1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
  
 

 2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
   
 

 4ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 5ª Parte

   

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Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
   
 

 6ª Parte

   

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Capitulo 2

Capítulo 10

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Capítulo 11

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Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

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Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 7ª Parte

   

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Capítulo 9 

Capitulo 2

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Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
     
 

 8ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 10 

Capitulo 2

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Capítulo 3

Capítulo 12

Capítulo 4

Capítulo 13

Capítulo 5

Capítulo 14

Capítulo 6

Capítulo 15

Capítulo 7

Capítulo 16

Capítulo 8

Capítulo 17

Capítulo 9

Capítulo 18
   

 

“En las tierras del poniente es el Río de la Plata la conquista más ingrata a Su Señor”

Fray Luis de Miranda

 

Primera Parte

 

1. GRANDÍSIMO MUDAMIENTO

 

La visión de la Cruz del Sur lo perturbó.

Recordó que el Dante, en su Divina Comedia, señalaba la entrada al Purgatorio con cuatro estrellas brillantes non viste mai fuor che alla prima gente, situadas en la "vía del Polo". Ésta no podía ser otra que esa sorprendente senda blanqueada de estrellas, la Vía Láctea, que partía el cielo en dos mitades.

Era su tercer viaje a las Indias y había zarpado el 30 de mayo de 1496 de Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Gua­quivir. Esta vez no se dirigiría rectamente hacia el oeste a volver a recalar en Cathay (China) y Cipango (Japón), sino que ahora lo haría hacia el sudoeste, hacia la terra australis, ignota región borrosamente descripta en la cartografía de la época. De haber persistido en su rumbo hubiese llegado a Río de Janeiro.

Pero Cristóbal Colón hizo virar sus naves y retomar los derroteros ya conocidos. Es que el "grandísimo mudamiento en el cielo y en las estrellas", como lo llamase en su "Diario", lo convenció de estar al borde del Purgatorio y cerca del Paraíso al que Dante situaba en una cima que no podía estar muy lejos. Y "a lo más alto del mundo no puede llegar nadie sino por Voluntad Divina".

Su turbación es aun mayor cuando, mirando en su astro­labio, se convence de que el cielo "descendía" a medida que navegaban hacia el sur, "grandes indicios son estos del paraíso terrenal".

Pero aún hay más: en carta a los Reyes Católicos de Espa­ña se rectifica de su convicción de que la Tierra fuese redonda. En ese notable tercer viaje, tan revelador, descubre que su form­a "es la de una pera con el pezón hacia el sur" (39, 140).

 

  

2. UN FABULADOR EXITOSO

 

El florentino Américo Vespucio fue un marino que no al­canzó a cumplir sus sueños de conducir una expedición al Nuevo Mundo. En las cuatro flotas que integró su rango mayor fue el de "piloto", inferior al de almirante, capitán o maestre.

Pero Américo era un fabulador al que no le faltaba auda­cia para inventarse una vida de éxitos. Los clientes de las fon­das de muchos puertos, de uno y otro lado del océano, se habían ya acostumbrado a escuchar con sorna o indiferencia sus fantasiosos relatos que lo tenían por héroe.

-No miente, inventa -había dicho alguien, quizás pia­dosamente, y los demás soltaron la carcajada haciendo cho­car sus jarros salpicantes de ron.

Quizás buscando mejores vientos para su vida opaca, es­cribe a su poderosísimo compatriota, el soberano de Florencia, Lorenzo de Médicis.

En su carta falsea la realidad, acaso involuntariamente, pues había terminado por creer sus propias fabulaciones acerca de sus hazañas. Imagina haber sido el comandante de cuatro expediciones a las tierras nuevas del Occidente, donde habría encontrado inmensas riquezas en oro, plata y esmeraldas. Aunque eran muchas más las que podrían arrancarse de con­tar con el apoyo de alguien inteligente y audaz como algún magnífico príncipe florentino...

