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EL
GRITO SAGRADO
Primera
Parte
1. LA OSADIA DE BELGRANO
Cuando Belgrano izó por primera vez la insignia azul y blanca a orillas del río que luego seria llamado, en conmemoración, Juramento, fue severamente reprendido por las autoridades porteñas, quienes le ordenaron deshacerse de ella y volver a enarbolar la roja y gualda de la Corona española.
No le fue mejor más tarde cuando en camino hacia el Alto Perú, festejando el segundo aniversario de la proclama de Mayo, vuelve a reemplazar el estandarte real por la bandera celeste y blanca, la que hace bendecir por el cura Gorriti y pasear por las calles de Jujuy.
Enarbolada en el Cabildo y saludada por salvas de los cañones, Belgrano hizo formar las tropas ante ella, arengándolas con lo que para muchos fue una verdadera declaración de independencia, alejada de las especulaciones politiqueriles de Buenos Aires.
"El 25 de Mayo será para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más para recordarlo cuando sois testigos, por primera vez, de la bandera nacional en mis manos, que nos distingue de las demás naciones del globo (...) Esta gloria debemos sostenerla de un modo digno con la unión, la constancia y el exacto cumplimiento de nuestras obligaciones hacia Dios (...) Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid ¡Viva la Patria!”
Su comunicación al Triunvirato le es respondida por el inconfundible estilo de Rivadavia.
"E1 gobierno deja a la prudencia de V.S. mismo la reparación de tamaño desorden (la jura de la bandera), pero debe prevenirle que ésta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad y los intereses de la nación que preside y forma, los que jamás podrán estar en oposición a la uniformidad y orden. V.S. a vuelta de correo dará cuenta exacta de lo que haya hecho en cumplimiento de esta superior resolución."
Buenos Aires privilegiaba el temor a desagradar al embajador Lord Strangford y se sometía a la estrategia inglesa de sostener hipócritas buenas relaciones políticas con España, que excluían inoportunos arrestos independentistas de sus colonias, a cambio de arrancarle las mayores concesiones comerciales.
Furioso y despechado, don Manuel responde el 18 de julio de 1812, sincerándose que en las dos oportunidades había izado la bandera para "exigir a V.E. la declaración respectiva en mi deseo de que estas provincias se cuenten como una de las naciones del globo". Pero ya que el gobierno no dictaba la independencia, no le cabía otra conducta que recoger la bandera, "y la desharé para que no haya ni memoria de ella -escribe con conmovedor despecho-. Si acaso me preguntan responderé que se reserva para el día de una gran victoria y como ésta está muy lejos, todos la habrán olvidado."
Razones tenía Belgrano para estar sorprendido puesto que, imbuido de la necesidad de no precipitar la autonomía de España, había elegido para la bandera los colores borbónicos, de la casa del Rey Fernando VII: tres franjas, dos azul celeste exteriores y una blanca interior. Los colores que ya lucían en la Escarapela Nacional de las Provincias del Río de la Plata, creada por decreto del 18 de febrero de 1812.
Fue Sarmiento, quien, años más tarde, señalaría que "las fajas celestes y blancas son el símbolo de la soberanía de los reyes españoles sobre los dominios, no de España sino de la Corona, que se extendían a Flandes, a Nápoles, a las Indias; y de esa banda real hicieron nuestros padres divisa y escarapela, el 25 de Mayo, para mostrar que del pecho de un rey cautivo tomábamos nuestra Soberanía como pueblo, que no dependió del Consejo de Castilla, ni de ahí en adelante dependería del disuelto Consejo de Indias". (¿Quién habrá inventado esa cursi historia de don Manuel elevando su mirada e inspirándose en cielo y nubes?)
La bandera celeste y blanca se izó en la fortaleza de Buenos Aires sólo tres años más tarde, luego de la caída de Alvear a raíz de su fracasada intentona de defenestrar a San Martín como Gobernador de Mendoza, sustituyéndolo por el coronel Perdriel (65.96). 1
| 1 Estos números indican las referencias bibliográficas ordenadas al final del libro. |
2. MORENO, EL JACOBINO
Mariano Moreno, quien pasó el 25 de Mayo de 1810 en la casa de un amigo, desinteresado de lo que sucedía en el Cabildo, se transformó rápidamente en un apasionado protagonista de la revolución contra España.
Fue el equivalente de Robespierre en el Río de la Plata, y quizá se haya propuesto emularlo voluntariamente y de buena fe, convencido de que el terror era el único medio que garantizaba el éxito a una situación tan precaria como la de la Junta de Mayo.
Los historiadores coinciden en que a su pluma se debe el "Plano de Operaciones" en el que se detallaban los medios revolucionarios (aunque se sospecha que el borrador inicial corrió por cuenta de Belgrano).
"Debe observarse la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos de la causa; la menor semiprueba de hechos, palabras, etc. contra la causa debe castigarse con la pena capital, principalmente si se trata de sujetos de talento, riqueza, carácter y alguna opinión; a los gobernadores, capitanes genera]es, mariscales de campo, coroneles, brigadieres que caigan en poder de la causa debe decapitárselos'. En cambio, a los amigos había que disimularles "si en algo delinquiesen que no sea concerniente al sistema pues en tiempos de revolución ningún otro delito debe castigarse sino el de infidencia y rebelión contra los sagrados derechos de la causa, todo lo demás debe disimularse”; “a los extranjeros debe dárseles empleo, pues si no por patriotismo a lo menos por interés serán fieles”. Los jueces “deben ser personas de nuestra entera satisfacción que sean adictos para estorbar el apoyo de los ambiciosos y perturbadores del orden público; aun en los juicios particulares debe preferirse siempre al patriota, a quien se le debe proporcionar mejor comodidad y ventajas".
Se completa la estrategia montando una oficina de "seis u ocho sujetos que escriban cartas anónimas, fingiendo o suplantando nombres y firmas para sembrar la discordia y el desconcierto, cuidándose de indisponer los ánimos del populacho contra los sujetos de más carácter y caudales pertenecientes al enemigo". A los hacendados que "sigan el partido contrario" deberá expropiárseles los bienes "para servir a la manutención del ejército". Al tomarse una ciudad, la fortuna de los estantes "de cualquier clase y condición que sean", sin distinción de enemigos o neutrales, "será confiscada en beneficio del Estado"; los jefes serán "decapitados" y "desterrados los españoles y patricios que no hayan dado alguna prueba de adhesión a la causa".
“Los bandos y mandatos públicos deben ser muy sanguinarios y sus castigos muy ejecutivos"; la Gaceta debería dar "noticias muy halagüeñas, lisonjeras y atractiocultando en ocultando en lo posible los pasos adversos y desastrados, porque aunque algo se sepa a lo menos la mayor parte de la gente no las conozca"; las derrotas disimularse "con el colorido más aparente" y aun así en "la semana que haya de darse al público alguna noticia adversa, el número de Gacetas a imprimir será muy escaso no debiendo dar oportunidad de que el enemigo nos replique y contradiga en sus periódicos". En cuanto a la prensa extranjera, abría que evitar "los papeles perjudiciales, los que deben secuestrarse” (95).
3. TIERRAS ALTAS Y TIERRAS
BAJAS
Las guerras de nuestra independencia se libraron en su gran mayoría fuera de nuestro actual territorio y tuvieron como escenario la Banda Oriental (Uruguay), Chile, Perú y muy principalmente el Alto Perú, hoy Bolivia.
