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“En
las tierras del poniente es el Río de la Plata la conquista más ingrata a Su
Señor”
Fray Luis de Miranda
1. GRANDÍSIMO MUDAMIENTO
La visión de la Cruz del Sur lo perturbó.
Recordó que el Dante, en su Divina Comedia, señalaba la entrada al Purgatorio con cuatro
estrellas brillantes non viste mai fuor che alla prima gente, situadas en la "vía del Polo". Ésta
no podía ser otra que esa sorprendente senda blanqueada de estrellas, la Vía Láctea,
que partía el cielo en dos mitades.
Era su tercer viaje a las Indias y había
zarpado el 30 de mayo de 1496 de Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Guaquivir.
Esta vez no se dirigiría rectamente hacia el oeste a volver a recalar en Cathay
(China) y Cipango (Japón), sino que ahora lo haría hacia el sudoeste, hacia la
terra australis, ignota región borrosamente descripta en
la cartografía de la época. De haber persistido en su rumbo hubiese llegado a
Río de Janeiro.
Pero Cristóbal Colón hizo virar sus naves y
retomar los derroteros ya conocidos. Es que el "grandísimo mudamiento en
el cielo y en las estrellas", como lo llamase en su "Diario", lo
convenció de estar al borde del Purgatorio y cerca del Paraíso al que Dante
situaba en una cima que no podía estar muy lejos. Y "a lo más alto del
mundo no puede llegar nadie sino por Voluntad Divina".
Su turbación es aun mayor cuando, mirando en su
astrolabio, se convence de que el cielo "descendía" a medida que
navegaban hacia el sur, "grandes indicios son estos del paraíso
terrenal".
Pero aún hay más: en carta a los Reyes Católicos
de España se rectifica de su convicción de que la Tierra fuese redonda. En
ese notable tercer viaje, tan revelador, descubre que su forma "es la de
una pera con el pezón hacia el sur" (39, 140).
2. UN FABULADOR EXITOSO
El florentino Américo Vespucio fue un marino que no alcanzó a cumplir sus sueños de conducir una expedición al Nuevo Mundo. En las cuatro flotas que integró su rango mayor fue el de "piloto", inferior al de almirante, capitán o maestre.
Pero Américo era un fabulador al que no le faltaba audacia para
inventarse una vida de éxitos. Los clientes de las fondas de muchos puertos,
de uno y otro lado del océano, se habían ya acostumbrado a escuchar con sorna
o indiferencia sus fantasiosos relatos que lo tenían por héroe.
-No miente, inventa -había dicho alguien, quizás piadosamente, y
los demás soltaron la carcajada haciendo chocar sus jarros salpicantes de
ron.
Quizás buscando mejores vientos para su vida opaca, escribe a su
poderosísimo compatriota, el soberano de Florencia, Lorenzo de Médicis.
En su carta falsea la realidad, acaso involuntariamente, pues había
terminado por creer sus propias fabulaciones acerca de sus hazañas. Imagina
haber sido el comandante de cuatro expediciones a las tierras nuevas del
Occidente, donde habría encontrado inmensas riquezas en oro, plata y
esmeraldas. Aunque eran muchas más las que podrían arrancarse de contar con
el apoyo de alguien inteligente y audaz como algún magnífico príncipe
florentino...
Divagando en su confusión entre deseo y realidad, Américo describe un
viaje hacia el sur del Ecuador, recorriendo las costas brasileñas, hasta el
paralelo 32, y desde allí otras quinientas leguas mar abajo hasta alcanzar una
isla de imposible identificación. De haber sido esto cierto, Vespucio hubiese
descubierto el Río de la Plata,
las Malvinas y las Georgias, hasta vislumbrar el continente antártico.
Pero lo más impactante era que afirmaba haber sido él quien
descubriese las indias, esas tierras de exuberancia con las que se chocaba
navegando hacia el poniente de Europa. Tierras de las que
comenzaba a dudarse que fueran las regiones asiáticas desde donde llegaban las
telas, las joyas y las especias que tanto demandaban los nobles y los burgueses
europeos, a través de vías terrestres entonces cortadas por la invasión
otomana.
