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La
quinta zona sudamericana, la más austral, que comprendía Tierra del Fuego y el
estrecho descubierto por Magallanes, fue capitulada en 1536
por Carlos V con el obispo de Plasencia don Gutiérrez Vargas de
Carvajal. No irá en la expedición, pero será él quien la financie.
Al
mando de un sacerdote, fray Francisco de la Ribera, zarpan de Sevilla tres naves
en agosto de 1539, esperanzados con “todo el oro y plata, piedras
y perlas, que se obiere en la batalla o en entradas de pueblos, o por
rescate de los indios, o de minas”, del cual correspondería un quinto al
monarca, otro al obispo y los tres restantes se lo repartirían los
expedicionarios, como era de estilo en las capitulaciones.
El
12 de enero están frente al cabo “Vírgenes”, y el 20 después de
esforzadas peripecias consiguen pasar la primera angostura del estrecho de
Magallanes. El mar está agitado, el viento es huracanado y la nave capitana
naufraga. Fray Francisco con 150 hombres consigue llegar en bajeles a la costa,
cabalgando olas de diez metros de alto. El capitán de otra nave , Gonzalo de
Alvarado, un veterano del Plata que había fundado Buenos Aires con Mendoza y
acompañado a Ayolas en su expedición al norte, intenta inútilmente recoger
los náufragos. Lo mismo quiere el de la otra, Alonso de Camargo, pariente del
obispo. Varios días batallan contra la naturaleza intentando la
hazaña pero todo es inútil, hasta que el viento y el oleaje los separan
y arrojan fuera del Estrecho en rumbos opuestos: Alvarado, después de pasar
seis meses en el cabo “Vírgenes”, volverá a España en noviembre de 1540;
Camargo, por su parte, llegará al Perú por el Pacífico.
De
quienes quedaron, nada se supo. Se dijo que mandados por un capitán –Sebastián
de Arguello- se internaron en la Patagonia y fundaron una ciudad:
“Trapalanda” o la “Ciudad Encantada de la Patagonia”, que algunos
identifican con la inhallable “de los Césares”.
La
leyenda correrá por Chile, Buenos Aires y el Tucumán. No faltaron los indios
que aseguraban haber estado con Arguello
y otros compañeros del fallecido fray Francisco en moradas de pórfido y oro;
en 1567 unos criollos misteriosamente arribados a Nicaragua no se sabe de dónde,
se proclamaron enviados de “Trapalanda” ante el virrey de Méjico; en 1589
el gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velazco, toma testimonio a unos
indios que decían haber visto a los de “Trapalanda” en su ciudad
maravillosa; dos marineros anduvieron por Chile quejándose por haber sido
expulsados de la “Ciudad Encantada” en 1620 (140).
2.
LA MACANA
González de Nájera describe minuciosamente la “macana” que usaban
los “mapuches”: “(...) la cual arma es una asta de madera densa y pesada,
de largueza de quince palmos, poco más o menos, y tan gruesa como la muñeca,
con una vuelta al cabo de hasta palmo y medio, que va ensanchando hasta el
remate cuanto un palmo, y gruesa como dos dedos, a modo de tabla, en cuya vuelta
forma un codillo que es la parte con que de canto hace el golpe y hiere, y así
se valen de ella los indios en las trabadas peleas, y particularmente donde se
defiende mucho algún enemigo, porque en tales tiempos llega el macanero y con
un golpe que le alcanza, concluye con él y lo echa a una parte por armado que
esté, porque siendo esta arma, como es, de dos manos, levantada en alto y
dejada caer con poca fuerza que sea, ayudado su peso, como queda atrás la
vuelta que dije y va el codillo adelante, corta el aire y asienta tan pesado
golpe donde alcanza, que no hay celada que no abolle, ni hombre que no aturda y
derribe; y aún es tan poderosa esta arma que se ha visto algunas veces hacer
arrodillar a un caballo, y aún tenderlo en el suelo de un solo golpe (...)”
Viene al caso recordar que Vargas Machuca aconsejaba a los conquistadores
que en algunas tierras siempre usasen celadas de acero bien acolchadas de algodón
por dentro, particularmente necesarias al entrar en la oscuridad de los “bohíos”,
donde los indios aguardaban la oportunidad para acabar con ellos. Tal fue la
suerte de Nuflo de Chaves, lugarteniente de Cabeza de Vaca, cuando quitada la
celada y vencido por la confianza y el calor de la tarde chaqueña, descansaba
en una hamaca. No alcanzó a sospechar de los indios que se le acercaron
amistosamente y le descalabraron la cabeza de un solo golpe (143, 169).