Las provincias argentinas más afectadas por la contienda fueron, lógicamente, las norteñas Jujuy, Salta y Tucumán, que eran escenarios bélicos cuando las tropas realistas que bajaban de Lima ingresaban en las mismas persiguiendo a nuestros ejércitos derrotados en los campos altoperuanos.
Las batallas tuvieron lugar en el altiplano ya que éste era el camino inevitable que conducía hacia Lima, cuya caída era indispensable para asegurar la rebelión de las Provincias del Río de la Plata. Por entonces estas "tierras altas", de una altura promedio de 3.800 metros sobre el nivel del mar, de clima frígido y seco, avaras en recursos naturales tan indispensables para la guerra como cultivos y animales, eran parte de nuestro territorio ya que desde 1776 integraban el Virreinato del Río de la Plata (20, 31, 65).
4. UN TESTIGO DEL HORROR
La lucha por nuestra independencia fue impiadosa. “El 8 de octubre (1819) entra otro grupo de enemigos de Sicasica a Cabari en número de 300 hombres al mando del inspector Gerónimo Valdés, pasan por Pocusco y acampan allí, desde donde se dispersan partidas por todas partes de la montaña, a juntar ganado vacuno. Recogen como seiscientas cabezas y las sacan a Sicasica”.
Así comenzaba este relato el Tambor Vargas, de quien poco y nada se sabe, salvo que fue un casi analfabeto tambor mayor en la guerrilla patriota, y quien desde 1815 hasta 1821 escribió un diario desapasionado y objetivo que no ahorra las atrocidades de ambos bandos.
"En una estancia llamada Guancaraca en el alto de Pocusco, encuentran en su propia casa a un anciano de más de sesenta años cosiendo porque era sastre, un infeliz; y hablándole palabras descorteses embestían al anciano, éste, con palabras de humildad y respeto les habla, pero nada oyen, y siguen trabucando su pobre casuchita, y quieren quemar los pocos trastes que tenía; éste les suplica, que no perjudiquen a un viejo que no se mete en nada, que él ha sido en otros tiempos soldado del Monarca español; al nombrar al Rey se quita el sombrero ya que el anciano estaba hecho a quitarse el sombrero y hacer venia al nombrar el nombre del Rey, entonces le quieren amarrar y llevarlo preso, otros le escupían en la cara llenándole de vituperios, otros le daban de culatazos tratándolo de alzado contra el Rey, hasta que el anciano, acabado el sufrimiento, agarró el cuchillo y le dio una puñalada a uno de ellos y lo hizo caer, dos se echan entonces sobre el anciano, pero al uno lo tumbó y estando luchando con el otro acudieron otros, los que habían estado trabucando otras cositas, y lo mataron a bayonetazos lastimosamente y el soldado herido le cortó la mano y se la llevó; se llamaba el difunto Justo Escobar, natural y vecino del mismo pueblo de Moosa; cerca de la casa del suceso los había alcanzado un amedallado del Rey que andaba de diestro, vio al difunto, lo conoció, y dice 'éste es un gran caudillo, cuñado de José Andrade y Moya, Capitán comandante de Moosa, éste debe tener plata', se queda entonces a buscar en su casa por una hora cuando más tardaría, pero cerca de la casa en una montaña habían estado algunos indios escondidos, entre ellos un Capitán de indios, Eugenio Aguilar, con su sargento Nicolás García, que todo lo estuvieran mirando, y se echaron a la casa, lo pillaron al amedallado Diego Yarvipara, que así se llamaba, lo mataron a palos y pedradas, no quisieron darle un tiro aunque tenían tres fusiles, por no hacer oír el tiro, le cortaron también la mano y la cosieron de ambos cutis al cuerpo de Justo Escobar, y el cuerpo de Yarvipara lo botaron al monte, y no se pudo hallar el cuerpo aunque los del Rey lo buscaron por dos días, y como viesen con las dos manos al difunto Escobar se asustaron y se salieron a Moosa” (63).
5. LA "TENIENTE CORONELA”
Y LA VENDEDORA CALLEJERA
Juana Azurduy pasó los años de su infancia entre la ciudad y el campo, donde su padre poseía algunas fincas. Allí aprendió a amar la libertad, a defender la justicia y a respetar a las personas por humildes que fueran; también aprendió a cabalgar como el más consumado de los jinetes varones y a curtir su cuerpo y su espíritu en las duras condiciones de vida del Alto Perú.
Pronto quedó huérfana de padre y madre, cumpliendo con un destino trágico que desde sus años más precoces la enfrentó implacablemente con la muerte de sus seres más queridos.
Su vecino de finca es Manuel Ascencio Padilla, con quien funde sentimientos amorosos. Ambos se identifican en sus ansias de justicia y contraen matrimonio en 1805, cuando Juana tenia 25 años y Manuel Ascencio 30.
Todo transcurrió normalmente para los esposos Padilla Azurduy durante varios años. La dicha hogareña se complementó con el nacimiento de los hijos Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes. La tranquilidad de la vida campesina era turbada, de vez en cuando, por la agitación de los indios y la efervescencia revolucionaria en la vecina Chuquisaca, especialmente en los claustros de la Universidad de San Francisco Xavier. Hasta que, el 25 de mayo de 1809, con la anuencia de su mujer, Manuel toma partido por la causa de la libertad aleccionando a los indios en favor de los revoltosos y en contra de los chapetones. Por estas actividades son perseguidos por las huestes realistas.
Juana Azurduy se unió a su esposo en Tarabuco, y desde entonces luchará a su lado, con coraje y sagacidad ejemplares. Dedicándose a recorrer las comarcas vecinas reclutando hombres para la guerra, organizó un batallón que bautizó con el nombre de Leales, al que, como devastadora amazona, comandó en varias acciones contra la dominación española.
La vida de los esposos Padilla, secundados por su fiel lugarteniente Juan Huallparrimachi, fue una incesante huida por una geografía cruel que cobraba su precio de hambre, enfermedades y temperaturas extremas, interrumpidas por sangrientas escaramuzas con el enemigo.
El sufrimiento no la doblegó sino que acrecentó su odio contra los españoles y dio mayores fuerzas a su brazo para empuñar la espada. Así estuvo junto a su esposo demostrando serenidad y valentía sin limites en Badohondo y Carachimayu; sufrió también amargamente en el desastre del cerro de las Carretas, luego del cual los esposos se retiraron al pueblo de Pitantora, donde la renombrada amazona, a cuya cabeza los godos habían puesto el mismo precio que a la de su marido, diez mil pesos, trajo al mundo su quinto vástago, una mujercita a quien pusieron el nombre de Luisa y que sería su compañía hasta el fin de sus días. Momentos después del alumbramiento, con la placenta a medio expulsar, tuvieron que abandonar el pueblo ante la amenazante presencia del enemigo.
El 5 de mayo de 1816 doña Juana Azurduy de Padilla alcanzó la gloria: al frente de 30 fusileros criollos y 200 indios armados de hondas, palos y flechas venció a los españoles en la batalla de "El Villar", siendo premiada por el gobierno de Buenos Aires con el grado de "Teniente Coronela".
Pero no fue ella la única mujer que arriesgó su vida en aquellas sangrientas jornadas. Haremos justicia con una dama de la alta sociedad salteña, doña María Loreto Sánchez de Peón, quien cumplió tareas que hoy llamaríamos de “inteligencia”, necesarias para la causa patriota.
Para ello, simulando ser una vendedora callejera de pan, masas y alfajores, por ella misma preparados, se deslizaba en los patios delos cuarteles realistas y, ofreciendo sus productos, aguardaba el momento del pase de lista.
