EL
AGUILA GUERRERA
QUINTA
PARTE
La
relación entre Facundo Quiroga y Estanislao López fue siempre tirante. Tanto
que no son pocos los historiadores que acusan al caudillo santafesino de ser el
verdadero instigador de la muerte del riojano.
Quiroga
tenía un motivo fundamental para odiar a López: Lamadrid se había apoderado
en La Rioja del caballo de Facundo, el famoso "Moro" al que su dueño
le adjudicaba poderes sobrenaturales. Una representación luciferina a la que
consultaba y cuyos consejos seguía al pie de la letra.
Luego
de la batalla de El Tío, el tan mentado equino cae en manos de López. Cuando
Quiroga se lo reclama, don Estanislao se niega a devolvérselo.
El
general Paz, en sus Memorias, se
ocupa de la importancia que el "Moro" tenía para su dueño.
Recuerda una sobremesa de oficiales en la que todos se mofaban del caballo
"confidente, consejero y adivino del general Quiroga". Picado, un
antiguo oficial de éste cuenta: "Señores, digan ustedes lo que quieran, rían
cuanto se les antoje, pero lo que yo puedo asegurar es que el caballo moro se
indispuso terriblemente con su amo el día de la acción de La Tablada, porque
no siguió el consejo que le dio de evitar la batalla ese día. Soy testigo
ocular de que habiendo querido el general montarlo el día de la batalla, no
permitió que lo enfrenasen por más esfuerzos que se hicieron, siendo yo mismo
uno de los que procuraron hacerlo, y todo para manifestar
su irritación por el desprecio que el general hizo de sus avisos".
A
pedido de Facundo, Rosas interviene sin éxito ante el caudillo santafesino para
resolver el pleito. "Puedo asegurarles compañeros que dobles mejores se
compran a cuatro pesos donde quiera -responde López-; no puede ser el decantado
caballo del general Quiroga porque éste es infame en todas sus partes".
Pero no lo devolvió.
Siguiendo
instrucciones del Restaurador, Tomás de Anchorena escribe a Facundo rogándole
que no haga del tema del caballo un asunto de Estado que podría perturbar la
marcha de la República y ofreciéndole una indemnización económica.
En
la respuesta de Quiroga (12 de
enero de 1832) se
evidencia su furor: "Estoy seguro de que pasarán muchos siglos de años
para que salga en la República otro caballo igual, y también le protesto a
usted de buena fe que no soy capaz de recibir en cambio de ese caballo el valor
que contiene la República Argentina (...) Me hallo disgustado más allá de lo
posible".
El santafesino nunca devolvió al "Moro". En su Facundo, Sarmiento pone en boca del enfurecido Tigre de los Llanos: "¡Gaucho ladrón de vacas! ¡Caro te va a costar el placer de montar en bueno!" (9, 48, 67).
2.
QUIÉN ASUME LA RESPONSABILIDAD
Cuando
el gaucho Zevallos le acertó con sus boleadoras a las patas del caballo del
general Paz, un enorme alivio cundió en la Confederación Argentina. Sus líderes,
Rosas, Quiroga, López, veían desaparecer a su principal adversario. Cabía
decidir sobre su suerte.
Estanislao
López, que lo tiene en su poder, consulta al Restaurador, y éste le responde
el 22 de febrero de 1832: "Si hemos
de afianzar la paz de la República, si hemos de dar respetabilidad a las leyes
y a las autoridades legítimamente constituidas, si hemos de restablecer la
moral pública y reparar las quiebras que ha sufrido nuestra opinión entre
las naciones extranjeras y garantir ante ellas la estabilidad de nuestro
gobierno; en una palabra, si hemos de tener Patria, es preciso que el general
Paz muera. En el estado incierto y como vacilante en que nos hallamos, ¿qué
seguridad tenemos de que viviendo el general Paz no llegue alguna vez a mandar
en nuestra República? Y si aquello sucediese, ¿no sería un oprobio para los
argentinos?".
López
a Rosas: "A pesar de que mi carácter es y ha sido siempre inclinado a la
indulgencia no puedo menos que confesar que el fallo de usted es imperiosamente
reclamado por la justicia en desagravio de los atentados atroces inferidos a
los pueblos y a las leyes". Pero para no responsabilizarse, quería que
la muerte de Paz fuese "por pronunciamiento expreso de todos los
gobiernos confederados o por una cosa semejante", y le pide a Rosas que
consulte a las provincias.
Don
Juan Manuel comprende que don Estanislao trata de escurrir el bulto: si se
consultaba a las provincias la nota debería firmarla exclusivamente quien
"lo hizo prisionero y lo custodia en su territorio" (28 de marzo).
López
pide a Rosas el 24 de abril que le redacte un borrador "para salir de una
vez de este negocio".
Rosas
no cae en la trampa. El 17 de mayo escribe: "Me excuso, compañero, hacer
la redacción que me pide; esta obra es exclusivamente suya y nadie sino usted
mismo es quien la debe dirigir y firmar".
