EL
AGUILA GUERRERA
CUARTA
PARTE
1.
CUANDO ARGENTINA OCUPÓ CALIFORNIA
Hipólito Bouchard zarpó de Buenos Aires el 9 de julio de 1817 al mando de la fragata "La Argentina", rebautismo del navío "Consecuencia" que él mismo había capturado poco antes a los realistas del Pacífico.
El
periplo fue largo: Madagascar, India, océano índico, Filipinas, Borneo, Java,
Macasar, las Célebes, el archipiélago de la Sonda, siempre con la bandera
argentina al tope.
En
Macasar venció a cinco navíos malayos, y según lo cuenta el mismo Bouchard en
su diario de a bordo, "a la hora y media de fuego y del golpe de las armas,
el capitán de la proa (se refería a un tipo especial de barcos, propio de los
piratas malayos), viendo frustrados sus designios, se dio dos puñaladas y se
arrojó al agua. Lo mismo hicieron otros cinco, y el resto de la tripulación se
defendió muy poco tiempo después".
Luego,
durante dos meses "La Argentina" bloqueó la ciudad filipina de Luzón,
centro del poder español en el Mar de la China. Hundió dieciséis barcos,
abordó otros dieciséis y apresó a cuatrocientos realistas.
La
fama del corsario argentino se expandía velozmente inspirando el terror con sólo
pronunciarse su nombre.
En ruta a Oceanía se detuvo en Hawaii, donde poco antes el rey Kameha Meha se había apropiado ilegalmente de un barco argentino. Se trataba del "Chacabuco", ex navío norteamericano originalmente bautizado "Liberty", que estaba en poder del monarca por haberse sublevado su tripulación. Bouchard habló con Kameha Meha, rescató la nave mediante una indemnización y obtuvo la devolución del cabecilla, que fue juzgado y ejecutado en forma sumaria.
El comandante argentino también firmó un tratado de unión, amistad y comercio con el soberano isleño y logró que Hawaii reconociera la independencia nacional. Fue el primer Estado que lo hizo.
Finalmente
Bouchard volvió a hacerse a la mar y el 22 de noviembre de 1818 la aguerrida
flotilla argentina fondea en la bahía de Monterrey, California, entonces posesión
española.
Bouchard,
sobre "La Argentina", y su subordinado Peter Corney al mando de la
reconquistada "Chacabuco", con una desusada tripulación de criollos y
polinesios, sitiaron la ciudad enemiga.
Las
baterías realistas cañonearon a las naves patriotas, que respondieron el fuego
implacablemente y lograron desembarcar sus tropas de ataque. Al día siguiente
se produjo la rendición de la plaza.
El
diario de Bouchard cuenta que un cobrizo guerrero hawaiano fue quien arrió la
bandera española e izó la celeste y blanca en territorio del que es hoy el país
más poderoso de la Tierra. La ocupación de la Alta California por parte de la
Armada argentina se prolongó por seis días, tiempo que duró el saqueo y la
reparación de las naves.
El
mortífero raid continuó
por las colonias centroamericanas, poniendo en jaque a las armas del soberano
hispánico y apoderándose de los fuertes de San Juan, Acapulco, San Blas,
Sonsonate y Santa Bárbara. Cabe resaltar un combate feroz frente a la costa
nicaragüense, de resultas del cual una flotilla realista fue desmembrada
totalmente por los argentinos.
Es éste el motivo por el cual muchas banderas de las actuales naciones de Centroamérica tienen ostensiblemente la nuestra como base, pues significó para quienes lucharon por sus respectivas independencias, gracias a Hipólito Bouchard, un símbolo altivo de lucha contra el opresor colonial (2).
2.
LOS "DESCAMISADOS"
La
primera vez que esa palabra con tanta significación en nuestra Historia aparece
escrita es en las Memorias del
general Iriarte.
Cuenta
que cierto día, acompañado por Carlos de Alvear, se cruzaron con Dorrego en
una de las calles céntricas de Buenos Aires.
-Caballeros
-les dijo el jefe federal-, les aconsejo que no se acerquen mucho... -Como quien
no quiere contaminar.
Dorrego
vestía un traje ostensiblemente desaliñado y su apariencia era sucia.
Iriarte anota entonces: "Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados" (41).
3.