"Como la mayor parte de las mujeres de su tiempo, era doña Maria Loreto poco fuerte en el arte de contar, pero ella, para no equivocarse, echó mano de un expediente muy ingenioso.
"Llevaba en la cesta que usaba para sus ventas una buena cantidad de granos de maíz y atadas a ambos lados de la cintura dos bolsas vacías. Cuando el soldado cuyo nombre se gritaba respondía 'presente', la fingida vendedora deslizaba un grano en el bolsillo de la derecha; haciendo lo propio en el de la izquierda cuando se escuchaba 'ausente'.
“Concluida la lista continuaba acurrucada en su rincón con la canasta depositada en el suelo, ofreciendo a los soldados de la causa del Rey, insinuante y humilde, el pan y las masas, contestando con chanzas y donaire las bromas de unos y las groserías de no pocos. Al fin, haciendo que le dolía dejar el puesto sin haber vendido todas sus vituallas, abandonaba el patio compelida por las rudas insinuaciones de algún avinagrado sargento de pésimo genio.
"Volvía a su casa ya entrada la noche, disimuladamente y esquivando testigos inoportunos, para vaciar las bolsas atadas a su aristocrático talle y transmitir a Güemes, después de bien contados los granos de maíz, el número exacto de los enemigos a quienes debía combatir" (13).
6. BORRACHERAS Y CONCUBINAS
José María Paz, militar honesto y riguroso, refiere amargamente los sucesos posteriores a la única acción feliz del ejército que comandaba Rondeau: la victoria del Puesto del Marqués."Nunca he visto, ni espero ver, un cuadro más chocante, ni una borrachera más completa. Los licores abundaban, y el frío y la fatiga de la noche antes, las excitaciones de todo género convidaban al abuso, que se hizo del modo más cumplido. Debo hacer justicia a los oficiales, pues, con pocas excepciones, no se vieron excesos en ellos.
"En las inmediaciones de La Quiaca, a tres o cuatro leguas del Puesto del Marqués, había otro cuerpo enemigo cuyo número no sabíamos y que no hizo sino presentarse en las alturas, para servir de apoyo y reunión a los fugitivos. Es probable que si doscientos hombres nos hubiesen atacado en aquellas circunstancias, nos habrían derrotado, completamente. Parecíamos más una toldería de salvajes que un campo militar.
“Dispénseme la acritud con que me expreso, porque ese día ha sido uno de los más crueles de mi vida. Veía en perspectiva todos los desastres que luego sufrió nuestro ejército, y las desgracias que iban de nuevo a afligir a nuestra patria. Era yo joven, era un simple capitán y el interés que tomaba en el éxito de la guerra y de la gloria de nuestras armas, era una pasión ardiente que me agitaba. (...) El servicio se relevaba por las tardes y a la hora de la lista reclamé con exigencia que fuese otra compañía a mudar a la mía, pero aun a esa hora los vapores alcohólicos nose habían disipado y no se podía confiar en unos hombres que con trabajo se sostenían en pie.”
Semanas más tarde los oscuros presagios se confirmarían: la derrota de Venta y Media, el 21 de octubre de 1815 y la huida posterior.
“Muchos jefes que con el mayor escándalo llevaron concubinas, tuvieron también que hacerlas adelantar con los bagajes; de modo que se vio el estrecho camino que seguíamos atrabancado de enfermos, de carga, de equipaje y de mujeres de distintos rangos (permítaseme la expresión) a quienes servían y acompañaban escogidas partidas y soldados. La primera parada, después que salirnos de Chayanta, fue en un lugarejo miserable donde apenas había dos o tres ranchos que estaban, cuando llegué, atestados de gentes y cuando pedí víveres y forrajes para mis cabalgaduras, me contestó el indio encargado de suministrarlos que no los había, porque todo lo habían tomado los soldados que traía la coronela tal, la teniente coronela cual, etc. Efectivamente vi a una de estas prostitutas, que además de traer un tren que podía convenir a una marquesa, era servida y escoltada por todos los gastadores de un regimiento de dos batallones, y las demás, poco más o menos, gozaban de los mismos privilegios. Esto sucedía mientras los heridos y enfermos caminaban, los más a pie, en un abandono difícil de explicar y de comprender” (79).
7. "CARGUE CON ESA
CRUZ"
El Triunvirato designa a San Martín el 3 de diciembre de 1813 como 2° Comandante del Ejército del Norte, aunque es evidente que sus instrucciones son las de relevar a Belgrano.
La noticia de la derrota de Ayohúma pocos días después de la de Vilcapugio, había provocado gran consternación en Buenos Aires. Se decidió entonces que el mando de lo que quedaba de dichas tropas debía ser asumido por un militar de experiencia. San Martín, con su habitual delicadeza y por su respeto hacia Belgrano, insistió y obtuvo un decreto que suavizara las cosas.
Esta actitud continuó en Yatasto cuando don José se presentó ante don Manuel en calidad de subordinado haciendo que sus tropas compuestas por 700 infantes, 250 granaderos a caballo y 100 artilleros rindieran honores a Belgrano como su Comandante.
“Crea que nos compromete mucho la conservación de Belgrano", le escribió Rodríguez Peña el 27 de diciembre urgiéndolo a hacerse cargo de las tropas. También Gervasio Posadas lo instaba el 10 de enero a que "cargase con esa Cruz".
Por fin don José obedece y escribe: "Me encargo de un ejército que ha apurado sus sacrificios en el espacio de cuatro años, que ha perdido su fuerza física y apenas conserva la moral".
A Manuel no le había resultado fácil su relevo, tanto que el 13 de enero de 1814 comunicó al gobierno que había recibido los "auxilios" conducidos por el coronel San Martín, y que, encontrándose enfermo, había hecho que éste marchase a Tucumán, reconociendo como segundo Jefe del Ejército y que como tal "se hiciera conocer, obedecer y respetar”.
Pero esta negación no pudo sostenerse mucho tiempo: apenas cinco días después, el 18 de enero, recibe la comunicación de Buenos Aires relevándolo.
Belgrano depone su ofensa y en cambio responde con hidalguía:
“Al instante que tuve la satisfacción de leer el oficio de V.E. el cual se ha dignado a avisarme haber conferido el mando de General en Jefe al Coronel de Granaderos a caballo don José de San Martín, permaneciendo yo a sus órdenes a la cabeza del Regimiento N° 1, le di a reconocer la orden del día y en consecuencia fui a rendirle los respetos debidos a su carácter”.
Fue para levantar el espíritu alicaído del ejército del Norte, que la primera medida del nuevo Jefe fue una necesaria malversación. Echó mano a 36.000 pesos en plata y oro que habían sido saqueados por Belgrano de los tesoros potosinos y ya ingresados a la Tesorería General y con ellos, saltándose todo procedimiento administrativo, pagó servicios y salarios muy atrasados. "Tengo a mi frente los tristes fragmentos de un ejército derrotado -respondió San Martín cuando desde Buenos Aires se le pidieron explicaciones-, un hospital sin medicinas, sin instrumentos, sin ropas, que presenta el espectáculo de hombres tirados por el suelo que no pueden ser atendidos del modo que reclama la humanidad y sus propios méritos. Además, mil clamores por sueldos devengados.”
Entre severo y complaciente le escribiría Posadas el 10 de marzo: “Si con el obedecimiento se exponía Usted a quedar en apuros, con el no cumplimiento he quedado yo aquí como un cochino”.