Divagando en su confusión entre deseo y realidad, Américo describe un viaje hacia el sur del Ecuador, recorrien­do las costas brasileñas, hasta el paralelo 32, y desde allí otras quinientas leguas mar abajo hasta alcanzar una isla de impo­sible identificación. De haber sido esto cierto, Vespucio hu­biese descubierto  el Río de la Plata, las Malvinas y las Georgias, hasta vislumbrar el continente antártico.

Pero lo más impactante era que afirmaba haber sido él quien descubriese las indias, esas tierras de exuberancia con las que se chocaba navegando hacia el poniente de Europa. Tierras de las que comenzaba a dudarse que fueran las regio­nes asiáticas desde donde llegaban las telas, las joyas y las especias que tanto demandaban los nobles y los burgueses europeos, a través de vías terrestres entonces cortadas por la invasión otomana.

Lorenzo de Médicis dio crédito a los embustes de su compatriota y, amante de las artes, ordenó que fueran bellamen­te publicados en 1504. Lo que no habían hecho los Reyes de España con los informes de Colón, seguramente por razones políticos y militares, para no despertar prematuramente la codicia de otras potencias.

Cuando en 1507 el científico alemán Martin Waldssemuller p­ublica su Cosmographie Introductio sólo tiene sobre su escritorio la traducción francesa de la carta al príncipe.

Fue inevitable, entonces, el bautismo: “En el sexto clima -escribió- hacia el polo antártico, está situada la parte del globo que, habiendo sido descubierto por Americus, puede ser llamada `tierra de Américus' o `América'”{140, 170).

 

  

3. GENTE ARRANCADA Y DISLACERADA

 

"Irán ángeles veloces en barcos alados y vasos de árboles sobre las aguas, a una tierra que está más allá de los ríos de Etiopía, a una gente arrancada y dislacerada, a un pueblo terrible, después del cual no se hallará otro; gente que ha mu­cho que está esperando, y hollada, y cuya tierra han robado las aguas".

En 1501, Colón escribe a sus Reyes: "Para la hesecución de la inpresa de las Indias no me aprovechó razón ni mate­mática ni mapamundos: llenamente se cumplió lo que dijo Isaías" (39).

 

  

4. LOS DIENTES EN LA VULVA

 

En sus mitos, los matacos, pobladores de la selva chaqueña, relatan la destrucción del mundo por una inundación o por un gran incendio.

Suponen que las mujeres eran, en principio, habitantes del cielo que descendían subrepticiamente para robar la comi­da de los hombres. Como tenían dientes en la vulva, fue necesario que Tokywáj, un personaje civilizador, los rompiese para hacer posible el acto sexual y la reproducción.

El propio Tokywáj puso término al tiempo paradisíaco en cual no existían la muerte, las dificultades de la caza y de la pesca, tampoco la enfermedad; pero estableció los procedi­mientos terapéuticos, que estarían a cargo de un médico brujo ­capaz de contrarrestar la actividad maligna de otros hechiceros o de ciertos seres sobrenaturales y poderosos (106, 140).

 

  

5. AMERICANOS I

 

Para hacer lo que se hizo fue necesario poner en duda la condición humana de los habitantes del Nuevo Mundo.

A ello contribuyó Colón, imaginativo y deseoso de provo­car aun más escándalo con su "descubrimiento", cuando en su "Diario" se refiere tres veces a seres "de un solo ojo", como el cíclope griego.

Asimismo, sin rubor, afirma que "vido tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara".

No termina ahí la cosa, pues don Cristóbal, en una de sus cartas a Gabriel Sánchez le cuenta que a "la gente con cola" podía encontrársela en la parte poniente de la isla Juana, en la provincia llamada Nuan, "adonde nace esta gente". En su segundo viaje le llegó el conocimiento de que "en Mangi todas las gentes tenían rabo de más de ocho dedos de largo".

Al Almirante no le faltaron informantes, y él consignaba las noticias en su "Diario": lejos de "La Española", ciudad por él fundada, había seres "con hocico de perros que comían los hombres y que tomando uno lo degollaban y le bebían la san­gre y le cortaban su natura".

Era indudable que el humanitario espíritu español impo­nía que se ocuparan y se cristianizaran esas tierras habita­das por monstruos. Y tan ricas (30, 40).

