2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

  

1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 

 

 4ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 5ª Parte

   

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Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
 
 

 6ª Parte

   

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Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   
 

 

 

 

 

EL AGUILA GUERRERA

 

 

SEXTA PARTE

 
1.            
LOS ÚLTIMOS REALISTAS

   

Años después de Ayacucho, que expulsó definitivamente de Sudamérica a las tropas regulares al servicio del Rey de España, un batallón continuaba defendiendo su causa en la remota Patagonia.

Los cuatro hermanos Pincheira: Antonio, Pablo, Santos y José Antonio pertenecían a acomodadas familias de Chile y habían recibido en España instrucción militar. Enrolados en el partido realista, la derrota de los suyos los arrojó al sur donde obstinadamente se negaron a arriar la bandera de Fernando VII.

Perseguidos por los chilenos, se refugiaron del lado ar­gentino de los Andes y levantaron sus toldos trashumantes en la región que va desde Choele-Choel por el este hasta Nahuel Huapi en el sur.

Formaron un ejército irregular de soldados españoles y americanos "españolizados", que mantuvo causa hispá­nica guerreando contra fuerzas argentinas y chilenas. Lo hicieron por convicción o quizás porque así daban justifi­cación ideológica a su accionar y ello les permitía reclutar adeptos.

La necesidad de subsistencia y la obvia falta de apoyo para su causa los llevaron al bandidaje. Sus tolderías se convirtieron, además, en el refugio de quienes escapaban a la justicia de Chile.

Los Pincheira alentaban a sus aliados indígenas, borugas y ranqueles, a Galonear y robar vacas en las estancias argentinas, que introducían en Chile por el "camino de los chilenos" y vendían en Valdivia y Llanquihue, retribu­yendo a los indios con alcohol y armas de fuego.

Tenían alguna impunidad en Chile debido al predomi­nio del partido liberal o "pipiolo", enemigo de los hacenda­dos chilenos enrolados en el partido conservador, que eran quienes más sufrían las andanzas de los hermanos.

Siempre con el propósito manifiesto de restablecer la autoridad de España en sus antiguas colonias, llegaron a ser una amenaza considerable, como cuando una partida del Regimiento de Cazadores a Caballo, mandada por el teniente Juan de Dios Montero, en vez de combatirlos se pasó a sus filas.

En 1829, los conservadores fueron restablecidos en Chile y la férrea mano del presidente Diego Portales se propuso imponer orden en el caos. A fines de 1831 el general Bulnes operó en la zona cordillerana internándose en el actual territorio argentino, entonces no delimitado. Con 2.000 hombres de línea cayó de sorpresa sobre el campa­mento de los cuatro hermanos Pincheira entre los ríos Atuel y Salado y mató a todos sus componentes, blancos o indios, hombres, mujeres y niños.

Fueron quemadas, entonces, las últimas banderas es­pañolas izadas en nuestro territorio (67).

 

  

 

2.                      OBLIGADOS A DAR LA VUELTA

 

-Resistiremos hasta el fin, señor, pero será muy difícil vencerlos -opinó, prudente, el general Lucio N. Mansilla. -¿Difícil?... imposible -replicó el Restaurador, en un tono vivaz, casi alegre.

Se venían los ingleses y los franceses, máximas poten­cias planetarias, con una poderosa escuadra provista del armamento más moderno: los "Peyser", primeros cañones rayados, en las naves inglesas. Las francesas contaban con el novísimo cañón-obús "Paixhans", que disparaba balas de ochenta libras. También los cohetes "Congreve" que habían demostrado su eficacia en el reciente sojuzgamiento de China.

-Se trata de una aventura comercial, Mansilla. Tene­mos que hacerles la mayor cantidad posible de agujeros -Rosas hablaba con firmeza y su jefe lo escuchaba con atención-. Para que la expedición les dé pérdidas. Ésa será nuestra victoria.

Ambos sabían que en Paraguay no encontrarían el al­godón que las industrias británicas necesitaban para susti­tuir al tejano. A las potencias europeas les resultaba más cómodo atacar a las expugnables Provincias Unidas del Plata, también debilitadas por el prolongado embargo que les impidió abastecerse de armamento, que a la poderosa América del Norte.

"¡Allá los tenéis! -arengará Mansilla a sus tropas el 20 de noviembre, con el fondo de las tres gruesas cadenas que cruzan el Paraná-. ¡Considerad el insulto que hacen al la soberanía de nuestra patria al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas de un río que corre por el territorio de nuestro país!"

Eran ciento tres los barcos mercantes, de las más va­riadas nacionalidades, que avanzaban detrás de los navíos de guerra, relamiéndose por el botín esperado.