Lorenzo de Médicis
dio crédito a los embustes de su compatriota y, amante de las artes, ordenó
que fueran bellamente publicados en 1504. Lo que no habían hecho los Reyes de
España con los informes de Colón, seguramente por razones políticos y
militares, para no despertar prematuramente la codicia de otras potencias.
Cuando en 1507 el científico alemán Martin Waldssemuller publica su
Cosmographie Introductio sólo
tiene sobre su escritorio la traducción francesa de la carta al príncipe.
Fue inevitable, entonces, el bautismo: “En el sexto clima -escribió-
hacia el polo antártico, está situada la parte del globo que, habiendo sido
descubierto por Americus, puede ser llamada `tierra de Américus' o `América'”{140, 170).
3. GENTE ARRANCADA Y DISLACERADA
"Irán ángeles veloces en barcos alados y vasos de árboles sobre
las aguas, a una tierra que está más allá de los ríos de Etiopía, a una
gente arrancada y dislacerada, a un pueblo terrible, después del cual no se
hallará otro; gente que ha mucho que está esperando, y hollada, y cuya
tierra han robado las aguas".
En 1501, Colón escribe a sus Reyes: "Para la hesecución de la
inpresa de las Indias no me aprovechó razón ni matemática ni mapamundos:
llenamente se cumplió lo que dijo Isaías" (39).
4. LOS DIENTES EN LA VULVA
En sus mitos, los matacos, pobladores de la selva chaqueña, relatan la
destrucción del mundo por una inundación o por un gran incendio.
Suponen que las mujeres eran, en principio, habitantes del cielo que
descendían subrepticiamente para robar la comida de los hombres. Como tenían
dientes en la vulva, fue necesario que Tokywáj, un personaje civilizador, los
rompiese para hacer posible el acto sexual y la reproducción.
El propio Tokywáj puso término al tiempo paradisíaco en cual no
existían la muerte, las dificultades de la caza y de la pesca, tampoco la
enfermedad; pero estableció los procedimientos terapéuticos, que estarían a
cargo de un médico brujo capaz de contrarrestar la actividad maligna de otros
hechiceros o de ciertos seres sobrenaturales y poderosos (106, 140).
5. AMERICANOS I
Para hacer lo que se hizo fue necesario poner en
duda la condición humana de los habitantes del Nuevo Mundo.
A ello contribuyó Colón, imaginativo y deseoso
de provocar aun más escándalo con su "descubrimiento", cuando en
su "Diario" se refiere tres veces a seres "de un solo ojo",
como el cíclope griego.
Asimismo, sin rubor, afirma que "vido tres
sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las
pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara".
No termina ahí la cosa, pues don Cristóbal, en
una de sus cartas a Gabriel Sánchez le cuenta que a "la gente con
cola" podía encontrársela en la parte poniente de la isla Juana, en la
provincia llamada Nuan, "adonde nace esta gente". En su segundo viaje
le llegó el conocimiento de que "en Mangi todas las gentes tenían rabo de
más de ocho dedos de largo".
Al Almirante no le faltaron informantes, y él
consignaba las noticias en su "Diario": lejos de "La Española",
ciudad por él fundada, había seres "con hocico de perros que comían los
hombres y que tomando uno lo degollaban y le bebían la sangre y le cortaban
su natura".
Era indudable que el humanitario espíritu español imponía que se ocuparan y se cristianizaran esas tierras habitadas por monstruos. Y tan ricas (30, 40).
6. EL ANCHO RÍO DE LA MUERTE
-El agua es dulce, capitán -le había advertido
uno de tripulantes.
Solís y sus carabelas ingresaron en la anchura
esperando que fuese la tan buscada conexión entre el Atlántico mar del Sur
descubierto en 1513 por Núñez de Balboa. La inmensa franja de tierra
desconocida, que al principio fuese confundida con la India, aparecía ahora, en
1516, como incierta promesa de riquezas pero también como un colosal obstáculo para el objetivo principal: llegar a Oriente por vía
marítima.
