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Descripto por primera vez en el capítulo LII de “Les Singularités de
la France Antarctique” de André Thevet, el “haut” es uno de los
americanos más difundidos en Europa. “Tiene el tamaño de una mona de Africa,
el vientre colgante y una cabeza parecida a la de un niño. Cuando se la captura
suspira como un niño acongojado (...) . Además a esta bestia nunca se la ha
visto comer”.
No había dudas: seres tan extravagantes debían ser humanizados. Aunque
a veces fuese necesario emplear malas maneras... (139, 164).
El
cráneo seccionado de Pedro de Valdivia, gobernador de Chile, convertido en vaso
para la “chicha”, era el más preciado trofeo que en sus fiestas mostraban
los “araucanos”.
El
infortunado conquistador había sido herido en batalla y luego apresado.
Primero
le echaron tierra mezclada con polvo de oro en su boca y lo baquetearon como a
un arcabuz, para que se hartara de aquello que con tanta inmisericordia buscaban
los llegados desde allende los mares.
Luego
se lo fueron comiendo de a bocados, minuciosamente, manteniéndolo vivo durante
tres días.
No es de extrañar que Rodrigo Quiroga, gobernador de Chile después de
Valdivia, al caer enfermo durante una de sus campañas contra los
“araucanos”, rogaba “que en algún arroyo de los que por allí había le
hiciese enterrar, apartando el agua, y volviéndola a echar después por encima
del cuerpo, porque los indios no le pudiesen hallar, ni le llevasen”.
Su postrer precaución es explicada por Aguado de los Musos: “(...)
porque esta malvada gente es tan caníbal, o a lo menos lo era en este tiempo,
que por comer de un español cavaban todo un campo donde presumieran estaba
enterrado, sólo por haberles dado a la imaginación que comiendo ellos carne de
españoles habían de ser valientes y animosos guerreros” (52, 143).
Cuando
se alejó de Buenos Aires, con proa hacia el estrecho de Magallanes para
extender sus redituables correrías al océano Pacífico, Francis Drake recorre
la costa argentina y echa el ancla en el golfo de “San Julián”.
Allí el caballero inglés, además de reparar sus naves y abastecerse de
agua, aprovecha la misma horca en la que Magallanes había colgado a sus
amotinados, para ajusticiar a un capitán insolente (102).
“Hijosdalgo,
libre de mala raza como de moros y judíos” –así lo definió el cura
mercedario fray Nicolás de Medina, tan antisemita y racista como casi todos los
españoles de su época – el andaluz Francisco Solano tuvo desde su infancia
vocación misionera. Solicitó a sus superiores ir a Berberia “a padecer
martirio”, pero como su solicitud no fuese aceptada, “determinó de buscar
las partes más remotas de Indias para conseguir sus intentos”, atestiguaría
fray Francisco Torres, su compañero de andanzas, durante el proceso de
canonización del Santo.
Cuando
fray Francisco Solano llega al Tucumán, en 1590, cinco minúsculas ciudades
pueblan su extenso territorio: Santiago del Estero, Córdoba de la Nueva Andalucía,
San Miguel del Tucumán, Nuestra Señora de Talavera del Esteco y Lerma en el
valle de Salta. Poco tiempo después se fundarían “Todos los Santos de la
Nueva Rioja” el 20 de mayo de 1591, donde el Santo haría muchos prodigios.
Dos años más tarde nace “San Salvador de Velazco”, en el valle de Jujuy.
Es
destinado como “doctrinero” en las encomiendas de “Socotonio”
y “Magdalena”. Los indios hablaban dialectos incomprensibles lo que
dificultaba grandemente su evangelización, como sucedió en toda América. Sin
embargo ello no fue problema para el fraile franciscano quien, según fray Juan
de Castilla, “las supo, aprendió y entendió en tan breve tiempo y tan
elegantemente que para los indios no era posible, sino que era hechicero, pues
en sus propios vocablos los contradecía”.
Fray
Francisco llevaba siempre consigo un primitivo instrumento musical, el
“rabel”, un arco con una cuerda tensada que se ejecutaba con un palito. No
hay referencias de que fuese un ejecutante virtuoso, pero le servía para acompañar
sus cánticos religiosos, que era fama, amansaban milagrosamente indios y
animales.