El jefe de la caballería gaucha en la Vuelta de Obligada fue Facundo Quiroga (hijo) lo que, según el rosismo, de­muestra que don Juan Manuel nunca pudo haber sido el asesino de su padre.

La invasión anglo francesa contó con el apoyo de José María Paz, gobernador de Corrientes, cuya vida Rosas y López habían perdonado, quien apoyaba el propósito anglo francés de crear una nueva república: la de la Mesopotamia (Misiones, Corrientes, Entre Ríos y quizás Paraguay). Confiaba en que él sería su primer presidente.

La invasión al Río de la Plata, gracias a la heroica defensa de civiles y militares, fue un desastre militar, eco­nómico y político para Francia e Inglaterra.

Inglaterra, deseosa de terminar con el asunto envía a un negociador, el prestigioso diplomático Henri Southern. Don Juan Manuel, arrogante, se niega a recibirlo. El primer ministro lord Aberdeen protestará en la Cámara de los Pares el 22 de febrero de 1850: "Hay límites hasta para aguantar las insolencias, y esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que ha sucedido hasta ahora a un ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la antesala de este jefe gaucho? ¿Habrá que esperar a que encuentre conveniente recibirle?... Es una insolencia inaudita".

Francia e Inglaterra aceptarán su derrota y se retira­rán sin imponer condiciones.

Alguien quedará herido: el general Urquiza, jefe de los ejércitos de la Confederación, ha sido postergado por Ro­sas, quien ha preferido a su cuñado, Lucio N. Mansilla (40).


 

  

 

3.  HERMANOS DE LECHE 

Ambos habían mamado de la misma teta.

Mucho tiempo después, el soldado mulato José Bracho fue generosamente recompensado por uno de ellos, Juan Manuel de Rosas. Lo declaró "Benemérito de la Patria en Grado Heroico„ y lo ascendió a teniente de Caballería con 300 pesos mensuales de sueldo.

Además le regaló 3 leguas cuadradas de buen campo, 600 cabezas de ganado vacuno y 1.000 ovejas. También un premio especial de 2.000 pesos fuertes y una valiosa meda­lla de plata.

Todo esto le fue entregado en acto público en una ciudad festivamente embanderada, iluminada por los relámpagos de los fuegos artificiales que estallaban en sus alturas.

El mérito del soldado Bracho había sido disparar el trabucazo que terminó con la vida de Juan Lavalle, elimi­nando una seria amenaza contra el gobierno de la Confede­ración.

Las familias Lavalle y Ortiz de Rozas cultivaban una amistad estrecha y era sabido que Juan, el héroe de Río Bamba y fusilador de Dorrego, había sido el otro bebé ama­mantado por doña Agustina, madre de Juan Manuel.

 

  

 

4. UN MILITAR OFENDIDO

   

El imperio brasileño sondea a Urquiza, jefe del Ejército de Operaciones de la Confederación Argentina, si podría contar con su neutralidad en caso de guerra contra la Argen­tina de Rosas.

El agravio es tremendo: "¿Cómo cree, pues, el Brasil, cómo puede haberlo imaginado por un momento, que per­manecería frío e impasible espectador de esa contienda en que se juega nada menos que la suerte de nuestra naciona­lidad o de sus más sagradas prerrogativas sin traicionar a mi patria, sin romper los indisolubles vínculos que a ella me unen, y sin borrar con esa ignominiosa mancha todos mis antecedentes? (...) Debe el Brasil estar cierto de que el general Urquiza sabrá lidiar en los campos de batalla por los derechos de su patria y sacrificar, si necesario fuera, su persona, sus intereses, fama y cuanto posee" (Carta del 20 de abril de 1850, pocos meses antes de aceptar la conducción del ejército binacional) (67).

 

  

 

5. LA LOCURA UNITARIA

 

El fraile Aldao, luego de derrotar a Lamadrid en Rodeo del Medio, se autodesigna gobernador de Mendoza.

El 31 de mayo de 1842 da a conocer un bando: "Todos los unitarios son locos" y, por lo tanto, irresponsables. No debía llevárselos a la cárcel sino a "un hospital para que fuesen tratados como locos". Por su decretada enajenación mental ningún unitario podía "testar, ser testigo, tener personería civil ni política, ni poder disponer de más de diez pesos". Debía designárseles un administrador de sus bienes.

Los defensores del fraile aducen que con dicho decreto Aldao evitaba obedecer las crueles órdenes de Rosas de ex­propiar y matar a sus adversarios (44).

