2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

  

1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   

 

 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

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Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

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Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
   

 

 
 

 4ª Parte

   

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Capítulo 13

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Capítulo 14

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Capítulo 15

Capítulo 8

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 5ª Parte

   

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 6ª Parte

   

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Capítulo 11

Capítulo 4

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Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

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Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
 

 

 

 

EL AGUILA GUERRERA

 

CUARTA PARTE

 

1. CUANDO ARGENTINA OCUPÓ CALIFORNIA

 

Hipólito Bouchard zarpó de Buenos Aires el 9 de julio de 1817 al mando de la fragata "La Argentina", rebautismo del navío "Consecuencia" que él mismo había capturado poco antes a los realistas del Pacífico.

El periplo fue largo: Madagascar, India, océano índico, Filipinas, Borneo, Java, Macasar, las Célebes, el archipiélago de la Sonda, siempre con la bandera argentina al tope.

En Macasar venció a cinco navíos malayos, y según lo cuenta el mismo Bouchard en su diario de a bordo, "a la hora y media de fuego y del golpe de las armas, el capitán de la proa (se refería a un tipo especial de barcos, propio de los piratas malayos), viendo frustrados sus designios, se dio dos puñaladas y se arrojó al agua. Lo mismo hicieron otros cinco, y el resto de la tripulación se defendió muy poco tiempo después".

Luego, durante dos meses "La Argentina" bloqueó la ciudad filipina de Luzón, centro del poder español en el Mar de la China. Hundió dieciséis barcos, abordó otros die­ciséis y apresó a cuatrocientos realistas.

La fama del corsario argentino se expandía velozmente inspirando el terror con sólo pronunciarse su nombre.

         En ruta a Oceanía se detuvo en Hawaii, donde poco antes el rey Kameha Meha se había apropiado ilegalmente de un barco argentino. Se trataba del "Chacabuco", ex navío norteamericano originalmente bautizado "Liberty", que estaba en poder del monarca por haberse sublevado su tripulación. Bouchard habló con Kameha Meha, rescató la nave mediante una indemnización y obtuvo la devolución del cabecilla, que fue juzgado y ejecutado en forma sumaria.

         El comandante argentino también firmó un tratado de unión, amistad y comercio con el soberano isleño y logró que Hawaii reconociera la independencia nacional. Fue el primer Estado que lo hizo.

Finalmente Bouchard volvió a hacerse a la mar y el 22 de noviembre de 1818 la aguerrida flotilla argentina fondea en la bahía de Monterrey, California, entonces posesión española.

Bouchard, sobre "La Argentina", y su subordinado Peter Corney al mando de la reconquistada "Chacabuco", con una desusada tripulación de criollos y polinesios, sitiaron la ciudad enemiga.

Las baterías realistas cañonearon a las naves patriotas, que respondieron el fuego implacablemente y lograron desem­barcar sus tropas de ataque. Al día siguiente se produjo la rendición de la plaza.

El diario de Bouchard cuenta que un cobrizo guerrero hawaiano fue quien arrió la bandera española e izó la celeste y blanca en territorio del que es hoy el país más poderoso de la Tierra. La ocupación de la Alta California por parte de la Armada argentina se prolongó por seis días, tiempo que duró el saqueo y la reparación de las naves.

El mortífero raid continuó por las colonias centroameri­canas, poniendo en jaque a las armas del soberano hispánico y apoderándose de los fuertes de San Juan, Acapulco, San Blas, Sonsonate y Santa Bárbara. Cabe resaltar un combate feroz frente a la costa nicaragüense, de resultas del cual una flotilla realista fue desmembrada totalmente por los argenti­nos.

         Es éste el motivo por el cual muchas banderas de las actuales naciones de Centroamérica tienen ostensiblemente la nuestra como base, pues significó para quienes lucharon por sus respectivas independencias, gracias a Hipólito Bouchard, un símbolo altivo de lucha contra el opresor colo­nial (2).

 

  

2. LOS "DESCAMISADOS"

 

La primera vez que esa palabra con tanta significación en nuestra Historia aparece escrita es en las Memorias del general Iriarte.

Cuenta que cierto día, acompañado por Carlos de Alvear, se cruzaron con Dorrego en una de las calles céntri­cas de Buenos Aires.

-Caballeros -les dijo el jefe federal-, les aconsejo que no se acerquen mucho... -Como quien no quiere conta­minar.

Dorrego vestía un traje ostensiblemente desaliñado y su apariencia era sucia.

Iriarte anota entonces: "Excusado es decir que esto era estudiado para captarse la multitud, los descamisados" (41).

