados, que pocos días des­pués escribirá, en una epistolaridad incansable, a su esposa: "Estas tierras de mierda donde no hay quien me mate gracias al terror que inspiramos". El mismo que le espeta­ría al coronel Villafañe, quien intentara alarmarlo por la anarquía de sus tropas: "¿Disciplina quiere Usted para los soldados? ¡Déjelos que maten! ¿Quieren robar? ¡Déjelos que roben!".

Pero ese oficial no ha perdido su dignidad de militar. Aunque su patriotismo sea tan confuso. "Mi honor me impi­de aceptar", replica indignado y echa a Halley del rancho miserable donde lo había recibido.

El emisario de Mackau acababa de transmitirle el ge­neroso ofrecimiento de Francia: 100.000 francos para él y una suma igual para distribuir entre sus oficiales. Además sería transportado a Francia, donde se lo incorporaría a su ejército con el máximo grado de Mariscal, con los sueldos y galones correspondientes (67).

 

  

 

13. ¿AMIGO O ASESINO?

 

Como todos los días, el 3 de marzo de 1835, destinaba parte de la mañana a dictar notas y comunicaciones referen­tes a hechos cotidianos. Rosas, incansable, se ocupaba de todos los aspectos de su gobierno, aun de los más nimios.

"Mi querido don Juan José". Era uno de sus mayordo­mos. "Ésta sólo tiene por objeto prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes aparentes y como para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje".

Allí se interrumpió porque en ese instante le transmi­tieron la noticia. Con la letra cambiada por su alteración anímica, seguiría:

"El general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte corrió el coronel José Santos Ortiz y toda la comitiva en número de 16, escapando sólo el correo que venía y un ordenanza, que fugaron entre la espesura del monte.

"¡Qué tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser bastante para los hombres de las luces y los principios. ¡Miserables! ¡Y yo, insensato, que me metí con semejantes botarates!"

Entonces, la ira: "Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso y la sangre argentina correrá en porciones".

Sin embargo, pocos instantes antes de morir, el confeso asesino, Santos Pérez, gritará: "¡Rosas es el asesino de Quiroga!"

 Lo cierto es que el juicio, en el que también fueron ajusticiados los hermanos Reinafé, contratantes de Santos Pérez, fue sumario y no se dio a los acusados posibilidades de defensa.

Sin embargo, el doctor Marcelo Gamboa lo intenta. Im­pugna el juicio por la falta de una Constitución escrita y cuestiona a Rosas como juez por considerar que ha prejuzgado la culpabilidad de sus defendidos en las comunicacio­nes cursadas a las provincias.

No es ése lenguaje para dirigirse a alguien que detenta "la suma del poder público". Rosas se irrita: "Sólo un atre­vido, insolente, pícaro, impío, legista y unitario" ha podido presentarle, bajo la apariencia de ejercer el derecho de de­fensa, un pedido de publicar "un escrito de propaganda po­lítica". Lo condenaba a corregir "uno a uno, todos los ren­glones de su atrevida representación", no salir a más dis­tancia de veinte cuadras de la plaza de la Victoria, no ejer­cer su profesión de abogado y "no cargar la divisa federal, ni ponerse, ni usar en público los colores federales". Si no cumpliese, sería "paseado por las calles de Buenos Aires en un burro celeste", o fusilado si tratase de escapar (9, 67).

 

 

  

 

14. NOMBRES

 

El nombre completo de Belgrano era Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.

El de Güemes, Martín Miguel Juan de la Mata Güemes Saavedra: Cornelio Judas Tadeo de Saavedra. French: Domingo María Cristóbal French.

Rosas: Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas. Con zeta. Lo modificó en su adolescencia cuando, enemistado con sus padres, abandonó el hogar.

Un caso curioso es el de Rivadavia, cuyo nombre original era Bernardino de la Trinidad González. Ribadabia, con "b" las dos veces, era el apellido de su abuela paterna; que él adoptó como propio sin que se conocieran los motivos.

Carlos María de Alvear: Carlos Antonio José Gabino del Ángel de la Guardia Alvear y Balbastro. Nunca se sabrá de dónde surgió el "María" que le adjudicaron algunos de sus biógrafos.

Otro caso: la familia de Dorrego era de origen portu­gués y su verdadero nombre, Manuel Críspalo Bernabé do Rego.

Pueyrredón: Juan Martín de Pueyrredon. Sin acento (2).

 

 

  

 

15. CÓMO ENGAÑAR A UN EMBAJADOR

 

Siempre manejó con habilidad las relaciones exteriores de su gobierno. Supo elegir a sus embajadores: Manuel de Sarratea en Francia, Manuel Moreno en Gran Bretaña, Car­los de Alvear en Estados Unidos, Tomás Guido en Brasil.

Además, no se arredraba ante los representantes de las potencias de su época. Saldías cuenta una anécdota oída a Antonio Reyes, edecán del Restaurador durante mucho tiempo: "Rosas llamó a Reyes y le dijo: `Dentro de poco ven­drá Mr. Mandeville****, usted entrará a darme cuenta de que las divisiones del ejército de Vanguardia están a pie, que no se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos que hay, que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del Ministro".