Don José hizo retroceder sus derrengadas tropas hasta Tucumán, donde erigió un fortificado cuartel general al que se denominó “La Ciudadela”. Allí se propuso instruir a las inexpertas tropas e infundirles ánimo; también disciplinarlos y adiestrar a los oficiales mientras esperaba los refuerzos que con tanta insistencia había solicitado a Buenos Aires. A los cursos en los que él enseñaba los rudimentos de la táctica y estrategia militar también concurría Belgrano, ahora reducido a jefe de regimiento.
Cierta vez, San Martín enseñaba las voces de mando a Belgrano, personalidad suave e introvertida, las repetía con voz demasiado débil. Dorrego, haciendo gala de virilidad, se mofó de don Manuel ridiculizando su voz y sus maneras, Don José, furioso, golpeó la gruesa tabla de la mesa con un pesado candelabro de bronce y amonestó con severidad a Dorrego, confinándolo arrestado en Santiago del Estero. Esto a pesar del gran afecto y respeto que sentía San Martín por quien muy pronto sería su jefe de vanguardia.
Es que con tropas como ésas, San Martín sabía que no podía permitirse flaquezas en la disciplina. Fue severo también con Lamadrid, quien se explayó en algunas observaciones y comentarios luego de que San Martín le ordenase presentarse con un piquete de 25 hombres con el fin de poner a prueba sus condiciones. Lamadrid continuaba hablando cuando San Martín extrajo su reloj de un bolsillo y dijo, secamente: “Han pasado dos minutos desde que di la orden y usted todavía no ha obedecido”.
Las tropas de Buenos Aires que San Martín esperaba en “La Ciudadela” nunca llegarían. Es que su archienemigo masónico Carlos María de Alvear dominaba la política porteña. El mismo que cuando el futuro Libertador abandonaba Buenos Aires al frente de sus tropas comentó, en presencia de Monteagudo: “Ya cayó el hombre...” (19, 33, 38, 95).
8. BLASFEMIAS, MISAS NEGRAS
Y GUERRA SANTA
Las ideas de la Revolución Francesa habían prendido en algunos de los hombres de Mayo con una fuerte inclinación antirreligiosa. Como si los errores militares de la primera expedición rioplatense al Alto Perú (que culminaron en la derrota de Huaqui) no hubiesen sido suficientes, se agregaron desplantes anticlericales que hirieron la sensibilidad hondamente católica de godos, criollos e indios.
Monteagudo, secretario de Castelli y de ideas marcadamente radicalizadas, llegó a predicar de manera blasfema desde el púlpito de la iglesia de Laja, próxima a La Paz, donde también, según mentas, se habían oficiado por “diversión y espíritu volteriano” misas sacrílegas.
"¿Cómo retribuyó Castelli esta adhesión y activo trabajo del clero y de los pueblos que arrastrados por el ejemplo de sus pastores se plegaban a la revolución? Vergüenza nos da decirlo que, al fin, somos argentinos: de la manera más impolítica e innoble que imaginarse pueda. Escandalizó a la sociedad con sus orgías y crápulas y provocó la indignación general, escarneciendo el sentimiento religioso, tan arraigado en aquellas comarcas, sin distinción de clases ni de jerarquías” (74).
A esto cabe agregar que la entrada de las tropas en La Paz se hizo, quizás inadvertidamente, un Viernes Santo de 1811, lo que tornó irreverente y blasfemo el bullicio y la algazara de tropas, equinos y cañones.
Corrieron rumores también de profanaciones en la iglesia de Viacha y mentas de que algunos oficiales porteños, pasados de alcohol, nada menos que en la muy católica Charcas, habrían arrancado y arrastrado una cruz por el suelo en son de burla hasta la Plaza Mayor.
Estos hechos, verídicos o agigantados por la propaganda española, fueron bien aprovechados por el hábil general realista Goyeneche, quien tuvo algún éxito en transformar la guerra altoperuana en una "Guerra Santa", en una lucha entre cristianos y herejes.
Tanto fue así, que después de la retirada de Castelli no quiso ir a alojarse al Palacio de la Presidencia, que éste había habitado en Potosí, sin que fuese antes purificado con exorcismos y preces; los "arribeños" fueron entonces azorados testigos de una pomposa procesión en que los sacerdotes lucieron ornamentos sagrados, incensarios, hachas encendidas y abundante provisión de agua bendita, y sólo cuando después de una larga y edificante ceremonia se creyeron expelidos los malos espíritus esparcidos por los “abajeños”, se consideró habitable el Palacio (38, 81, 85, 95).
9. GÜEMES BAJO LA LUPA
José María Paz, un magnifico militar de escuela, sentía hacia Güemes, un formidable jefe de la guerra irregular de partidarios, una confusa mezcla de admiración y desprecio:
"Este caudillo, este demagogo, este tribuno, este orador, carecía hasta cierto punto del órgano material de la voz, pues era tan gangoso, por faltarle la campanilla, que quien no estaba acostumbrado a su trato, sufría una sensación penosa al verlo esforzarse para hacerse entender. Sin embargo, tenía para los gauchos tal unción en sus palabras y una elocuencia tan persuasiva, que hubieran ido en derechura a hacerse matar para probarle su convencimiento y su adhesión.
“Era además Güemes relajado en sus costumbres y carente de valor personal, pues jamás se presentaba en el peligro. No obstante, era adorado de los gauchos, que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, al protector y padre de los pobres, como lo llamaban, y también, porque es preciso decirlo, al patriota sincero y decidido por la independencia: porque Güemes lo era en alto grado. El despreció las seductoras ofertas de los generales realistas, hizo una guerra porfiada, y al fin tuvo la gloria de morir por la causa de su elección, que era la de la América entera” (79).
10. ETIMOLOGIA DE LA
ARGENTINA
La pertenencia del Alto Perú al Virreinato del Río de la Pata dio el nombre a nuestra República.
Argento proviene del latín y significa “plata”. De allí que lo de Argentina sin duda remite a las celebérrimas minas argentíferas altoperuanas, especialmente las de Potosí.
Lo de Río de la Plata se relaciona con el hecho de que era una de las vías predilectas para que quienes provenían de Europa alcanzasen dichas minas.
Es obvia, entonces, la sinonimia que perdura hasta nuestros días, entre “dinero” y “plata”.
11. EL FRACASO
"AUXILIAR"
Los ejércitos (llamados "auxiliares" por los arribeños) enviados por el Gobierno de Buenos Aires al Alto Perú fueron cuatro. El primero de ellos comandado militarmente por Balcarce, aunque su verdadero jefe fue Castelli; el segundo al mando de Belgrano; el tercero estuvo a cargo de Rondeau y el cuarto fue conducido por Aráoz de Lamadrid.
Todos ellos fracasaron en su intento de derrotar a los ejércitos limeños que defendían a España, poniendo en grave riesgo la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata (23, 65).
12. MATAR A GÜEMES: MISIÓN CUMPLIDA
El general español Olañeta dispone que su lugarteniente, el “Barbarucho”, que acampaba en Yavi con 300 hombres, marche hacia el sur en maniobra oculta y sigilosa, con el propósito de alcanzar en el menor tiempo posible la ciudad de Salta, sorprender a los patriotas y cumplir con el 0bjetivo principal: asesinar a Martín Güemes, verdadera pesadilla goda.
Entre las medidas que adopta para encubrir esta operación, Olañeta levanta su propio campamento de Mojos sin dejar ninguna tropa, fingiendo retirarse en forma ostensible hacia Oruro, pero con la idea de retornar velozmente, en cuanto esta marcha hubiese engañado a los patriotas, para apoyar la "operación comando" del coronel Valdez, el “Barbarucho”.