 

  

 

3. UNA TORTURA AUTÓCTONA

 

         Uno de los suplicios más atroces puestos en práctica durante la época de las montoneras fue el "enchalecamiento" o "retobo". Un cronista de la época lo describe: "Figúrese el lector un hombre desnudo a quien le envuelven en una an­cha faja de cuero de vaca mojado, en forma de chaleco, abro­chado por delante, y sobre ésta otra más ancha aún, que le oprime toda la caja del cuerpo y los brazos, colocados en posición vertical sobre los costados. Terminada esta bárbara operación lo ponen al rayo del sol, con cuyo calor se seca lentamente el cuero, que se encoge y va oprimiendo el pecho y pulmones del infeliz retobado, que empieza a sentir los más agudos dolores y que, al cabo de cuarenta y ocho horas, siente agonías de muerte, en tanto que la corrupción se apo­dera de su cuerpo y comienza a ser devorado por los gusa­nos" (65).

 

  

 

4. LOS ASCENSOS DE SAN MARTÍN

 

Sus triunfos militares hacían inevitable el ascenso del coronel José de San Martín.

Alvear, que había accedido al generalato como premio a la toma de Montevideo y por disposición de su tío, el director Posadas, era renuente a que su adversario en la logia Lautaro alcanzara su mismo grado. Por ello, el Direc­torio crea el insólito grado de "coronel mayor" para el ven­cedor de San Lorenzo.

Años más tarde, el Cabildo porteño decide nombrarlo Brigadier General. San Martín, desde Chile, lo rechaza en El Censor de Buenos Aires: "Estamos en revolución, y, a la distancia puede creerse, o hacerlo persuadir genios que no faltan, que son acaso sugestiones mías (...) No atribuya usted a virtud esta exposición, sí al deseo que me asiste de gozar de tranquilidad el resto de mis días".

Es que ya estaba escaldado de la infundiosa enemistad de muchos de sus compatriotas. Especialmente en Buenos Aires (49, 66).

 

  

 

5. "NO SOY PARA GOBERNAR"

 

"Aquí me tiene, señor, en el puesto del que me he creído más distante. Nunca creí que llegase este caso, ni lo deseaba porque no soy para ello. Yo he tenido mi sistema particular: conozco y respeto mucho los talentos de muchos de los seño­res que han gobernado al país, pero a mi parecer todos come­tían un error grande: se conducían muy bien con las clases ilustradas, pero despreciaban al hombre de la clase baja. Yo comprendí esto y me pareció que los lances de la revolución habían de dar lugar a que esa clase baja se sobrepusiese y causare los mayores males. Me fue preciso hacerme gaucho como ellos, hablar como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar sus intereses, en fin no ahorrar trabajo ni medios para adquirir más su con­cepto. Creen que soy federal; no señor, no soy de partido alguno sino de la patria. En fin: todo lo que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que me hayan traído a este puesto porque no soy para gobernar" (Carta de Juan Manuel de Rosas a Santiago Vázquez, 13 de diciembre de 1829) (19, 40).

 

  

 

6. SE VENDE REGIMIENTO

 

         Muerto Francisco Ramírez, Lucio Mansilla regía pro­visionalmente los destinos de Entre Ríos. Buenos Aires reclamaba a dicha provincia, sin mayores esperanzas, una deuda de 10.000 pesos.

Quien años más tarde fuera el jefe de la gesta de Obli­gado sabía que Buenos Aires había quedado menguado de hombres tras su aporte al Ejército de los Andes. Ahora necesitaba reclutar efectivos para conquistar el desierto pampeano.

En Entre Ríos, a su vez, no sabía qué hacerse con las tropas regulares del extinto Ramírez (no mucho más que montoneras), que durante su vida no habían hecho otra cosa que pelear.

         Buenos Aires comisionó a Juan García del Cossio para negociar la operación. Se suscribió en Concepción del Uru­guay el 9 de noviembre de 1823 y estipulaba que el gobierno de Entre Ríos remitiría al servicio del Estado de Bue­nos Aires "doscientos Dragones, con sus mujeres e hijos, geles, oficiales, armas y monturas".

         Buenos Aires pagaría 30.000 pesos por estos soldados en la siguiente forma: 10.000 al contado, otros tantos al año de la aprobación del tratado, y los restantes 10.000 se consideraban pagos con la cancelación de deuda.

A los Dragones incorporados se les reconocerían fue­ros, grados y privilegios, sueldos y pensiones "con las de­más gracias y ventajas que por leyes y ordenanzas puedan corresponder y correspondan”.

No existen antecedentes, en la historia mundial, de una compraventa de esta especie... (51).