 

 

 

  

 

6. LOS JESUITAS, AFUERA

 

La Compañía, oficialmente admitida, venía a ser un poder dentro de otro poder demasiado celoso como era e gobierno de Rosas. Su acción se dirigía a los jóvenes de la clase principal y su Colegio era solamente accesible a los estudiantes de recursos. Las familias que frecuentaba el padre Berdugo, superior del Colegio, pertenecían a la oposi­ción unitaria.

La Compañía se puso al tono de la clase social donde buscaba influencia: en el Colegio no se pronunciaba la pa­labra "federación" ni se admitía la divisa punzó. Inevitablemente, San Ignacio fue convirtiéndose en un reducto de unitarios con las consecuencias imaginables.

Su marcha era "gambetera", según Rosas, y Manuelita les enrostró "que no andaban de frente". Es que en San Ignacio no se hacían "funciones federales" ni el retrato del gobernador era llevado al presbiterio, como en las otras parroquias. Cuando se descubrió la conspiración de Maza sólo allí no se rezó una solemne misa cantada con el corres­pondiente sermón "federal". Ni el padre Berdugo felicitó a Rosas públicamente, como lo hizo todo el clero.

Para Rosas, como para todo dictador, "quien no está conmigo está contra mí". La prescindencia no era aceptable en el Buenos Aires de entonces y la paciencia del Restaura­dor fue agotándose.

Ningún federal -diría el coronel Mariño al rehusarse a asistir a una boda celebrada en San Ignacio- pisaba su iglesia "para no rozarse con los salvajes inmundos unitarios". Comenzaban a escucharse gritos contra los “jesuitas, salvajes unitarios ingratos". No pocas familias retiraron a sus hijos del Colegio temiendo un asalto, sobre todo porque aparecieron pasquines con jesuitas colgados de horcas.

Finalmente el padre Berdugo, el superior, y otros sa­cerdotes escapan a Montevideo.

Rosas hará saber entonces a la población que dicha huida, como si hubiera sido tomada en pleno libre albedrío, confirmaba el compromiso de los jesuitas "por los salvajes unitarios, su ingratitud y su perfidia" (19, 27).

 

 

  

 

7. EN LA CRESTA DE LA OLA

 

No faltaría algún periodista que hoy lo calificase de "camaleónico". Aunque quizás se tratase de la tácita regla universal de que todo gobierno necesita mostrar a algún prestigioso para compensar tanto aventurero y advenedizo. Lo cierto es que Vicente López y Planes demostró talento para perpetuarse en el poder a pesar de los terremotos polí­ticos que sacudían su patria.

Su actuación pública se inicia durante las Invasiones Inglesas cuando revista en el Regimiento de Patricios. Pre­cisamente la victoria sobre los británicos permite su reconocimiento como poeta, al componer su famoso "El triunfo argentino", apelando a un gentilicio que no tardaría en ser nacional.

Después de Mayo, López y Planes es designado auditor de la Expedición Auxiliadora al Norte. Poco tiempo después escribe el Himno, en colaboración con un oscuro músico, Blas Parera.

El Primer Triunvirato lo nombra secretario de Hacien­da. En 1813 fue diputado a la Asamblea General Constitu­yente y actuó en nuestro primer cuerpo legislativo como secretario.

Se suceden los gobiernos y en ellos siempre hay un lugar para don Vicente. Con Balcarce fue secretario de Gobierno. Con Pueyrredón, el mismo cargo.

Cuando el Congreso de Tucumán se trasladó a la Capital, López y Planes se incorpora como representante porteño. En el gobierno de Martín Rodríguez dirigió el Registro Esta­dístico.

Accede a la Presidencia de la República al caer Rivada­via, y al recuperar la provincia de Buenos Aires su existen­cia formal es designado, simultáneamente, gobernador.

Al abandonar la Presidencia y la Gobernación, su suce­sor, el coronel Manuel Dorrego, lo retiene en su gabinete como ministro de Hacienda.

Guando se produce el trágico fusilamiento de Navarro sobreviene, como escribe J. M. Rosa, "la primera y única ruptura en esta permanente devoción de López y Planes por el servicio público". Enfrentado con Lavalle por su do­blez ante el obcecado unitarismo de algunos porteños pode­rosos, sin perdonarle tampoco el asesinato de quien don Vicente mucho apreciaba, cruza el río y se radica en Merce­des a esperar la caída de la "espada sin cabeza".

Durante la administración de Juan José Viamonte inte­gra el Senado Consultivo, un cuerpo deliberativo que se acer­caba a las formas parlamentarias de la época. También forma parte de una comisión especial nombrada por Viamonte para estudiar la reforma de la enseñanza pública.

Cuando Juan Manuel de Rosas accede al poder convoca a López y Planes. Pasa a desempeñarse como presidente del Superior Tribunal de Justicia.