UNA TORTURA AUTÓCTONA
Uno de los suplicios más atroces puestos en práctica durante la época de las montoneras fue el "enchalecamiento" o "retobo". Un cronista de la época lo describe: "Figúrese el lector un hombre desnudo a quien le envuelven en una ancha faja de cuero de vaca mojado, en forma de chaleco, abrochado por delante, y sobre ésta otra más ancha aún, que le oprime toda la caja del cuerpo y los brazos, colocados en posición vertical sobre los costados. Terminada esta bárbara operación lo ponen al rayo del sol, con cuyo calor se seca lentamente el cuero, que se encoge y va oprimiendo el pecho y pulmones del infeliz retobado, que empieza a sentir los más agudos dolores y que, al cabo de cuarenta y ocho horas, siente agonías de muerte, en tanto que la corrupción se apodera de su cuerpo y comienza a ser devorado por los gusanos" (65).
4.
LOS ASCENSOS DE SAN MARTÍN
Sus
triunfos militares hacían inevitable el ascenso del coronel José de San Martín.
Alvear,
que había accedido al generalato como premio a la toma de Montevideo y por
disposición de su tío, el director Posadas, era renuente a que su adversario
en la logia Lautaro alcanzara su mismo grado. Por ello, el Directorio crea el
insólito grado de "coronel mayor" para el vencedor de San Lorenzo.
Años
más tarde, el Cabildo porteño decide nombrarlo Brigadier General. San Martín,
desde Chile, lo rechaza en El Censor de Buenos Aires: "Estamos en revolución,
y, a la distancia puede creerse, o hacerlo persuadir genios que no faltan, que
son acaso sugestiones mías (...) No atribuya usted a virtud esta exposición, sí
al deseo que me asiste de gozar de tranquilidad el resto de mis días".
Es
que ya estaba escaldado de la infundiosa enemistad de muchos de sus
compatriotas. Especialmente en Buenos Aires (49, 66).
5.
"NO SOY PARA GOBERNAR"
"Aquí me tiene, señor, en el puesto del que me he creído más
distante. Nunca creí que llegase este caso, ni lo deseaba porque no soy para
ello. Yo he tenido mi sistema particular: conozco y respeto mucho los talentos
de muchos de los señores que han gobernado al país, pero a mi parecer todos
cometían un error grande: se conducían muy bien con las clases ilustradas,
pero despreciaban al hombre de la clase baja. Yo comprendí esto y me pareció
que los lances de la revolución habían de dar lugar a que esa clase baja se
sobrepusiese y causare los mayores males. Me fue preciso hacerme gaucho como
ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme su
apoderado, cuidar sus intereses, en fin no ahorrar trabajo ni medios para
adquirir más su concepto. Creen que soy federal; no señor, no soy de partido
alguno sino de la patria. En fin: todo lo que yo quiero es evitar males y
restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto
porque no soy para gobernar" (Carta de Juan Manuel de Rosas a Santiago Vázquez,
13 de diciembre de 1829) (19, 40).
6.
SE VENDE REGIMIENTO
Muerto
Francisco Ramírez, Lucio Mansilla regía provisionalmente los destinos de
Entre Ríos. Buenos Aires reclamaba a dicha provincia, sin mayores esperanzas,
una deuda de 10.000 pesos.
Quien años más tarde fuera el jefe de la gesta de Obligado sabía
que Buenos Aires había quedado menguado de hombres tras su aporte al Ejército
de los Andes. Ahora necesitaba reclutar efectivos para conquistar el desierto
pampeano.
En Entre Ríos, a su vez, no sabía qué hacerse con las tropas
regulares del extinto Ramírez (no mucho más que montoneras), que durante su
vida no habían hecho otra cosa que pelear.
Buenos
Aires comisionó a Juan García del Cossio para negociar la operación. Se
suscribió en Concepción del Uruguay el 9 de noviembre de 1823 y estipulaba
que el gobierno de Entre Ríos remitiría al servicio del Estado de Buenos
Aires "doscientos Dragones, con sus mujeres e hijos, geles, oficiales,
armas y monturas".
Buenos
Aires pagaría 30.000 pesos por estos soldados en la siguiente forma: 10.000 al
contado, otros tantos al año de la aprobación del tratado, y los restantes
10.000 se consideraban pagos con la cancelación de deuda.
A los Dragones incorporados se les reconocerían fueros, grados y
privilegios, sueldos y pensiones "con las demás gracias y ventajas que
por leyes y ordenanzas puedan corresponder y correspondan”.
No existen antecedentes, en la historia mundial, de una compraventa de
esta especie... (51).
7.
"LOS CAPRICHOS DE UN PUEBLO INSENSATO"
El
general Pezuela creyó que podía aprovechar las diferencias de Artigas con el
gobierno porteño y le escribió sobre "los caprichos de un pueblo
insensato como Buenos Aires que han ocasionado la sangre y desolación en estos
dominios". Le expresaba estar "impuesto que V.S., fiel a su monarca,
ha sostenido sus derechos combatiendo contra la facción; por lo tanto cuente
V.S., sus oficiales y tropa con los premios a que se han hecho acreedores".