 

  

6. EL ANCHO RÍO DE LA MUERTE

 

-El agua es dulce, capitán -le había advertido uno de tripulantes.

Solís y sus carabelas ingresaron en la anchura esperan­do que fuese la tan buscada conexión entre el Atlántico mar del Sur descubierto en 1513 por Núñez de Balboa. La inmensa franja de tierra desconocida, que al principio fuese confundida con la India, aparecía ahora, en 1516, como incierta promesa de riquezas pero también como un colosal obstáculo ­para el objetivo principal: llegar a Oriente por vía marítima.

La advertencia de su marinero lo convenció de que se tra­taba del estuario de un río, de inimaginable amplitud, que no figuraba en ninguna carta. Lo bautizó, con lógica irrefutable, “Mar Dulce".

Valía la pena explorarlo. Costeó la orilla oriental, recalando ­en la isla San Gabriel, frente a la actual Colonia, donde reparó sus ajetreadas naves. Luego descendió en otra isla cercana para enterrar a su despensero, Martín García, con cuyo nombre bautizó el lugar.

-¡Capitán, salvajes! -gritó el vigía, encaramado en lo álto del mástil, apuntando hacia la orilla.

Algunos indígenas hacían señas a los españoles, mostrándoles regalos que brillaban al sol, depositados sobre la arena. Con rostros sonrientes los invitaban a desembarcar, mien­tras en sus manos agitaban collares y pulseras que centellaban con reflejos de oro y plata. Además, lo que era aun más tentador par­a los famélicos exploradores, portaban canastas rebo­santes de panes, frutas y pescados.

¡Baje al agua! -ordenó Solís.

Ocho tripulantes descendieron con él. Mas no parecieron ser necesarios. Minutos después los que quedaron a bordo ob­servaron aterrorizados cómo los nativos, perdiendo su amabilidad, se abalanzaron sobre don Juan y los suyos y los mata­ron rápidamente.

Luego, ante sus ojos despavoridos, los descuartizaron, los hirvieron y los comieron. Seguramente un ritual para "apro­piarse" de ese poderío de pieles de metal bruñido, de velámenes que tapaban el sol, de palos que desafiaban a los dioses con sus truenos.

Cabe reivindicar la lucidez de nuestros antepasados ame­ricanos, los querandíes, quienes no dudaron de que esos in­trusos tan impresionantes no podían ser sino enemigos.

Tan diferente a lo de los aztecas al llegar Cortés y los suyos: "Id con prisa y no os detengáis; id y adorad en mi nom­bre al dios que viene, y decidle, acá nos envía vuestro siervo Mocthezuma, estas cosas que aquí os traemos os envía, pues habéis venido a vuestra casa que es México" (48, 49, 87).

 

  

7. CONFUSIONES Y MENTIRAS

 

Los americanos son llamados “indios” por una confusión. Y “América” es así bautizada por una mentira.

El amo lo es también por adueñarse de las palabras.

  

 

8. EL REY BLANCO

 

Una de las carabelas pequeñas de la expedición de Solís, que navegaba rezagada, naufragó frente a la isla de Santa Catalina donde quedaron sus 18 tripulantes. Entre ellos, Ale­jo García.

Poco se sabe de él, ni siquiera si era español o portugués, ni tampoco su cargo en la armada de Solís. Debió ser un ma­rinero oscuro, cuyo temple se revelaría en las horas de prueba. Se hizo caudillo de la pequeña colonia de sobrevivientes, cultivó buenas relaciones con los indígenas, y por ellos supo de una tierra o montaña de plata que habría en el interior, regida por un monarca tan adornado de plata que lo llama­ban "El Rey Blanco".

García, con algunos animosos compañeros y numerosos indios de raza guaraní, quiso llegar a ese reino. Salen de San­ta Catalina en 1521, desembarcan en el continente, cruzan las selvas brasileña y misionera, luego los ríos Paraná y Pa­raguay y entran al Chaco. En un viaje asombroso alcanzan los contrafuertes andinos, donde encuentran abundantes me­tales, especialmente plata extraída del cerro Potosí.