José
María Paz salvaría su vida, y luego de algunos años de confinamiento en Luján,
escapará y retomará su lucha en contra de Rosas y López (59, 67).
3.
¿HAY ENFERMEDADES "INNOBLES"?
En
la historia que nos enseñaron, nuestros próceres mueren pronunciando a veces
frases para la posteridad, pero nunca se especifica la patología que los
arranca de la vida. Como si su memoria hubiera de ser protegida de virus o
bacterias "innobles"...
"Nada
hay de terrible en lo que nos libra de todo lo que puede ser temido"
(Tertuliano). Sin embargo, no poca conmoción causó nuestro aserto de que Güemes
habría muerto desangrado por una hemofilia que transformó en mortal un sesgado
trabucazo en su trasero.
Tampoco
tiene sentido disimular, porque en nada devalúa sus méritos, que Manuel
Belgrano murió a raíz de la sífilis contraída en su juventud.
4.
LA SOMBRA DE DORREGO
El
"Ejército Libertador" franco-argentino avanzaba sobre
Buenos
Aires para acabar con la tiranía de Rosas.
Su
jefe, Juan Lavalle, ordena hacer alto.
Con
el pretexto de sosegar a algunas partidas federales se desvía al frente de un
regimiento.
Entra
en Navarro el 22 de
agosto de 1840 y se
dirige a la estancia "La Almeira".
El
general Iriarte, entonces su subordinado, anota en sus Memorias que Lavalle cae en una profunda melancolía. Durante
cinco días se encierra en un hondo mutismo, sentado en el mismo escritorio
donde doce años antes había firmado la sentencia de muerte.
El
mayordomo de la estancia, en señal de amistad, le regala el tintero en el que
había mojado su pluma. Lavalle lo tomó en su mano desprevenidamente y, al
reconocerlo, lo arrojó lejos como si le quemara.
El
tintero se hizo trizas, hiriéndolo con sus destellos de fusilería (67).
5.
LA MULATA TORIBIA
"Tuvieron
muy buen efecto los balazos que hice hacer el 29 del mes pasado -escribe a su esposo en abril de 1834, refiriéndose a los atentados contra los
generales Tomás de Iriarte y Félix de Olazábal-, como te lo anticipé en la mía
del 28, pues
a eso se ha debido que se vaya a su tierra el fascineroso canónigo Vidal."
Doña
Encarnación Ezcurra de Rosas fue una mujer de carácter. Cuando don Juan Manuel
está lejos de Buenos Aires, empeñado en su Campaña del Desierto, ella le
informa: "Las masas están cada vez más dispuestas y el deseo de los
paisanos es acabar con estos pícaros".
Las
elecciones se avecinan: "No las hemos de perder, pues en caso de debilidad
de los nuestros en alguna parroquia, armaremos bochinche y se los llevará el
diablo a los cismáticos*.
Lo mismo me peleo con los apostólicos**
débiles, pues los que me gustan son los de hacha y tiza" (Carta del 13 de abril de 1834).
Tampoco
se salvaban los parientes: "A tu hermano Prudencio le ha entrado una
defensa particular por Viamonte, como si fuera su mejor amigo (...) Cuánto me
alegraría que le echaras una raspa...". Prudencio Rosas fue uno más de
los expatriados en Montevideo.
En
otra correspondencia le adjunta ejemplares de El
Defensor y El Látigo: "Verás cómo anda la reputación de tu mujer y la de tus mejores
amigos. A mí nada me intimida, yo me sabré hacer superior a estos malvados y
ellos pagarán caros sus crímenes (...) Todo esto se lo lleva el diablo. Ya
no hay paciencia para sufrir a estos malvados y estamos esperando cuando se
maten a puñaladas los hombres por la calle".
Doña
Encarnación, a quien sus enemigos ridiculizaban apodándola "la mulata
Toribia" por su fealdad, fue la creadora de la temible
"Mazorca", que hoy sería definida como un grupo parapolicial que
practicaba el terrorismo de Estado. Su objetivo era acabar, por muerte o
intimidación, con la oposición a su esposo.
En
cuanto al nombre, algunos, magnánima o ingenuamente, suponen que representaba
de manera simbólica al campo argentino. Otros, más sofisticados, suponen un
juego de palabras: más - horca.
Sin
embargo, su verdadera razón era que una de las torturas preferidas por los
"mazorqueros" era introducir un choclo en el ano de sus víctimas...
"Aquesta marlo que miras
de rubia chala vestida
en las entrañas se ha hundido
de la unitaria facción."
(Rivera Indarte, en su época rosista) (4, 22, 40).
6.
EL CHACAL DEL RÍO
Las
jóvenes corrían despavoridas por las calles de Colonia del Sacramento,
aullando de terror con sus ropas desgarradas. Los saqueadores arrasaban con
todo lo que encontraban. El cielo parecía cobrar vida con el relumbre de los incendios.
