EL AGUILA GUERRERA
SEXTA
PARTE
Años
después de Ayacucho, que expulsó definitivamente de Sudamérica a las tropas
regulares al servicio del Rey de España, un batallón continuaba defendiendo su
causa en la remota Patagonia.
Los
cuatro hermanos Pincheira: Antonio, Pablo, Santos y José Antonio pertenecían a
acomodadas familias de Chile y habían recibido en España instrucción militar.
Enrolados en el partido realista, la derrota de los suyos los arrojó al sur
donde obstinadamente se negaron a arriar la bandera de Fernando VII.
Perseguidos
por los chilenos, se refugiaron del lado argentino de los Andes y levantaron
sus toldos trashumantes en la región que va desde Choele-Choel por el este
hasta Nahuel Huapi en el sur.
Formaron
un ejército irregular de soldados españoles y americanos "españolizados",
que mantuvo causa hispánica guerreando contra fuerzas argentinas y chilenas.
Lo hicieron por convicción o quizás porque así daban justificación ideológica
a su accionar y ello les permitía reclutar adeptos.
La
necesidad de subsistencia y la obvia falta de apoyo para su causa los llevaron
al bandidaje. Sus tolderías se convirtieron, además, en el refugio de quienes
escapaban a la justicia de Chile.
Los
Pincheira alentaban a sus aliados indígenas, borugas y ranqueles, a Galonear y
robar vacas en las estancias argentinas, que introducían en Chile por el
"camino de los chilenos" y vendían en Valdivia y Llanquihue, retribuyendo
a los indios con alcohol y armas de fuego.
Tenían
alguna impunidad en Chile debido al predominio del partido liberal o
"pipiolo", enemigo de los hacendados chilenos enrolados en el
partido conservador, que eran quienes más sufrían las andanzas de los
hermanos.
Siempre
con el propósito manifiesto de restablecer la autoridad de España en sus
antiguas colonias, llegaron a ser una amenaza considerable, como cuando una
partida del Regimiento de Cazadores a Caballo, mandada por el teniente Juan de
Dios Montero, en vez de combatirlos se pasó a sus filas.
En
1829, los conservadores fueron restablecidos en Chile y la férrea mano del
presidente Diego Portales se propuso imponer orden en el caos. A fines de 1831
el general Bulnes operó en la zona cordillerana internándose en el actual
territorio argentino, entonces no delimitado. Con 2.000 hombres de línea cayó
de sorpresa sobre el campamento de los cuatro hermanos Pincheira entre los ríos
Atuel y Salado y mató a todos sus componentes, blancos o indios, hombres,
mujeres y niños.
2.
OBLIGADOS A DAR LA VUELTA
-Resistiremos
hasta el fin, señor, pero será muy difícil vencerlos -opinó, prudente, el
general Lucio N. Mansilla. -¿Difícil?... imposible -replicó el Restaurador,
en un tono vivaz, casi alegre.
Se
venían los ingleses y los franceses, máximas potencias planetarias, con una
poderosa escuadra provista del armamento más moderno: los "Peyser",
primeros cañones rayados, en las naves inglesas. Las francesas contaban con el
novísimo cañón-obús "Paixhans", que disparaba balas de ochenta
libras. También los cohetes "Congreve" que habían demostrado su
eficacia en el reciente sojuzgamiento
de China.
-Se
trata de una aventura comercial, Mansilla. Tenemos que hacerles la mayor
cantidad posible de agujeros -Rosas hablaba con firmeza y su jefe lo escuchaba
con atención-. Para que la expedición les dé pérdidas. Ésa será nuestra
victoria.
Ambos
sabían que en Paraguay no encontrarían el algodón que las industrias británicas
necesitaban para sustituir al tejano. A las potencias europeas les resultaba más
cómodo atacar a las expugnables Provincias Unidas del Plata, también
debilitadas por el prolongado embargo que les impidió abastecerse de armamento,
que a la poderosa América del Norte.
"¡Allá
los tenéis! -arengará Mansilla a sus tropas el 20 de noviembre, con el fondo
de las tres gruesas cadenas que cruzan el Paraná-. ¡Considerad el insulto que hacen al la soberanía
de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río
que corre por el territorio de nuestro país!"
Eran
ciento tres los barcos mercantes, de las más variadas nacionalidades, que
avanzaban detrás de los navíos de guerra, relamiéndose por el botín
esperado.
El
jefe de la caballería gaucha en la Vuelta de Obligada fue Facundo Quiroga
(hijo) lo que, según el rosismo, demuestra que don Juan Manuel nunca pudo
haber sido el asesino de su padre.