Los
perros fueron de gran ayuda en la Conquista. Tanto que algunos de ellos, para
que no se despeñaran en las travesías montañosas, eran transportados en
hamacas por indios reducidos.
Algunos
son registrados por cronistas de la época:
“Este fue un perro llamado Becerrillo, llevado de esta isla Española a
la de San Juan, de color bermejo, y el bozo de los ojos adelante negro, mediano
y no alindado; pero de grande entendimiento y denuedo.
E sin duda, según lo que este perro hacía, pensaban los cristianos que
Dios se los había enviado para su socorro; porque fue tanta parte para la
pacificación de la isla, como la tercia parte de esos pocos conquistadores que andaban
en la guerra, porque entre doscientos indios sacaba uno que fuese huído de
los cristianos, o que se le enseñasen, e le asía por un brazo e los
constreñía a se venir con él e lo traía al real, o a donde los cristianos
estaban; e si se ponía en resistencia e no quería venir, lo hacía pedazos
(...) y entre muchos mansos conocía un indio de los bravos, e no parecía sino
que tenía juicio y entendimiento del hombre y aun no de los necios”.
A perros como “Becerrillo” se habían referido las profecías de los
sacerdotes–tigres en el “Chilam-Balam”, libro sagrado de los mayas:
“Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines bravos” (54,
129, 143).
No
faltaron los religiosos que afirmaron ante las Cortes que la sífilis, antes
desconocida en Europa y de veloz y letal expansión en el Viejo Continente, era
castigo de Dios por los excesos en América.
Fernández de Oviedo reafirma tal opinión: “Puede Vuestra Majestad
tener por cierto que aquesta enfermedad vino de las Indias, y es muy común a
los indios, pero no peligrosa tanto en aquellas partes como en éstas”.
Don Pedro de Mendoza podía dar fe de ello... (46, 54)
Los
conquistadores, adelantados, obispos y gobernadores no solo debieron luchar
contra los indígenas, sino que fue frecuente que se desataran entre ellos
conflictos de mayúscula gravedad. A veces verdaderas guerras, como sucedió en
el Perú entre “pizarristas” y “almagristas”.
En lo que sería el Virreynato del Río de la Plata tampoco faltaron
tales litigios, con sus secuelas de prisión, destierro o muerte.
El virrey del Perú, conde de Nieva, ordena en 1564 la separación entre
Chile y Tucumán y envía a Francisco de Aguirre a gobernar
la jurisdicción independizada.
Este, a su vez, manda a Diego de Villarroel a fundar un asentamiento en
territorio “diaguita”, para vigilarlos y dominarlos: así nace “San Miguel
del Tucumán”.
Aguirre será juzgado por herejía religiosa, promovida por el párroco
santiagueño Julián Martínez, a quien apoya el poderoso obispo de Charcas. El
pretexto son algunas opiniones poco ortodoxas, como aquella de “se hace más
servicio a Dios en crear mestizos que el pecado que por ella se comete”.
Aguirre abjura de sus dichos pero ello no impide que sea encarcelado por la
Inquisición de Lima y que el virrey de Toledo lo releve de su cargo.
Lo sustituye Jerónimo de Cabrera, corregidor en Potosí. A él se debe
la fundación, en 1573, de “Córdoba de la Nueva Andalucía”. Nunca se
comprendió lo de “Córdoba”, pues no era su ciudad natal, como era
costumbre. Lo de “Nueva Andalucía” obedeció a que Cabrera se constituyó a
sí mismo en “gobernador” y tal era el nombre de sus dominios.
En España, en 1570, Gonzalo de Abreu había obtenido del Rey su
designación como gobernador del Tucumán, región cuyas mentas la hacían mucho
más atractiva que el Plata. El Consejo de Indias, por su parte, confirmaba a
Cabrera. Había entonces dos gobernadores en el Tucumán.
El pleito se resolvió fácilmente pues, apenas desembarcado,
Abreu mandó apresar a su
rival y el 17 de agosto de 1574 lo hizo degollar sin dilaciones, acusándolo de
desobediencia al virrey.
El nuevo gobernador también es fundador: “San Francisco” en el valle
de los “jujuyes” y “San Clemente” en territorio “calchaquí”.