El
jefe de los vándalos, nacido en Niza pero criado en Italia, echó las culpas a
lo "difícil de mantener la disciplina que impidiera cualquier atropello, y
los soldados anglo franceses, a pesar de las órdenes severas de los almirantes,
no dejaron de dedicarse con gusto al robo en las casas y en las calles. Los
nuestros, al regresar, siguieron en parte el mismo ejemplo aun cuando nuestros
oficiales hicieron lo posible por evitarlo. La represión del desorden resultó
difícil, considerando que la Colonia era pueblo abundante en provisiones y
especialmente en líquidos espirituosos que aumentaban los apetitos de los
virtuosos saqueadores". Ni siquiera la iglesia se libró de los desmanes,
ya que en ella se celebró la victoria con orgías y borracheras.
Días
después, la escuadra de mercenarios italianos, con sus talegos rebosantes de
oro y plata, leva anclas y se interna en el Uruguay.
Al
llegar a Gualeguaychú repiten el saqueo. El pueblo estaba desguarnecido y fue fácil
para los italianos, que actuaban a las órdenes de la escuadra anglofrancesa que
invadía las Provincias Unidas del Río de la Plata, desarrollar sin
inconvenientes su cruel codicia y lujuria. "Durante dos
días los legionarios saquearon las casas de familia y principalmente las de
comercio", dice Saldías apoyándose en las protestas de los comerciantes
(sardos, españoles, portugueses y franceses) que la Gaceta Mercantil publicó
el 23 de octubre.
El
jefe de los saqueadores, a quien los diarios de Buenos Aires apostrofaban como
"el chacal de los tigres anglofranceses", se disculpará en sus Memorias: "El pueblo de Gualeguaychú nos alentaba a la conquista por ser un verdadero
emporio de riqueza, capaz de revestir a nuestros harapientos soldados y
proveernos de arneses (...) Adquirimos en Gualeguaychú muchos y muy buenos
caballos, la ropa necesaria para vestir a toda la gente, los arneses de la
caballería y algún dinero que se repartió entre nuestros pobres soldados y
marineros que tanto tiempo llevaban de miseria y privaciones".
El
jefe mercenario de esta horda salteadora era Giuseppe Garibaldi, que años más
tarde se constituiría en el héroe de la unidad italiana y prócer nacional de
Italia (5, 67).
7. PEDRO, EL HIJO ILEGÍTIMO
Sabía,
desde que tenía conciencia, que su nacimiento había sido azaroso. Su madre,
María Josefa Ezcurra, había muerto muy joven, anonadada quizás por la
reprobación de una sociedad tan pacata como la porteña.
Pedrito
fue adoptado por don Juan Manuel de Rosas, a instancias de su esposa, doña
Encarnación, hermana de la infortunada María Josefa. La relación del niño
con su padre adoptivo siempre fue excelente, tanto que, se decía, el Restaurador
lo prefería a su propio hijo, el apático y medroso Juan.
-Siéntese,
m'hijo.
Don
Juan Manuel lo había mandado a llamar y Pedrito, que ya había ido volviéndose
Pedro con la voz enronquecida, los músculos rotundos y los sentimientos en
torbellino, supo que el día había llegado.
-Sí,
tatita -susurró, acomodándose en el borde del banco. Se hizo un silencio
mientras don Juan Manuel hacía anotaciones y firmaba algunos papeles que se
amontonaban sobre su escritorio.
-Lindo
día -volvió a decir el joven, quien nunca había tenido miedo de cruzar esa
mirada que todos rehuían. -Vamos al grano, m'hijo. Ya tiene edad para saber quién
fue su padre.
Pedro
tuvo miedo de no escuchar por el estrépito de su corazón. Ese hombre al que
todos temían lo observaba serenamente, casi con ternura.
-Su
madre era una mujer muy bonita. La más bonita de las Ezcurra -no lo dijo,
pero era como si lo hubiera dicho, "más bonita que mi Encarnación".
-Gracias
-dijo el joven y enseguida dudó si era eso lo que debía haber dicho.
-Belgrano
-estaba diciendo esa voz acostumbrada a mandar. Pedro no entendió, o no se
atrevió a entender, y se quedó mirándolo.
-Belgrano
-repitió don Juan Manuel-. Su padre fue Manuel Belgrano.
Había
retratos de Belgrano por todas partes. En casas, en iglesias, en ayuntamientos.
También en el salón de los Rosas. Era un prócer de la patria.
-Su
padre fue un gran hombre, puede estar orgulloso, m'hijo. -Pedro no percibió el
levísimo temblor en los dedos del Restaurador.
A
continuación, ese hombre, que años más tarde lo haría coronel de sus ejércitos
para tenerlo siempre cerca, hizo una seña para que se retirara. Un embajador
aguardaba en el salón contiguo y Reyes, el edecán, se había asomado para
recordárselo.