Todo se ejecuta según lo previsto y en su marcha hacia el sur, Valdez, en lugar de avanzar por la Quebrada, lo hace sin ser ad vertido por "el Despoblado" (actual ruta nacional N° 40, que parte de la localidad de Abra Pampa, sigue por San Antonio de los Cobres para alcanzar el valle de Lerma al oeste de Salta), que como su nombre lo indica es desolado y deshabitado, también áspero y lleno de dificultades por la falta de agua y víveres.
El “Barbarucho” era un español que, como Olañeta, de comerciante que había sido en el tráfico de mulas y mercaderías con el Perú, había pasado a ser un bravo oficial en el Ejército del Rey, para sostener la autoridad española contra la Revolución.
Según era fama, se había hecho experto en contrabando, practicándolo ventajosamente por los senderos extraviados de las serranías que corren por el poniente de las ciudades de Salta y Jujuy. Este ejercicio lo había convertido en un baqueano experto, ladino y audaz, condiciones venidas a pelo para llevar a buen puerto la riesgosa y, desde todo punto de vista, trascendental "operación comando" que se le había confiado.
“Tan brusco era, tan fogoso y tan bárbaro, que muchas veces, después de cometidas sus torpezas, se arrepentía de ellas; y se lo oía exclamar entonces, con la misma dura franqueza que correspondía a sus ímpetus mal educados: '¡Qué barbarucho soy!', quedándole así para siempre como apodo esta calificación apropiadísima, que él mismo se la daba” (32).
Valdez, ayudado por indios baqueanos y algunos salteños enemistados con el jefe gaucho, cruza la altoplanicie de “el Despoblado” y se embosca, el 7 de junio de 1821, en la serranía de los Yacones (20 km al NNO aproximadamente de Salta) con unos 400 hombres de infantería. Luego, al oscurecer, desciende sin ser advertido al valle pare alcanzar a la medianoche el campo de la Cruz, sin tropezar con guardias ya que ese flanco es considerado inaccesible.
Allí divide sus fuerzas en partidas a cargo de buenos conocedores de la ciudad y ordena que las mismas se dirijan a rodear la manzana de la casa de Güemes, lo que se realiza sin mayores tropiezos.
Uno de los colaboradores del jefe patriota, que ha estado reunido en su casa y atraviesa la plaza, se topa con una de has patrullas del “Barbarucho2, y es muerto de un disparo. Güemes escucha la detonación y sale solo a la oscuridad cerrada de la noche, convencido de que se trata de algún disturbio aislado, provocado por la anarquía del campo patriota, sin imaginar que los realistas se habían desplegado ya por toda la ciudad.
Al darse cuenta de lo que realmente sucedía, se lamenta de haberse aventurado sin escolta y pretende huir a la carrera por una Calle lateral, pero cae en una encerrona y es herido, según es tradición, por una descarga en el trasero.
Batiéndose con su proverbial bravura logra subir a un caballo y se dirige al río Arias, donde es transportado en camilla hasta la hacienda de la Cruz, para desde allí continuar su fuga hasta El Chamical, donde fallece, pese a los cuidados de su médico, el 17 de junio de 1821.
Valdez, el “Barbarucho”, el 8 de junio, con su habitual audacia y temeridad, luego del exitoso atentado contra Güemes, había resuelto ocuparla ciudad ante el desconcierto y la sorpresa de los desprevenidos patriotas. Son apresados los principales jefes, unos 35 oficiales, así como armas y pertrechos. Algunos serán pasados por las armas y otros canjeados más tarde por prisioneros españoles capturados por Gorriti, en Yala (3, 19, 24, 32, 47, 65, 79).
13. "DESEAMOS PERTENECER A
LA GRAN BRETAÑA"
Antes de iniciar su marcha desde
Otavi, para reunirse con Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy, el jefe
patriota Umaña dirigió una proclama a los habitantes del valle de Cinti,
llamándolos a las armas.
"¿Hasta cuándo amaréis la
servidumbre y propenderéis gustosos a vivir bajo el yugo de la esclavitud?
Despertad ya de este letargo para conocer las ventajas que os proporciona el
sagrado orden de nuestra causa (...) Espero vuestra contestación para ponerme
en marcha; pues si antes me vi débil y no lo pude hacer, hoy estoy más que
repuesto con las dos acciones que ya sabéis se han decidido a mi favor en los
pueblos de Otavi y Belén, donde tropezando con multitud de cadáveres tuve la
satisfacción de arrollar las fuerzas que se hallaban al comando del inhumano
Jáuregui, tomando más de doscientos fusiles, con los que os auxiliaré si acaso
me llamáis".
Simultáneamente, con diferencia
de pocos días, Alvear escribía al canciller inglés, Lord Castlereagh:
"Estas Provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes,
obedecer a su Gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin
condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés, y yo estoy
dispuesto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las
afligen. Es necesario que se aprovechen los momentos. Que vengan tropas que
impongan a los genios díscolos, y un jefe autorizado que empiece a dar al país
las formas que sean del beneplácito del Rey y de la Nación, a cuyos efectos
espero que V.E. me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene para preparar oportunamente la
ejecución" (23, 96).
¿En cuál de
nuestros libros escolares de Historia se menciona a Vicente Umaña...?
14. CHUQUISACA, EL FERMENTO REVOLUCIONARIO
Si hablarnos
del Alto Perú y su importancia en la libertad e independencia de nuestra
patria, es mención obligada ocuparnos de la Universidad de Chuquisaca
(Charcas), llamada de San Francisco Xavier, donde se formaron algunos de los
hombres que provocaron y protagonizaron nuestros hechos de Mayo.
Fue creada en 1624
y fue regida por los jesuitas hasta el año de su expulsión, en 1767. En los
territorios del Virreinato del Río de la Plata había otra universidad aun más
antigua, la de Córdoba, pero su importancia era menor por cuanto en ella sólo
se enseñaban disciplinas que tenían que ver con la Teología y las Artes,
mientras que en la de Chuquisaca se inauguró la Facultad de Leyes, que era la
que más atraía a los estudiantes del Río de la Plata y del Alto Perú.
La universidad
charquiña gozaba de gran influencia por cuanto también en Chuquisaca estaban la
Real Audiencia y el Arzobispado. A este último se subordinaban los obispados de
La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Asunción, Tucumán y Buenos Aires, mientras que
la jurisdicción de la Real Audiencia se extendía de océano a océano, desde el
desierto de Atacama hasta el estuario del Plata.
En sus claustros universitarios estudiaron Moreno,
Monteagudo, Paso, Castelli, por nombrar sólo algunas de las decenas de
personalidades que han inscrito sus nombres en nuestra historia. Sus ideas
libertarias, que abrazaron con entusiasmo, estaban influenciadas por los
neoescolásticos hispánicos como Victoria, Mariana, Soto, Molina, Valle, De la Peña, Carranza, Covarrubias, Eliscueta, etc., y fundamentalmente
por el jesuita Francisco Suárez. Éste sostuvo una famosa y muy influyente
polémica en su época con el Rey de Escocia e Inglaterra Jacobo I, quien en un
escrito sostenía que el poder de los
reyes era una delegación divina y que por lo tanto no debían responder de sus
actos ante sus súbditos sino solamente ante Dios. La conclusión práctica de tal
doctrina era la inexistencia del derecho de cuestionar el poder de las monarcas
por más tiránico o inepto que fuese su comportamiento.