La
invasión anglo francesa contó con el apoyo de José María Paz, gobernador de
Corrientes, cuya vida Rosas y López habían perdonado, quien apoyaba el propósito
anglo francés de crear una nueva república: la de la Mesopotamia (Misiones,
Corrientes, Entre Ríos y quizás Paraguay). Confiaba en que él sería su
primer presidente.
La
invasión al Río de la Plata, gracias a la heroica defensa de civiles y
militares, fue un desastre militar, económico y político para Francia e
Inglaterra.
Inglaterra,
deseosa de terminar con el asunto envía a un negociador, el prestigioso diplomático
Henri Southern. Don Juan Manuel, arrogante, se niega a recibirlo. El primer
ministro lord Aberdeen protestará en la Cámara de los Pares el 22 de febrero
de 1850: "Hay límites hasta para aguantar las insolencias, y esta
insolencia de Rosas es lo más inaudito que ha sucedido hasta ahora a un
ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la antesala de este
jefe gaucho? ¿Habrá que esperar a que encuentre conveniente recibirle?... Es
una insolencia inaudita".
Francia
e Inglaterra aceptarán su derrota y se retirarán sin imponer condiciones.
Alguien
quedará herido: el general Urquiza, jefe de los ejércitos de la Confederación,
ha sido postergado por Rosas, quien ha preferido a su cuñado, Lucio N.
Mansilla (40).
3.
HERMANOS DE LECHE
Ambos habían mamado de la misma teta.
Mucho
tiempo después, el soldado mulato José Bracho fue generosamente recompensado
por uno de ellos, Juan Manuel de Rosas. Lo declaró "Benemérito de la
Patria en Grado Heroico„ y lo ascendió a teniente de Caballería con 300
pesos mensuales de sueldo.
Además
le regaló 3 leguas cuadradas de buen campo, 600 cabezas de ganado vacuno y
1.000 ovejas. También un premio especial de 2.000 pesos fuertes y una valiosa
medalla de plata.
Todo
esto le fue entregado en acto público en una ciudad festivamente embanderada,
iluminada por los relámpagos de los fuegos artificiales que estallaban en sus
alturas.
El
mérito del soldado Bracho había sido disparar el trabucazo que terminó con la
vida de Juan Lavalle, eliminando una seria amenaza contra el gobierno de la
Confederación.
Las
familias Lavalle y Ortiz de Rozas cultivaban una amistad estrecha y era sabido
que Juan, el héroe de Río Bamba y fusilador de Dorrego, había sido el otro
bebé amamantado por doña Agustina, madre de Juan Manuel.
4. UN MILITAR OFENDIDO
El
imperio brasileño sondea a Urquiza, jefe del Ejército de Operaciones de la
Confederación Argentina, si podría contar con su neutralidad en caso de guerra
contra la Argentina de Rosas.
El
agravio es tremendo: "¿Cómo cree, pues, el Brasil, cómo puede haberlo
imaginado por un momento, que permanecería frío e impasible espectador de
esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra nacionalidad
o de sus más sagradas prerrogativas sin traicionar a mi patria, sin romper los
indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa
mancha todos mis antecedentes? (...) Debe el Brasil estar cierto de que el
general Urquiza sabrá lidiar en los campos de batalla por los derechos de su
patria y sacrificar, si necesario fuera, su persona, sus intereses, fama y
cuanto posee" (Carta del 20 de abril de 1850, pocos meses antes de aceptar
la conducción del ejército binacional) (67).
5. LA LOCURA UNITARIA
El
fraile Aldao, luego de derrotar a Lamadrid en Rodeo del Medio, se autodesigna
gobernador de Mendoza.
El
31 de mayo de 1842 da a conocer un bando: "Todos los unitarios son
locos" y, por lo tanto, irresponsables. No debía llevárselos a la cárcel
sino a "un hospital para que fuesen tratados como locos". Por su
decretada enajenación mental ningún unitario podía "testar, ser testigo,
tener personería civil ni política, ni poder disponer de más de diez
pesos". Debía designárseles un administrador de sus bienes.
Los
defensores del fraile aducen que con dicho decreto Aldao evitaba obedecer las
crueles órdenes de Rosas de expropiar y matar a sus adversarios (44).
6.
LOS JESUITAS, AFUERA
La
Compañía, oficialmente admitida, venía a ser un poder dentro de otro poder
demasiado celoso como era e gobierno de Rosas. Su acción se dirigía a los jóvenes
de la clase principal y su Colegio era solamente accesible a los estudiantes de
recursos. Las familias que frecuentaba el padre Berdugo, superior del Colegio,
pertenecían a la oposición unitaria.