La advertencia de su marinero lo convenció de
que se trataba del estuario de un río, de inimaginable amplitud, que no
figuraba en ninguna carta. Lo bautizó, con lógica irrefutable, “Mar
Dulce".
Valía la pena explorarlo. Costeó la orilla
oriental, recalando en la isla San Gabriel, frente a la actual Colonia, donde
reparó sus ajetreadas naves. Luego descendió en otra isla cercana para
enterrar a su despensero, Martín García, con cuyo nombre bautizó el lugar.
-¡Capitán, salvajes! -gritó el vigía,
encaramado en lo álto del mástil, apuntando hacia la orilla.
Algunos indígenas hacían señas a los españoles,
mostrándoles regalos que brillaban al sol, depositados sobre la arena. Con
rostros sonrientes los invitaban a desembarcar, mientras en sus manos agitaban
collares y pulseras que centellaban con reflejos de oro y plata. Además, lo que
era aun más tentador para los famélicos exploradores, portaban canastas rebosantes
de panes, frutas y pescados.
¡Baje al agua!
-ordenó Solís.
Ocho tripulantes descendieron con él. Mas no parecieron ser
necesarios. Minutos después los que quedaron a bordo observaron aterrorizados
cómo los nativos, perdiendo su amabilidad, se abalanzaron sobre don Juan y los
suyos y los mataron rápidamente.
Luego, ante sus ojos despavoridos, los descuartizaron, los hirvieron y
los comieron. Seguramente un ritual para "apropiarse" de ese poderío
de pieles de metal bruñido, de velámenes que tapaban el sol, de palos que
desafiaban a los dioses con sus truenos.
Cabe reivindicar la lucidez de nuestros antepasados americanos, los
querandíes, quienes no dudaron de que esos intrusos tan impresionantes no podían
ser sino enemigos.
Tan diferente a lo de los aztecas al llegar Cortés y los suyos:
"Id con prisa y no os detengáis; id y adorad en mi nombre al dios que
viene, y decidle, acá nos envía vuestro siervo Mocthezuma, estas cosas que aquí
os traemos os envía, pues habéis venido a vuestra casa que es México" (48, 49, 87).
7. CONFUSIONES Y MENTIRAS
Los americanos son llamados “indios” por una confusión. Y “América”
es así bautizada por una mentira.
El amo lo es también por adueñarse de las palabras.
Una de las carabelas pequeñas de la expedición de Solís, que
navegaba rezagada, naufragó frente a la isla de Santa Catalina donde quedaron
sus 18 tripulantes. Entre ellos, Alejo García.
Poco se sabe de él, ni siquiera si era español o portugués, ni
tampoco su cargo en la armada de Solís. Debió ser un marinero oscuro, cuyo
temple se revelaría en las horas de prueba. Se hizo caudillo de la pequeña
colonia de sobrevivientes, cultivó buenas relaciones con los indígenas, y por
ellos supo de una tierra o montaña de plata que habría en el interior, regida
por un monarca tan adornado de plata que lo llamaban "El Rey
Blanco".
García, con algunos animosos compañeros y numerosos indios de raza
guaraní, quiso llegar a ese reino. Salen de Santa Catalina en 1521,
desembarcan en el continente, cruzan las selvas brasileña y misionera, luego
los ríos Paraná y Paraguay y entran al Chaco. En un viaje asombroso alcanzan
los contrafuertes andinos, donde encuentran abundantes metales, especialmente
plata extraída del cerro Potosí.
García cargó en indios, que había reducido a la esclavitud, un
fabuloso tesoro y emprendió el regreso. Pero al cruzar el Chaco fue muerto con
sus compañeros por los feroces payaguás.
Algunos guaraníes sobrevivientes consiguieron regresar a la isla de
Santa Catalina y por ellos se supo del extraordinario viaje y de la riqueza
argentífera de las tierras al norte del "Mar Dulce".
Comienza así la irresistible leyenda de "El Rey Blanco", del
reino de la plata que bautizará a nuestro país ("república argentina”),
el mayor de nuestros ríos (“río de la plata”),
y hasta nuestra moneda de cambio (“plata” por dinero).