Eran épocas del conflicto entre la Confederación y las potencias europeas con sus aliados uruguayos.

"Media hora después entró Mr. Mandeville. Asegurába­le a Rosas que se esforzaría para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del ejército de Vanguardia.

`Diga Ud. -ordenóle Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de confianza.'

"Reyes habló, y Rosas se levantó irritadísimo, excla­mando:

“Vaya Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de Vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Tráigame pronto sus no­tas, para firmarlas...'

"Y como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya todo había llegado a su destino:”

`¡No señor, no puede haber llegado todavía!... y si el "pardejón"***** supiera aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como vienen!', decía Rosas cada vez más agitado.

"Mr. Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmedia­tamente Rosas ordenó al capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada.

"Esa misma noche tuvo parte de que salía para Monte­video un lanchón en el cual iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático inglés había escuchado de boca del Restaurador".

Con la seguridad de un dato inapreciable, el general Rivera se mueve con prontitud ordenando marchar contra Arroyo Grande, que suponía débil y desguarnecido al no llegar los refuerzos de Rosas "retrasados" en el Tonelero. El general César Díaz, entonces oficial de Rivera, se extraña en sus Memorias de que el jefe de las fuerzas franco-uru­guayas, a las que se sumaban los unitarios exiliados, orde­nase una batalla a todas luces apresurada.

Se lanzó contra el general Oribe, aliado de Rosas, a las primeras horas del alba del 6 de diciembre de 1835, estre­llándose contra fuerzas superiores a las suyas en arma­mentos y posición. Y a las que no le faltaba caballada...

"Todo se perdió", relata Díaz, "hasta el honor." Enga­ñado y completamente vencido, don Fructuoso escapó "arrojando su chaqueta bordada, su espada de honor y sus pistolas" (67).

 

 

  



16. CUARENTA Y DOS PESOS

   

El original de la factura está en el Archivo de la provin­cia de Santa Fe:

 Pesos

          "Por doze pesos de estrato de Vino ratificado 12 
          Más de diez pesos de iodo alcanforado 10 

Por veinte pesos de mi trabajo personal por las operaciones que he executado con la expresada Caveza, como son la del Trépano i demás Cirúrgicas cuyo valor es sumamente ínfimo como lo descontará qualesquiera Facultativo en el dicho Ramo

20

          IMPORTA PESOS 

42

 Por manera que según la Cuenta que precede asciende esta a la cantidad de cuarenta y dos pesos y por ser así firmo el presente documento en la Ciudad de Santa Fe a 23 de julio de 1821.

Manuel Rodríguez."

 ¿Para qué servía esta extraña fórmula? Nos lo aclara el encabezamiento:

 "RELACION DEL GASTO OCASIONADO PARA PRESERVAR DE CORRUPCION LA CAVEZA DEL FINADO SUPREMO DE ENTRE RÍOS FRANCO RAMIREZ, EL QUE HE VERIFICADO POR MANDATO DEL GOBERNADOR SUBSTITUTO DE ESTA PROVINCIA."

Estanislao López conservó la cabeza de su enemigo Fran­cisco Ramírez sobre su escritorio, durante varios meses (48).

 

 

  



17. LA RELACIÓN ENTRE ROSAS Y SAN MARTÍN

 

Nuestra historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Ro­sas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranje­ros que trataban de humillarla". Don José celebraba así la gesta de Obligado.

Tan extraordinaria disposición testamentaria de nues­tro máximo prócer ha sido soslayada o directamente silen­ciada en nuestros textos históricos. Hasta Sarmiento opinó insolentemente que se debía a la senilidad del Libertador de América...

Sin embargo, la relación entre San Martín y Rosas fue intensa a lo largo de muchos años.

Habiendo transcurrido ya un tiempo prolongado del exilio europeo de don José, casi olvidado por la prensa y los gobernantes de Buenos Aires, el joven estanciero Rosas dio el nombre de "San Martín" a una de sus estancias y poco después, en el mismo año de 1820, bautiza a otra como "Chacabuco", ambas en el actual partido de General Bel­grano.

San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina. Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por de­rrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios. "Conviene en que para que el país pueda existir es de nece­sidad absoluta que uno de los dos partidos en cuestión des­aparezca de él -escribía el 3 de abril de 1829 a su gran amigo Tomás Guido-. Al efecto se trata de buscar un sal­vador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan".

De los dos partidos, el unitario o el federal, las simpa­tías del Libertador se inclinaban hacia el último. Por el obstinado saboteo que sus planes libertarios siempre habían sufrido por parte de Buenos Aires, bajo el dominio político de sus enemigos Alvear o Rivadavia; también por­que en su peregrinar por las provincias al frente de sus tropas había aprendido a valorar el coraje y el patriotismo de sus caudillos.