La
Compañía se puso al tono de la clase social donde buscaba influencia: en el
Colegio no se pronunciaba la palabra "federación" ni se admitía la
divisa punzó. Inevitablemente, San Ignacio fue convirtiéndose en un reducto de
unitarios con las consecuencias imaginables.
Su
marcha era "gambetera", según Rosas, y Manuelita les enrostró
"que no andaban de frente". Es que en San Ignacio no se hacían
"funciones federales" ni el retrato del gobernador era llevado al
presbiterio, como en las otras parroquias. Cuando se descubrió la conspiración
de Maza sólo allí no se rezó una solemne misa cantada con el correspondiente
sermón "federal". Ni el padre Berdugo felicitó a Rosas públicamente,
como lo hizo todo el clero.
Para
Rosas, como para todo dictador, "quien no está conmigo está contra mí".
La prescindencia no era aceptable en el Buenos Aires de entonces y la paciencia
del Restaurador fue agotándose.
Ningún
federal -diría el coronel Mariño al rehusarse a asistir a una boda celebrada
en San Ignacio- pisaba su iglesia
"para no rozarse con los salvajes
inmundos unitarios". Comenzaban a escucharse gritos contra los
“jesuitas, salvajes unitarios ingratos". No pocas familias retiraron a sus hijos del Colegio temiendo un asalto, sobre
todo porque aparecieron pasquines con jesuitas colgados de horcas.
Finalmente
el padre Berdugo, el superior, y otros sacerdotes escapan a Montevideo.
Rosas
hará saber entonces a la población que dicha huida, como si hubiera sido
tomada en pleno libre albedrío, confirmaba el compromiso de los jesuitas
"por los salvajes unitarios, su ingratitud y su perfidia" (19,
27).
7.
EN
LA CRESTA DE LA OLA
No
faltaría algún periodista que hoy lo calificase de "camaleónico".
Aunque quizás se tratase de la tácita regla universal de que todo gobierno
necesita mostrar a algún prestigioso para compensar tanto aventurero y
advenedizo. Lo cierto es que Vicente López y Planes demostró talento para
perpetuarse en el poder a pesar de los terremotos políticos que sacudían su
patria.
Su
actuación pública se inicia durante las Invasiones Inglesas cuando revista en
el Regimiento de Patricios. Precisamente la victoria sobre los británicos
permite su reconocimiento como poeta, al componer su famoso "El triunfo
argentino", apelando a un gentilicio que no tardaría en ser nacional.
Después
de Mayo, López y Planes es designado auditor de la Expedición Auxiliadora al
Norte. Poco tiempo después escribe el Himno, en colaboración con un oscuro músico,
Blas Parera.
El
Primer Triunvirato lo nombra secretario de Hacienda. En 1813 fue diputado a la
Asamblea General Constituyente y actuó en nuestro primer cuerpo legislativo
como secretario.
Se
suceden los gobiernos y en ellos siempre hay un lugar para don Vicente. Con
Balcarce fue secretario de Gobierno. Con Pueyrredón, el mismo cargo.
Cuando
el Congreso de Tucumán se trasladó a la Capital, López y Planes se incorpora
como representante porteño. En el gobierno de Martín Rodríguez dirigió el
Registro Estadístico.
Accede
a la Presidencia de la República al caer Rivadavia, y al recuperar la
provincia de Buenos Aires su existencia formal es designado, simultáneamente,
gobernador.
Al
abandonar la Presidencia y la Gobernación, su sucesor, el coronel Manuel
Dorrego, lo retiene en su gabinete como ministro de Hacienda.
Guando
se produce el trágico fusilamiento de Navarro sobreviene, como escribe J. M.
Rosa, "la primera y única ruptura en esta permanente devoción de López y
Planes por el servicio público". Enfrentado con Lavalle por su doblez
ante el obcecado unitarismo de algunos porteños poderosos, sin perdonarle
tampoco el asesinato de quien don Vicente mucho apreciaba, cruza el río y se
radica en Mercedes a esperar la caída de la "espada sin cabeza".
Durante
la administración de Juan José Viamonte integra el Senado Consultivo, un
cuerpo deliberativo que se acercaba a las formas parlamentarias de la época.
También forma parte de una comisión especial nombrada por Viamonte para
estudiar la reforma de la enseñanza pública.
Cuando
Juan Manuel de Rosas accede al poder convoca a López y Planes. Pasa a desempeñarse
como presidente del Superior Tribunal de Justicia.
