Moby Dick, la historia de una ballena

El Teatro Lliure reestrenó Moby Dick, un viaje por el teatro, el montaje con dramaturgia de Marc Artigau y dirección de Juan Carlos Martel Bayod que recibió el premio Butaca 2014 al Espectáculo para Público Familiar. Los integrantes de la renovada Kompanyia Lliure hacen todos los papeles en un montaje móvil, itinerante y muy dinámico. Ideal para toda la familia.

Es difícil (y, ciertamente innecesario) destacar alguno de los miembros de la Kompanyia Lliure en este montaje, puesto que todos hacen sus papeles con entusiasmo y mucho acierto. Júlia Truyol es un Ismael valiente y decidido, Quim Àvila un indio Queequeg elegante y gracioso y Joan Solé un cura que se mete a los niños al bolsillo con su monólogo. Joan Amargós y Raquel Ferri protagonizan una gran escena bilingüe, con rape (que no merluza) incluido, Clàudia Benito es un marinero entusiasta y Eduardo Lloveras un Capitán Ahab imponente.

Una obra interactiva

Otro de los aciertos del montaje es su interacción con el público, ya sea con preguntas directas o teniendo que realizar pequeñas acciones, y también es un gran idea que los espectadores salgan del espectáculo con un mapa (con ilustraciones de Frederic Amat) y no con un programa de mano al uso que, seguramente, cuando llegaran a casa acabaría en la basura.

Como único pero del montaje tengo que mencionar su final, por la importancia que toman las proyecciones en un momento tan vital como este. Hemos visto un espectáculo hecho con inventiva y pocos medios (las resolutivas escenografías planas de Amat) y relegar la aparición de la gran ballena blanca al formato videográfico es realmente una pena cuando, y ahora estoy imaginando, si aparaciera un gran hinchable a buen seguro los espectadores (pequeños y mayores) se quedarían boquiabiertos. Así como al imagen del espectáculo –una bolsa de plástico convertida en ballena– funciona a la perfección por su belleza y su ingenio, confiar en el poder de la imagen proyectada es no conocer demasiado bien los niños de hoy en día. Acostumbrados a interactuar con pantallas todo el día, con lo que realmente flipan de verdad es con todo lo analógico.