 

  

 

7. "LOS CAPRICHOS DE UN PUEBLO INSENSATO"

 

El general Pezuela creyó que podía aprovechar las dife­rencias de Artigas con el gobierno porteño y le escribió sobre "los caprichos de un pueblo insensato como Buenos Aires que han ocasionado la sangre y desolación en estos domi­nios". Le expresaba estar "impuesto que V.S., fiel a su mo­narca, ha sostenido sus derechos combatiendo contra la fac­ción; por lo tanto cuente V.S., sus oficiales y tropa con los premios a que se han hecho acreedores".

         Soborno. Artigas contesta el 28 de julio de 1814: "Han engañado a V.S. y ofendido mi carácter cuando le han infor­mado que yo defiendo a su rey. Si las desavenencias domésticas han lisonjeado el deseo de los que claman por estable­cer el dominio español en estos países (...) yo no soy vendi­ble ni quiero más premio por mi empeño que ver libre mi Nación del poderío español. Vuelva el enviado de V.S. pre­venido de no cometer otro atentado como el que ha propor­cionado" (67).

   

  

 

8. LOS COLOMBIANOS

 

La terminación de la guerra independentista en Suda­mérica generó "mano de obra desocupada", organizada en bandas mercenarias que vendían su ferocidad al mejor postor.

Una de ellas, de activa participación en nuestras gue­rras fratricidas y famosa por su bestialidad, fue la de "los colombianos", cuyos integrantes tuvieron aguerrida participación en la definitoria batalla de Ayacucho bajo el man­do del mariscal Sucre.

Fueron "los colombianos" quienes, con su funesta cele­bridad, dieron pábulo al lema de "salvajes unitarios" tan utilizado en épocas de la Confederación rosista.

Facundo Quiroga decide terminar con ellos. Escribe al cordobés Bustos:

"Corro a dar alcance a esa tropa de bandidos que no han dispensado crimen por cometer; que no sólo han incen­diado poblaciones y degollado a los pacíficos vecinos, sino que, atropellando lo más sagrado, han violado jóvenes deli­cadas. Tengo yo jurado dejar de existir o castigarlos de un modo ejemplar (...) Muy en breve sabrá V.E., o que he pere­cido al frente de mis fuerzas, o que uno solo de ellos no existe ya sobre la tierra".

Facundo cumplió con su promesa. La mayor parte de los colombianos fueron muertos en el campo de batalla y el resto pasados por las armas al caer en poder de Quiroga y los suyos. Para ellos no hubo cuartel, ni tampoco lo pidie­ron. Solamente su jefe, un tal Matute, se rindió al entonces joven comandante Ángel Vicente Peñaloza.

Pero, astuto, conseguiría escapar e ir a Salta donde mandaba el unitario Gorriti. Pero éste, temeroso de las consecuencias que podría traerle dar refugio a alguien tan odiado, ordenó fusilarlo. Hubo que hacerlo con grillos por­que Matute pidió como último favor que se le dejara oír misa, pretexto para apoderarse del cáliz consagrado y ame­nazar con volcar las hostias de su interior. Herejía que horrorizó a sus verdugos (9).

   

  

 

9. UN MILITAR DE FUSTE

 

Corría 1838. Francia había decidido deshacerse de Ro­sas. Bloqueaba el puerto de Buenos Aires pero su temor a la irritación de Inglaterra le impedía invadir territorio argentino con sus propias tropas. Para ello le era necesario, enton­ces, contar con "auxiliares" nativos.

Juan Bautista Alberdi ideologiza y justifica la inter­vención extranjera. Si la patria de los argentinos era Mayo, y Mayo era "Libertad, Igualdad y Fraternidad", no había diferencia con la patria del rey Luis Felipe de Francia, el mismo que no mucho tiempo atrás había sido propuesto para soberano de las Provincias Unidas. "Nosotros traicio­namos al tirano, si es que se puede ser traidor con un tira­no, para ser fieles a la patria que ese tirano despedaza" (El Nacional, Montevideo, 27 de noviembre de 1838).

Un militar de fuste, el general Juan Lavalle, expatria­do en la Banda Oriental, se indigna con quien años más tarde será el autor de nuestra Constitución Nacional. Llama "madama" a quien Sarmiento también llamará "eunu­co" y señala: "Estos hombres conducidos por un interés propio muy mal entendido quieren trastornar las leyes eternas del patriotismo, el honor y el buen sentido. Confío en que toda la emigración preferirá que se la llame estúpi­da a que su patria la maldiga mañana con el dictado de vil traidora". Sigue: "El gobierno de Rosas es nacional y yo tengo la ambición de regresar a mi país con honor".