No
basta con Caseros para desalojarlo de la función pública: Urquiza lo designa
gobernador de la provincia de Buenos Aires. Como tal participa de la histórica
reunión, en 1852, que deliberó en San Nicolás de los Arroyos.
8.
LA
DESTITUCIÓN DEL SANTO
En
la metrópoli, la elección de los santos patronos e decisión de
responsabilidad, acompañada a veces de ceremonias a las que no les faltaba
boato. Pero cuando las ciudades por patronizar no eran de importancia, como la
lejana Buenos Aires, un puerto de contrabandistas enclavado en tierras inhóspitas
y deshabitadas, bastaba con introducir los nombres de todos los santos en una
bolsa de terciopelo negro para que fuera el azar quien decidiese.
Tres
veces seguidas, inauditamente, salió el papelito de un santo sin mayor
renombre, San Martín de Tours. Buenos Aires tuvo entonces su santo patrono.
Nadie podía prever que lo que la negra bolsa de paño brilloso había
anticipado era el nombre del general libertador de aquellas tierras australes.
Muchos
años más tarde, el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires enardecía los
espíritus patrióticos. El pretexto de la potencia agresora era reclamar para
sus súbditos el mismo trato preferencial que Rosas reconocía a los
británicos, a quienes, por ejemplo, relevaba de la obligación de
incorporarse a las filas de sus ejércitos. Además, en la Banda Oriental del
general Rivera y de los exiliados unitarios se habían radicado tantos
vasco-franceses que Francia consideraba a Montevideo casi como una colonia a
proteger de Rosas y de Oribe. Por otra parte, la importancia de las potencias se
medía entonces por la presencia militar más allá de sus fronteras, y los
franceses habían estado demasiado ausentes, a diferencia de España o de
Inglaterra, de tierras americanas.
El
odio contra el invasor crecía en la población. Alguien recordó entonces que
Tours era ciudad de Francia. No tardó mucho el Restaurador en dictar el decreto
correspondiente, obediente al reclamo de la chusma:
"¡Viva
la Santa Confederación Argentina, mueran los salvajes unitarios!
"Buenos
Aires, 31 de julio de 1839, año 30 de la Libertad, 24 de la Independencia y
15 de la Confederación.
"El
gobierno, considerando que esta ciudad fue puesta desde su fundación bajo la
protección de un francés, San Martín, natural de Tours, quien no ha sabido
hasta la fecha librar a esta ciudad de las fiebres periódicas, escarlatinas, ni
de las secas y epidemias continuas que en diferentes épocas han arruinado
nuestra campaña, nuestras cosechas y nuestros ganados, ni de las
extraordinarias crecientes de nuestro río que destruyen casi anualmente una
cantidad de obras y monumentos de la ciudad que se encuentran sobre la costa.
"En
fin, que la viruela acaba de desaparecer a causa del descubrimiento de la
vacuna, sin que el patrono por su parte haya jamás hecho el menor esfuerzo para
librarnos de esa terrible calamidad.
"Que
para combatir las invasiones de los indios en la frontera, para sostener las
guerras civiles y extranjeras que nos han sobrevenido, hemos tenido que recurrir
en el primer caso a la Santa Virgen de Luján, en el segundo a la Virgen del
Rosario y la Merced y también a Santa Clara Virgen, con cuyo único consuelo
hemos podido triunfar, mientras que nuestro patrono, el francés, permanecía
indiferente en el cielo sin ayudarnos en lo más mínimo como era su deber.
"En
vista de los motivos expuestos venimos en decretar y decretamos:
"Artículo
1°) El francés unitario San Martín de Tours, que ha sido hasta hoy el patrón
de esta ciudad, habiendo
perdido
la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado por sus compatriotas, aliado
del traidor Rivera y demás salvajes unitarios, es destituido para siempre del
empleo de patrón de Buenos Aires".
Los
demás artículos eran de forma (69).
9. ¿LIBERTADOR DE BÉLGICA?
Los
belgas se sublevaron en 1831 contra el tiránico gobierno de los reyes
holandeses, proclamando la independencia de su país.
Los
patriotas bruselenses carecían de un jefe militar de prestigio. Su caudillo, el
valeroso conde de Mérode, era un simple conductor de milicias sin la preparación
y los conocimientos necesarios para resistir a los experimentados oficiales
holandeses.
Alguien
propuso que se ofreciera el mando militar de la revolución al general San Martín,
circunstancialmente en Bruselas, cuyas campañas en Sudamérica lo habían hecho
célebre en todo el mundo. La idea fue aprobada con entusiasmo.