En
su andar por el Tucumán, siempre a pie y excepcionalmente a lomo de mula, el
fraile recaló en el convento de Talavera del Esteco. Allí el padre Castilla
fue testigo de los correctivos corporales que se infligía el Santo, tanto que
se admiraba mucho de que cuerpo humano aguantase tantos azotes “estando tan
flaco y debilitado”. También “vio muchas veces que traía puestos grandes
cilicios, y algunos de cerdas, que son asperísimos y de grande aflicción para
la carne, más que el hierro”. Y como si esta penitencia no bastase, “todo
el dicho tiempo ayunaba con grandísima admiración de este testigo”.
El
azote fue protagonista de un hecho considerado milagroso y que ocupó los folios
473 y 473 del expediente vaticano.
El
Jueves Santo del año 1593 la ciudad de “Todos los Santos de la Nueva
Rioja”, se vio invadida por “cuarenta y cinco caciques con su gente.” Eran
los temibles “diaguitas” que tantas sublevaciones protagonizaron.
Los
vecinos del minúsculo poblado se prepararon para la defensa aunque sin mayores
esperanzas. El ataque parecía inminente e inevitable.
Fue
entonces cuando hizo su aparición fray Francisco Solano tocando su rabel y
entonando salmos como si nada grave sucediese. Terminado su canto “hizo a los
indios un sermón” –testificó su compañero de evangelización y de Orden
franciscana, fray Juan Nuñez- “no sabe en qué lengua era porque todos le
entendían, así españoles como indios”. Luego, ante los azorados nativos,
comenzó a flagelarse con saña mientras gritaba que en “noche como aquella de
Jueves Santo habían azotado y muerto a Nuestro Señor
por nuestros pecados.”
El
efecto fue mágico pues aquellos indios feroces, de ser cierto lo atestiguado,
“pidiendo en masa el Santo Bautismo y con muchas lágrimas se desnudaron las
camisetas y unos con “guascas” y otros con lo que hallaban se iban azotando
todos”.
Espectáculo
imponente, sin duda (17).
Para enfrentar a los arcabuces, a los caballos y a las ballestas de los
invasores, los indígenas aguzaban su ingenio.
El relato es de Fernández de Oviedo, testigo presencial, tratando de los
indios de “Huyapari”: “Delante de su escuadrón traían dos mancebos con
fuego en unos tiestos a manera de cazuelas en la una mano y en otra ají molido;
y echábanlo en el fuego, para que como estaba a sobreviento, diese el humo a
los cristianos en las narices, lo cual no les daba pequeño empacho, porque
luego aquel sahumerio hace desatinar a causa que se den muchos estornudos”
(54, 143) .
Relata
fray Reginaldo de Lizárraga en su libro “Descripción breve del Reino del Perú,
Tucumán, Río de la Plata y Chile” (1605), y lo reproduce Félix Luna en su
“Historia Integral de la Argentina”, que decidido el virrey Francisco de
Toledo a hacer la guerra personalmente contra los indígenas “chiriguanos”,
rebeldes pertinaces a su autoridad, convocó a una reunión en la ciudad de La
Plata (Charcas). Acudieron los oidores de la Audiencia, los cabildantes, los
prelados de las órdenes religiosas y varios letrados. La consulta trataría
acerca de si era lícito o no hacer esclavos a los prisioneros de esa campaña.
El deán Urquijo respondió afirmativamente, por ser ya “de Derecho común, consentimiento de la gente, que si a un enemigo en tal guerra, teniéndolo rendido le puedo quitar la vida, le hago un gran beneficio dándosela al hacerlo mi esclavo”. Pero advirtió que no era lícito hacerlo debido a la prohibición general emanada del rey Carlos V, que mandaba que a ningún indio, por graves que fuesen sus delitos, incluidos la rebelión contra la autoridad o el comer carne humana, los virreyes o gobernadores lo diesen por esclavos.
Toledo argumentó a su vez que la cédula mencionada había sido dirigida
exclusivamente a México, donde hasta el virrey Mendoza tenía muchos esclavos
indios en sus ingenios, pero que no se extendía a otros reinos. Esto convenció
a Urquijo y a los prelados, y casi había concluido la consulta, cuando Toledo
interrogó sobre el mismo asunto a fray Lizárraga, un simple religioso.