Cuando el joven, esforzándose para que su paso pareciera firme, iba a
cerrar la puerta tras de sí, escuchó:
-De aquí en más, m'hijo, puede firmar Pedro Rosas y Belgrano.
8.
LA COSTURERA
La
paga de las costureras era miserable. Solía ser un oficio reservado para
personas de baja condición social. La ropería de Simón Pereyna daba empleo a
varias.
Entre
ellas estaba Ángela Baudrix, viuda de Manuel Dorrego (7).
9.
OPINIONES SOBRE EL RESTAURADOR
En
el Parlamento francés se debatía la invasión a las Provincias Unidas en
alianza con Gran Bretaña. Las opiniones sobre Rosas que allí se escuchaban
reproducían bastante fidedignamente lo que de él se decía allende el océano.
Habla
Thiers, jefe de la facción nacionalista: "Montevideo es una colonia
francesa (...), está llamada a un desenvolvimiento que Buenos Aires no puede
pretender".
Si
el partido de las campañas***
había prevalecido en Buenos Aires era por los procedimientos de Rosas,
"hombre tan célebre por sus crueldades. Ha fusilado sin juicio, que es el
modo más humano de conducirse en ese país, porque habitualmente se degüella
(...) se ponen juntos hombres y mujeres entre tablas y se los asierra. Rosas ha
colocado cabezas humanas en los mercados donde habitualmente se expenden las
cabezas de los animales (...) Por todo eso la población civilizada o
semicivilizada de Buenos Aires se ha ido a Montevideo. Buenos Aires tenía antes
80.000 habitantes, y hoy apenas 40.000 sobrevivientes. En cambio en Montevideo
de 15.000 ha pasado a 50.000.
Recuerda
la fallida intervención de 1838. Continuaba siendo un deber de Francia derribar
a Rosas del poder, porque eso era lo prometido a los unitarios al impulsarlos a
la guerra, "así ese desgraciado general Lavallée (sic), que nosotros
llevamos a la insurrección y que ha pagado con su cabeza la devoción a nuestra
causa". Interesaba a la humanidad, de la que Francia era la expresión más
alta, "borrar del mundo ese monstruo de barbarie e iniquidad".
Si
Rosas estaba todavía en Buenos Aires era por la ineficacia y pusilanimidad
del entonces gobierno francés. Bastaba unirse con Inglaterra "y Rosas de
un soplo se vendría por el suelo. ¿O vosotros dejaréis que la indigna marina
de Rosas continúe bloqueando Montevideo y revisando buques de nuestra bandera
que quieren entrar a ese puerto?".
Laurent
de l'Ardeche, socialista, contesta a Thiers: "La guerra de los gauchos del
Plata contra los unitarios del Uruguay representa en el fondo la lucha del
trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjero, y de este modo
encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de
socialismo.
"Los
unitarios y sus amigos lo saben bien (...) A sus ojos el jefe del federalismo es
un vecino peligroso para Brasil a título de propagandista y libertador de los
esclavos; a sus ojos, si hay algo en las orillas del Plata que ofrezca analogía
con las doctrinas de los revolucionarios y factores de barricadas, son las
doctrinas y los actos del general Rosas (...) Lo que hay de cierto es que su
poder se apoya en efecto sobre el elemento democrático, que Rosas mejora la
condición social de las clases inferiores, y que hace marchar a las masas
populares hacia la civilización dando al progreso las formas que permiten las
necesidades locales. Lo que hay de cierto es que él hace todo esto sin
necesitar revoluciones y barricadas, puesto que la soberanía nacional es la única
que lo ha elevado al poder donde lo mantienen invariablemente la confianza, la
gratitud y el entusiasmo de sus conciudadanos" (67).
No
vaciló. A pesar de que sólo le quedaban dos hombres de su escolta, no vaciló.
Dando alaridos y revoleando su sable cargó contra la partida santafesina que
acababa de capturar a su Delfina.
Era
ésta una bella "gaúcha" riograndense que había subyugado a
Francisco Ramírez, el caudillo entrerriano. Era una mujer de armas tomar y
participaba activamente en las correrías del "supremo entrerriano".
El
anecdotario de la pasión que los unía era muy extenso. A nadie llamó la
atención que don Pancho perdiera su vida -su corazón fue atravesado por un
certero trabucazo- por salvar la de su amada.
El
jefe de la partida, Zabaleta, llevó la cabeza como obsequio al caudillo
santafesino Estanislao López, quien tantas batallas había librado junto a Ramírez
(48).
11.
LA PATAGONIA PARA CHILE
Años
más tarde sería presidente de los argentinos, memorable por su pasión en
hacer del nuestro un país moderno, constitucional y alfabetizado.
En
1840 era un exiliado en Santiago de Chile, integrante de la Comisión
Argentina que presidía el general Las Heras, cuyo objetivo era agotar todos los
medios posibles para lograr la caída de Rosas.