Soborno. Artigas contesta el 28 de julio de 1814: "Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter cuando le han informado que yo defiendo a su rey. Si las desavenencias domésticas han lisonjeado el deseo de los que claman por establecer el dominio español en estos países (...) yo no soy vendible ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi Nación del poderío español. Vuelva el enviado de V.S. prevenido de no cometer otro atentado como el que ha proporcionado" (67).
8.
LOS COLOMBIANOS
La terminación de la guerra independentista en Sudamérica generó
"mano de obra desocupada", organizada en bandas mercenarias que vendían
su ferocidad al mejor postor.
Una de ellas, de activa participación en nuestras guerras
fratricidas y famosa por su bestialidad, fue la de "los colombianos",
cuyos integrantes tuvieron aguerrida participación en la definitoria batalla de
Ayacucho bajo el mando del mariscal Sucre.
Fueron "los colombianos" quienes, con su funesta celebridad,
dieron pábulo al lema de "salvajes unitarios" tan utilizado en épocas
de la Confederación rosista.
Facundo Quiroga decide terminar con ellos. Escribe al cordobés Bustos:
"Corro a dar alcance a esa tropa de bandidos que no han dispensado
crimen por cometer; que no sólo han incendiado poblaciones y degollado a los
pacíficos vecinos, sino que, atropellando lo más sagrado, han violado jóvenes
delicadas. Tengo yo jurado dejar de existir o castigarlos de un modo ejemplar
(...) Muy en breve sabrá V.E., o que he perecido al frente de mis fuerzas, o
que uno solo de ellos no existe ya sobre la tierra".
Facundo cumplió con su promesa. La mayor parte de los colombianos
fueron muertos en el campo de batalla y el resto pasados por las armas al caer
en poder de Quiroga y los suyos. Para ellos no hubo cuartel, ni tampoco lo pidieron.
Solamente su jefe, un tal Matute, se rindió al entonces joven comandante Ángel
Vicente Peñaloza.
Pero, astuto, conseguiría escapar e ir a Salta donde mandaba el
unitario Gorriti. Pero éste, temeroso de las consecuencias que podría traerle
dar refugio a alguien tan odiado, ordenó fusilarlo. Hubo que hacerlo con
grillos porque Matute pidió como último favor que se le dejara oír misa,
pretexto para apoderarse del cáliz consagrado y amenazar con volcar las
hostias de su interior. Herejía que horrorizó a sus verdugos (9).
9.
UN MILITAR DE FUSTE
Corría 1838. Francia había decidido deshacerse de Rosas. Bloqueaba
el puerto de Buenos Aires pero su temor a la irritación de Inglaterra le impedía
invadir territorio argentino con sus propias tropas. Para ello le era necesario,
entonces, contar con "auxiliares" nativos.
Juan Bautista Alberdi ideologiza y justifica la intervención
extranjera. Si la patria de los argentinos era Mayo, y Mayo era "Libertad,
Igualdad y Fraternidad", no había diferencia con la patria del rey Luis
Felipe de Francia, el mismo que no mucho tiempo atrás había sido propuesto
para soberano de las Provincias Unidas. "Nosotros traicionamos al tirano,
si es que se puede ser traidor con un tirano, para ser fieles a la patria que
ese tirano despedaza" (El Nacional, Montevideo, 27 de
noviembre de 1838).
Un militar de fuste, el general Juan Lavalle, expatriado en la Banda
Oriental, se indigna con quien años más tarde será el autor de nuestra
Constitución Nacional. Llama "madama" a quien Sarmiento también
llamará "eunuco" y señala: "Estos hombres conducidos por un
interés propio muy mal entendido quieren trastornar las leyes eternas del
patriotismo, el honor y el buen sentido. Confío en que toda la emigración
preferirá que se la llame estúpida a que su patria la maldiga mañana con el
dictado de vil traidora". Sigue: "El gobierno de Rosas es nacional y
yo tengo la ambición de regresar a mi país con honor".
En Montevideo, a mediados de diciembre de 1838, se forma la
"Comisión Argentina", compuesta por emigrados unitarios adherentes a
la complicidad con el país galo: Martín Rodríguez, Florencio Varela, Salvador
del Carril, Valentín Alsina... Los mismos que habían convencido a Lavalle de
ajusticiar a Dorrego. Dicha comisión financiará sus actividades con los
aportes franceses y con el producido del contrabando con la sitiada Buenos
Aires.