En Montevideo, a mediados de diciembre de 1838, se forma la "Comisión Argentina", compuesta por emigrados unitarios adherentes a la complicidad con el país galo: Martín Rodríguez, Florencio Varela, Salvador del Carril, Valentín Alsina... Los mismos que habían convencido a Lavalle de ajusticiar a Dorrego. Dicha comisión financiará sus actividades con los aportes franceses y con el producido del contrabando con la sitiada Buenos Aires.

El general uruguayo Fructuoso Rivera, que dominaba la Banda Oriental con el apoyo francés, no contaba con el prestigio suficiente para provocar la insurrección contra Rosas en tierras argentinas.

La Comisión envía $ 3.500 (tres mil quinientos pesos) a Lavalle, pero éste, desde su estancia "El Vichadero", cer­ca de Mercedes (Uruguay), devuelve indignado el dinero. Los doctores unitarios no cejan en su intento y le envían un emisario, Francisco Pico, quien el 9 de febrero de 1839 es­cuchará de labios del prestigioso oficial de San Martín: "¡Dios nos libre de suscitar contra nosotros el espíritu na­cional! Desde entonces no sería nuestro enemigo Rosas, sino la nación entera. Nuestro destierro sería eterno, y lo que es peor, merecido".

La presión continuará. Alberdi, para borrar el mal efecto que su artículo había producido en Lavalle, le escri­be: "Soy uno de los muchos jóvenes que hemos aprendido a venerar el nombre de Lavalle (...) una de las glorias ameri­canas más puras y más bellas (...) se trata de que Usted acepte la gloria que le espera y una gran misión que le llama en esta segunda faz de la Revolución de Mayo".

La "gloria que le espera" a Lavalle era, claro, aceptar la conducción de las tropas terrestres de la invasión france­sa a nuestra patria.

Una vez más Lavalle cede a los cantos de sirena de los doctores porteños, ahora exiliados en Montevideo. No son pocos los que sostienen que lo que lo convenció fue una importante suma de dinero. Sin embargo, el héroe de Riobamba demostró a lo largo de toda su trayectoria una honestidad y una integridad a toda prueba. Era su inteli­gencia la que quedaba muy rezagada ante esas virtudes. Lavalle fue convencido de que era su deber de patriota de­rrocar a Rosas. Sea como fuese. Su única condición es no aceptar compartir la jefatura con Rivera.

El "Ejército Libertador", como dio en llamársele, cruza el Paraná e invade Entre Ríos, transportado en embarca­ciones francesas. En el Parlamento francés, en los debates de 1844, se revelará que se gastaron más de dos millones de francos en esa "política de intervención que consistía en ganar aliados en Montevideo y excitar los partidos unos contra otros".

Lavalle avanza inconteniblemente sobre Buenos Aires. Rosas escribe: "El hombre se nos viene y lo peor es que se nos viene sin que podamos detenerlo". A lo que sí atinó el Restaurador fue a sofocar por la violencia todo intento de "quintacolumnismo" -en el territorio que dominaba. Los Maza, padre e hijo, y otros destacados ciudadanos fueron acusados de conspirar y ejecutados.

Pero al poco tiempo Lavalle escribía a su esposa, desde Yeruá: "Aquí estoy solo con mis brazos desnudos, sin cartu­chos y sin un real ¡esto es el `Ejército Libertador'!".

Es que en su avance no había encontrado el apoyo que los doctores de Montevideo le aseguraron. Los pobladores no parecían entusiasmados en sumarse a esa gesta contra la tiranía. Además, varios prestigiosos civiles y militares antirrosistas abandonaron su exilio para sumarse a la de­fensa de su patria amenazada por Francia: Cavia, Espino­sa, los generales Soler y Lamadrid, etcétera.

Los fondos no llegan. Es que los francos son enviados desde ultramar a Rivera y a la Comisión y, aunque cuantio­sos, pocos llegan a Lavalle. Éste se dirige el 28 de diciembre al almirante francés Le Blanc exigiendo "un millón de francos para los gastos de guerra que entrarán en la caja del ejército". Sólo le llegan 25.000 junto con una nota de la Comisión en la que se le ordena tratar con más prudencia y respeto a los aliados franceses...

Lo que el jefe de la coalición franco-argentina no sabe es que la protesta inglesa contra la intervención francesa en el Plata, que considera lesiva para sus intereses comer­ciales, ha ido haciendo efecto y el rey galo ha iniciado ya tratativas con el Restaurador con vista a una retirada de­corosa de la escuadra francesa.