El fraile, a quien se creía sospechoso de simpatizar con los “chiriguanos”,
dijo: “(...) Señor, si la ley del Emperador y Rey Nuestro Señor de Gloriosa
Memoria no se extiende en estos reinos, lo que a vuestra Excelencia se ha
respondido se puede justificadamente hacer; pero aunque sea así, Vuestra
Excelencia debe mandar se modere este rigor pareciendo conviene que los niños y
las mujeres inocentes, excepto las viejas, porque éstas son malditas, por cuyo
consejo estos chiriguanos van a la guerra, no se den totalmente por esclavos,
sino que el que los capturase se sirva de ellos toda su vida, no pudiéndolos
vender ni enajenar (...) los demás inocentes queden libres como vasallos de Su
Majestad, para que Vuestra Excelencia los encomiende a quien fuese servido.
“Muéveme a esto porque todos estos reinos se han de reducir a la
Corona de Castilla y en contorno a los chiriguanos hay indios, y lejos de ellos,
que no están reducidos. Pues si estos tales oyeren decir que los cristianos han
hecho esclavos, compran y venden y han destruido a estos como hombres, no
sabiendo la razón y la justicia de parte de S.E. para mandarlo, han de tenernos
más aborrecimiento del que nos tienen y el nombre de cristiano se hace más
odioso”.
“El virrey” - concluye Lizárraga- “dijo que era piadoso mi
parecer, empero, no queriéndolo admitir, mandó al general don Gabriel saliese
a la plaza y con la solemnidad acostumbrada publicase a fuego y sangre la guerra
contra estos chiriguanos, declarándolos y dando por esclavos a todos cuantos en
ella se rindiesen y prendiesen (...)” (102).
En
1609, por providencial designio, el cacique “Arapisandú” cuyos dominios
estaban al borde del Paraná, próximos al “Tericuarí”, se presentó en
Asunción pidiendo audiencia al gobernador. Reclamaba sacerdotes jesuitas para
reducir y adoctrinar a su pueblo.
El
lúcido jefe indígena, convencido de la inevitabilidad inminente de que su
pueblo fuese reducido por algún encomendero español, eligió que dicha tarea
no estuviese a cargo de algún “pacificador” codicioso y bestial.
La
orden de San Ignacio de Loyola había llegado al río de la Plata en 1585 para
cumplir una más que difícil misión: reducir a los indígenas aún rebeldes:
“guaraníes”, en el Litoral, “guaycurúes” y “matacos” del Chaco,
“pampas” en Buenos Aires, entre otros.
En
la mayoría de los casos el éxito obtenido fue escaso pues eran indios nómades,
vagabundos en las grandes extensiones, imposibles de ser asentados. En cambio
con los “guaraníes” su tarea fue memorable, tanto que una de nuestras
provincias lleva el nombre de “Misiones”.
Los
jesuitas estaban convencidos de que la evangelización era lo esencial de la
Conquista. Y que los indígenas eran seres humanos que merecían un trato digno
y la posibilidad de educarse.
Sus
críticos afirmarán que la orden comprendió, con inteligencia, que la reducción
de los americanos era mucho más eficiente y redituable si se le hacía “por
las buenas” y no “por las malas”, que era la tosca metodología aplicada
por los demás “pacificadores”.
Su
labor educativa fue destacable: a ellos debemos la fundación de la primera
universidad de nuestro territorio, la de Córdoba, ciudad desde entonces llamada
“la docta”.
En
contacto con ellos los “guaraníes” aprendieron a descifrar el firmamento, a
pintar bellos cuadros y a tallar magníficas imágenes, además de desarrollar
sus talentos de músicos y artesanos.
Los
curas jesuitas sobresalieron también en la acción misionera. Según sus
panegiristas, en contraste con tanta barbarie conquistadora propusieron una
sociedad humanística caracterizada por el respeto y la igualdad.
El
gobierno de sus misiones estaba, en gran medida, en manos de los indios que
conformaban un cabildo de alcaldes y regidores presididos por un corregidor.
Claro que sus decisiones debían ser aprobadas por un jesuita, el padre Rector.
En la misión de “Candelaria” residía la máxima autoridad de los treinta
“pueblos” radicados en nuestro actual territorio, el padre Superior.