El general uruguayo Fructuoso Rivera, que dominaba la Banda Oriental
con el apoyo francés, no contaba con el prestigio suficiente para provocar la
insurrección contra Rosas en tierras argentinas.
La Comisión envía $ 3.500 (tres mil quinientos pesos) a Lavalle, pero
éste, desde su estancia "El Vichadero", cerca de Mercedes
(Uruguay), devuelve indignado el dinero. Los doctores unitarios no cejan en su
intento y le envían un emisario, Francisco Pico, quien el 9 de febrero de 1839
escuchará de labios del prestigioso oficial de San Martín: "¡Dios nos
libre de suscitar contra nosotros el espíritu nacional! Desde entonces no sería
nuestro enemigo Rosas, sino la nación entera. Nuestro destierro sería eterno,
y lo que es peor, merecido".
La presión continuará. Alberdi, para borrar el mal efecto que su artículo
había producido en Lavalle, le escribe: "Soy uno de los muchos jóvenes
que hemos aprendido a venerar el nombre de Lavalle (...) una de las glorias
americanas más puras y más bellas (...) se trata de que Usted acepte la
gloria que le espera y una gran misión que le llama en esta segunda faz de la
Revolución de Mayo".
La "gloria que le espera" a Lavalle era, claro, aceptar la
conducción de las tropas terrestres de la invasión francesa a nuestra
patria.
Una vez más Lavalle cede a los cantos de sirena de los doctores porteños,
ahora exiliados en Montevideo. No son pocos los que sostienen que lo que lo
convenció fue una importante suma de dinero. Sin embargo, el héroe de Riobamba
demostró a lo largo de toda su trayectoria una honestidad y una integridad a
toda prueba. Era su inteligencia la que quedaba muy rezagada ante esas
virtudes. Lavalle fue convencido de que era su deber de patriota derrocar a
Rosas. Sea como fuese. Su única condición es no aceptar compartir la jefatura
con Rivera.
El "Ejército Libertador", como dio en llamársele, cruza el
Paraná e invade Entre Ríos, transportado en embarcaciones francesas. En el
Parlamento francés, en los debates de 1844, se revelará que se gastaron más
de dos millones de francos en esa "política de intervención que consistía
en ganar aliados en Montevideo y excitar los partidos unos contra otros".
Lavalle avanza inconteniblemente sobre Buenos Aires. Rosas escribe:
"El hombre se nos viene y lo peor es que se nos viene sin que podamos
detenerlo". A lo que sí atinó el Restaurador fue a sofocar por la
violencia todo intento de "quintacolumnismo" -en el territorio que
dominaba. Los Maza, padre e hijo, y otros destacados ciudadanos fueron acusados
de conspirar y ejecutados.
Pero al poco tiempo Lavalle escribía a su esposa, desde Yeruá:
"Aquí estoy solo con mis brazos desnudos, sin cartuchos y sin un real ¡esto
es el `Ejército Libertador'!".
Es que en su avance no había encontrado el apoyo que los doctores de
Montevideo le aseguraron. Los pobladores no parecían entusiasmados en sumarse a
esa gesta contra la tiranía. Además, varios prestigiosos civiles y militares
antirrosistas abandonaron su exilio para sumarse a la defensa de su patria
amenazada por Francia: Cavia, Espinosa, los generales Soler y Lamadrid, etcétera.
Los fondos no llegan. Es que los francos son enviados desde ultramar a
Rivera y a la Comisión y, aunque cuantiosos, pocos llegan a Lavalle. Éste se
dirige el 28 de diciembre al almirante francés Le Blanc exigiendo "un millón
de francos para los gastos de guerra que entrarán en la caja del ejército".
Sólo le llegan 25.000 junto con una nota de la Comisión en la que se le ordena
tratar con más prudencia y respeto a los aliados franceses...
Lo que el jefe de la coalición franco-argentina no sabe es que la
protesta inglesa contra la intervención francesa en el Plata, que considera
lesiva para sus intereses comerciales, ha ido haciendo efecto y el rey galo ha
iniciado ya tratativas con el Restaurador con vista a una retirada decorosa de
la escuadra francesa.
Las torres de Buenos Aires están ya a la vista de Lavalle, pero su ánimo
ha ido minándose por la falta de apoyo y por las crecientes deserciones en sus
filas. En la ciudad sus habitantes se preparan para una defensa desesperada
aunque todo indica que su caída será inevitable. Rosas, infatigable, va de un
punto al otro organizando las barricadas y redoblando el terror.