García cargó en indios, que había reducido a la esclavi­tud, un fabuloso tesoro y emprendió el regreso. Pero al cruzar el Chaco fue muerto con sus compañeros por los feroces payaguás.

Algunos guaraníes sobrevivientes consiguieron regresar a la isla de Santa Catalina y por ellos se supo del extraordi­nario viaje y de la riqueza argentífera de las tierras al norte del "Mar Dulce".

Comienza así la irresistible leyenda de "El Rey Blanco", del reino de la plata que bautizará a nuestro país ("república argentina”), el mayor de nuestros ríos (“río de la  plata”), y hasta nuestra moneda de cambio (“plata” por dinero).

Buenos Aires, Tucumán y otras ciudades serán fundadas como puntos de recalada en el camino hacia el Potosí. Y nuestra existencia, en sus orígenes, estará signada por el contrabando que abastecerá a los dominios de “El Rey Blanco” (1, 45, 140).

 

  

9. COMO LOBOS RABIOSOS

 

"Todo cuanto se ha hecho en todas aquellas Indias ha sido perpetrado contra todo derecho natural, divino y humano" (fray Bartolomé de Las Casas).

Parecidas eran las denuncias y exigencias de los frailes de La Española. En una larga carta fechada él 4 de junio de 1516, dominicos y franciscanos relataban al Rey cómo en los dos primeros viajes colombinos los indios recibieron a los es­pañoles como "si fueran ángeles" mientras que ahora éstos se comportaban "como lobos rabiosos entre los corderos mansos".

De más de un millón de indios, apenas quedaban doce mil. "La gente se iba apocando y la codicia de los cristianos creciendo". Los frailes elevaban graves acusaciones contra las autoridades presentes y pasadas, la manera irracional como se repartían los indios entre los españoles y la falta de ejem­plo cristiano a los naturales ya bautizados, porque los espa­ñoles "se han servido de ellos como de brutos animales".

"¿Quién -exclamaban- después de tantas fatigas podía ser apto para propagar la especie? (...) Todo cuanto aquí po­seen los cristianos ha salido de las entrañas, del sudor y de la sangre de los indios" (58, 89).

 

  

10. NO SON DIOSES

 

Ni sus sacerdotes ni sus historias sagradas hablaban de dioses tan crueles ni codiciosos. Sí, de su inmortalidad.

Los americanos de la isla Boriquén apresaron a un soldado de ape­llido Salcedo y lo ahogaron cuidadosamente en un río.

Luego lo tendieron sobre la orilla y acuclillados a su lado, en silencio, aguardaron varios días. Salcedo no resucitó y comenzó a desco­mponerse con pestilencia. Como si fuera uno de ellos.

Un coro de alaridos de guerra se elevó hacia el cielo: los llegados del mar no eran dioses (143).

 

  

11. LA BULA PAPAL

 

"Haciendo yo diligencias para entender de ellos, de qué tierras y de qué gentes pasaron a la tierra en que viven, hallélos tan lejos de dar razón de esto que antes tenían por muy llano que ellos habían sido creados desde su primer ori­gen en el mismo Nuevo Orbe, donde habitan, a los cuales des­engañamos con nuestra fe, que nos enseña que todos los hom­bres proceden de un primer hombre" (J. de Acosta).

Aparentemente, Paracelso (1490-1551) fue el primero en afirmar, en un libro perdido, que Dios habría creado un se­gundo Adán para el Nuevo Mundo.

Pero antes hubo que dilucidar si los americanos podían ser considerados seres humanos. No pocos argumentaban -sólo así podía justificarse la masacre y la esclavitud- que strictu sensu no eran hombres sino "seres con apariencia de hombres".

Fue necesario que transcurriera casi medio siglo desde el desembarco de Colón para que, el 9 de junio de 1537, una bula papal estableciera que los del Nuevo Mundo eran "verdaderos hombres, racionales y dotados de un alma" (3, 139).