Nuestro
Libertador se mostró profundamente agradecido e hizo votos por el triunfo de
la libertad y de la independencia del pueblo belga, pero rehusó el honor y la
con fianza que se le dispensaba, aduciendo los deberes que las leyes de la
hospitalidad le imponían.
Una
vez más don José renunciaba. Lo había hecho ante Bolívar, luego en Lima al
rechazar el Protectorado que se le ofrecía, más tarde abdicó de morar en su
patria al abandonarla y al no desembarcar en su regreso. La vida del Libertador
está signada por renuncias.
¿Dignidad,
como afirma nuestra historia oficial? ¿Características de personalidad? ¿Imposiciones
de aquel juvenil pero obligante juramento secreto a la logia? (10).
10. LOS
INTELECTUALES Y EL PODER
A
fines de la década del treinta, al inaugurarse el Salón Literario que
orientaban Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Marcos Sastre, este último
proclamó: "A la faz del mundo nuestro divorcio de toda política y
legislación extranjeras". Ello los acercaba al nuevo gobernador, Juan
Manuel de Rosas, apasionado defensor de lo nacional. Agradeció "a la
Providencia el hombre grande" que gobernaba, y por quien se podía
"rechazar toda creación anárquica o extraña que intente oponerse a las
esperanzas de la Nación". Entre ellas, en primerísima línea, la
"literatura española" que sólo podía dar "compilaciones
monstruosas e indigestas, ideas rancias, pésimas traducciones, poesías insípidas,
novelas insulsas y despropósitos periódicos".
Alberdi,
el siguiente orador, elogió a la Revolución de Mayo porque había servido para
desprenderse del españolismo caduco y abrirse a la cultura de Francia
"que en materia de inteligencia es la expresión de Europa". Los
argentinos deberían hablar en francés, que se ajustaba "mejor a nuestro
pensamiento que los eternos contoneos del pensamiento español".
Gutiérrez
llegó a afirmar, a continuación, que en la península ibérica "no
encontraréis un libro que encierre los tesoros que brillan en cada página de
René, en cada canto del Childe Harold, en cada meditación de Lamartine, en
cada uno de los dramas de Schiller".
A
Rosas, hombre práctico y rústico, estas especulaciones
le habrán sonado a desvaríos. Excesivamente afrancesados, además, para su
gobernante que tuvo que sostener dos
guerras contra Francia. Desconfiaba de los "doctores" de Buenos Aires,
aunque fueran jóvenes
e inclinados a la cultura. Y aunque le expresaran una simpatía que no alcanzaba
a comprender.
Lo
cierto es que don
Juan Manuel no hizo ningún caso a los jóvenes intelectuales, y éstos no se lo
perdonaron jamás.
"Si
Rosas – escribe un resentido Echeverría en su Dogma socialista- hubiese
comprendido su posición, habría llamado y patrocinado a la juventud y puesto
se a trabajar con ella en la obra de organización nacional (...) Hombre
afortunado como ninguno, todo se le brindaba para acometer con éxito esa
empresa. Su popularidad era indisputable; la juventud, la clase pudiente y
hasta sus enemigos acérrimos lo deseaban, lo esperaban cuando empuñó la suma
de poder (...) Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero
progreso; habría sido venerado en él y fuera de él como el primer estadista
de la América del Sud, y habría igualmente paralizado sin sangre ni desastres
toda tentativa de restauración unitaria” (67).
11.
EL
NATURALISTA CAMBIA DE IDEA
En
1833 el joven Carlos Darwin, inglés, que con el correr de los años alcanzaría
la celebridad con su "teoría de las especies", emprende un viaje de
exploración y estudio alrededor del mundo. Todo indica que trabajaba para los
servicios secretos de su país.
Llega
a Carmen de Patagones, entonces un miserable villorrio en medio de un páramo interminable. Se entera de que el general
Rosas, de quien mucho había oído hablar, campaba
a orillas del río Colorado, empeñado en su campaña de exterminio y
desalojo de los indígenas patagónicos.
Los
escasos veinticuatro años del naturalista le dan confianza y energía
suficientes para atravesar los desiertos que separan el río Negro del río
Colorado, guiado por baqueanos.
"El
campamento del general Rosas -apuntará Darwin en su Diario de viaje- es un cuadrado formado por carretas, artillería,
chozas de paja, etcétera. No hay más que caballería, y pienso que nunca se ha
juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros. Casi todos
los hombres son de raza mezclada; casi todos tienen en las venas sangre negra,
india y española. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez
tienen buena catadura."
Le
habían contado de ese gaucho rubio que lanceaba indios en el confín del mundo.