Ni sitiados ni sitiadores comprenderán lo que sucede: Lavalle ha
ordenado el repliegue de sus tropas. "No podré tomar Buenos Aires ¡por
falta de veinte días de víveres!", había escrito a su esposa el día
anterior.
La retirada de ese ejército aún inmenso será desordenada, anárquica,
plagada de actos vandálicos, saqueos, latrocinios, matanzas (67).
10.
EL DUELO
Cierto
día, en plena guerra argentino-brasileña, dos héroes de la Armada Argentina
decidieron batirse a duelo para lavar ofensas recíprocas. Eran Rosales y
Espora.
Como
estaban a bordo bajo las órdenes de Guillermo Brown, le pidieron a éste
autorización para bajar a tierra. Además lo nombraron director del duelo. El
almirante aceptó.
"Ante
todo, hay que postergar el encuentro", dijo Brown. "El enemigo está cerca y debemos salir en su busca. En
cuanto a ustedes, les prometo que pronto se batirán." A los pocos días,
al estar frente a frente las escuadras y brasileñas, el almirante llamó a
Espora y a Rosales a su puente de mando. "Llegó el momento del lance
pendiente -les dijo-. No olviden que cuento con su promesa de cumplir
escrupulosamente mis órdenes."
Asintieron
los marinos y el jefe naval prosiguió: "Dentro de unos momentos
entraremos en combate. Nosotros estamos listos -apuntó con su dedo-. ¿Distinguen ustedes la insignia
de la capitana brasileña?" Rosales y Espora volvieron a
asentir.
"Bien. Ustedes van a atacar esa nave por muchos costados. Aquel de ustedes
que consiga hacer arriar su pabellón, será el vencedor del duelo. La sangre de
unos bravos como ustedes sólo debe derramarse en aras de la
patria.
Andando, pues".
La
anécdota es auténtica pues fue relatada por sus tres protagonistas (2).
11. EL INFORTUNADO GENERAL
La
mujer restregaba nerviosamente un pañuelito entre sus dedos.
El
gobernador intendente de Cuyo, José de San Martín, la escuchaba con amable
severidad.
-Mi
esposo corre peligro en Chile, los ejércitos realistas están ya cerca de
Coquimbo.
El
hombre había huido a través de los Andes, ayudado por contrabandistas, hacía
ya algunos años, para no caer en prisiones argentinas. Sus enemigos se habían
aprovechado de su alejamiento de Buenos Aires, destinado a reorganizar el ejército
del Norte luego del desastre de Huaqui, para destituirlo y privarlo de su rango
militar. Además se le abrió juicio.
-Fue
el único al que no alcanzó la amnistía dictada por el director Posadas
-continuaría Saturnina Otárola, que así se llamaba esa mujer suplicante.
San Martín se inclinó sobre ella, compasivo. -¿Cuáles son los cargos?
Doña
Saturnina vaciló, como si lo que iba a decir le quemara los labios. De rabia,
no de vergüenza. -Traición a la patria...
A
la mujer le dio pudor nombrarla delante de quien había sido uno de los
organizadores:
-Es
la logia... Nunca se lo perdonarán.
El
gobernador recordó los disturbios de abril de 1811, la chusma inundando la
plaza de la Victoria, las amenazas contra los jóvenes conspiradores...
-La "Sociedad... -doña Saturnina se interrumpió, amnésica.
-"Patriótica"
-completó don José-. La "Sociedad Patriótica".
-Mi
esposo no se dio cuenta de que era la fachada de la logia. O no le importó.
San
Martín suspiró. Los lautarinos sabían ser muy crueles con quienes
consideraban sus enemigos. Él lo sabía bien... Palmeó el timbre sobre su
escritorio, arrancándole un tañido. El edecán se presentó de inmediato.
-Extienda
una autorización para que el esposo de esta señora pueda reingresar a nuestro
país -la mujer respingó de gratitud. El gobernador bajó su mirada. No había
que irritar tanto a los porteños-. Fíjele residencia en San Juan -Doña
Saturnina, comprensiva, no alteró su sonrisa.
-¿Nombre?
-preguntó, solícito, el edecán.
-Cornelio
Saavedra -se adelantó a responder, esperanzada, la mujer (26, 75).
12.
LAS "TABLAS DE SANGRE"
Florencio
Varela, emisario de los unitarios exiliados en Montevideo, debía convencer a
las cancillerías europeas sobre la necesidad de invadir a su propia patria.