Dichos
medios no excluían la violencia, como lo demuestran las máximas de guerra,
escritas por Sarmiento y dirigidas al general unitario Lamadrid que operaba en
la zona de Cuyo:
"Debe
darse muerte a todos los prisioneros y a todos los enemigos".
"Debe
manifestarse un brazo de fierro y no tenerse consideración con nadie".
"Debe
tratarse de igual modo a los capitalistas que no presten socorros".
"Es
preciso desplegar un rigor formidable".
"Todos
los medios de obrar son buenos y deben emplearse sin vacilaciones".
Sarmiento
intentó también crear situaciones de conflicto entre ambos países. Sólo así
pueden explicarse actitudes alevosamente antipatrióticas sostenidas durante
su extrañamiento. Su odio a Rosas daba para todo...
El
ministro Montt adquirió y subvencionó un diario, El
Progreso, que
encomendó al sanjuanino. Desde el primer número,
el 11 de noviembre de 1842, Sarmiento desarrolló una campaña
"demostrando" los derechos chilenos sobre el estrecho de Magallanes e
insistió en la necesidad de que su país de adopción se adelantara a la
Argentina en la ocupación del territorio.
La
campaña encontró gran eco. No era un chileno quien lo decía sino un argentino
de nota. En el ejemplar del 28 de
noviembre podía leerse: "Esta habilitación del estrecho ha de acarrearnos
inmensas ventajas y nos asegurará un porvenir colosal. ¿Quedan acaso dudas,
después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la
navegación del estrecho y establecer allí poblaciones chilenas? (...) Para
Chile basta, en el asunto de que tratamos, decir ¡quiero! Y el estrecho de
Magallanes se convierte en un foco de comercio y civilización".
Sarmiento,
en La Crónica del 11 de marzo de 1849:
"Un
territorio limítrofe pertenece a aquel de dos Estados a quien aproveche su
ocupación (...) Para Buenos Aires es una posesión inútil. ¿Qué haría el
gobierno de Buenos Aires con el estrecho de Magallanes, país remoto, frígido,
inhospedable? (...) ¡Que pueble el Chaco y el sur hasta el Colorado y el Negro
y deje el estrecho a quien lo posea con provecho...! Magallanes, por lo tanto,
pertenece a Chile por el principio de conveniencia propia sin daño de
terceros". No solamente el estrecho, sino toda la Patagonia: "Quedaría
por saber aún si el título de erección del virreinato de Buenos Aires
expresa que las tierras al sur de Mendoza entraron en su demarcación; que, a no
serlo, Chile pudiera reclamar todo el territorio que media entre Magallanes y
las provincias de Cuyo".
Estas frases pesaron sobre la trayectoria sarmientina hasta su muerte. Sus contemporáneos no cejaron de reprochárselo. Y aún hoy provocan escozor (57).
12.
UN HOMBRE DE HONOR
El
acuerdo Mackau-Arana había puesto término a la intervención francesa en el Río
de la Plata. La resistencia argentina y las presiones británicas habían dado
su fruto.
El
vicealmirante Mackau sintió que era su deber comunicárselo formalmente a
Lavalle, que continuaba su desesperada huida hacia el Norte.
Para
ello fue comisionado el capitán de corbeta Eduardo Halley, quien lo alcanza
en Ranchos (Córdoba), pocos días después de haber sufrido otra derrota, de
las muchas que jalonarían la espantada del desintegrado "Ejército Libertador",
en Quebracho Herrado, a manos de Oribe.
Era
el 4 de diciembre de 1840.
Halley
se enfrenta a un jefe casi andrajoso, de ojos desaforados, que pocos días después
escribirá, en una epistolaridad incansable, a su esposa: "Estas tierras de
mierda donde no hay quien me mate gracias al terror que inspiramos". El
mismo que le espetaría al coronel Villafañe, quien intentara alarmarlo por
la anarquía de sus tropas: "¿Disciplina quiere Usted para los soldados?
¡Déjelos que maten! ¿Quieren robar? ¡Déjelos que roben!".
Pero
ese oficial no ha perdido su dignidad de militar. Aunque su patriotismo sea tan
confuso. "Mi honor me impide aceptar", replica indignado y echa a
Halley del rancho miserable donde lo había recibido.
El
emisario de Mackau acababa de transmitirle el generoso ofrecimiento de
Francia: 100.000 francos para él y una suma igual para distribuir entre sus
oficiales. Además sería transportado a Francia, donde se lo incorporaría a su
ejército con el máximo grado de Mariscal, con los sueldos y galones
correspondientes (67).
13.
¿AMIGO O ASESINO?
Como
todos los días, el 3 de marzo de 1835, destinaba parte de la mañana a dictar
notas y comunicaciones referentes a hechos cotidianos. Rosas, incansable, se
ocupaba de todos los aspectos de su gobierno, aun de los más nimios.
"Mi
querido don Juan José". Era uno de sus mayordomos. "Ésta sólo
tiene por objeto prevenirle que a Pascual me le entregue veinte bueyes aparentes
y como para las carretas. Deseo que le haya ido bien en su viaje".