No basta con Caseros para desalojarlo de la función pública: Urquiza lo designa gobernador de la provincia de Buenos Aires. Como tal participa de la histórica reunión, en 1852, que deliberó en San Nicolás de los Arroyos.

Su nieto contó que el abuelo había cerrado los ojos en­tonando en voz baja pero audible unos versos de Ovidio (2).

 

  

 

8. LA DESTITUCIÓN DEL SANTO

 

En la metrópoli, la elección de los santos patronos e decisión de responsabilidad, acompañada a veces de ceremonias a las que no les faltaba boato. Pero cuando las ciudades por patronizar no eran de importancia, como la lejana Buenos Aires, un puerto de contrabandistas enclavado en tierras inhóspitas y deshabitadas, bastaba con introducir los nombres de todos los santos en una bolsa de terciopelo negro para que fuera el azar quien decidiese.

Tres veces seguidas, inauditamente, salió el papelito de un santo sin mayor renombre, San Martín de Tours. Buenos Aires tuvo entonces su santo patrono. Nadie podía prever que lo que la negra bolsa de paño brilloso había anticipado era el nombre del general libertador de aquellas tierras australes.

Muchos años más tarde, el bloqueo francés al puerto de Buenos Aires enardecía los espíritus patrióticos. El pretex­to de la potencia agresora era reclamar para sus súbditos el mismo trato preferencial que Rosas reconocía a los británi­cos, a quienes, por ejemplo, relevaba de la obligación de incorporarse a las filas de sus ejércitos. Además, en la Banda Oriental del general Rivera y de los exiliados unita­rios se habían radicado tantos vasco-franceses que Francia consideraba a Montevideo casi como una colonia a proteger de Rosas y de Oribe. Por otra parte, la importancia de las potencias se medía entonces por la presencia militar más allá de sus fronteras, y los franceses habían estado dema­siado ausentes, a diferencia de España o de Inglaterra, de tierras americanas.

El odio contra el invasor crecía en la población. Al­guien recordó entonces que Tours era ciudad de Francia. No tardó mucho el Restaurador en dictar el decreto corres­pondiente, obediente al reclamo de la chusma:

"¡Viva la Santa Confederación Argentina, mueran los salvajes unitarios!

"Buenos Aires, 31 de julio de 1839, año 30 de la Liber­tad, 24 de la Independencia y 15 de la Confederación.

"El gobierno, considerando que esta ciudad fue puesta desde su fundación bajo la protección de un francés, San Martín, natural de Tours, quien no ha sabido hasta la fecha librar a esta ciudad de las fiebres periódicas, escarlatinas, ni de las secas y epidemias continuas que en diferentes épocas han arruinado nuestra campaña, nuestras cosechas y nuestros ganados, ni de las extraordinarias crecientes de nuestro río que destruyen casi anualmente una cantidad de obras y monumentos de la ciudad que se encuentran sobre la costa.

"En fin, que la viruela acaba de desaparecer a causa del descubrimiento de la vacuna, sin que el patrono por su parte haya jamás hecho el menor esfuerzo para librarnos de esa terrible calamidad.

"Que para combatir las invasiones de los indios en la frontera, para sostener las guerras civiles y extranjeras que nos han sobrevenido, hemos tenido que recurrir en el primer caso a la Santa Virgen de Luján, en el segundo a la Virgen del Rosario y la Merced y también a Santa Clara Virgen, con cuyo único consuelo hemos podido triunfar, mientras que nuestro patrono, el francés, permanecía indi­ferente en el cielo sin ayudarnos en lo más mínimo como era su deber.

"En vista de los motivos expuestos venimos en decretar y decretamos:

"Artículo 1°) El francés unitario San Martín de Tours, que ha sido hasta hoy el patrón de esta ciudad, habiendo

perdido la confianza del pueblo y del gobierno, abandonado por sus compatriotas, aliado del traidor Rivera y demás salvajes unitarios, es destituido para siempre del empleo de patrón de Buenos Aires".

Los demás artículos eran de forma (69).

 

  

 

9. ¿LIBERTADOR DE BÉLGICA?

   

Los belgas se sublevaron en 1831 contra el tiránico go­bierno de los reyes holandeses, proclamando la independen­cia de su país.

Los patriotas bruselenses carecían de un jefe militar de prestigio. Su caudillo, el valeroso conde de Mérode, era un simple conductor de milicias sin la preparación y los conocimientos necesarios para resistir a los experimenta­dos oficiales holandeses.

Alguien propuso que se ofreciera el mando militar de la revolución al general San Martín, circunstancialmente en Bruselas, cuyas campañas en Sudamérica lo habían hecho célebre en todo el mundo. La idea fue aprobada con entu­siasmo.