En
cada misión había una escuela donde los guaraníes, niños y adultos, aprendían
doctrina cristiana y primeras letras. Los sacerdotes estaban obligados a
aprender guaraní y allí se hablaba y se enseñaba en la lengua de los
naturales del lugar.
El
trabajo se hacía de buena gana, compartiendo un proyecto en común y todos
esforzándose por ser gratos ante Dios, como opinan sus apologistas.
Tal
eficiente organización no pudo tener otra consecuencia que el rendimiento económico
de los “pueblos” jesuíticos fuese muy elevado, superior al de las
encomiendas vecinas, sobre todo por el concienzudo cultivo de la yerba mate y
del algodón. Ello generó un excedente financiero que permitió a la Orden
participar de importantes emprendimientos comerciales e industriales de aquella
época.
Las
cosas no se presentaron fáciles: por un lado la inquina de gobernantes, obispos
y comerciantes retrógrados, amplia mayoría, que los celaban y que alarmaban a
la Corona ibérica con informes sobre ese “imperio dentro de otro imperio”,
de creciente poderío económico y militar, donde ni siquiera se hablaba el español.
Por
otro, estaban los “bandeirantes”, bandas organizadas de asaltantes que desde
Brasil se internaban en tierras “guaraníes” para capturar indígenas y
venderlos como esclavos en las explotaciones de caña de azúcar de Río de
Janeiro y Pernambuco (23, 50, 60, 61, 79).
En las espadas toledanas de los conquistadores no faltaban las inscripciones: “Sueño del soldado”; “Me enseñaron a vencer y la honra defender”; “Al desenvainar, la honra mirar”; “Siempre en guardia por el honor de mi señor”; “Vencer o morir por mi Rey”; “A Dios rogando y con la espada dando”; “Frente al enemigo, nunca contra el amigo”, “Desenvainar no es matar, envainar no es acobardar”; “El golpe barajo y cuidado con mi tajo”; “Desenvaino nunca en vano”; “Por mi dama y mi Rey, es mi ley”; “No me dejes sin matar herejes”; “Como soy de buen acero, mi amo debe ser fiero”; “Soy de Rodrigo de Alderete, el que cumple lo que promete” (143).
A
pesar de que “en toda aquella provincia y gobernación” – el Tucumán-
“era tenido y aclamado por Santo”, fray Francisco Solano a veces se enojaba.
Tal
sucedió, como lo contó fray Bernardo de Atienza en los procesos de santificación
de 1629, como presagio milagroso, que disgustado fray Francisco por el poco éxito
de su prédica entre los indios de una comarca tucumana, les pronosticó que,
“siendo ellos muchos, se habían de acabar muy en breve”.
Con
ingenuidad o hipocrecía, el padre Atienza confirma que “habiendo salido de
ellos el divino siervo de Dios, se arruinaron y consumieron todos los más de
los dichos indios, teniendo por cierto que fue por la profecía y amenaza del
Santo”.
Es
evidente que lo sucedido fue que al alejarse el respetado franciscano, los
infelices indígenas quedaron a merced de los inescrupulosos encomenderos y sus
doctrineros. Pocos años antes el gobernador del Tucumán, Alonso Rivera, había
escrito a Felipe III: “Cada día va esta tierra en disminución y se van
acabando los indios” (17).
Lanzados
a la aventura americana por codicia, por idealismo o por temple aventurero,
dejaron atrás familia y terruño. Los que no perecieron en algún naufragio,
atravesados por una flecha envenenada o devastados por el hambre y las
enfermedades, a veces lograron hacerse un espacio bajo el sol indiano.
Entonces era llegado el momento de reclamar a sus seres queridos que
atravesaran el océano para reunírseles.
Solía no ser fácil. A veces muchos años habían transcurrido. O los
encantos del escribiente no eran tantos como para justificar viaje tan riesgoso.
Sebastián Pliego insiste. Su esposa, Mari Díaz, ha quedado en Granada.
Si es que no se ha mudado sin anoticiar. Tantos años han pasado. Le escribe
desde Puebla, en 1581, enviando también plata y acompañando precisas
instrucciones sobre vestimentas y utensillos a traer.