Buenos Aires, Tucumán y otras ciudades serán fundadas como puntos de
recalada en el camino hacia el Potosí. Y nuestra existencia, en sus orígenes,
estará signada por el contrabando que abastecerá a los dominios de “El Rey
Blanco” (1, 45, 140).
9. COMO LOBOS RABIOSOS
"Todo cuanto se ha hecho en todas aquellas Indias ha sido
perpetrado contra todo derecho natural, divino y humano" (fray Bartolomé
de Las Casas).
Parecidas eran las denuncias y exigencias de los frailes de La Española.
En una larga carta fechada él 4 de junio de 1516, dominicos y franciscanos
relataban al Rey cómo en los dos primeros viajes colombinos los indios
recibieron a los españoles como "si fueran ángeles" mientras que
ahora éstos se comportaban "como lobos rabiosos entre los corderos
mansos".
De más de un millón de indios, apenas quedaban doce mil. "La
gente se iba apocando y la codicia de los cristianos creciendo". Los
frailes elevaban graves acusaciones contra las autoridades presentes y pasadas,
la manera irracional como se repartían los indios entre los españoles y la
falta de ejemplo cristiano a los naturales ya bautizados, porque los españoles
"se han servido de ellos como de brutos animales".
"¿Quién -exclamaban- después de tantas fatigas podía ser apto
para propagar la especie? (...) Todo cuanto aquí poseen los cristianos ha
salido de las entrañas, del sudor y de la sangre de los indios" (58, 89).
10. NO SON DIOSES
Ni sus sacerdotes ni sus historias sagradas hablaban de dioses tan
crueles ni codiciosos. Sí, de su inmortalidad.
Los americanos de la isla Boriquén apresaron a un soldado de
apellido Salcedo y lo ahogaron cuidadosamente en un río.
Luego lo tendieron sobre la orilla y acuclillados a su lado, en
silencio, aguardaron varios días. Salcedo no resucitó y comenzó a descomponerse
con pestilencia. Como si fuera uno de ellos.
Un coro de alaridos de guerra se elevó hacia el cielo: los llegados
del mar no eran dioses (143).
11. LA BULA PAPAL
"Haciendo yo diligencias para entender de ellos, de qué tierras y de qué gentes pasaron a la
tierra en que viven, hallélos tan lejos de dar razón de esto que antes
tenían por muy llano que ellos habían sido creados desde su primer origen en
el mismo Nuevo Orbe, donde habitan, a los cuales desengañamos con nuestra fe,
que nos enseña que todos los hombres proceden de un primer hombre" (J.
de Acosta).
Aparentemente, Paracelso (1490-1551) fue el primero en afirmar, en un
libro perdido, que Dios habría creado un segundo Adán para el Nuevo Mundo.
Pero antes hubo que dilucidar si los americanos podían ser
considerados seres humanos. No pocos argumentaban -sólo así podía
justificarse la masacre y la esclavitud- que strictu sensu no eran hombres sino
"seres con apariencia de hombres".
Fue necesario que transcurriera casi medio siglo desde el desembarco de
Colón para que, el 9 de junio de 1537, una bula papal estableciera que los del
Nuevo Mundo eran "verdaderos hombres, racionales y dotados de un alma"
(3, 139).
12. A VUESTRA COSTA Y MISIÓN
La tierra de Indias pertenecía al Rey de España
por cesión del Papa, y por lo tanto su conquista y colonización sólo podían
hacerse por iniciativa o licencia del monarca. Pero la Corona, mal administrada
y empeñada en guerras europeas, siempre estuvo escasa de fondos para acometer
la empresa. De allí que el Consejo de Indias dispusiera con inevitable
prudencia "que ningún descubrimiento, navegación, ni población se haga a costa de Nuestra Hazienda",
pues la experiencia demostraba que las operaciones fiscales "se hacían
con mucha costa e menos cuydado" que las empresas particulares.
Del deseo de aunar el interés privado con el de
la Corona, nació la institución de los "adelantados".