De sus grandes estancias y del reglamento férreo con que las gobernaba. De sus
peonadas armadas militarmente y convertidas en ejército.
De
su humor extravagante y muchas veces
cruel. Del ascendiente que tenía sobre los paisanos. De su
extraordinaria habilidad como jinete.
La
impresión fue inmejorable: "En la conversación el general Rosas es
entusiasta, pero a la vez está lleno de buen sentido y gravedad, llevada esta
última hasta el exceso. Mi entrevista terminó sin que se sonriera ni una sola
vez".
Darwin observó que Rosas tenía cerca de él dos bufones, "como los
antiguos señores feudales". Éstos eran negros. Y uno de los negros le
contó cómo había sido estaqueado por importunar al general. Anota una sagaz
observación del moreno: "Cuando el general se ríe no perdona a
nadie".
Darwin
concluye: "Es un hombre de carácter extraordinario que ejerce la más
profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que, sin duda, pondrá al
servicio de su país para asegurar su prosperidad y ventura."
Más
de veinte años después, en 1845, al corregir una nueva edición de su Diario de viaje, al
pie de página donde narraba la entrevista con Rosas, agrega: "Los acontecimientos
han desmentido cruelmente esta profecía."
Gran Bretaña estaba entonces empeñada, junto con Francia, en sojuzgar a aquel gaucho que tanto lo había impresionado (2).
12.
SÓLO
CINCO AÑOS
A
los ocho años se embarca con su familia hacia España para ingresar en el
Seminario de Nobles de Madrid. Había nacido en 1778. Regresa al Río de la
Plata en 1812 y se pierde detrás de los Andes en 1817. Nunca más regresará a
su patria salvo un breve paso, que no contaremos, para subir a la nave que lo
llevará al exilio definitivo. Muere en 1850.
Es
decir que de los setenta y dos años de vida de nuestro héroe máximo, trece
los pasó en la Argentina. De ellos, sólo cinco de vida adulta.
13.
UN MENSAJE EN CLAVE
Cuyas,
comerciantes, hombre de confianza de Urquiza,
era su delegado para negociar con los brasileños. El gobernador de Entre
Ríos, para sellar su alianza con el ejército imperial y levantarse contra
Rosas, exigía que la escuadra brasileña se desplegase en el Río de la Plata:
“Yo
aseguro que V.E. –escribe Cuyas, en clave, como si se tratase de una carta
comercial, a Urquiza el 2 de mayo de 1850- no despacharía sus buques sin que la contrata estuviera firmada, porque entiendo
que mientras la niña se enamora todo se concede, y después que ha cedido la
ilusión disminuye y falta la
voluntad de cumplir las ofertas. En fin: se espera la llegada de un buque de
aquel destino para ponernos todos de acuerdo. Mas, por ahora yo sigo el plan de
mostrar que V.E. no está todavía decidido a entrar en la negociación, y que
será fácil que la deje si el contrato no se concluye de la manera por mí
indicada”.
Descifremos:
“No
despacharía sus buques”: Urquiza no se pronunciará públicamente.
“La contrata”: la alianza con el Imperio.
“Mientras
la niña se enamora todo se concede”: para ganarse a Urquiza, los brasileños
harían todos los sacrificios.
“Y
después que ha cedido la ilusión disminuye”: una vez hecho público su
alzamiento la cotización de Urquiza bajaría.
“Falta
la voluntad de cumplir”: las ventajas debían obtenerse antes del
pronunciamiento.
“Se
espera la llegada de un buque de aquel destino”: se esperan poderes o
instrucciones de Río de Janeiro para su delegado.
“Para
ponernos todos de acuerdo”: para firmar el tratado.
“V.E.
no está todavía decidido a entrar en la negociación, y que será fácil que
la deje”: si Brasil no cumple con nuestras exigencias, V.E. seguirá siendo
leal a Rosas (67).
14.
¿QUIEN ES EL TRAIDOR?
Enterarse
de que su patria sería invadida por topas brasileñas en alianza con
compatriotas al mando de Urquiza, hizo arder la sangre de Martiniano Chilavert.
Abandonó su exilio montevideano y cruzó el río para ponerse a las órdenes
del Restaurador, quien, sabiendo de sus quilates de militar valiente y avezado,
puso la artillería a su mando.
En
la batalla disparó hasta l último proyectil, haciendo blanco sobre el ejército
imperial que ocupaba el centro del dispositivo enemigo. Cuando ya no le quedaron
balas hizo cargar con piedras sus cañones.
Luego,
derrotado el ejército de la confederación, recostado displicentemente sobre
uno de los hirvientes cañones, pitando
un cigarrillo, esperó a que vinieran a hacerlo prisionero.