Las torres de Buenos Aires están ya a la vista de Lavalle, pero su ánimo ha ido minándose por la falta de apoyo y por las crecientes deserciones en sus filas. En la ciudad sus habitantes se preparan para una defensa deses­perada aunque todo indica que su caída será inevitable. Rosas, infatigable, va de un punto al otro organizando las barricadas y redoblando el terror.

Ni sitiados ni sitiadores comprenderán lo que sucede: Lavalle ha ordenado el repliegue de sus tropas. "No podré tomar Buenos Aires ¡por falta de veinte días de víveres!", había escrito a su esposa el día anterior.

La retirada de ese ejército aún inmenso será desorde­nada, anárquica, plagada de actos vandálicos, saqueos, la­trocinios, matanzas (67).

   

  

 

10. EL DUELO

Cierto día, en plena guerra argentino-brasileña, dos héroes de la Armada Argentina decidieron batirse a duelo para lavar ofensas recíprocas. Eran Rosales y Espora.

Como estaban a bordo bajo las órdenes de Guillermo Brown, le pidieron a éste autorización para bajar a tierra. Además lo nombraron director del duelo. El almirante aceptó.

"Ante todo, hay que postergar el encuentro", dijo Brown. "El enemigo está cerca y debemos salir en su busca. En cuanto a ustedes, les prometo que pronto se batirán." A los pocos días, al estar frente a frente las escuadras y brasileñas, el almirante llamó a Espora y a Rosales a su puente de mando. "Llegó el momento del lance pendiente -les dijo-. No olviden que cuento con su prome­sa de cumplir escrupulosamente mis órdenes."

Asintieron los marinos y el jefe naval prosiguió: "Den­tro de unos momentos entraremos en combate. Nosotros estamos listos -apuntó con su dedo-. ¿Distinguen ustedes la ­insignia de la capitana brasileña?" Rosales y Espora volvieron a asentir. "Bien. Ustedes van a atacar esa nave por muchos costados. Aquel de ustedes que consiga hacer arriar su pabellón, será el vencedor del duelo. La sangre de unos bravos como ustedes sólo debe derramarse en aras de la patria. Andando, pues".

La anécdota es auténtica pues fue relatada por sus tres protagonistas (2).

   

  

 

11. EL INFORTUNADO GENERAL

 

La mujer restregaba nerviosamente un pañuelito entre sus dedos.

El gobernador intendente de Cuyo, José de San Martín, la escuchaba con amable severidad.

-Mi esposo corre peligro en Chile, los ejércitos realistas están ya cerca de Coquimbo.

El hombre había huido a través de los Andes, ayudado por contrabandistas, hacía ya algunos años, para no caer en prisiones argentinas. Sus enemigos se habían aprovechado de su alejamiento de Buenos Aires, destinado a reorganizar el ejército del Norte luego del desastre de Huaqui, para destituirlo y privarlo de su rango militar. Además se le abrió juicio.

-Fue el único al que no alcanzó la amnistía dictada por el director Posadas -continuaría Saturnina Otárola, que así se llamaba esa mujer suplicante.

San Martín se inclinó sobre ella, compasivo. -¿Cuáles son los cargos?

Doña Saturnina vaciló, como si lo que iba a decir le quemara los labios. De rabia, no de vergüenza. -Traición a la patria...

A la mujer le dio pudor nombrarla delante de quien había sido uno de los organizadores:

-Es la logia... Nunca se lo perdonarán.

El gobernador recordó los disturbios de abril de 1811, la chusma inundando la plaza de la Victoria, las amenazas contra los jóvenes conspiradores...

-La "Sociedad... -doña Saturnina se interrumpió, amnésica.

-"Patriótica" -completó don José-. La "Sociedad Patriótica".

-Mi esposo no se dio cuenta de que era la fachada de la logia. O no le importó.

San Martín suspiró. Los lautarinos sabían ser muy crueles con quienes consideraban sus enemigos. Él lo sabía bien... Palmeó el timbre sobre su escritorio, arrancándole un tañido. El edecán se presentó de inmediato.

-Extienda una autorización para que el esposo de esta señora pueda reingresar a nuestro país -la mujer respingó de gratitud. El gobernador bajó su mirada. No había que irritar tanto a los porteños-. Fíjele residencia en San Juan -Doña Saturnina, comprensiva, no alteró su sonrisa.

-¿Nombre? -preguntó, solícito, el edecán.

-Cornelio Saavedra -se adelantó a responder, espe­ranzada, la mujer (26, 75).