En 1534 se difunde la extraña noticia, en la
corte real de Toledo y también en los puertos que miran hacia América: una
expedición se prepara hacia el tenebroso Río de la Plata. A pesar de los
horripilantes relatos de mutilaciones y antropofagia, aderezados por el morbo,
que de allí llegan.
Difícil es comprender que la meta no sea el México
o el Perú, donde ya muchos se han enriquecido y donde tanto oro y tantas
piedras preciosas quedan aún en poder de sus nativos.
El pregón lo firma don Pedro de Mendoza, noble
y riquísimo, quien, gravemente enfermo, yace postrado en una cama desde hace
tiempo, añorando sus hazañas en la conquista de Roma.
En su "capitulación", concedida por
su compañero de juegos infantiles, el rey Carlos V, éste hacía notar que le
daba el adelantazgo a su gentilhombre de cámara "a su insistencia", cubriendo su responsabilidad por los riesgos que habría de correr allí.
La jornada sería "a vuestra costa y misión sin que en ningún
momento seamos obligados a Vos pagar ni
satisfacer los gastos"; recibía el título de adelantado, con los cargos
de gobernador y capitán general "por todos
los días de vuestra vida"; tendría el salario de dos mil ducados
anuales a más de otros dos mil de ayuda de costas pero a pagarse
"de las rentas e provechos a Nos pertenecientes"; construiría
tres "fortalezas de piedra" en los sitios que creyese conveniente
"para guarda e pacificación de la tierra". Se le recomendaba
especialmente "poner celo en el buen trato y adoctrinamiento de los
indios” y hacerse asesorar en todos sus actos por clérigo "señalados
por Mí, que irán en la jornada".
Reclutaría la "gente" por pregones en Sevilla y los puertos andaluces,
pudiendo repartirles tierras e indios "de acuerdo con las leyes", y
reservarse para sí un feudo de diez mil indígenas "con tal que no sea en
puerto de mar ni cabeza de provincia".
Repartiría con la "gente" los cuatro quintos de "los
tesoros, oro y plata, piedras y perlas que se hubieren por vía de
rescate", correspondiendo el quinto restante al monarca; si los conseguía
por vía de batalla la Real Hacienda se incautaría de la mitad, quedando a los
conquistadores solamente los cuatro quintos de la otra mitad, seguramente como
medio de evitar pillajes y saqueos.
Daba franquicias impositivas al adelantado y sus pobladores; les
permitía llevar "del Brasil, Cabo Verde o Guinea" doscientos esclavos
negros para ocuparse de las tareas inferiores; y ponía la condición de tener
un médico, un cirujano y un boticario pagados por el peculio del adelantado. El
emperador designaría los alcaldes y regidores para administrar justicia o
vigilar como tesoreros y contadores la percepción y custodia del quinto real.
Si la "pacificación
se concluía de manera satisfactoria, el adelantado optaría al título de
conde" (46, 65, 140).
13. NI FARAÓN NI LOS EGIPCIOS
Basta leer el informe presentado en 1517 por fray Pedro de Córdoba
para comprender que la corona española no podía permanecer indiferente ante
las denuncias que llegaban de América.
Los españoles, acusaba el fraile, "no poblaban sino despoblaban"
las Indias. "Han tenido mucho cuidado y diligencia de hacerles sacar oro y
labrar otras haciendas y sufrir el ardor del sol en cueros vivos, sudando la
furia de los trabajos, no teniendo a la noche en qué dormir sino en el suelo,
no comiendo ni bebiendo para sustentar la vida, matándolos de hambre y de
sed. Las mujeres han trabajado y trabajan en esta tierra tanto y más que los
hombres y así desnudas y sin comer y sin camas, y aun algunas preñadas y
paridas, que Faraón y los egipcios aún no cometieron tanta crueldad contra
el pueblo de Israel".
Fray Pedro consideraba que "más de un cuento (un millón) de
vasallos han sido destruidos" y, refiriéndose a la teoría de la
convivencia entre los indios y españoles como medio de la evangelización,
exclamaba: "¿Cómo podrá enseñar la fe al infiel aquel que para sí no
la sabe y, lo que es peor aún, no la obra?" (58).