 

  

12. A VUESTRA COSTA Y MISIÓN

 

La tierra de Indias pertenecía al Rey de España por ce­sión del Papa, y por lo tanto su conquista y colonización sólo podían hacerse por iniciativa o licencia del monarca. Pero la Corona, mal administrada y empeñada en guerras europeas, siempre estuvo escasa de fondos para acometer la empresa. De allí que el Consejo de Indias dispusiera con inevitable prudencia "que ningún descubrimiento, navegación, ni población se haga a costa de Nuestra Hazienda", pues la ex­periencia demostraba que las operaciones fiscales "se hacían con mucha costa e menos cuydado" que las empresas particu­lares.

Del deseo de aunar el interés privado con el de la Coro­na, nació la institución de los "adelantados".

En 1534 se difunde la extraña noticia, en la corte real de Toledo y también en los puertos que miran hacia América: una expedición se prepara hacia el tenebroso Río de la Plata. A pesar de los horripilantes relatos de mutilaciones y antro­pofagia, aderezados por el morbo, que de allí llegan.

Difícil es comprender que la meta no sea el México o el Perú, donde ya muchos se han enriquecido y donde tanto oro y tantas piedras preciosas quedan aún en poder de sus na­tivos.

El pregón lo firma don Pedro de Mendoza, noble y riquí­simo, quien, gravemente enfermo, yace postrado en una cama desde hace tiempo, añorando sus hazañas en la conquista de Roma.

En su "capitulación", concedida por su compañero de jue­gos infantiles, el rey Carlos V, éste hacía notar que le daba el adelantazgo a su gentilhombre de cámara "a su insistencia", cubriendo su responsabilidad por los riesgos que habría de correr allí.

La jornada sería "a vuestra costa y misión sin que en nin­gún momento seamos obligados a Vos pagar ni satisfacer los gastos"; recibía el título de adelantado, con los cargos de gobernador y capitán general "por todos los días de vuestra vida"; tendría el salario de dos mil ducados anuales a más de otros dos mil de ayuda de costas pero a pagarse "de las rentas e provechos a Nos pertenecientes"; construiría tres "fortalezas de piedra" en los sitios que creyese conveniente "para guarda e pacificación de la tierra". Se le recomendaba especialmente "poner celo en el buen trato y adoctrinamiento de los indios” y hacerse asesorar en todos sus actos por clérigo "señalados por Mí, que irán en la jornada".

Reclutaría la "gente" por pregones en Sevilla y los puer­tos andaluces, pudiendo repartirles tierras e indios "de acuerdo con las leyes", y reservarse para sí un feudo de diez mil indígenas "con tal que no sea en puerto de mar ni cabeza de pro­vincia".

Repartiría con la "gente" los cuatro quintos de "los teso­ros, oro y plata, piedras y perlas que se hubieren por vía de rescate", correspondiendo el quinto restante al monarca; si los conseguía por vía de batalla la Real Hacienda se incautaría de la mitad, quedando a los conquistadores solamente los cua­tro quintos de la otra mitad, seguramente como medio de evi­tar pillajes y saqueos.

Daba franquicias impositivas al adelantado y sus pobla­dores; les permitía llevar "del Brasil, Cabo Verde o Guinea" doscientos esclavos negros para ocuparse de las tareas infe­riores; y ponía la condición de tener un médico, un cirujano y un boticario pagados por el peculio del adelantado. El empe­rador designaría los alcaldes y regidores para administrar justicia o vigilar como tesoreros y contadores la percepción y custodia del quinto real.

Si la "pacificación se concluía de manera satisfactoria, el adelantado optaría al título de conde" (46, 65, 140).

 

  

13. NI FARAÓN NI LOS EGIPCIOS

 

Basta leer el informe presentado en 1517 por fray Pedro de Córdoba para comprender que la corona española no podía permanecer indiferente ante las denuncias que llegaban de América.

Los españoles, acusaba el fraile, "no poblaban sino des­poblaban" las Indias. "Han tenido mucho cuidado y diligencia de hacerles sacar oro y labrar otras haciendas y sufrir el ardor del sol en cueros vivos, sudando la furia de los trabajos, no teniendo a la noche en qué dormir sino en el suelo, no co­miendo ni bebiendo para sustentar la vida, matándolos de hambre y de sed. Las mujeres han trabajado y trabajan en esta tierra tanto y más que los hombres y así desnudas y sin comer y sin camas, y aun algunas preñadas y paridas, que Faraón y los egipcios aún no cometieron tanta crueldad con­tra el pueblo de Israel".