Suárez,
quien a comienzos del siglo XVII era profesar en las universidades de Salamanca
y Coimbra, enseñó que
el poder no pasa de Dios a gobernantes si no
es por intermedio del pueblo. Es éste quien, siendo depositario del poder, lo
entrega o transmite a los hombres que han de gobernar al Estado en una suerte
de "contrato" que establece que si esos gobernantes no cumplen su
función de ser gerentes del bien común y se transforman en tiranos, el pueblo
tiene derecho a levantarse en contra de ellos para deponerlos, y de reasumir el
poder para darlo a otros gobernantes capaces de cumplir su función
acertadamente.
Estas ideas
que hoy pueden parecernos ingenuas o elementales, pero que en aquellos
tiempos de absolutismo significaban un germen peligrosamente insurreccional,
fueron las que determinaron que un rey de la familia de los Borbones, Carlos III, decidiera la expulsión de
los jesuitas de tierras americanas.
Cuando
Saavedra le niega su apoyo al virrey Cisneros y deja claro que el movimiento
libertario es inevitable, utiliza un argumento marcadamente suareciano: "Y
no quede duda a V.E. que el pueblo es el que confiere la autoridad o mando".
En los
decenios finales del siglo XVIII el pensamiento ilustrado va penetrando con
fuerza irresistible en las aulas de Chuquisaca, tanto en su versión hispana,
según la mentalidad de un Feijó o un Jovellanos, como en su procedencia
francesa, en el que predomina el criticismo racionalista, en especial Diderot y
Rousseau.
Cuenta Moreno que
los alumnos tenían sus juntas secretas a las que concurría un grupo de
iniciados que "fraternizaban entre sí con el vínculo de la más perfecta
unidad de ideas y sentimientos contra la metrópoli".
A los
argentinos que ya hemos citado anteriormente se agregaban los altoperuanos
Zudáñes, Michel, Lemoine, Mercado y otros, entre los cuales se cuentan las
principales figuras de la sublevación del 25 de mayo de 1809, justo, y no casualmente en Chuquisaca.
Recordemos
que fue Moreno quien hizo editar el Contrato social de Rousseau por primera vez
en Buenos Aires, en 1810. En su prólogo lo califica como "libro inmortal
que ha debido producir a su autor el justo título de Legislador de las
Naciones". A su juicio, evidenciando que los argumentos del jesuita Suárez
abrieron el camino a los pensadores franceses, señaló también Moreno, que
gracias a Rousseau, "los pueblos han aprendido a buscar en el pacto social
la raíz y único origen de la obediencia" (2, 10, 101).
15. LA
POESÍA EN LA TRAGEDIA
Uno de los personajes
más fascinantes de nuestra guerra de la independencia en el Alto Perú fue el
joven indio Juan Huallparrimachi. Era éste un joven de muy bella y gallarda
apostura, poco más que un adolescente, quien se incorporó a las huestes de
Manuel Padilla y Juana Azurduy al mando de un regimiento de honderos indígenas,
quienes con el avezado uso de la "huaraka" rindieron servicios muy
útiles a la causa patriota.
Huallparrimachi parece haber tenido una genealogía extraordinaria puesto que era, según todos los indicios, hijo natural de Francisco de Paula Sanz, noble aristócrata potosino, que se decía a su vez hijo ilegítimo del Rey de España. Gobernador durante varios años y personalidad respetable de la rica ciudad minera, fue fusilado por Castelli cuando el primer ejército auxiliar argentino incursionó en el Alto Perú.
Como si estos antecedentes no fueran suficientes, Juana Azurduy insistió con vehemencia hasta el fin de sus años que la madre del joven cholo era a su vez descendiente directa del inca Huáscar.
Era quizás
inevitable que de esta mezcla de sangres reales, indígenas, nobles e ilegítimas
no pudiera sino salir un espécimen extraordinariamente original.
Huallparrimachi fue un ser enigmático, heroico y a la vez romántico.
Su asombroso
coraje durante los durísimos encuentros con el enemigo había echado fama en una
vasta región. Era también un avezado baqueano, lo que le permitía indicar
sendas inesperadas entre las montañas que favorecían la estrategia guerrillera
de huir y esconderse para luego repetir los ataques sorpresivos y
devastadores.
Se
contaba que cierta vez que Manuel Ascencio Padilla había caído prisionero de
los realistas, y estaba en capilla para ser arcabuceado y cuando su vida ya no
valía ni un centavo, el joven indio, junto con Juana Azurduy, al favor de las
sombras de la noche y desarrollando una inteligentísima estratagema, lograron
rescatarlo.
Cuando
se daba la orden de atacar, Huallparrirnachi siempre iba por delante, dando el
ejemplo con los dientes apretados, taloneando rabiosamente su caballo, con su
honda girando letalmente por encima de las cabezas. Era alto, fuerte y
musculoso y en los entreveros cuerpo a cuerpo era temiblemente eficaz, uniendo
su alarido al aterrorizarte japapeo de los quechuas y aimaras en guerra.
Pero por sobre todas las cosas el joven quechua era
un poeta.
"Irpillarajmin, urpiy carckanqui
Maypachan ñocka
Intihuan jina ñausayarckani
Ckahuaycususpa".
Pichoncita eras aún, paloma mía,
cuando, como el sol
me
deslumbraste.
"Ñahuiyquicuna
ppallallaj ckoillor
Llippipipispa
Laccaytutapi, hillapa jina
Musppachihuancu".
Tus ojos, titilando cual estrellas
en la noche oscura
fueron el
relámpago
que me
hicieron delirar."
Entre la
muerte, la desdicha, el terror, surgían versos platónicos y románticos que
Huallparrimachi dedicaba a una enamorada anónima que es de sospechar fuese la
mismísima doña Juana. Esta, que según quienes la conocieron jamás hubiese
osado serle infiel a Padilla, apreciaba y escuchaba con atención las composiciones en
quechua del joven indio, que solía musicalizarlas con su quena.
"Ña, ñockapajka, inti
tutayan
Yuyay chincajtin,
Musppa purejtij
mananampipis
¡Alau!
nihuancu".
Ya para mí el sol
no brilla.
Ando loco y
delirante,
y nadie me conoce, ni saluda
diciéndome: ¡Hola!
"Ancay lijranta mañaricuspa
Llantumusckayqui.
Hayrahuan ppahuanayayman
Huayllucusunaypaj".
Prestándome alas del cóndor
te haré sombra.
Con el volar del viento
te acariciaré.
"Causayninchajta
quipuycurckanchej
Manam Huañuypis
Ttacahuasunchu, Huiñay-Huiñaypaj
Ujllamin casun".
Nuestras vidas
enlazamos
y ni la muerte
nos separará. En la
eternidad
Uno solo
seremos".
El indiecito, casi seguramente
nieto de rey y descendiente directo de inca, murió como se moría entonces,
como no podía dejar de morirse en esa tierra inhóspita infestada de odio y de
paludismo, de venganzas y de penurias, tan intensos como blanca era la nieve
del Illimani y como azul era el cielo de los inviernos, como casi inevitable
era que muriesen las almas nobles adornadas de coraje y de sensibilidad. El 2
de agosto de 1814, en el cerro de las Carretas, murió con el pecho destrozado
por un lanzazo. La idealizante tradición, quizá la verosímil historia, dice que
fue por evitar que esa misma lanza hiriera a doña Juana, quien se batía desesperadamente
contra la partida realista que los había
sorprendido en medio de la noche.