Nuestro Libertador se mostró profundamente agrade­cido e hizo votos por el triunfo de la libertad y de la inde­pendencia del pueblo belga, pero rehusó el honor y la con fianza que se le dispensaba, aduciendo los deberes que las leyes de la hospitalidad le imponían.

Una vez más don José renunciaba. Lo había hecho ante Bolívar, luego en Lima al rechazar el Protectorado que se le ofrecía, más tarde abdicó de morar en su patria al abandonarla y al no desembarcar en su regreso. La vida del Liber­tador está signada por renuncias.

¿Dignidad, como afirma nuestra historia oficial? ¿Ca­racterísticas de personalidad? ¿Imposiciones de aquel juve­nil pero obligante juramento secreto a la logia? (10).

 

  



10. LOS INTELECTUALES Y EL PODER


A fines de la década del treinta, al inaugurarse el Salón Literario que orientaban Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Marcos Sastre, este último proclamó: "A la faz del mundo nuestro divorcio de toda política y legislación extranjeras". Ello los acercaba al nuevo gobernador, Juan Manuel de Rosas, apasionado defensor de lo nacional. Agra­deció "a la Providencia el hombre grande" que gobernaba, y por quien se podía "rechazar toda creación anárquica o ex­traña que intente oponerse a las esperanzas de la Nación". Entre ellas, en primerísima línea, la "literatura española" que sólo podía dar "compilaciones monstruosas e indigestas, ideas rancias, pésimas traducciones, poesías insípidas, no­velas insulsas y despropósitos periódicos".

Alberdi, el siguiente orador, elogió a la Revolución de Mayo porque había servido para desprenderse del españo­lismo caduco y abrirse a la cultura de Francia "que en materia de inteligencia es la expresión de Europa". Los argentinos deberían hablar en francés, que se ajustaba "mejor a nuestro pensamiento que los eternos contoneos del pensamiento español".

Gutiérrez llegó a afirmar, a continuación, que en la península ibérica "no encontraréis un libro que encierre los tesoros que brillan en cada página de René, en cada canto del Childe Harold, en cada meditación de Lamartine, en cada uno de los dramas de Schiller".

A Rosas, hombre práctico y rústico, estas especulacio­nes le habrán sonado a desvaríos. Excesivamente afrancesados, además, para su gobernante que tuvo que sostener dos guerras contra Francia. Desconfiaba de los "doctores" de Buenos Aires, aunque fueran jóvenes e inclinados a la cultura. Y aunque le expresaran una simpatía que no al­canzaba a comprender.

Lo cierto es que don Juan Manuel no hizo ningún caso a los jóvenes intelectuales, y éstos no se lo perdonaron ja­más.

"Si Rosas – escribe un resentido Echeverría en su Dog­ma socialista- hubiese comprendido su posición, habría llamado y patrocinado a la juventud y puesto se a trabajar con ella en la obra de organización nacional (...) Hombre afortunado como ninguno, todo se le brindaba para acome­ter con éxito esa empresa. Su popularidad era indisputa­ble; la juventud, la clase pudiente y hasta sus enemigos acérrimos lo deseaban, lo esperaban cuando empuñó la suma de poder (...) Rosas hubiera puesto a su país en la senda del verdadero progreso; habría sido venerado en él y fuera de él como el primer estadista de la América del Sud, y habría igualmente paralizado sin sangre ni desastres toda tentativa de restauración unitaria” (67).

 

 

  

 

11. EL NATURALISTA CAMBIA DE IDEA

   

En 1833 el joven Carlos Darwin, inglés, que con el co­rrer de los años alcanzaría la celebridad con su "teoría de las especies", emprende un viaje de exploración y estudio alre­dedor del mundo. Todo indica que trabajaba para los servi­cios secretos de su país.

Llega a Carmen de Patagones, entonces un miserable villorrio en medio de un páramo interminable. Se entera de que el general Rosas, de quien mucho había oído hablar, campaba a orillas del río Colorado, empeñado en su campaña de exterminio y desalojo de los indígenas patagónicos.

Los escasos veinticuatro años del naturalista le dan confianza y energía suficientes para atravesar los desiertos que separan el río Negro del río Colorado, guiado por baqueanos.

"El campamento del general Rosas -apuntará Darwin en su Diario de viaje- es un cuadrado formado por carretas, artillería, chozas de paja, etcétera. No hay más que caballería, y pienso que nunca se ha juntado un ejército que se parezca más a una partida de bandoleros. Casi todos los hombres son de raza mezclada; casi todos tienen en las venas sangre negra, india y española. No sé por qué, pero los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura."