Fray Pedro consideraba que "más de un cuento (un mi­llón) de vasallos han sido destruidos" y, refiriéndose a la teo­ría de la convivencia entre los indios y españoles como medio de la evangelización, exclamaba: "¿Cómo podrá enseñar la fe al infiel aquel que para sí no la sabe y, lo que es peor aún, no la obra?" (58).

 

  

14. LA CIUDAD DE LOS CÉSARES

 

La leyenda de "El Rey Blanco" hace que Sebastián Gaboto abandone el objetivo de su expedición: encontrar el paso que comunicaría ambos océanos.

Es en la isla Santa Catalina donde no sólo escucha a quie­nes acompañaron a Alejo García sino que también tiene en sus manos y ante sus ojos las pruebas de la riqueza argentífe­ra del reino por tantos soñado.

Escucha también que un anchuroso "río de Solís", hacia el sur, lo conducirá directamente hacia el soberano que lo re­cibirá sobre un impresionante trono de plata y su cuerpo re­cubierto de joyas que compiten en su brillo con la luna.

Gaboto sólo encontrará sufrimiento, miseria y hambre. Esta última será tanta que Diego Ramírez, en 1528, uno de los acompañantes, escribirá: "El que podía haber a las manos una culebra o víbora, pensaba que tenía mejor que comer que el rey”.

No sólo debió enfrentar la aguerrida hostilidad de los bra­vos payaguás, que diezmó sus filas, sino también sublevacio­nes de los propios, agotados y decepcionados. Entre ellos la acaudillada por Francisco del Puerto, el único sobreviviente de los descendidos a tierra con Solís, quien pagó su osadía con la horca.

Gaboto regresó a España y debió oblar una fuerte indem­nización a quienes habían solventado su viaje, los que no le perdonaron el cambio de rumbo original. También perdió su rango de "piloto mayor" y fue ejemplo de quienes considera­ban al Río de la Plata como "un infierno en la Tierra".

Pero a alguien, de la misma expedición, pareció irle mejor.

Después de 1530 se extiende por el sur de América y toda Europa la leyenda del capitán Francisco César, que habría llegado con un grupo de españoles a una ciudad maravillosa, edificada en mármol y oro, donde la existencia transcurría tan placentera que nadie había querido volverse. Los indios da­ban falsas noticias situándola en los cuatro horizontes: la "ciu­dad de los Césares" -como "el Dorado" de Nueva Granada, el imperio del "Rey Blanco" del Alto Perú y "Trapalanda" del es­trecho de Magallanes- será uno de los imantados espejismos de la Conquista, provocando ilusión y muerte.

La sola verdad era que el capitán Francisco César, a las órdenes de Gaboto en la fundación de Sancti Spiritus en 1528, se ausentó para reconocer la región y regresó tres meses más tarde asegurando haber llegado a "una cordillera que viene de la costa del mar y corre hacia poniente hasta juntarse con la grande cordillera de Perú y Chile".

Allí habría topado con un príncipe muy rico que lo agasa­jó espléndidamente. Según Ruy Díaz de Guzmán, el cronista, César llegó efectivamente a una ciudad riquísima, y como al regresar a Sancti Spiritus, el primer asentamiento español fundado en nuestro territorio, lo encontró destruido, decidió volver a aquélla. Que no sería otra que el Cuzco, riquísimo centro de la cultura incaica (9, 46, 108, 140).

 

  

15. PACIFICACIÓN

 

Las ordenanzas reales prefirieren el término "pacifica­ción" al de "conquista":

"E mandamos q. estos asientos no se den con título e nom­bres de conquistas, pues aviendose de hazer con tanta paz e caridad como deseamos, no queremos q. el nombre dé ocasión ni color para q. se pueda hazer fuerza ni agravio a los indios" (151).