No
se estaba rindiendo, Sólo aceptaba el resultado de la contienda.
-Si
me toca, señor oficial, le levanto la pata de los sesos –advirtió a un
osado, mientras le apuntaba con su pistola-.
Lo que busco es un oficial superior a quien entregar mis armas.
Enterado,
Urquiza ordena que sea conducido a su presencia. Ante su además, sus
colaboradores se retiran dejándolos a solas.
Puede
reconstruirse lo que entonces sucedió. El vencedor de Caseros habrá reprochado
a Chilavert su deserción del bando antirrosista. Don Martiniano le hará
respondido que allí había un solo traidor: quien se había aliado al
extranjero para atacar su patria.
Urquiza
habrá considerado que no eran momentos y circunstancias para convencer a ese
hombre que lo miraba con deprecio de que todo recurso era válido para ahorrarle
a su patria la continuidad de una sangrienta tiranía.
Pero
algo más habrá dicho don Martiniano. Quizá referido a la fortuna de don
Justo, de la que tanto se murmuraba. El entrerriano abre entonces la puerta con
violencia, desencajado, y ordena que lo fusilen de inmediato.
-Por
la espalda- aullará. El castigo de
los traidores.
El
sargento Modesto Rolón tuvo a su cargo conducir al reo hasta donde habría de
fusilársele. Relataría que Chilavert,
sereno, le pidió: “Está bien, permítame reconciliarme con Dios”.
Luego
de rezar unos minutos le anunció: “Estoy listo, señor oficial”.
Apenas
tuvo tiempo de encargar a su fiel asistente Aguilar que le entregara a su hijo
Rafael su reloj de bolsillo. A los soldados que formaban el pelotón les
advierte que en su tirador encontrarían tabaco y algún dinero.
El
coronel se dispone a morir. Pero cuando un oficial, cumpliendo con las
instrucciones de Urquiza, intenta ponerlo de espaldas, recibe un puñetazo que
lo arroja al piso.
Ofendido,
altivo, golpeándose el pecho y echando atrás
la cabeza, Chilavert grita a sus verdugos: “¡Tirad aquí, que así
mueren los hombres como yo!”.
15.
EL
PUNTO NEGRO
El
máximo biógrafo del Libertador, Bartolomé Mitre, no pierde oportunidad de
exaltar la generosidad de don José. Cuando una rica vajilla de plata le fue
ofrecida en Santiago de Chile como premio a su triunfo en Chacabuco, Mitre
reproduce el notable texto de rechazo: “No estamos en tiempo de tanto lujo. El
Estado se halla en necesidades, y es preciso que todos contribuyamos a
remediarlas. Por lo tanto, doy orden e que con ésta se ponga a disposición de
V.E. dicha vajilla, como asimismo el sueldo que se me tiene señalado por este
Estado”.
Sin
embargo, dando muestras de su rigor de historiador, don Bartolomé no duda en
dar a conocer lo que llama “un punto negro en la vida de San Martín y de O’Higgins”.
Reproduciré
textualmente:
“En
Santiago, lo mismo que en Buenos Aires, el general continuó sus silenciosos
trabajos en medio del bullicio de las fiestas;
pero esta vez parece que la liga del oro se alió al bronce heroico del
Libertador. En el mismo día de la ovación despachada a Londres a su ingeniero
y ayudante de campo Álvarez Condarco, con algunos fondos y el encargo de
proporcionarse mayores recursos, a fin de adquirir otro buque y elementos bélicos
para la expedición proyectada. Álvarez Condarco, que era también su compadre,
llevaba otra misión, a la que está ligado un misterio, que se ha señalado
como un punto negro en la vida de San Martín y de O’Higgins, y que, sin
disminuir la grandeza americana del
primero como guerrero y libertador, deprimiría su elevación moral como hombre.
Tratábase de la remisión de una suma para ser colocada en aquella ocasión en
Londres por cuenta de O’Higgins y San Martín, que, según algunas
referencias, sería de 25.000 pesos, y según interpretación a que se presta,
podría alcanzar a 100.000 pesos. Los documentos que con este punto se
relacionan, escritos en cifra, han permanecido secretos durante más de sesenta
años. Sólo tres personas los han
conocido, de las cuales dos han muerto, siendo el último el autor de esta
historia, que los descifró personalmente, quien, consultado por el depositario
sobre si debían destruirse o no, opinó que debían conservarse, porque la
historia, en presencia de los documentos que la forman, no debe a los grandes
hombres, por lo mismo que son grandes, sino la verdad, para que se presenten a
la posteridad tales como fueron, dejándole a ella pronunciar el fallo
definitivo.”