Le habían contado de ese gaucho rubio que lanceaba indios en el confín del mundo. De sus grandes estancias y del reglamento férreo con que las gobernaba. De sus peonadas armadas militarmente y convertidas en ejército.

De su humor extravagante y muchas veces cruel. Del ascendiente que tenía sobre los paisanos. De su extraordinaria habilidad como jinete.

La impresión fue inmejorable: "En la conversación el general Rosas es entusiasta, pero a la vez está lleno de buen sentido y gravedad, llevada esta última hasta el exceso. Mi entrevista terminó sin que se sonriera ni una sola vez".

  Darwin observó que Rosas tenía cerca de él dos bufones, "como los antiguos señores feudales". Éstos eran negros. Y uno de los negros le contó cómo había sido estaqueado por importunar al general. Anota una sagaz observación del moreno: "Cuando el general se ríe no perdona a nadie".

Darwin concluye: "Es un hombre de carácter extraordinario que ejerce la más profunda influencia sobre sus compatriotas, influencia que, sin duda, pondrá al servicio de su país para asegurar su prosperidad y ventura."

Más de veinte años después, en 1845, al corregir una nueva edición de su Diario de viaje, al pie de página donde narraba la entrevista con Rosas, agrega: "Los aconteci­mientos han desmentido cruelmente esta profecía."

Gran Bretaña estaba entonces empeñada, junto con Francia, en sojuzgar a aquel gaucho que tanto lo había impresionado (2).

 

  

 

12. SÓLO CINCO AÑOS

   

A los ocho años se embarca con su familia hacia España para ingresar en el Seminario de Nobles de Madrid. Había nacido en 1778. Regresa al Río de la Plata en 1812 y se pierde detrás de los Andes en 1817. Nunca más regresará a su patria salvo un breve paso, que no contaremos, para subir a la nave que lo llevará al exilio definitivo. Muere en 1850.

Es decir que de los setenta y dos años de vida de nuestro héroe máximo, trece los pasó en la Argentina. De ellos, sólo cinco de vida adulta.

 

  

 

13. UN MENSAJE EN CLAVE    

Cuyas, comerciantes, hombre de confianza de Urquiza,  era su delegado para negociar con los brasileños. El gobernador de Entre Ríos, para sellar su alianza con el ejército imperial y levantarse contra Rosas, exigía que la escuadra brasileña se desplegase en el Río de la Plata:

“Yo aseguro que V.E. –escribe Cuyas, en clave, como si se tratase de una carta comercial, a Urquiza el 2 de mayo de 1850- no despacharía sus  buques sin que la contrata estuviera firmada, porque entiendo que mientras la niña se enamora todo se concede, y después que ha cedido la ilusión disminuye y  falta la voluntad de cumplir las ofertas. En fin: se espera la llegada de un buque de aquel destino para ponernos todos de acuerdo. Mas, por ahora yo sigo el plan de mostrar que V.E. no está todavía decidido a entrar en la negociación, y que será fácil que la deje si el contrato no se concluye de la manera por mí indicada”.

Descifremos:

“No despacharía sus buques”: Urquiza no se pronunciará públicamente.

“La contrata”: la alianza con el Imperio.

“Mientras la niña se enamora todo se concede”: para ganarse a Urquiza, los brasileños harían  todos los sacrificios.

“Y después que ha cedido la ilusión disminuye”: una vez hecho público su alzamiento la cotización de Urquiza bajaría.

“Falta la voluntad de cumplir”: las ventajas debían obtenerse antes del pronunciamiento.

“Se espera la llegada de un buque de aquel destino”: se esperan poderes o instrucciones de Río de Janeiro para su delegado.

“Para ponernos todos de acuerdo”: para firmar el tratado.

“V.E. no está todavía decidido a entrar en la negociación, y que será fácil que la deje”: si Brasil no cumple con nuestras exigencias, V.E. seguirá siendo leal a Rosas (67).

 

  

 

14. ¿QUIEN ES EL TRAIDOR?

 

Enterarse de que su patria sería invadida por topas brasileñas en alianza con compatriotas al mando de Urquiza, hizo arder la sangre de Martiniano Chilavert. Abandonó su exilio montevideano y cruzó el río para ponerse a las órdenes del Restaurador, quien, sabiendo de sus quilates de militar valiente y avezado, puso la artillería a su mando.

En la batalla disparó hasta l último proyectil, haciendo blanco sobre el ejército imperial que ocupaba el centro del dispositivo enemigo. Cuando ya no le quedaron balas hizo cargar con piedras sus cañones.

Luego, derrotado el ejército de la confederación, recostado displicentemente sobre uno de los hirvientes cañones,  pitando un cigarrillo, esperó a que vinieran a hacerlo prisionero.