Al principio la carta es amenazante: “Y si no venís os juro a Dios y a
esta cruz que no veréis más reales míos ni carta en mis días”. Luego
prueba por el lado de tentarla con riquezas, en versos esforzados: “Vos os
llamáis María/ para mi no hay otra tal/ daros tengo una sortija/ de oro que es
buen metal”. Por fin don Sebastián, otra vez en prosa, se desbarranca en un
enamoramiento culpabilizante: “Mira que sin vos no puedo yo vivir (...) No
digo más, sino que antes que yo me muera os vea con mis ojos. Que las lágrimas
que yo he echado por vos, no me pagaréis con cuanto hay.”
No fue el único.
Pedro Martín escribe a su mujer a la que han ido con cuentos: “(...)
yo os juro por Dios y por esta cruz que os mintieron porque
a más de un año que no sé tal aventura (...) y si yo lo fuera no
viniera doscientas leguas y de más camino por saber nuevas de vos (...)” Don
Pedro culmina con exaltación amorosa: “(...) y sabed que quiero más vuestro
pie muy sucio que a la más pintada de todas las indias” (63).
Su
inquina contra los piratas ingleses era grande. Mayúscula. El patriotismo
encendido de Pedro Sarmiento de Gamboa no aceptaba que sir Francis Drake y los
otros corsarios, sin la audacia exploradora de su España y sin tan desangrantes
inversiones, se apropiasen sin mayor esfuerzos de las riquezas que entregaban
las colonias americanas. Les bastaba con esperar en el medio del océano,
bamboleándose sobre las olas, el paso de los galeones cargados de oro, de plata
y de piedras preciosas. Sin siquiera sufrir los inenarrables infortunios de
tantos conquistadores, muchos de los cuales dejaron sus vidas, cuanto menos sus
fortunas, en esas tierras extrañas y resistentes. Sin contar quienes se habían
subvertido moralmente, ganándose el seguro infierno, cegados por la codicia,
quizás lo único que podía justificar tanto desgarrado sufrimiento.
Fue Sarmiento de Gamboa quien esperó a Drake en la boca del Estrecho, del lado del Pacífico. El “sir” ha saqueado tantas ciudades y abordado tantos galeones que en su bodega ya no cabe, se dirá, “ni una moneda de oro”. Prudente, se desvía entonces hacia el oeste y protagonizará su forzada vuelta al mundo que le valdrá no sólo el reconocimiento de “Caballero” por la Reina en su propio barco, sino que recibirá también el grado de Vicealmirante de la “Royal Fleet”.
La argucia de divulgar que el Estrecho había sido taponado por un peñasco
extrañamente desplazable no había tenido éxito. Se imponía, de ello estaba
convencido Sarmiento de Gamboa, fundar fortalezas y ciudades en sus márgenes
para controlar el tránsito de navíos. Drake se le ha escapado pero no volverá
a pasar por allí.
Convence a Felipe II y zarpa de San Lucas de Barrameda el 25 de
septiempre de 1581 al frente de una imponente flota de veintitrés buques en los
que embarca, además de marineros y soldados, a artesanos, agricultores,
cirujanos. También mujeres y niños. Todo lo necesario para fundar ciudades, a
las que no le faltarán bastimentos, cañones ni animales.
Pero la suerte no espera su llegada a la Patagonia para que tan insólita
empresa comience su calvario: apenas salidos del puerto andaluz una tempestad
destruye cinco de las naves y se ahogan ochocientas personas.
Nuevamente zarpados, una peste letal se abate sobre Sarmiento de Gamboa y
los suyos: más de trescientos cadáveres son arrojados al mar durante la travesía
del océano.
El rosario de infortunios es impresionante: frente al río de la Plata
otra nave naufraga de noche y perecen sus trescientos cincuenta tripulantes.
Otra se ha perdido a la altura del puerto brasilero de “Don Rodrigo”.
Como paradoja de esa expedición contra la piratería, otra carabela es
cañoneada por el corsario inglés Fenton, quien luego la aborda y la incendia.
Sarmiento de Gamboa había contratado como capitán de la expedición a
un experimentado marino, Diego Flores de Valdéz, con quien pronto entra en
conflicto, pues a éste le falta la motivación de aquel y pronto va dejándose
ganar por el desánimo.
También es bajo el espíritu de la tripulación y el pasaje y parecerá
lógico que tres de los nueve buques restantes deserten y entren al puerto de
Buenos Aires.
Serán entonces cinco los que lleguen al Estrecho el 17 de febrero de
1583 pues otro navío ha naufragado en el camino.