Ninguna de dichas ciudades logrará resistir la empeñosa hostilidad de los
nativos.
Pero el que a hierro mata... En España, donde pocas noticias llegan del
Tucumán, nombran a un nuevo gobernador, Hernando de Lerma, seguramente a cambio
de una buena suma de dinero.
Su rival se encuentra expedicionando en busca de la “Ciudad de los Césares”.
Lerma envía una partida en su captura. Abreu no será degollado como su
antecesor sino que dejará su vida en la tortura a que lo somete el mismo don
Hernando, egresado de la Universidad de Salamanca.
Le toca a él fundar “San Felipe de Lerma”, correspondiendo el nombre
del santo al entonces Rey hispánico, Felipe II. Lo de “Lerma” no prosperaría
por los muchos enemigos que supo hacerse y sería sustituido por “el valle de
Salta”.
Don Hernando entra rápidamente en conflicto con el clero, en particular
con el flamante obispo de Tucumán, Francisco de Vittoria. Este desarrollaba
importantes negocios de contrabando y será el principal impulsor de la
refundación de Buenos Aires para que su comercio de géneros flamencos y
esclavos de Guinea tuviese salida al Atlántico.
Para derrotar al gobernador, quien imprudentemente había prometido
“ahorcarlo en un algarrobo junto con los demás clérigos”, el obispo puso
en práctica una ofensiva infalible: suspendió todos los servicios religiosos
hasta que Lerma renunciase.
En una comunidad tan temerosa de Dios como ésa, la imposibilidad de
bautismos, confesiones y comuniones ponía a todos al borde del infierno. El
hasta entonces gobernador terminará preso en Charcas (13, 82, 94, 101).
Un grupo de indígenas, habitualmente con organización propia (tribu,
familias, etc.), era encomendado a la protección de un “encomendero” español,
quien se beneficiaría con su trabajo y obediencia a cambio de adoctrinarlos en
la religión católica.
Salvo honrosas excepciones, este sistema permitió la vil explotación de
los americanos, que terminaban muriendo por extenuación, por hambre y también
por depresión.
El “encomendero” contaba con la complicidad del sacerdote
“doctrinero”, pagado de su peculio o con participación en los beneficios
económicos.
Fray Bartolomé de las Casas se declaró activo enemigo de la encomienda.
Según él las leyes que la permitieron fueron “inventadas por Satanás y sus
ministros para ofuscar y escandalizar y encubrir la ponzoña mortífera de ese
repartimiento”.
“¿En qué lugar sobre la tierra –escribiría a Fray Domingo de Soto-
jamás, padre, tal gobernación se ha visto, que los hombres racionales no sólo
de todo un reino pero de diez mil leguas de tierra, les repartiese entre los
mismos crueles matadores y robadores, tiranos y predones, como
despojos de cosas inanimadas e insensibles o como atajos de ganado que se
estiman menos de chinches? ¿Es cosa pía? ¿Y que todo el mundo clama y
abomina?”.
Encomendar a los indios, apostrofaba, equivale a “ponerlos en los
cuernos de muy bravos toros, entregarlos a lobos y tigres de muchos días
hambrientos”.
Rogaba, o exigía, al Soberano su abolición asegurándole que “Vuestra
Majestad será señor universal muy mejor y más firme que ahora lo es en todas
aquellas naciones”(58, 88).
En
las “guazabaras” los indios solían utilizar recursos amedrentatorios
relacionados con la magia y el simbolismo. Algunos historiadores afirman que en
las peleas entre tribus los alaridos, las burlas y las pinturas, además del
armamento y el número, a veces servían para demostrar la superioridad de uno
de los contendientes, la que, aceptada por el vencido, impedía la masacre
inevitable.
Poco
o nada de esto significaba para el europeo y sus descendientes criollos, para
quienes la guerra nada tenía de simbólico o mágico.
La pintura más difundida y generalizada ha sido la que se lograba
macerando un arbusto rojizo, la “bija”, que daba a los indígenas un fiero
aspecto de demonios. Fernández de Oviedo y Valdés, cronista curioso y
perspicaz, advirtió varias finalidades al “embijamiento”: “(...) lo uno
aprieta las carnes e da más vigor a la persona; lo segundo paréceles a ellos
que están muy gentiles hombres e fieros así pintados, e lo tercero, aunque
sean heridos e les corra mucha sangre, no parece tanta cuanta es, por estar el
indio colorado”. Hombre informado, advierte juiciosamente que los británicos
acostumbraban también a pintarse de rojo y que “lo mismo hacían los romanos
cuando entraban triunfantes en la ciudad”.