Para ello necesitaba algún documento que reforzara la imagen sanguinaria que
Juan Manuel de Rosas se había ganado con sus excesos. Su confección quedó a
cargo del escriba José Rivera Indarte.
Nadie
mejor indicado. Su odio a Rosas era mayúsculo; había sido federal, miembro de
la Sociedad Popular Restauradora y a su pluma pertenecía el "Himno a
Rosas" ("¡Oh, Gran Rosas, tu pueblo quisiera 1 mil laureles poner a
tus pies...!").
Según
los unitarios, cruzó el río, como tantos otros, asqueado por las tropelías
del rosismo. Según los federales, debió escapar de Buenos Aires procesado por
estafa y falsificación de documentos y no perdonaba que Rosas no hubiese
hecho nada por salvarlo.
En
1843 se le encargan las "Tablas de sangre", inventario de las
atrocidades atribuibles al rosismo. Los partidarios de don Juan Manuel,
citando el Atlas de Londres del 1° marzo de 1845, en artículo reproducido por
Emile Girardin en La Presse de
París, afirman que la casa Lafone, concesionaria de la aduana de Montevideo,
habría pagado la macabra nómina a un penique el cadáver.
Juntó 480 muertes y le atribuyó a Rosas todos los crímenes posibles: el de Quiroga y su comitiva, Heredia, Villafañe, etc., enunció nombres repetidos y otros individualizados por las iniciales N. N. Los métodos variaban: fusilamientos, degüellos, envenenamientos (uno con masitas en una confitería), etcétera.
De
ser ciertas las imputaciones del rosismo, los 480
cadáveres
habrían reportado dos suculentas libras esterlinas para Rivera Indarte...
Pero
la lista no terminaba allí ya que las "Tablas" agregaban 22.560 caídos
y posibles caídos en todas las batallas y combates habidos en la Argentina
desde 1829 en adelante.
El
informe que Varela llevó consigo inventariaba otros actos bárbaros que
justificarían la intervención extranjera por motivos de "humanidad":
las "costosas festividades" que celebraban los aniversarios de la suba
al poder de Rosas,
las rentas de la Universidad desviadas al ejército en 1838 "para defender su tiranía". Los procedimientos para matar eran escalofriantes: "las cabezas de
las víctimas son puestas en el mercado público adornadas con cintas celestes",
los degüellos se hacían "con sierras de carpintero desafiladas".
Rivera
Indarte agregó como apéndice su opúsculo: "Es acción santa matar a
Rosas". En él se revela que "su hija ha presentado en un plato a sus
convidados, como manjar delicioso, las orejas saladas de un prisionero".
También "ha acusado (Rosas) calumniosamente a su respetable madre de
adulterio (...) ha ido hasta el lecho en que yacía moribundo su padre a
insultarlo". Y como si todo esto no fuera suficiente: "Es
culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuela a quien ha
corrompido".
Según
José María Rosa, la casa Lafone & Co. (de Samuel Lafone), que habría
pagado las "Tablas de sangre", era materialmente dueña de Montevideo:
en 1843
había
comprado las rentas de la Aduana hasta 1848,
lo
que le significaría una gran ganancia si el puerto de Buenos Aires fuese
bloqueado por potencias extranjeras decididas a imponer orden y civilización.
Cabe
señalar que Lafone & Co. era propietaria de Punta del Este, también de
la isla Gorriti, y se le había concedido en exclusividad la caza de lobos
marinos en la isla de Lobos por trece años (40, 67).
13.
UN DIARIO MUY ESPECIAL
En
el encabezamiento, el domingo 31 de octubre de 1830, podía leerse: "Este
periódico se publicará todos los domingos por la Imprenta Republicana, calle
de Suipacha número 29. Allí mismo se reciben suscripciones y se encontrará
a venta. Su precio será el de dos reales por cada ejemplar".
Había
sido bautizado como La Argentina. Dicho
nombre ya sugería su notable particularidad, sobre todo en el Buenos Aires
pacato y machista de entonces: era un periódico escrito por mujeres y para
mujeres...
A
pesar de su corta vida, quedaron huellas sabrosas: "El día festivo entre
nosotros es muy fastidioso. Concluidas las funciones religiosas, no hay más
remedio que entregarnos a la ociosidad. Las señoras se preparan a recibir sus
visitas. Éstas en el día son muy pocas. Los hombres, ya sea por economía o
como -dicen ellos por evitar compromisos, se están con más gusto en el café,
con la baraja o el taco, que en un estrado al lado de las damas. Para evitar el
enfado que ocasiona el no tener qué hacer, nos hemos resuelto a escribir un
periódico que solamente debe publicarse los domingos y, si nos es posible
conciliar nuestras ocupaciones, también saldrá los días festivos. Su forma
es nueva, de modo que pueda llevarse en el ridículo" (así llamaban a la
cartera femenina).