Allí
se interrumpió porque en ese instante le transmitieron la noticia. Con la
letra cambiada por su alteración anímica, seguiría:
"El
general Quiroga fue degollado en su tránsito de regreso para ésta el 16 del
pasado último febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. Esta misma suerte
corrió el coronel José Santos Ortiz y toda la comitiva en número de 16,
escapando sólo el correo que venía y un ordenanza, que fugaron entre la
espesura del monte.
"¡Qué
tal! ¿He conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser
bastante para los hombres de las luces y los principios. ¡Miserables! ¡Y yo,
insensato, que me metí con semejantes botarates!"
Entonces,
la ira: "Ya lo verán ahora. El sacudimiento será espantoso y la sangre
argentina correrá en porciones".
Sin
embargo, pocos instantes antes de morir, el confeso asesino, Santos Pérez,
gritará: "¡Rosas es el asesino de Quiroga!"
Lo
cierto es que el juicio, en el que también fueron ajusticiados los hermanos
Reinafé, contratantes de Santos Pérez, fue sumario y no se dio a los acusados
posibilidades de defensa.
Sin
embargo, el doctor Marcelo Gamboa lo intenta. Impugna el juicio por la falta
de una Constitución escrita y cuestiona a Rosas como juez por considerar que ha
prejuzgado la culpabilidad de sus defendidos en las comunicaciones cursadas a
las provincias.
No
es ése lenguaje para dirigirse a alguien que detenta "la suma del poder público".
Rosas se irrita: "Sólo un atrevido, insolente, pícaro, impío, legista
y unitario" ha podido presentarle, bajo la apariencia de ejercer el derecho
de defensa, un pedido de publicar "un escrito de propaganda política".
Lo condenaba a corregir "uno a uno, todos los renglones de su atrevida
representación", no salir a más distancia de veinte cuadras de la plaza
de la Victoria, no ejercer su profesión de abogado y "no cargar la
divisa federal, ni ponerse, ni usar en público los colores federales". Si
no cumpliese, sería "paseado por las calles de Buenos Aires en un burro
celeste", o fusilado si tratase de escapar (9, 67).
14.
NOMBRES
El
nombre completo de Belgrano era Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano.
El
de Güemes, Martín Miguel Juan de la Mata Güemes Saavedra: Cornelio Judas
Tadeo de Saavedra. French: Domingo María Cristóbal French.
Rosas:
Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas. Con zeta. Lo modificó en su
adolescencia cuando, enemistado con sus padres, abandonó el hogar.
Un
caso curioso es el de Rivadavia, cuyo nombre original era Bernardino de la
Trinidad González. Ribadabia, con "b" las dos veces, era el apellido
de su abuela paterna; que él adoptó como propio sin que se conocieran los
motivos.
Carlos
María de Alvear: Carlos Antonio José Gabino del Ángel de la Guardia Alvear y
Balbastro. Nunca se sabrá de dónde surgió el "María" que le
adjudicaron algunos de sus biógrafos.
Otro
caso: la familia de Dorrego era de origen portugués y su verdadero nombre,
Manuel Críspalo Bernabé do Rego.
Pueyrredón:
Juan Martín de Pueyrredon. Sin acento (2).
15.
CÓMO ENGAÑAR A UN EMBAJADOR
Siempre
manejó con habilidad las relaciones exteriores de su gobierno. Supo elegir a
sus embajadores: Manuel de Sarratea en Francia, Manuel Moreno en Gran Bretaña,
Carlos de Alvear en Estados Unidos, Tomás Guido en Brasil.
Además,
no se arredraba ante los representantes de las potencias de su época. Saldías
cuenta una anécdota oída a Antonio Reyes, edecán del Restaurador durante
mucho tiempo: "Rosas llamó a Reyes y le dijo: `Dentro de poco vendrá Mr.
Mandeville****,
usted entrará a darme cuenta de que las divisiones del ejército de Vanguardia
están a pie, que no se ha empezado a pasar por el Tonelero los pocos caballos
que hay, que por esto y la falta de armas el ejército no puede iniciar
operaciones. Yo insistiré para que usted hable en presencia del Ministro".
Eran
épocas del conflicto entre la Confederación y las potencias europeas con sus
aliados uruguayos.
"Media
hora después entró Mr. Mandeville. Asegurábale a Rosas que se esforzaría
para que terminase dignamente la cuestión entablada, cuando se presentó Reyes
a dar cuenta de lo que, con carácter urgente, avisaban del ejército de
Vanguardia.
`Diga
Ud. -ordenóle Rosas-, el señor Ministro es un amigo del país y hombre de
confianza.'
"Reyes
habló, y Rosas se levantó irritadísimo, exclamando:
“Vaya
Ud., señor, y dirija una nota para el jefe de las caballadas haciéndole
responsable del retardo en entregar los caballos para el ejército de
Vanguardia, y otra en el mismo sentido al jefe del convoy. Tráigame pronto sus
notas, para firmarlas...'