   

  

 

12. LAS "TABLAS DE SANGRE"

 

Florencio Varela, emisario de los unitarios exiliados en Montevideo, debía convencer a las cancillerías europeas so­bre la necesidad de invadir a su propia patria. Para ello necesitaba algún documento que reforzara la imagen san­guinaria que Juan Manuel de Rosas se había ganado con sus excesos. Su confección quedó a cargo del escriba José Rivera Indarte.

Nadie mejor indicado. Su odio a Rosas era mayúsculo; había sido federal, miembro de la Sociedad Popular Restauradora y a su pluma pertenecía el "Himno a Rosas" ("¡Oh, Gran Rosas, tu pueblo quisiera 1 mil laureles poner a tus pies...!").

Según los unitarios, cruzó el río, como tantos otros, asqueado por las tropelías del rosismo. Según los federales, debió escapar de Buenos Aires procesado por estafa y falsificación de documentos y no perdonaba que Rosas no hubie­se hecho nada por salvarlo.

En 1843 se le encargan las "Tablas de sangre", inven­tario de las atrocidades atribuibles al rosismo. Los partida­rios de don Juan Manuel, citando el Atlas de Londres del 1° marzo de 1845, en artículo reproducido por Emile Girardin en La Presse de París, afirman que la casa Lafone, conce­sionaria de la aduana de Montevideo, habría pagado la macabra nómina a un penique el cadáver.

Juntó 480 muertes y le atribuyó a Rosas todos los crí­menes posibles: el de Quiroga y su comitiva, Heredia, Villafañe, etc., enunció nombres repetidos y otros indivi­dualizados por las iniciales N. N. Los métodos variaban: fusilamientos, degüellos, envenenamientos (uno con masitas en una confitería), etcétera.

De ser ciertas las imputaciones del rosismo, los 480 cadáveres habrían reportado dos suculentas libras esterli­nas para Rivera Indarte...

Pero la lista no terminaba allí ya que las "Tablas" agregaban 22.560 caídos y posibles caídos en todas las batallas y combates habidos en la Argentina desde 1829 en adelante.

El informe que Varela llevó consigo inventariaba otros actos bárbaros que justificarían la intervención extranjera por motivos de "humanidad": las "costosas festividades" que celebraban los aniversarios de la suba al poder de Ro­sas, las rentas de la Universidad desviadas al ejército en 1838 "para defender su tiranía". Los procedimientos para matar eran escalofriantes: "las cabezas de las víctimas son puestas en el mercado público adornadas con cintas celes­tes", los degüellos se hacían "con sierras de carpintero desafiladas".

Rivera Indarte agregó como apéndice su opúsculo: "Es acción santa matar a Rosas". En él se revela que "su hija ha presentado en un plato a sus convidados, como manjar delicioso, las orejas saladas de un prisionero". También "ha acusado (Rosas) calumniosamente a su respetable madre de adulterio (...) ha ido hasta el lecho en que yacía mori­bundo su padre a insultarlo". Y como si todo esto no fuera suficiente: "Es culpable de torpe y escandaloso incesto con su hija Manuela a quien ha corrompido".

Según José María Rosa, la casa Lafone & Co. (de Samuel Lafone), que habría pagado las "Tablas de sangre", era materialmente dueña de Montevideo: en 1843 había comprado las rentas de la Aduana hasta 1848, lo que le significaría una gran ganancia si el puerto de Buenos Aires fuese bloqueado por potencias extranjeras decididas a im­poner orden y civilización.

Cabe señalar que Lafone & Co. era propietaria de Pun­ta del Este, también de la isla Gorriti, y se le había conce­dido en exclusividad la caza de lobos marinos en la isla de Lobos por trece años (40, 67).

   

  

 

13. UN DIARIO MUY ESPECIAL

 

En el encabezamiento, el domingo 31 de octubre de 1830, podía leerse: "Este periódico se publicará todos los domingos por la Imprenta Republicana, calle de Suipacha número 29. Allí mismo se reciben suscripciones y se encon­trará a venta. Su precio será el de dos reales por cada ejem­plar".

Había sido bautizado como La Argentina. Dicho nom­bre ya sugería su notable particularidad, sobre todo en el Buenos Aires pacato y machista de entonces: era un perió­dico escrito por mujeres y para mujeres...

A pesar de su corta vida, quedaron huellas sabrosas: "El día festivo entre nosotros es muy fastidioso. Con­cluidas las funciones religiosas, no hay más remedio que entregarnos a la ociosidad. Las señoras se preparan a reci­bir sus visitas. Éstas en el día son muy pocas. Los hombres, ya sea por economía o como -dicen ellos por evitar compro­misos, se están con más gusto en el café, con la baraja o el taco, que en un estrado al lado de las damas. Para evitar el enfado que ocasiona el no tener qué hacer, nos hemos re­suelto a escribir un periódico que solamente debe publicarse los domingos y, si nos es posible conciliar nues­tras ocupaciones, también saldrá los días festivos. Su for­ma es nueva, de modo que pueda llevarse en el ridículo" (así llamaban a la cartera femenina).