No se estaba rindiendo, Sólo aceptaba el resultado de la contienda.

-Si me toca, señor oficial, le levanto la pata de los sesos –advirtió a un osado, mientras le apuntaba con su pistola-.  Lo que busco es un oficial superior a quien entregar mis armas.

Enterado, Urquiza ordena que sea conducido a su presencia. Ante su además, sus colaboradores se retiran dejándolos a solas.

Puede reconstruirse lo que entonces sucedió. El vencedor de Caseros habrá reprochado a Chilavert su deserción del bando antirrosista. Don Martiniano le hará respondido que allí había un solo traidor: quien se había aliado al extranjero para atacar su patria.

Urquiza habrá considerado que no eran momentos y circunstancias para convencer a ese hombre que lo miraba con deprecio de que todo recurso era válido para ahorrarle a su patria la continuidad de una sangrienta tiranía.

Pero algo más habrá dicho don Martiniano. Quizá referido a la fortuna de don Justo, de la que tanto se murmuraba. El entrerriano abre entonces la puerta con violencia, desencajado, y ordena que lo fusilen de inmediato.

-Por la espalda- aullará. El castigo  de los traidores.

El sargento Modesto Rolón tuvo a su cargo conducir al reo hasta donde habría de fusilársele. Relataría que  Chilavert, sereno, le pidió: “Está bien, permítame reconciliarme con Dios”.

Luego de rezar unos minutos le anunció: “Estoy listo, señor oficial”.

Apenas tuvo tiempo de encargar a su fiel asistente Aguilar que le entregara a su hijo Rafael su reloj de bolsillo. A los soldados que formaban el pelotón les advierte que en su tirador encontrarían tabaco y algún dinero.

El coronel se dispone a morir. Pero cuando un oficial, cumpliendo con las instrucciones de Urquiza, intenta ponerlo de espaldas, recibe un puñetazo que lo arroja al piso.

Ofendido, altivo, golpeándose el pecho y echando atrás  la cabeza, Chilavert grita a sus verdugos: “¡Tirad aquí, que así mueren los hombres como yo!”.

El oficial, con su nariz sangrante, secundado por varios subordinados, se abalanza sobre él para reducirlo. En el tumulto suena un tiro que roza el rostro de Chilavert y casi le hace perder el conocimiento. Sin embargo, entre insultos, sigue gritando: “¡Al pecho, tirad al pecho!”. Finalmente fue ultimado a bayoneta, sable y culatazos. De rente (57).

 

 

  

 

15. EL PUNTO NEGRO

 

El máximo biógrafo del Libertador, Bartolomé Mitre, no pierde oportunidad de exaltar la generosidad de don José. Cuando una rica vajilla de plata le fue ofrecida en Santiago de Chile como premio a su triunfo en Chacabuco, Mitre reproduce el notable texto de rechazo: “No estamos en tiempo de tanto lujo. El Estado se halla en necesidades, y es preciso que todos contribuyamos a remediarlas. Por lo tanto, doy orden e que con ésta se ponga a disposición de V.E. dicha vajilla, como asimismo el sueldo que se me tiene señalado por este Estado”.

Sin embargo, dando muestras de su rigor de historiador, don Bartolomé no duda en dar a conocer lo que llama “un punto negro en la vida de San Martín y de O’Higgins”.

Reproduciré textualmente:

“En Santiago, lo mismo que en Buenos Aires, el general continuó sus silenciosos trabajos en medio del bullicio de las fiestas;  pero esta vez parece que la liga del oro se alió al bronce heroico del Libertador. En el mismo día de la ovación despachada a Londres a su ingeniero y ayudante de campo Álvarez Condarco, con algunos fondos y el encargo de proporcionarse mayores recursos, a fin de adquirir otro buque y elementos bélicos para la expedición proyectada. Álvarez Condarco, que era también su compadre, llevaba otra misión, a la que está ligado un misterio, que se ha señalado como un punto negro en la vida de San Martín y de O’Higgins, y que, sin disminuir  la grandeza americana del primero como guerrero y libertador, deprimiría su elevación moral como hombre. Tratábase de la remisión de una suma para ser colocada en aquella ocasión en Londres por cuenta de O’Higgins y San Martín, que, según algunas referencias, sería de 25.000 pesos, y según interpretación a que se presta, podría alcanzar a 100.000 pesos. Los documentos que con este punto se relacionan, escritos en cifra, han permanecido secretos durante más de sesenta años.  Sólo tres personas los han conocido, de las cuales dos han muerto, siendo el último el autor de esta historia, que los descifró personalmente, quien, consultado por el depositario sobre si debían destruirse o no, opinó que debían conservarse, porque la historia, en presencia de los documentos que la forman, no debe a los grandes hombres, por lo mismo que son grandes, sino la verdad, para que se presenten a la posteridad tales como fueron, dejándole a ella pronunciar el fallo definitivo.”