A pesar de su pericia, y quizás a favor de su desaliento, Flores Valdéz
no logra entrar en el Estrecho, superado por los vientos y los oleajes
contrarios.
Cuando están ya a punto de regresar a España, vencidos, como por
milagro se les unen cuatro carabelas enviadas por el Rey para reforzarlos y
auxiliarlos en esa operación de elevada importancia estratégica para la
Corona.
Las disidencias entre Flores Valdéz y Sarmiento de Gamboa llegan a la
ruptura: el primero regresará a España con tres naves mientras el segundo,
renovado su entusiasmo, continuará con seis carabelas y quinientas treinta y
ocho personas, contándose mujeres y niños entre ellas, para cumplir
obstinadamente con su quimérica misión: fundar, a fines del siglo XVI,
ciudades en el estrecho de Magallanes, en la inmensidad austral donde imperaban
invictamente el frío, los vientos y la soledad. Donde ni plantas ni animales
podían arraigarse.
Pero al alucinado jefe lo mueve, como él mismo escribiría, “la
determinación de morir o hacer lo que vino, o no volver a España ni a donde lo
viesen, jamás”.
Pero el Destino decidirá a su arbitrio (5, 140).
La lista de los raros personajes supuestamente hallados en América era amplia. Tanta como la avidez por enterarse de los europeos. Es el caso de la “Maravilla del Mar”, “Meerwunder”, supuestamente capturada en las playas de Brasil y que aparece en Alemania en un volante de 1565, ochenta y tres años después de Colón, en la famosa tirada de los “Newen Zeytungen”. Reproducido luego en Aldrovandi, tiene rostro de lobo de mar, cuerpo de huevo, patas de gallináceo, brazos y manos de hombre. Sus partes pudendas son igualmente humanas; hermafrodita, además, porque tiene grandes senos y un sexo masculino ubicado a la altura del ombligo (139).
“Las Casas, y toda una idealizadora historia, no ha hecho otra cosa que mostrarnos una América indígena llena de paz, de bondad y de justicia. Pareciera que la tierra es tan grande que no hay por qué discutir su propiedad, sus riquezas ni el derecho a gobernarla. No habría habido en ella imperialismos ni ambiciones, ni deseos, ni religiones crueles, ni mujeres, ni los mil motivos que provocaban la guerra entre los indios. Pero lo que halló el conquistador era en verdad muy distinto, y también más humano. Se cuidaba celosamente, y se discutía con las armas en la mano la propiedad tribal sobre un territorio de caza; los pueblos del oriente se desplazaban a través de los bosques y los ríos tropicales en procura de las tierras altas y del país de los metales destruyendo, esclavizando y comiendo pueblos enteros; los Incas habían completado su conquista desde Quito hasta el Maule, y cuando asoma Pizarro dos dinastías, una de las cuales está ayudada por un verdadero y evolucionado militarismo, luchan por la borla y la posesión del Cuzco” (50).
Fray Bartolomé, convencido, no ceja en su prédica. Harto de argumentar
ante la Corte y el Consejo en España, acepta en junio de 1543 el cargo de
obispo de Chiapas.
Entró en la ciudad como todo obispo que se precie: “debajo de palio
como hombre que a Su Majestad traía en los pechos y a sus provisiones en el
cofre”. De inmediato puso manos a la obra. Publicó que nadie podría ser
absuelto en el cielo si no concediese libertad a sus esclavos indios.
No atendió a una delegación de la vecindad que se opuso a tal
mandamiento. El deán de la iglesia, Gil de Quintana, procedió a
“requerimientos y protestaciones” por considerar que como comisario de la
bula de la Santa Cruzada tenía autoridad necesaria para absolver a los vecinos
excomulgados. Las Casas le negó ese derecho mandando prenderlo por sus
alguaciles, en vista del desacato a su autoridad. Quintana se opuso, defendiéndose
con su espada y apoyado por toda la vecindad. En vano pidió fray Bartolomé el
apoyo de las autoridades, “y estaba con sobrado enojo y el pueblo con tanta
alteración que ni los unos ni los otros miraron cosa que bien les tuviera”.
El resultado fue la excomunión pronunciada contra el propio Quintana, de
la cual éste hizo poco caso desconociendo la autoridad del obispo y declarando
que sólo estaba sujeto al arzobispo de Sevilla, como comisario general de la
Cruzada.