Es la anarquía que sucede al fusilamiento de Dorrego la que le impide desembarcar en Buenos Aires cuando, re­clamado por algunos y odiado por otros, se niega a participar en las luchas intestinas, como justifica nuestra historia oficial. También, seguramente, porque San Martín temía, con razón, por su vida.

Eran tiempos violentos y los legistas y rivadavianos que habían vuelto al poder, con Lavalle como pantalla, desconfiaban de San Martín y se lamentaban de su presencia. Los periódicos bajo su control, los más importantes, no ahorraban infundios sobre el Libertador sugiriendo corrup­ción, amoralidad, cobardía y otras lindezas.

Otra carta de San Martín a Guido: "El foco de las revo­luciones, no sólo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades se procura sa­tisfacer sin reparar en medios: ahí es donde un gran núme­ro no quieren vivir sino a costa del Estado y no trabajar".

El 17 de diciembre de 1835, San Martín celebra la "mano dura" de Rosas: "Ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño para conseguir tan loable objeto, yo miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable". Don Juan Manuel es para el Libertador la antítesis de la anarquía y valoriza la despótica tranquilidad que reina en su país: "Sólo ella pue­de cicatrizar las profundas heridas que ha dejado la anar­quía, consecuencia de la ambición de cuatro malvados...". Y al año siguiente: "Desengañémonos, nuestros países no pueden, al menos por muchos años, regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro: despóticos".

Rosas le agradece a San Martín su apoyo, que le sirve, gracias al prestigio de éste en Europa, para contrarrestar la acción de no pocos compatriotas que recorren las cancillerías extranjeras buscando aliados para derrocarlo. Le ofrece ser embajador en Perú, cargo que el Libertador re­chaza con el pretexto de que eran muchos los lazos que lo unían a Lima y a sus habitantes como para poder desempe­ñar correctamente tal responsabilidad. También aduce que él es "sólo un militar" y que carece de condiciones como diplomático. Algunos historiadores consideran que este re­chazo se debió a que San Martín no quiso comprometerse con los desbordes totalitarios de don Juan Manuel. En esa línea está también la carta que el 21 de setiembre de 1839 escribe a su amigo Goyo Gómez lamentando el asesinato del doctor Maza: "Tú conoces mis sentimientos y por consi­guiente yo no puedo aprobar cuando veo una persecución general contra los hombres más honrados del país (...) el gobierno de Buenos Aires no se apoya sino en la violencia".

Sin embargo, el tono predominante de la relación entre ambos es la cordialidad. Conociendo Rosas las penurias económicas del exilio sanmartiniano, ordena en 1840 "que se otorgue la propiedad de seis leguas de tierra al Señor General de la Confederación Argentina don José de San Martín." Y más adelante, sabiéndolo enfermo y necesitado de atención, designa a su yerno Mariano Balcarce como oficial en la Embajada Argentina en Francia, e instruye reservadamente a Manuel Sarratea, embajador, para que exima a Balcarce de residir en París, asiento natural de la representación diplomática, con objeto de no privar al pró­cer de la presencia y asistencia de su hija Mercedes.

San Martín continuará opinando, en su activa corres­pondencia con Buenos Aires: "En mi opinión el gobierno en las circunstancias difíciles debe, si la ocasión se presenta, ser inexorable con el individuo que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por una justicia firme e imparcial se lo merendarán como si fuera una empanada, lo peor del caso es que el país volverá a envolverse en nuevos males".

Y Rosas seguirá correspondiéndole: el 11 de octubre de 1841 el almirante Guillermo Brown le solicita que lo autori­ce a designar "Restaurador Rosas" a la nave capitana de la escuadra de la Confederación Argentina, a lo que aquél le responde ordenándole que la nave deberá llamarse "Ilustre General San Martín". Cabe señalar que también nues­tra. historia oficial ha silenciado la colaboración que nuestro máximo prócer naval, el almirante Brown, prestó al gober­nador Rosas.

Cuando Francia e Inglaterra atacan a la Confederación Argentina, nuestro Libertador máximo no vacila en escri­bir a Rosas, poniéndose a sus órdenes y ofreciéndole regresar a la patria para combatir contra los invasores en una declaración pública que pudo haberle provocado serias difi­cultades ya que vivía en una de las potencias beligerantes. San Martín y Rosas comparten un hondo sentimiento na­cional que para algunos críticos roza la xenofobia.

Una de las últimas cartas que escribe San Martín tres meses antes de su muerte, con letra dificultosa, fue justa­mente a Juan Manuel de Rosas: "( ...) como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor establecidos en nuestra queri­da Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos Estados se habrán hallado" (Boulogne-Sur-Mer, 6 de mayo de 1850) (21, 39).

   

  



*  N. Del A.: federales no rosistas.

**  N. Del A.: rosistas moderados.

***  N. del A.: la "barbarie", según unitarios y franceses.

**** N. del A.: representante de Gran Bretaña en las Provincias Unidas del Río de la Plata.

***** N. del A.: el general oriental Fructuoso Rivera, jefe de las tropas antirrosistas.

 

Sexta parte