Evidentemente, lo de las cuentas secretas, cifradas, en bancos extranjeros, no es un invento moderno... (49).

 

  



16. LA REVANCHA DE ITUZAINGÓ

   

El marqués de Caxias, jefe de las tropas brasileñas en Caseros, informa al ministro de guerra Souza e Mello:

“La 1° División, formando parte del Ejército aliado que marchó sobre Buenos Aires, hizo prodigios de valor recuperando el honor de las armas brasileñas perdido el 27 de febrero de 1827”. Es decir en la batalla de Ituzaingó, victoriosa  para las tropas argentinas.

No es de extrañar entonces que, a pesar de que la derrota de Rosas fue el 3 de febrero, el ingreso triunfal de las tropas de la alianza argentino-brasileña se haya producido recién el 20. Sin duda se trató de una imposición de los brasileños que Urquiza acató.

El jefe argentino pareció arrepentirse e inconsultamente decide que el desfile será el 19 pero su par brasileño se mantiene firme: “A victoria desta companha e uma vitoria de Brasil, e a Divisāo Imperial entrará em Buenos Aires com todas as honras que lhe sao devidas quer V. Excia ache conveniente ou nao”.

Urquiza se niega a devolver las banderas de Ituzaingó que estaban en la Catedral e intenta una última estratagema para evitar el desdoro ante sus compatriotas de desfilar al frente de tropas extranjeras. Informa erróneamente la hora del desfile.

Inicia la marcha con un malhumor que sostendrá durante toda la ceremonia, montado en un caballo con la marca de Rosas, al que Sarmiento califica de “magnífico”. Para consternación de los unitarios luce un ancho cintillo punzó en la solapa, reivindicándose como federal. Ni siquiera irá al estrado de la catedral donde era esperado por autoridades, diplomáticos y notables, quizás para que la ceremonia terminase lo antes posible, antes de que las tropas imperiales iniciaran su desfile triunfal.

Algunos días antes se había producido un hecho significativo: Honorio, el representante del emperador del Brasil, concurre a Palermo el día 9 para entrevistarse con el vencedor de Caseros. Pero siente tanta repugnancia por los cadáveres que  cuelgan por doquier, pudriéndose entre el follaje de los árboles, que decide regresar al día siguiente. Entonces se produce un áspero diálogo cando es brasileño le recuerda las concesiones territoriales que Argentina debía hacer por el apoyo recibido.

Urquiza, rabioso, responde que es Brasil el que le debe a él, pues “Rosas hubiera terminado con el Emperador y hasta con la unidad brasileña si no fiera por mí”. También: “Si yo hubiera quedado junto a Rosas, no habría a estas horas Emperador”.

Honorio se retira ofendido. Pero días más tarde recibirá la visita de Diógenes Urquiza, hijo de don Justo José, quien en nombre de su padre le pide 100.000 patacones y además “el compromiso de contar con esa subvención en adelante”, según informa Honorio a su gobierno. Y agregará: “Atendiendo a la conveniencia de darle en las circunstancias actuales una prueba de generosidad y de deseo de cultivar la alianza, entendí que no podía rehusarle el favor  pedido” (67).

 

 

  



17. LA PATRIA HIPOTECADA

 

Tanta guerra, tanta anarquía, tanto saqueo, tanto negociado, tanta irracionalidad, no podían sino conducir a nuestra patria hacia la bancarrota.

En 1861, asumía como presidente Juan Esteban Pedernera, luego de la batalla de Pavón, en reemplazo de Santiago Derqui. Su ministro de Hacienda era un rico terrateniente, el doctor Vicente del Castillo.

El acoso de los acreedores nacionales y extranjeros era mayúsculo. Don Vicente pagó de su bolsillo algunas deudas.

Pedernera y  los otros ministros, José de Olmos y Nocolás Molina, establecieron en los considerandos del correspondiente decreto que “no era justo que los desinteresados servicios de dicho funcionario fueran desatendidos por el Gobierno, ni que debiera responder él, con su peculio, a obligaciones contraídas en nombre de la República”.

Por ello constituyeron “en formal hipoteca el Palacio del Gobierno, con todos sus enseres, al pago de la cantidad de 36.969 pesos con 78 centavos” a favor del doctor Vicente del Castillo.

A pesar de que la deuda quedó impaga, don Vicente nunca hizo uso de su derecho. Quizás deba ser considerado un prócer...(2).

 

 

  

 

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