No fue esa la única resistencia que encontró el humanitario prelado. En
Cumaná sus pobladores reciben con versos punzantes a sus enviados.
“(...) a mis señores
primos,
No penséis acertar estas jornadas
Por vía de halagos y de mimos,
Sino con muy gentiles cuchilladas;
Pues en la tierra donde residimos
La buena paz negocian las espadas:
No veréis amistad en esta tierra
Si no se gana con sangrienta guerra.” (50, 58, 89)
Los
“diaguitas” eran el pueblo indígena más avanzado de nuestro actual
territorio, por influencia de la dominación incaica que aún persistía cuando
los españoles hicieron su aparición en tierras americanas.
Habitaban nuestro noroeste en una ancha franja que iba desde Salta hasta
San Juan, al sur de los “omaguacas” y “atacamas”, y al norte de los
“huarpes” y “comechingones”.
Practicaban la agricultura con habilidad y cultivaban maíz, zapallo,
poroto y papa. Criaban llamas que les eran de ayuda en el transporte y el
acarreo. Grandes tejedoras, las mujeres “diaguitas” fabricaban también
objetos de cuero como petacas y ojotas.
Habían aprendido de los “incas” a fundir metales y utilizaban el
cobre en las puntas de sus flechas.
Su creencia en la supervivencia del alma y la existencia de una instancia
superior para las personas buenas ayudó a los evangelizadores cristianos. También
fue providencial para los encomenderos que los “diaguitas” considerasen
natural pagar tributo, ya que venían haciéndolo con los “incas”.
Pero la dominación de los “pacificadores” pronto se reveló como
mucho más despiadada, lo que aguijoneó el orgullo de esos indígenas, pacíficos
porque habían llegado a dominar el medio en que vivían, de evolución muy
superior a la ignorancia y a la primitivez de otras tribus.
La primera sublevación masiva tuvo lugar entre 1560 y 1563, acaudillada
por Juan Calchaquí, cacique de “Tolombón”.
La situación de los conquistadores intrusos llegó a ser muy
comprometida frente a esos enemigos, ahora hostiles, que se desplazaban con
astucia y que los atacaban con sus flechas terminadas en agudas puntas de cobre,
atrincherados en sus “pucarás” de piedra.
La superioridad en armamento y en estrategia darán el triunfo a los
blancos y a sus indios sumisos y Juan Calchaquí y sus lugartenientes pagarán
con sus vidas.
Pero la región se mantendrá en latente estado de rebelión haciendo que
en 1588 el gobernador Ramírez de Velazco recorra los valles calchaquíes con un
poderoso ejército en una cruenta campaña de “persuasión”.
Lo acompañaba un hijo de Juan Calchaquí.
Ello no impedirá que poco después estallara otra revuelta aún más
vigorosa que las anteriores. Su jefe fue “Viltipoco”, “curaca” de
“Purmamarca” en la quebrada de Humahuaca.
Su ejército llegó a contar con diez mil combatientes y estuvo a punto
de concretarse una alianza con los también bravíos “chiriguanos”, que como
hemos visto fueron luego brutalmente “pacificados” por el virrey Toledo.
“Viltipoco” y los suyos llegaron a dominar gran parte del Tucumán,
aislándolo del resto del virreynato del Perú.
Por fin, una vez más, las traiciones de algunos capitanejos
influenciables y el poderío de los conquistadores lograron imponerse. El jefe
rebelde fue apresado y aunque no se lo mató para no irritar aún más a los
“diaguitas”, se lo dejó morir en la oscura humedad de la cárcel luego de
un prolongado martirologio (11, 57, 76).
No
fue la única vez que supo dominar a un toro bravo. Pero ésta fue
puntillosamente relatada por un testigo, fray Pedro Vildosola Gamboa.
“Se
estaban lidiando toros” en San Miguel del Tucumán, cuando se escapó del
recinto uno muy bravo “que había muerto allí en la plaza, algunos indios y
caballos”. Fray Francisco venía caminando desprevenidamente por la calle,
quizás ejecutando su rabel, y se topó con la fiera embravecida que arrancó,
la cabeza gacha, para empitonarlo.