14. LA CIUDAD DE LOS CÉSARES
La leyenda de "El Rey Blanco" hace que Sebastián Gaboto
abandone el objetivo de su expedición: encontrar el paso que comunicaría ambos
océanos.
Es en la isla Santa Catalina donde no sólo escucha a quienes acompañaron
a Alejo García sino que también tiene en sus manos y ante sus ojos las pruebas
de la riqueza argentífera del reino por tantos soñado.
Escucha también que un anchuroso "río de Solís", hacia el
sur, lo conducirá directamente hacia el soberano que lo
recibirá sobre un impresionante trono de plata y
su cuerpo recubierto de joyas que compiten en su brillo con la luna.
Gaboto sólo encontrará sufrimiento, miseria y hambre. Esta última
será tanta que Diego Ramírez, en 1528, uno de los acompañantes, escribirá:
"El que podía haber a las manos una culebra o víbora, pensaba que tenía
mejor que comer que el rey”.
No sólo debió enfrentar la aguerrida hostilidad de los bravos
payaguás, que diezmó sus filas, sino también sublevaciones de los propios,
agotados y decepcionados. Entre ellos la acaudillada por Francisco del Puerto,
el único sobreviviente de los descendidos a tierra con Solís, quien pagó su
osadía con la horca.
Gaboto regresó a España y debió oblar una fuerte indemnización a
quienes habían solventado su viaje, los que no le perdonaron el cambio de rumbo
original. También perdió su rango de "piloto mayor" y fue ejemplo de
quienes consideraban al Río de la Plata como "un infierno en la
Tierra".
Pero a alguien, de la misma expedición, pareció irle mejor.
Después
de 1530 se extiende por el sur de América y toda Europa la leyenda del capitán
Francisco César, que habría llegado con un grupo de españoles a una ciudad
maravillosa, edificada en mármol y oro, donde la existencia transcurría tan
placentera que nadie había querido volverse. Los indios daban falsas noticias
situándola en los cuatro horizontes: la "ciudad de los Césares"
-como "el Dorado" de Nueva Granada, el imperio del "Rey
Blanco" del Alto Perú y "Trapalanda" del estrecho de
Magallanes- será uno de los imantados espejismos de la Conquista, provocando
ilusión y muerte.
La sola verdad era que el capitán Francisco César, a las órdenes de
Gaboto en la fundación de Sancti Spiritus en 1528, se ausentó para reconocer
la región y regresó tres meses más tarde asegurando haber llegado a "una
cordillera que viene de la costa del mar y corre hacia poniente hasta juntarse
con la grande cordillera de Perú y Chile".
Allí habría topado con un príncipe muy rico que lo agasajó espléndidamente.
Según Ruy Díaz de Guzmán, el cronista, César llegó efectivamente a una
ciudad riquísima, y como al regresar a Sancti Spiritus, el primer asentamiento
español fundado en nuestro territorio, lo encontró destruido, decidió volver
a aquélla. Que no sería otra que el Cuzco, riquísimo centro de la cultura
incaica (9, 46, 108, 140).
15. PACIFICACIÓN
Las ordenanzas reales prefirieren
el término "pacificación" al de "conquista":
"E mandamos q. estos asientos no se den con título e nombres de
conquistas, pues aviendose de hazer con tanta paz e caridad como deseamos, no
queremos q. el nombre dé ocasión ni color para q. se pueda hazer fuerza ni
agravio a los indios" (151).
La pacificación empezaba, por lo menos teóricamente, con un discurso
dirigido a los indios. El Capitán de la entrada o expedición, o quien él
designara, debía requerirlos, previamente a la lucha, que en paz aceptaran el
señorío del Rey, dueño de aquellas tierras por gracia y donación del Papa.
Juan de Oviedo, veedor de minas y fundiciones de oro en la expedición
de Pedrarias Dávila, nos da una versión completa del documento que debió
leer en su propia lengua castellana a los indios de Santa Marta. Es de
imaginar lo que habrán comprendido...