"Y
como Mr. Mandeville quisiera calmarlo, arguyendo que quizás a esas horas ya
todo había llegado a su destino:”
`¡No
señor, no puede haber llegado todavía!... y si el "pardejón"*****
supiera aprovecharse... ¡así es como vienen los contrastes, así es como
vienen!', decía Rosas cada vez más agitado.
"Mr.
Mandeville pidió licencia para retirarse. Inmediatamente Rosas ordenó al
capitán del puerto que vigilase los movimientos de la rada.
"Esa
misma noche tuvo parte de que salía para Montevideo un lanchón en el cual
iba un hombre de confianza de Mr. Mandeville. Transmitiría lo que el diplomático
inglés había escuchado de boca del Restaurador".
Con
la seguridad de un dato inapreciable, el general Rivera se mueve con prontitud
ordenando marchar contra Arroyo Grande, que suponía débil y desguarnecido al
no llegar los refuerzos de Rosas "retrasados" en el Tonelero. El
general César Díaz, entonces oficial de Rivera, se extraña en sus Memorias de
que el jefe de las fuerzas franco-uruguayas, a las que se sumaban los
unitarios exiliados, ordenase una batalla a todas luces apresurada.
Se
lanzó contra el general Oribe, aliado de Rosas, a las primeras horas del alba
del 6 de diciembre de 1835, estrellándose contra fuerzas superiores a las
suyas en armamentos y posición. Y a las que no le faltaba caballada...
"Todo
se perdió", relata Díaz, "hasta el honor." Engañado y
completamente vencido, don Fructuoso escapó "arrojando su chaqueta
bordada, su espada de honor y sus pistolas" (67).
16.
CUARENTA Y DOS PESOS
El
original de la factura está en el Archivo de la provincia de Santa Fe:
Pesos
| "Por doze pesos de estrato de Vino ratificado | 12 |
| Más de diez pesos de iodo alcanforado | 10 |
|
Por veinte pesos de mi trabajo personal por las operaciones que he executado con la expresada Caveza, como son la del Trépano i demás Cirúrgicas cuyo valor es sumamente ínfimo como lo descontará qualesquiera Facultativo en el dicho Ramo |
20 |
| IMPORTA PESOS |
42 |
Por
manera que según la Cuenta que precede asciende esta a la cantidad de cuarenta
y dos pesos y por ser así firmo el presente documento en la Ciudad de Santa Fe
a 23 de julio de 1821.
Manuel
Rodríguez."
¿Para
qué servía esta extraña fórmula? Nos lo aclara el encabezamiento:
"RELACION
DEL GASTO OCASIONADO PARA PRESERVAR DE CORRUPCION LA CAVEZA DEL FINADO SUPREMO
DE ENTRE RÍOS FRANCO RAMIREZ, EL QUE HE VERIFICADO POR MANDATO DEL GOBERNADOR
SUBSTITUTO DE ESTA PROVINCIA."
Estanislao
López conservó la cabeza de su enemigo Francisco Ramírez sobre su
escritorio, durante varios meses (48).
17. LA RELACIÓN ENTRE ROSAS Y SAN MARTÍN
Nuestra
historia oficial nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del
general don José de San Martín: "El sable que me ha acompañado en toda
la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al
general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba
de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha
sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los
extranjeros que trataban de humillarla". Don José celebraba así la
gesta de Obligado.
Tan
extraordinaria disposición testamentaria de nuestro máximo prócer ha sido
soslayada o directamente silenciada en nuestros textos históricos. Hasta
Sarmiento opinó insolentemente que se debía a la senilidad del Libertador de
América...
Sin
embargo, la relación entre San Martín y Rosas fue intensa a lo largo de muchos
años.
Habiendo
transcurrido ya un tiempo prolongado del exilio europeo de don José, casi
olvidado por la prensa y los gobernantes de Buenos Aires, el joven estanciero
Rosas dio el nombre de "San Martín" a una de sus estancias y poco
después, en el mismo año de 1820, bautiza a otra como "Chacabuco",
ambas en el actual partido de General Belgrano.
San
Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina.
Estaba seguro de que la anarquía
en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar
la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y
sacrificios. "Conviene en que para que el país pueda existir es de necesidad
absoluta que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca de él -escribía
el 3 de abril de 1829 a su gran amigo Tomás Guido-. Al efecto se trata de
buscar un salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de
las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de
los males que la amenazan".
De
los dos partidos, el unitario o el federal, las simpatías del Libertador se
inclinaban hacia el último. Por el obstinado saboteo que sus planes libertarios
siempre habían sufrido por parte de Buenos Aires, bajo el dominio político de
sus enemigos Alvear o Rivadavia; también porque en su peregrinar por las
provincias al frente de sus tropas había aprendido a valorar el coraje y el
patriotismo de sus caudillos.