A
Rosa Guerra y a Petrona Sierra, sus redactoras, las animaba una anticipatoria
reivindicación femenina: "Causará novedad una mujer (sic) de
periodista, pero ha llegado el caso de ensayar, si tenemos influjo. Los hombres
están extraviados (sic) en su mayor parte, y es preciso traerlos a la razón".
Algunos
reclamos son memorables:
"Puestas
ya en la palestra, principiaremos nuestros trabajos exhortando a los hombres a
la calma de sus pasiones. Nuestro país, destinado por la naturaleza a ser una
mansión de delicias, está convertido en un campo de batalla. Los militares,
por lo general gente turbulenta e inquieta, lo han puesto en ese estado.
Ejercen en las provincias del interior un despotismo inaudito, y es muy singular
cubran sus atentados con el pretexto de constituir el país. Jamás hemos oído
que los legisladores de un pueblo sean los fusiles, las espadas y las lanzas. La
constitución es como todas las cosas que son buenas y duraderas mientras se
quieren. Mas por la fuerza nadie hasta ahora se ha hecho amar".
Es
particularmente conmovedor el reclamo de un espacio para el amor en medio del
horror de la guerra y de la anarquía:
"Cada
momento nos convencemos de que es preciso que el bello sexo interponga todo su
influjo para llamar a los hombres a la calma, porque en su estado de furor es
imposible amarlos. Un hombre que no habla más que de muertes, de sangre y
horrores, no puede menos que infundir temor, mucho más a una joven que ha de
entregarse en sus brazos para que la proteja y la acaricie" (2).
14.
"LA ESPADA SIN CABEZA"
Los
cabecillas unitarios, que han seguido las alternativas desde Montevideo o a
bordo de los barcos franceses, y que ya daban por segura la derrota de Rosas, se
indignan ante la retirada de Lavalle.
"Todo
estaba en su mano, y lo ha perdido.
Lavalle
es una espada sin cabeza (...)
Lavalle,
el precursor de las derrotas.
¡Oh
Lavalle, Lavalle! Muy chico eras
para
llevar sobre ti cosas tan grandes."
ESTEBAN ECHEVERRÍA
También
Florencio Varela: "No hay una sola persona, una sola, general, incluso sus
hermanos de usted, y aun su sensatísima señora, que no hayan condenado
abiertamente ese funestísimo movimiento".
La
retirada de aquel malón apocalíptico que fue deshilachándose en sangre y
horror continuó hasta el asesinato de Lavalle en Jujuy. De aquel sobre quien
San Martín había escrito a O'Higgins: "Lo que Lavalle haga como valiente
muy raro será el que lo imite, y el que lo exceda ninguno".
Se
había dado tiempo para escribir una vez más a su mujer, con la lucidez de los
condenados: "El hecho es que los triunfos de este ejército no hacen
conquistas sino entre la gente que habla*;
la que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede"
(67).
15.
EL SECRETARIO SABE QUE VA A MORIR
Facundo
Quiroga abandona la gobernación de La Rioja y se instala en Buenos Aires, donde
desarrolla una intensa actividad política, seduciendo tanto a federales como a
unitarios, con la idea de proponerse como la figura clave para la por todos
ansiada reorganización nacional, en competencia con el autocrático gobernador
de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.
Como
lo señala Domingo Faustino Sarmiento, "su conducta es mesurada, su aire
noble e imponente, no obstante que lleva chaqueta, el poncho terciado y la barba
y el pelo enormemente abultados". Dinero no le falta pues al ya considerable
patrimonio familiar ha agregado el que le han reportado sus desprejuiciadas
actividades políticas y sus correrías por las campañas al frente de sus
"llanistos". "Sus hijos están en los mejores colegios",
continúa Sarmiento, "jamás les permite vestir sino de frac o levita y a
uno de ellos, que intenta dejar sus estudios para abrazar la carrera de las
armas, lo pone de tambor en un batallón hasta que se arrepienta de su
locura."
Aprovechando
el prestigio que Facundo, o "don" Facundo como le gusta hacerse
llamar ahora, tiene en las provincias, pero también para alejarlo del centro
de decisiones porteño, el Restaurador le encarga la misión de mediar entre los
gobiernos de Salta, Tucumán y Santiago del Estero, que amenazan con
enfrascarse en una guerra.