A Rosa Guerra y a Petrona Sierra, sus redactoras, las animaba una anticipatoria reivindicación femenina: "Cau­sará novedad una mujer (sic) de periodista, pero ha llegado el caso de ensayar, si tenemos influjo. Los hombres están extraviados (sic) en su mayor parte, y es preciso traerlos a la razón".

Algunos reclamos son memorables:

"Puestas ya en la palestra, principiaremos nuestros trabajos exhortando a los hombres a la calma de sus pasio­nes. Nuestro país, destinado por la naturaleza a ser una mansión de delicias, está convertido en un campo de bata­lla. Los militares, por lo general gente turbulenta e inquie­ta, lo han puesto en ese estado. Ejercen en las provincias del interior un despotismo inaudito, y es muy singular cu­bran sus atentados con el pretexto de constituir el país. Jamás hemos oído que los legisladores de un pueblo sean los fusiles, las espadas y las lanzas. La constitución es como todas las cosas que son buenas y duraderas mientras se quieren. Mas por la fuerza nadie hasta ahora se ha he­cho amar".

Es particularmente conmovedor el reclamo de un espa­cio para el amor en medio del horror de la guerra y de la anarquía:

"Cada momento nos convencemos de que es preciso que el bello sexo interponga todo su influjo para llamar a los hombres a la calma, porque en su estado de furor es imposible amarlos. Un hombre que no habla más que de muer­tes, de sangre y horrores, no puede menos que infundir temor, mucho más a una joven que ha de entregarse en sus brazos para que la proteja y la acaricie" (2).

   

  

 

14. "LA ESPADA SIN CABEZA"

 

Los cabecillas unitarios, que han seguido las alternati­vas desde Montevideo o a bordo de los barcos franceses, y que ya daban por segura la derrota de Rosas, se indignan ante la retirada de Lavalle.

 

"Todo estaba en su mano, y lo ha perdido.

Lavalle es una espada sin cabeza (...)

Lavalle, el precursor de las derrotas.

¡Oh Lavalle, Lavalle! Muy chico eras

para llevar sobre ti cosas tan grandes."

ESTEBAN ECHEVERRÍA

 

También Florencio Varela: "No hay una sola persona, una sola, general, incluso sus hermanos de usted, y aun su sensatísima señora, que no hayan condenado abiertamente ese funestísimo movimiento".

La retirada de aquel malón apocalíptico que fue deshilachándose en sangre y horror continuó hasta el ase­sinato de Lavalle en Jujuy. De aquel sobre quien San Martín había escrito a O'Higgins: "Lo que Lavalle haga como valiente muy raro será el que lo imite, y el que lo exceda ninguno".

Se había dado tiempo para escribir una vez más a su mujer, con la lucidez de los condenados: "El hecho es que los triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla*; la que no habla y pelea nos es contra­ria y nos hostiliza como puede" (67).

   

  

 

15. EL SECRETARIO SABE QUE VA A MORIR

 

Facundo Quiroga abandona la gobernación de La Rioja y se instala en Buenos Aires, donde desarrolla una intensa actividad política, seduciendo tanto a federales como a unitarios, con la idea de proponerse como la figura clave para la por todos ansiada reorganización nacional, en competencia con el autocrático gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas.

Como lo señala Domingo Faustino Sarmiento, "su con­ducta es mesurada, su aire noble e imponente, no obstante que lleva chaqueta, el poncho terciado y la barba y el pelo enormemente abultados". Dinero no le falta pues al ya con­siderable patrimonio familiar ha agregado el que le han reportado sus desprejuiciadas actividades políticas y sus correrías por las campañas al frente de sus "llanistos". "Sus hijos están en los mejores colegios", continúa Sar­miento, "jamás les permite vestir sino de frac o levita y a uno de ellos, que intenta dejar sus estudios para abrazar la carrera de las armas, lo pone de tambor en un batallón hasta que se arrepienta de su locura."

Aprovechando el prestigio que Facundo, o "don" Facun­do como le gusta hacerse llamar ahora, tiene en las provin­cias, pero también para alejarlo del centro de decisiones porteño, el Restaurador le encarga la misión de mediar entre los gobiernos de Salta, Tucumán y Santiago del Este­ro, que amenazan con enfrascarse en una guerra.