Es
la anarquía que sucede al fusilamiento de Dorrego la que le impide desembarcar
en Buenos Aires cuando, reclamado por algunos y odiado por otros, se niega a
participar en las luchas intestinas, como justifica nuestra historia oficial.
También, seguramente, porque San Martín temía, con razón, por su vida.
Eran
tiempos violentos y los legistas y rivadavianos que habían vuelto al poder, con
Lavalle como pantalla, desconfiaban de San Martín y se lamentaban de su
presencia. Los periódicos bajo su control, los más importantes, no ahorraban
infundios sobre el Libertador sugiriendo corrupción, amoralidad, cobardía y
otras lindezas.
Otra
carta de San Martín a Guido: "El foco de las revoluciones, no sólo en
Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se
encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque
el lujo excesivo multiplicando las necesidades se procura satisfacer sin
reparar en medios: ahí es donde un gran número no quieren vivir sino a costa
del Estado y no trabajar".
El
17 de diciembre de 1835, San Martín celebra la "mano dura" de Rosas:
"Ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño para conseguir tan
loable objeto, yo miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden
de un modo sólido y estable". Don Juan Manuel es para el Libertador la antítesis
de la anarquía y valoriza la despótica tranquilidad que reina en su país:
"Sólo ella puede cicatrizar las profundas heridas que ha dejado la anarquía,
consecuencia de la ambición de cuatro malvados...". Y al año siguiente:
"Desengañémonos, nuestros países no pueden, al menos por muchos años,
regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro: despóticos".
Rosas
le agradece a San Martín su apoyo, que le sirve, gracias al prestigio de éste
en Europa, para contrarrestar la acción de no pocos compatriotas que recorren
las cancillerías extranjeras buscando aliados para derrocarlo. Le ofrece ser
embajador en Perú, cargo que el Libertador rechaza con el pretexto de que
eran muchos los lazos que lo unían a Lima y a sus habitantes como para poder
desempeñar correctamente tal responsabilidad. También aduce que él es
"sólo un militar" y que carece de condiciones como diplomático.
Algunos historiadores consideran que este rechazo se debió a que San Martín
no quiso comprometerse con los desbordes totalitarios de don Juan Manuel. En esa
línea está también la carta que el 21 de setiembre de 1839 escribe a su amigo
Goyo Gómez lamentando el asesinato del doctor Maza: "Tú conoces mis
sentimientos y por consiguiente yo no puedo aprobar cuando veo una persecución
general contra los hombres más honrados del país (...) el gobierno de Buenos
Aires no se apoya sino en la violencia".
Sin
embargo, el tono predominante de la relación entre ambos es la cordialidad.
Conociendo Rosas las penurias económicas del exilio sanmartiniano, ordena en
1840 "que se otorgue la propiedad de seis leguas de tierra al Señor
General de la Confederación Argentina don José de San Martín." Y más
adelante, sabiéndolo enfermo y necesitado de atención, designa a su yerno
Mariano Balcarce como oficial en la Embajada Argentina en Francia, e instruye
reservadamente a Manuel Sarratea, embajador, para que exima a Balcarce de
residir en París, asiento natural de la representación diplomática, con
objeto de no privar al prócer de la presencia y asistencia de su hija
Mercedes.
San
Martín continuará opinando, en su activa correspondencia con Buenos Aires:
"En mi opinión el gobierno en las circunstancias difíciles debe, si la
ocasión se presenta, ser inexorable con el individuo que trate de alterar el
orden, pues si no se hace respetar por una justicia firme e imparcial se lo
merendarán como si fuera una empanada, lo peor del caso es que el país volverá
a envolverse en nuevos males".
Y
Rosas seguirá correspondiéndole: el 11 de octubre de 1841 el almirante
Guillermo Brown le solicita que lo autorice a designar "Restaurador
Rosas" a la nave capitana de la escuadra de la Confederación Argentina, a
lo que aquél le responde ordenándole que la nave deberá llamarse
"Ilustre General San Martín". Cabe señalar que también nuestra.
historia oficial ha silenciado la colaboración que nuestro máximo prócer
naval, el almirante Brown, prestó al gobernador Rosas.
Cuando
Francia e Inglaterra atacan a la Confederación Argentina, nuestro Libertador máximo
no vacila en escribir a Rosas, poniéndose a sus órdenes y ofreciéndole
regresar a la patria para combatir contra los invasores en una declaración pública
que pudo haberle provocado serias dificultades ya que vivía en una de las
potencias beligerantes. San Martín y Rosas comparten un hondo sentimiento nacional
que para algunos críticos roza la xenofobia.
Una
de las últimas cartas que escribe San Martín tres meses antes de su muerte,
con letra dificultosa, fue justamente a Juan Manuel de Rosas: "( ...)
como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz
interior, el orden y el honor establecidos en nuestra querida Patria, y todos
estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que
pocos Estados se habrán hallado" (Boulogne-Sur-Mer, 6 de mayo de 1850)
(21, 39).