"Huañuyta
maskaj, ñocka riscani
Auckanchejcuna
Jamullanckancu,
pucrancura
Jalatatajmin".
Voy
en busca de la muerte.
Nuestros
enemigos
ya vendrán
levantando
sus campamentos.
"Illarejpacha
pputiy ayckechej
Maypipis
casaj
Ckanlla
sonckoyta pparackechinqui
Causanaycama".
Mientras
te encuentres en este mundo
harás
huir la pena, y donde
me
encuentre, tú sola harás
latir
mi corazón.
"Misti
ckkajajtin lansatataspa,
yuyaricunqui
Mayjinatachus
ckanraycu kkajan
Ijma sonckoycka”.
Cuando arda
el Misti, vomitando
fuego, te
has de acordar
cómo para
ti arde
mi corazón
oprimido (49).
16. LAS
SOCIEDADES SECRETAS
Un capítulo
todavía envuelto en brumas es el del papel que jugaron las logias en la lucha
de la independencia. Francisco de Miranda, el venezolano "Precursor de la
Independencia Americana", como le gustaba autodenominarse, fue Gran
Maestre de la "Logia Americana", que sesionaba en su propio
domicilio, en Londres, bajo los principios de la independencia de América con
un régimen republicano. Fueron iniciados en ella Simón Bolívar y José de San
Martín, al igual que Zapiola y Alvear de la Argentina; O'Higgins y Carrera, de
Chile; Montufar y Rocafuerte, de Ecuador; Valle, de Guatemala; Nariño, de
Colombia. San Martín, Alvear y sus compañeros de viaje en la "George
Canning" crearon en Buenos Aires la logia Lautaro, entidad secreta a
semejanza de la de Londres, con el propósito de ejercer una influencia decisiva
en los medios militares y políticos.
Poco se
sabe de dicha logia, cuyo funcionamiento quedó oculto por juramentos que
obligaron, por lo menos, al honor de sus componentes. Salvo aquello filtrado en
alguna correspondencia imprudente de Rodríguez Peña y las listas de una parte
de sus integrantes y la aclaración sobre sus finalidades que haría -bastante
tiempo después- el ya anciano general Zapiola al hábil Mitre.
Se sabe
positivamente que fue establecida en Buenos Aires entre mayo y junio de 1812,
que funcionó en domicilios privados que variaban según lo exigiera el recato de
sus tenidas, y que había cinco grados en sus componentes; en los primeros, los
neófitos eran iniciados en los principios de fraternidad y mutua cooperación;
en los superiores se les advertía de las finalidades políticas -independencia y
Constitución- que debían cumplirse; en el último, de obedecer a sus matrices
extranjeras.
Por la
regla de la logia, los hermanos elegidos para una función militar,
administrativa o de gobierno debían asesorarse por el Consejo Supremo en las
resoluciones de gravedad, y no designar jefes militares, gobernadores de
provincia, diplomáticos, jueces, dignidades eclesiásticas, ni firmar ascensos
en el ejército y marina sin previa anuencia de los Venerables del último
grado, que serían así el verdadero gobierno del país. Tanto más fuerte y
temible cuanto era oculto. Era la ley primera "ayudarse mutuamente,
sostener la logia aun a riesgo de la vida, dar cuenta a los Venerables de todo
lo importante, y acatar sumisamente las órdenes impartidas". Un juez o
jefe militar no podía castigar a un "hermano" sin aprobación de los
Venerables. La revelación de los secretos, aun de los nimios, estaba custodiada
por tremendos castigos que llegaban a "la pena de muerte por cualquier
medio que se pudiera disponer". En caso de contrariar a la logia, la
persecución y el desprecio de los hermanos lo seguirían en los menores actos de
su vida en absoluto e inexorable boicot. Si quería
librarse de esta persecución y al mismo tiempo alejarse de la logia, el solo
remedio era "dormirse" -en términos masónicos-; quedaba, de esta
manera, desligado del voto de obediencia pero no de los de silencio y fraternidad.
San Martín,
Alvear, Zapiola y, posiblemente, todos los viajeros de la "George
Canning" eran masones, según investigadores de fuste, y fueron captados
hallándose en España, aunque para iniciarse se desplazaron a Londres. Las
logias proliferaban en el ejército, y un joven sin parientes ni relaciones
tendía a "iniciarse" para salvar obstáculos y encontrar apoyos.
Muchas de
las oscuras e inexplicables decisiones que perturbaron nuestra guerra de la
Independencia en el Alto Perú, sobre todo cuando Posadas y su sobrino Alvear
dominaron políticamente en Buenos Aires (por ejemplo la designación de jefes y
oficiales ineptos), se debieron a leyes masónicas.
Según las
infidencias de Zapiola a Mitre, se "iniciaron" el canónigo Valentín
Gómez, Gervasio Antonio Posadas, Juan y Ramón Larrea, Vieytes, Nicolás
Rodríguez Peña, Nicolás Herrera, Monteagudo, Agrelo, el presbítero Vidal,
Azcuénaga, Monasterio, Tomás Antonio Valle, el padre Argerich, el padre
Amenábar, el padre Fonseca, Tomás Guido, Manuel José García, el padre Anchoris,
Perdriel, los militares Murguiondo, Ventura Vásquez, Zufriátegui, Dorrego,
Pinto, Antonio y Juan Ramón Balcarce, etc., que formaron el grupo mayoritario
alvearista, mientras el núcleo leal a San Martín quedó limitado al mismo
Zapiola, Agustín Donado, Álvarez Jonte, Toribio Luzuriaga, Vicente López,
Manuel Moreno, Ramón Rojas, Ugarteche, Lezica, Pinto y pocos más. Sin decidirse
quedaron Tagle, Carballo, Núñez y otros (65, 67).
17. UNA PÉRDIDA INEXPLICABLE
En los valles y en las selvas
del Alto Perú, en sus desiertos y en sus cumbres nevadas se desarrollaron gran
parte de las acciones bélicas de nuestra independencia, ya que en tierras altoperuanas
chocaban las tropas realistas que bajaban desde Lima y las tropas
revolucionarias que subían desde el Río de la Plata. En sus territorios dejaron
su vida muchos argentinos en la lucha por nuestra libertad.
Una de las grandes incógnitas de
nuestra historia es dilucidar cuáles fueron las razones por las cuales el
gobierno argentino dejó perder territorios de casi 2.000.000 km2 que
le pertenecían no sólo por la histórica integridad virreinal sino también, como
ya lo hemos señalado, por los derechos generados por el sacrificio de tantos
compatriotas que lucharon bravamente por la libertad de esas tierras.
Imaginemos el aporte que hoy
significarían a nuestra riqueza nacional los recursos gasíferos, petroleros y
energéticos de la actual Bolivia, así como también la exuberancia de sus
cultivos tropicales, de sus fértiles llanuras cerealeras, de su inmensa
capacidad maderera, etcétera. La lealtad al gobierno del Río de la Plata se
manifestaba no sólo en los caudillos, cuya divisa fue, y siguió siendo hasta el
final, la bandera azul y blanca, sino también en la población altoperuana.
Tanto era así que el feroz general realista Tacón, que asoló Chuquisaca,
castigaba cruelmente, como grave delito, a las mujeres que mostraban algo
celeste en su vestimenta.
Sirva también
reproducir un párrafo del "Diario" del virrey Pezuela en el que
relata el alborozo provocado por la
caída de
Montevideo (21 de julio de 1814): "En La Paz todos los habitantes y hasta
los pocos indios que hasta entonces se habían mantenido refugiados en sus
alturas por no tomar parte, bajaron a sus pueblos y se nos declararon enemigos,
así como un considerable número de cholos y mestizos de todos los demás, hasta
entonces indecisos, que convinieron la mayor esperanza a favor de los
insurgentes de Buenos Aires".