Si bien al principio vacila, el 18 de diciembre de 1835 el riojano parte en su galera, no sin presagios: "Si salgo bien te volveré a ver", se despide de Buenos Aires, "si no ¡adiós para siempre!".

A su lado, en el zangoloteante asiento, viajará su fiel secretario, el doctor José Santos Ortiz. Es éste el que le infor­ma que Rosas ha enviado un chasque que ha partido pocos minutos antes que ellos. Tal noticia inquieta sobre manera a Quiroga, quien intuye que la misión de tal mensajero es de­nunciar su itinerario, acordado con don Juan Manuel. Esto explica el porqué de la ansiedad del Tigre de los Llanos, tal como después lo informaran los encargados de las postas, por contar con caballos frescos y muy veloces: no dar tiem­po a que los anuncios de sus arribos permitieran la puesta en marcha del atentado que seguramente intuía. Su apuro es particularmente notable cuando llega a la ciudad de Cór­doba, donde su gobernador, uno de los hermanos Reinafé, hombres de confianza de su enemigo de siempre, el caudillo santafesino Estanislao López, lo espera para agasajarlo con cenas y festejos. Por única respuesta recibe la orden perentoria: "¡Caballos!".

La breve detención da tiempo suficiente a Santos Ortiz para enterarse de lo que en Córdoba se rumoreaba: el ase­sinato de Quiroga estaba ya decidido, sus asesinos seleccionados, las tercerolas compradas. Sólo la llegada prematura ha impedido el drama. Pero cuando la galera se aleja, difuminada por el polvo, los pronósticos arrecian: el asesi­nato tendrá lugar en el viaje de regreso.

El secretario se lo comunica a su jefe quien, en una actitud que nuestra historia aún no ha podido explicar, hace caso omiso a las advertencias e inclusive rechaza las escoltas que le ofrecen los gobernadores de Santiago y Tucumán, cuyos diferendos ha sabido resolver. Facundo tenía una enorme confianza en su capacidad de influir so­bre los demás, había llegado a creer en las dotes mágicas que las imaginerías de la época le adjudicaban, quizás él también estaba convencido de que su caballo "Moro" no era sino el mismísimo Diablo.

Lo que resulta difícil de comprender es por qué el doc­tor Ortiz, hombre moderado y culto, lo acompañó hasta un destino que no ignoraba fatal. Mucho menos cuando, antes de llegar a la posta de Ojo de Agua, la diligencia es inter­ceptada por un joven que se cruza en el camino y pide ha­blar con el secretario. Éste le ha hecho alguna vez un favor importante, y él está dispuesto a devolvérselo, aun a riesgo de su vida.

Todo se lo cuenta: Santos Pérez, un malandado con varias muertes en su haber, está emboscado en un paraje llamado Barranca Yaco, al frente de una partida armada hasta los dientes y con la orden de que nadie, absolutamen­te nadie, debía quedar vivo. Tal era la orden. El joven Sandivaras había traído un caballo a la rienda y se lo ofre­ce a Ortiz para que salve su vida.

Habrá vacilado, seguramente, el secretario. Habrá mi­rado el caballo que lo tentaba con la supervivencia y habrá mirado a su jefe, aquel hombre por el que sentía una devoción rayana en la adoración. O que le inspiraba un temor tal que le impedía pensar en su propia conveniencia.

Por fin, cumple con su destino y con aquella sentencia de Marco Aurelio: "La vida es guerra, y la estancia de un extraño en tierra extraña". El doctor Santos Ortiz trepa otra vez a la galera para morir en la tierra extraña de las disputas de otros... (9, 16, 22).

   

  

 

16. LOS ENEMIGOS DE SIEMPRE

 

"Envanecido con glorias que debió a la suerte y a los esfuerzos de otros, San Martín quiso hacer en Lima lo que Bolívar intentó en Colombia con mayor caudal de poder, de riquezas, de recursos y de prestigio. Conoció su error y en la disyuntiva de mandar como absoluto o reducirse a la nulidad, elige este segundo partido; abandona la tierra, se va a disfru­tar lo que la buena suerte le dio en doce años de afanes; dejó a sus compañeros corriendo los azares de las conflagraciones políticas. Vive contento de no haber marchado hasta el pi­náculo de la gloria cuyo término dudoso, o no era para su corazón o no supo continuar" (El Nacional de Montevideo, 13 de noviembre de 1839, comentando las protestas del Liberta­dor por el bloqueo francés a Buenos Aires) (11, 39).

 

 

  


 

Quinta parte

 


* N. del A.: indudable referencia a los doctores porteños que una vez más lo habían convencido de un error fatal.