Ante
la aterrorizada vista del público el Santo “así que lo vido al dicho animal,
no se alborotó aunque pudo entrarse en alguna casa, y solo puso por delante,
cuando el toro se emparejó con él, el cordón de su sayal”.
Fue
suficiente: el toro desvió su carrera y se dirigió hacia “donde Domingo de
Arquinau, dueño de recua, estaba haciendo lavar algunas mulas, de las cuales le
destripó y mató cinco y una quedó muy herida”.
Sin
duda, el tal Arquinau no habrá
quedado muy satisfecho con el milagro...
La
valorización de los hechos prodigiosos no escapa a al condicionamiento de las
épocas. En el siguiente caso, referido también por Vildosola de Gamboa, hay
beneficiados pero también perjudicados, en este caso los indóciles indios “chiriguanos”:
sobre la “chácara” del capitán Juarez de Inojosa, próxima a la ciudad de
Río Hondo, Santiago del Estero, se abatió una depredadora nube de langostas.
Aprovechando
la presencia del Santo le rogaron que “echase
de allí sabandija tan mala.”
Con
la estola al cuello, Francisco Solano amonestó a las langostas: “de parte de
Dios yo os mando que ninguna abráis la boca a comer el trigo, porque me lo habéis
de pagar”.
Quizás
porque no fuese suficiente, el fraile, “de rodillas en el suelo y apuntando
con el dedo a tierra de chiriguanaes, dijo: ‘yo os mando en el nombre de Dios
y de su bendita Madre que os vais a aquellas montañas donde habitan infieles
que no conocen la fe de Cristo y comed de lo que halláredes.”
El
folio 1081, del proceso de canonización, atestigua que las langostas le
hicieron caso, para mal de aquella “nación tan soberbia y belicosa” –
como pocos años antes había escrito el comisionado Cepeda a su Majestad-
“que ni los Incas, con su poder, ni los Virreyes, que estos reinos han
gobernado, los han podido amansar” (17).
Puede
considerarse un muy precoz antecedente de la Revolución de Mayo, 230 años
antes.
Tanto
en Santa Fe como en el resto de los poblados, los españoles monopolizaban los
principales cargos públicos y, por ende los privilegios correspondientes.
Incluso los recién llegados se ubicaban de inmediato como regidores.
Así
a los “mancebos”, los nacidos en América de padres españoles, se les impedía
o postergaba el acceso al Cabildo. Como consecuencia de esto, un bando fijado
clandestinamente por rebeldes intimó a los españoles, salvo a aquellos que
ostentasen el mérito de haber participado en la “conquista y colonización”,
a abandonar Santa Fe.
Pero
en 1580, sin embargo, haciendo caso omiso del reclamo, en la renovación anual
de autoridades del Cabildo ingresaron dos españoles recién desembarcados, sin
ningún otro mérito que su procedencia.
Dirigidos
por Lázaro Benialvo, la airada reacción de los criollos culminó en una
sublevación.
Los
amotinados encarcelaron a las autoridades y designaron a Cristóbal de Arévalo
“Justicia Mayor” y nuevo “Capitán General”, y a Benialvo, “Maestre de
Campo”.
Pero
la incoordinación y los titubeos de los alzados originaron las primeras
desinteligencias internas. El resultado fue el distanciamiento entre Arévalo,
en quien pesaba su condición de hijo de conquistador, y el díscolo Benialvo,
que se mantenía intransigente en la decisión de expulsar a todos los españoles.
Sacando
provecho de la situación, funcionarios adictos al Rey y vecinos españoles
notables lograron en secreto persuadir a Cristóbal de Arévalo de que no
adhiriera al motín, y la traición se concretó con la misma impulsividad con
que el flamante “Justicia Mayor” había apoyado a los criollos.
Arteramente
apuñaló a Benialvo después de una misa “en acción de gracias por el
triunfo de los mestizos”. Luego, acompañando a los funcionarios del Rey y
entre vivas a Felipe II, asesinaron a los amotinados Diego de Leiva, Luis Romero
y Pedro Gallegos. En la plaza, al día siguiente, fue ejecutado Diego Ruiz, y
las cabezas de los rebeldes fueron expuestas en picas para el ejemplo de
aquellos que quisiesen alzarse contra la autoridad.
Nuestra Historia no ha hecho justicia a esta rebelión de los americanos descendientes de españoles en contra de los colonizadores europeos y sus privilegios (80, 140).