"De parte del muy alto e muy poderoso e muy católico defensor de
la Iglesia, siempre vencedor y nunca vencido el Grand Rey Don Fernando (quinto
de tal nombre), Rey de la España, de las dos Secilias e de Hierusalem, e de las
Indias, islas y Tierra-Firme del Mar Océano, etc., domador de las gentes
barbaras; e de la muy alta e muy poderosa señora la Reyna Doña Johana, su muy
cara e muy amada hija, nuestros señores: Yo, Pedrarias Dávila, su criado,
mensagero e capitan vos notifico e hago saber, como mejor puedo, que Dios,
Nuestro Señor, uno e trino crió el cielo e la tierra, e un hombre e una muger,
de quien vosotros e nosotros e todos los hombres del mundo fueron e son
descendientes e procreados, e todos los que después de nos han de
venir..."
El amonestador sigue "explicando" a los indios el origen de la autoridad del Papa y de cómo éste le hizo donación al Rey de España de las nuevas tierras descubiertas por Colón. Les ruega y requiere que apresten su pacífica obediencia a la Iglesia, al Papa y a ellos, comprometiéndoles, en cambio, todos los beneficios de su buena voluntad.
Si la sumisión exigida no fuese la respuesta, el documento no ahorra
ásperas amenazas de guerra y esclavitud, que inevitable y fatalmente era lo que
seguía a la lectura. Cuando la misma llegaba a realizarse.
El padre de Las Casas cuenta que cuando los españoles querían asaltar
un pueblo indígena marchaban calladamente hasta llegar a muy corta distancia.
"Y allí aquella noche entre sí mismos, en susurros, se apregonaban o leían
el dicho requerimiento diciendo: `Caciques y indios de esta tierra firme, de
tal pueblo, hacemos os saber que hay un Dios, y un Papa, y un Rey de Castilla,
que es señor de estas tierras, venid luego a le dar obediencia, etc., y si
no, sabed que os haremos guerra y mataremos y captivaremos..."'
Si, excepcionalmente, los intérpretes facilitan la comprensión a
los indios, éstos, según el citado Oviedo, saben responder con burlas y
amenazas a los términos del documento: "( ...) respondiéronme: que en lo
que decía que no había sino un Dios y que este gobernaba el cielo e la tierra
y que era señor de todo, que les parecía bien y que así debía ser, pero en
lo que decía que el Papa era Señor de todo el universo en lugar de Dios, y
que el había hecho merced de aquella tierra al Rey de Castilla, dijeron que el
Papa debiera estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo; y que
el Rey que pedía y tomaba tal merced, debía ser algún loco, pues pedía lo
que era de otros" (54, 143).
16. AMERICANOS II
La carta de América del Sur de Arnoldus
Florentinus van Langren (1595), anima sus espacios con las historias que
día a día iban llegando a Holanda.
Sus detalles hacen saber al viajero, no sólo cómo es el estrecho de
Magallanes, sino también dónde encontrar a los habitantes de la Tierra del
Fuego, en el "patagonum regio", "gigantes de nueve, incluso de
diez pies de alto, y pintan sus rostros con varios colores que extraen de
diversas hierbas."
Antonio Pigafetta, cronista de la epopeya magallánica, habla de uno de
ellos. Era tan grande que "nuestra cabeza alcanza apenas a su cintura. Era
de una hermosa, estatura: su rostro era ancho i teñido de rojo, los ojos
estaban rodeados de amarillo, i sus mejillas tenían dos manchas en forma de
corazón. Sus cabellos, que eran mui reducidos,
parecían emblanquecidos con algún polvo. Su vestido, o mejor dicho, su
capa, era hecha de cueros de un animal que abunda en este país. Este animal
tiene la cabeza i las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de
ciervo i la cola de caballo, i relincha como este".
El italiano continúa la historia: Magallanes recibió afablemente al
gigante y lo puso delante de un espejo, "lo que le causó horror y
retrocedió tan espantado que echó al suelo a cuatro de nuestros hombres que
estaban detrás de el". Uno de esos personajes fue bautizado con el nombre
de Juan Gigante, "se quedo varios días a bordo y le gustaba comerse los
ratones de la nave" (125, 139).