Es el Mariscal de Ayacucho,
Antonio José de Sucre, terminadas ya las guerras libertadoras, quien en el
Decreto del 9 de febrero de 1825 convoca a una asamblea de representantes de
las provincias del Alto Perú para que deliberasen sobre su suerte, gesto con el
que se inicia el proceso de separación del Río de la Plata.
Sucre sentía una gran admiración
y dependencia por Simón Bolívar y todos sus movimientos tenían esa referencia.
Cuando éste se entera de sus planes independentistas para el Alto Perú, le
responde airadamente que esos territorios no deben ser desgajados del Río de la
Plata. Bolívar era así muy coherente con su convicción de evitar el
fraccionamiento continental y tender a la unión de los antiguos virreinatos,
audiencias y capitanías.
El Gobierno de Buenos Aires
recibe una extensa carta de Sucre donde caballerescamente informa de sus pasos:
"El general Olañeta, negándose a su reunión con nosotros, ha persistido en
sostener la causa del Rey, y nos hemos visto obligados a pasar el Desaguadero y
emplear la fuerza para destruirlo y arrancarle el país. Libertada la mayor
parte de este territorio, y sin un gobierno propio que se encargue de su
dirección, en circunstancias en que las Provincias Argentinas no han
organizado aún su gobierno actual, y en que el Perú nada dispone respecto de
estos pueblos, he creído de mi deber como americano y como soldado, convocar
una asamblea de estas provincias que arreglando un gobierno puramente
provisorio, evite las fracciones, los partidos y la anarquía, y conserve el
territorio en el mejor orden".
El 9 de mayo de 1825 el Congreso
argentino responde a la carta de Sucre señalando, increíblemente, que "es
voluntad del Congreso General y Constituyente que las provincias del Alto Perú queden en plena libertad para
disponer de su suerte, según crean convenir mejor a sus intereses y a su
felicidad".
Si Buenos
Aires acepta y quizá fomenta la segregación altoperuana sin mayores
resistencias ni reacciones, es por obra de la predominante burguesía portuaria,
que dirige sus intereses hacia el comercio con el exterior, dando la espalda al
interior y favoreciendo la disgregación (también de la Banda Oriental) del
territorio delineado por los decretos virreinales de 1776. A pesar de que por
entonces las antiguas intendencias de Charcas (o Alto Perú) sobrepasaban el
millón de habitantes, mientras que las provincias que conformarían nuestro país
sólo tenían la mitad.
Sucre, ni
lento ni perezoso, hizo conocer a Bolívar esta asombrosa abdicación, pero éste
no cejó en sus argumentos en contra de la segregación del Alto Perú de los
territorios del Río de la Plata.
"Ni
Usted ni yo ni el Congreso mismo del Perú ni de Colombia, podemos romper y
violar la base del derecho público que tenemos reconocido en América. Esta base
es que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites de los antiguos
virreinatos, capitanías generales o presidencias como la de Chile. El Alto
Perú es una dependencia del Virreinato de Buenos Aires, dependencia inmediata
como la de Quito de Santa Fe."
Dícese que
finalmente Sucre logró torcer la voluntad de Bolívar con un hábil e
irresistible argumento: poner su nombre a la nueva Nación, que pasó a llamarse
República Bolívar, y algunos años más tarde, República de Bolivia (11, 28, 31,
35, 42, 57, 62, 70, 83, 84, 91, 101, 107).
18. LA PAREJA INDÓMITA
Doña Juana Azurduy fue confinada
con sus cuatro hijos, bajo estricta vigilancia, para emboscar al esposo rebelde
a quien sabían amantísimo de su familia; pero una noche Manuel Padilla,
burlando a los guardianes, logra rescatarlos y trasladarlos hasta una casucha
escondida entre las sierras de La Laguna, la que durante los cinco años en que
lograron sostener su lucha desigual, se convirtió en refugio. Desde este lugar
el guerrillero se desplazaba con sus hombres para caer sobre las huestes
españolas, flanqueado por doña Juana que se había incorporado a la
"guerra de partidarios" como una caudillo más.
La lealtad de Padilla a Buenos
Aires fue permanente a pesar de experiencias desafortunadas desde el mismo
principio, cuando se apersonó en Tiahuanacu ante Balcarce al frente de sus
hombres para ofrecerle su apoyo. Como respuesta fue despojado del mando de su
contingente, que quedó incorporado al ejército regular, mientras él era
relegado a un puesto subalterno. No le fue mejor más tarde con Belgrano, pues
al mando de sus indios acudió a Vilcapugio para unirse a su ejército; pero no
entraron en combate: se los destinó erróneamente a conducir la artillería por
los riscos de la montaña, a pesar del eficaz valor que ya habían demostrado,
siendo impotentes espectadores de la derrota.
En las pampas de Yamparáez, Manuel Ascencio Padilla traba amistad con el indómito cacique Cumbay, caudillo de los pueblos orientales de Santa Cruz, que había acudido a Potosí para conocer al general Belgrano. Al mando de sus feroces flecheros rindió honores a los esposos guerrilleros sellando un pacto de hermandad y repartiéndose zonas de influencia: el cacique chiriguano se va por el sudeste mientras Padilla y doña Juana continúan siempre hacia el naciente. En virtud de este acuerdo, Cumbay abastecerá a Padilla de sucesivos contingentes de flecheros que servirán para reemplazar las continuas bajas guerrilleras por muerte , desesperanza o soborno.
Las guerrillas de Padilla causaron serios contrastes a las fuerzas
españolas. Así vencieron al comandante español Benito López en Tarvita,
obligando al general Joaquín de la Pezuela a ordenar la movilización de gruesas
columnas para acabar con los Padilla, fuerzas que debía distraer del por ello
nunca cumplido objetivo de avanzar hacia Buenos Aires para sofocar la revolución.
Gracias a Padilla y otros caudillos altoperuanos y a los gauchos de Güemes, San
Martín pudo concentrar el grueso de las tropas argentinas en su estrategia de
tomar Lima por mar.
Los esposos Padilla, que por un
tiempo estuvieron inactivos porque el desacertado Rondeau decidió prescindir
de los caudillos (aunque no de sus tropas) brillantes en la guerra de
partidarios pero inexpertos en la batalla ortodoxa, se enteraron de que
el 20 de octubre había sido derrotado el ejército argentino en Venta y Media, primero,
y en Sipe-Sipe luego.
Don Manuel Ascencio comprende
entonces que poco puede esperar de la ayuda externa. El 5 de mayo de 1816 los
montoneros que nuevamente había reagrupado derrotaron a las huestes del coronel
Vicente Sardina, en la batalla de "El Villar."
"La destrucción de Padilla
-comunica entonces el general español García Camba- es de la mayor importancia
para la pacificación de los partidos o subdelegaciones de la provincia de
Charcas y aun para la inmediata de Santa Cruz de la Sierra." (50).
Lo más experimentado del
ejército español, comandado por jefes duchos al frente de tropas numerosas y
bien equipadas, fue desplazado entonces sobre "El Villar" y "La
Laguna", con la misión de acabar con la pareja de infatigables
guerrilleros.
Entre ellos va el coronel
Francisco Xavier de Aguilera, un oficial sanguinario y muy avezado (20, 23, 45,
49).