Evidentemente,
lo de las cuentas secretas, cifradas, en bancos extranjeros, no es un invento
moderno... (49).
16.
LA
REVANCHA DE ITUZAINGÓ
El
marqués de Caxias, jefe de las tropas brasileñas en Caseros, informa al
ministro de guerra Souza e Mello:
“La
1° División, formando parte del Ejército aliado que marchó sobre Buenos
Aires, hizo prodigios de valor recuperando el honor de las armas brasileñas
perdido el 27 de febrero de 1827”. Es decir en la batalla de Ituzaingó,
victoriosa para las tropas
argentinas.
No
es de extrañar entonces que, a pesar de que la derrota de Rosas fue el 3 de
febrero, el ingreso triunfal de las tropas de la alianza argentino-brasileña se
haya producido recién el 20. Sin duda se trató de una imposición de los
brasileños que Urquiza acató.
El
jefe argentino pareció arrepentirse e inconsultamente decide que el desfile será
el 19 pero su par brasileño se mantiene firme: “A victoria desta companha e
uma vitoria de Brasil, e a Divisāo Imperial entrará em Buenos Aires com
todas as honras que lhe sao devidas quer V. Excia ache conveniente ou nao”.
Urquiza
se niega a devolver las banderas de Ituzaingó que estaban en la Catedral e
intenta una última estratagema para evitar el desdoro ante sus compatriotas de
desfilar al frente de tropas extranjeras. Informa erróneamente la hora del
desfile.
Inicia
la marcha con un malhumor que sostendrá durante toda la ceremonia, montado en
un caballo con la marca de Rosas, al que Sarmiento califica de “magnífico”.
Para consternación de los unitarios luce un ancho cintillo punzó en la solapa,
reivindicándose como federal. Ni siquiera irá al estrado de la catedral donde
era esperado por autoridades, diplomáticos y notables, quizás para que la
ceremonia terminase lo antes posible, antes de que las tropas imperiales
iniciaran su desfile triunfal.
Algunos
días antes se había producido un hecho significativo: Honorio, el
representante del emperador del Brasil, concurre a Palermo el día 9 para
entrevistarse con el vencedor de Caseros. Pero siente tanta repugnancia por los
cadáveres que cuelgan por doquier,
pudriéndose entre el follaje de los árboles, que decide regresar al día
siguiente. Entonces se produce un áspero diálogo cando es brasileño le
recuerda las concesiones territoriales que Argentina debía hacer por el apoyo
recibido.
Urquiza,
rabioso, responde que es Brasil el que le debe a él, pues “Rosas hubiera
terminado con el Emperador y hasta con la unidad brasileña si no fiera por mí”.
También: “Si yo hubiera quedado junto a Rosas, no habría a estas horas
Emperador”.
Honorio
se retira ofendido. Pero días más tarde recibirá la visita de Diógenes
Urquiza, hijo de don Justo José, quien en nombre de su padre le pide 100.000
patacones y además “el compromiso de contar con esa subvención en
adelante”, según informa Honorio a su gobierno. Y agregará: “Atendiendo a
la conveniencia de darle en las circunstancias actuales una prueba de
generosidad y de deseo de cultivar la alianza, entendí que no podía rehusarle
el favor pedido” (67).
17. LA PATRIA HIPOTECADA
Tanta
guerra, tanta anarquía, tanto saqueo, tanto negociado, tanta irracionalidad, no
podían sino conducir a nuestra patria hacia la bancarrota.
En
1861, asumía como presidente Juan Esteban Pedernera, luego de la batalla de Pavón,
en reemplazo de Santiago Derqui. Su ministro de Hacienda era un rico
terrateniente, el doctor Vicente del Castillo.
El
acoso de los acreedores nacionales y extranjeros era mayúsculo. Don Vicente pagó
de su bolsillo algunas deudas.
Pedernera
y los otros ministros, José de
Olmos y Nocolás Molina, establecieron en los considerandos del correspondiente
decreto que “no era justo que los desinteresados servicios de dicho
funcionario fueran desatendidos por el Gobierno, ni que debiera responder él,
con su peculio, a obligaciones contraídas en nombre de la República”.
Por
ello constituyeron “en formal hipoteca el Palacio del Gobierno, con todos sus
enseres, al pago de la cantidad de 36.969 pesos con 78 centavos” a favor del
doctor Vicente del Castillo.
A
pesar de que la deuda quedó impaga, don Vicente nunca hizo uso de su derecho.
Quizás deba ser considerado un prócer...(2).
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