Si
bien al principio vacila, el 18 de diciembre de 1835 el riojano parte en su
galera, no sin presagios: "Si salgo bien te volveré a ver", se
despide de Buenos Aires, "si no ¡adiós para siempre!".
A
su lado, en el zangoloteante asiento, viajará su fiel secretario, el doctor José
Santos Ortiz. Es éste el que le informa que Rosas ha enviado un chasque que
ha partido pocos minutos antes que ellos. Tal noticia inquieta sobre manera a
Quiroga, quien intuye que la misión de tal mensajero es denunciar su
itinerario, acordado con don Juan Manuel. Esto explica el porqué de la ansiedad
del Tigre de los Llanos, tal como después lo informaran los encargados de las
postas, por contar con caballos frescos y muy veloces: no dar tiempo a que los
anuncios de sus arribos permitieran la puesta en marcha del atentado que
seguramente intuía. Su apuro es particularmente notable cuando llega a la
ciudad de Córdoba, donde su gobernador, uno de los hermanos Reinafé, hombres
de confianza de su enemigo de siempre, el caudillo santafesino Estanislao López,
lo espera para agasajarlo con cenas y festejos. Por única respuesta recibe la
orden perentoria: "¡Caballos!".
La
breve detención da tiempo suficiente a Santos Ortiz para enterarse de lo que en
Córdoba se rumoreaba: el asesinato de Quiroga estaba ya decidido, sus
asesinos seleccionados, las tercerolas compradas. Sólo la llegada prematura ha
impedido el drama. Pero cuando la galera se aleja, difuminada por el polvo, los
pronósticos arrecian: el asesinato tendrá lugar en el viaje de regreso.
El
secretario se lo comunica a su jefe quien, en una actitud que nuestra historia aún
no ha podido explicar, hace caso omiso a las advertencias e inclusive rechaza
las escoltas que le ofrecen los gobernadores de Santiago y Tucumán, cuyos
diferendos ha sabido resolver. Facundo tenía una enorme confianza en su
capacidad de influir sobre los demás, había llegado a creer en las dotes mágicas
que las imaginerías de la época le adjudicaban, quizás él también estaba
convencido de que su caballo "Moro" no era sino el mismísimo Diablo.
Lo
que resulta difícil de comprender es por qué el doctor Ortiz, hombre
moderado y culto, lo acompañó hasta un destino que no ignoraba fatal. Mucho
menos cuando, antes de llegar a la posta de Ojo de Agua, la diligencia es interceptada
por un joven que se cruza en el camino y pide hablar con el secretario. Éste
le ha hecho alguna vez un favor importante, y él está dispuesto a devolvérselo,
aun a riesgo de su vida.
Todo
se lo cuenta: Santos Pérez, un malandado con varias muertes en su haber, está
emboscado en un paraje llamado Barranca Yaco, al frente de una partida armada
hasta los dientes y con la orden de que nadie, absolutamente nadie, debía
quedar vivo. Tal era la orden. El joven Sandivaras había traído un caballo a
la rienda y se lo ofrece a Ortiz para que salve su vida.
Habrá
vacilado, seguramente, el secretario. Habrá mirado el caballo que lo tentaba
con la supervivencia y habrá mirado a su jefe, aquel hombre por el que sentía
una devoción rayana en la adoración. O que le inspiraba un temor tal que le
impedía pensar en su propia conveniencia.
Por
fin, cumple con su destino y con aquella sentencia de Marco Aurelio: "La
vida es guerra, y la estancia de un extraño en tierra extraña". El doctor
Santos Ortiz trepa otra vez a la galera para morir en la tierra extraña de las
disputas de otros... (9, 16, 22).
16.
LOS ENEMIGOS DE SIEMPRE
"Envanecido
con glorias que debió a la suerte y a los esfuerzos de otros, San Martín quiso
hacer en Lima lo que Bolívar intentó en Colombia con mayor caudal de poder, de
riquezas, de recursos y de prestigio. Conoció su error y en la disyuntiva de
mandar como absoluto o reducirse a la nulidad, elige este segundo partido;
abandona la tierra, se va a disfrutar lo que la buena suerte le dio en doce años
de afanes; dejó a sus compañeros corriendo los azares de las conflagraciones
políticas. Vive contento de no haber marchado hasta el pináculo de la gloria
cuyo término dudoso, o no era para su corazón o no supo continuar" (El Nacional
de Montevideo, 13 de noviembre de 1839, comentando las protestas del
Libertador por el bloqueo francés a Buenos Aires) (11, 39).
*
N. del A.: indudable referencia a los doctores porteños
que una vez más lo habían convencido de un error fatal.