En cuanto a los gritos, que ponían piel de gallina a los conquistadores,
era presentación que a voz en cuello hacía el guerrero de su persona, loando
sus hazañas, comunicando su nombre y el número de españoles que llevaba
muertos. Los araucanos, según cuenta Joseph Gumilla, entraban a la lucha
gritando: “Yo soy bravo como un tigre”, “yo soy rabioso como un caymán”.
Tampoco faltaban los insultos.
El más notable de estos injuriosos indios fue “El Ronquillo”, en el
Nuevo Reino de Granada. Cuando se sitiaba un “palenque” o una fortaleza indígena,
después de la medianoche subía el indio a unos reparos hechos con tablas para
evitar la pelota de los arcabuces, “(...) y con una voz algo feroz se estuvo
toda la noche hablando y diciendo bravosidades y desgarros contra los españoles,
fingiendo que les había lástima, pues tan propincuos los veía a la muerte
(...)” El indio, que se hizo notorio y bien conocido de los sitiadores por sus
nocturnas vociferaciones, fue así bautizado por aquellos hombres tan afectos a
los apodos “porque, de más de
tener la voz espantable, algunas veces por falta de anhélito se enronquecía”
.
Ante los desvastadores arcabuces y trabucos se probaba también la
efectividad de las mofas y de las irreverencias, que los de la Conquista
llamaban “pernetas”, “(...) los cuales atrevida y desenvueltamente, con
desverguenza de bárbaros, se allegaban y acercaban a mofar, haciendo muchos
visajes con el cuerpo que ellos tienen por costumbre alzando las piernas,
mostrando las nalgas, dando barbeadas y muy grandes risadas, cosas cierto para
perder la paciencia y no esperar con tanta flema la amistad de tan rústica
gente” (Fray Pedro de Aguado) (72, 143).
En 1539, fray Vicente Valdeverde, otro religioso humanitario, entonces
obispo, escribía al Rey a propósito del Cuzco: “Y certifico a Vuestra
Magestad que si no me acordara del sitio de esta cibdad yo no la conociera a lo
menos por los edificios y pueblos de ella; porque quando el gobernador don
Francisco Picarro llegó aquí y entré con él, estava este valle tan hermoso
en edificios y población que en torno tenía, que era cosa de admirarse de
ello, porque aunque la cibdad en sí no tenia más de tres o cuatro mil casas,
tenía en torno quasi veinte mil. La fortaleza que estaba sobre la cibdad
parescia desde a parte una gran fortaleza de las de España. Agora la mayor
parte de la cibdad está toda derribada y quemada. La fortaleza no tiene quasi
nada enhiesto. Todos los pueblos de alrrededor no tienen sino las paredes que
por maravilla ay casa cubierta” (51).
9.
EL ESTRECHO CERRADO
El
gobernador de Chile, Hurtado de Mendoza, encarga al capitán Juan Fernández
Ladrillero internarse en el estrecho de Magallanes para encontrar la riquísima
“Trapalanda”, de cuya existencia no duda.
Sufre
las imaginables dificultades, sin lograr su objetivo. En vez de desengañarse
sobre la existencia de la ciudad encantada, deduce que el fraile Ribera,
Arguello y los demás la habrían fundado tierra adentro.
El
gobernador teme que los piratas ingleses encuentren
“Trapalanda” antes que los españoles y escribe alarmado al Rey, aunque,
quizás pudoroso, la razón que esgrime es el riesgo de que las plazas españolas
en el Pacífico pudiesen ser atacadas por mar.
Convencidos,
en Madrid imaginan un ingenioso ardid: anuncian a todos los vientos que el
estrecho se ha taponado con “una mole de piedra o isleta arrastrada por las
tempestades”(140).
10.
AMERICANOS V
Pigafetta
se ha propuesto que los europeos sepan cómo son los americanos, con la
autoridad que le da el ser uno de los 18 sobrevivientes de los 267 tripulantes
originarios de la expedición de Magallanes.
Cuenta
que en una de las tantas islas indianas vivían hombres que tenían las orejas
tan largas como todo el cuerpo, de manera que “cuando se acuestan, una les
sirve de colchón y otra de frazada” (125, 139).
11.
CUAL SI COMIERAN PAVOS
La
inmensa mayoría de los conquistadores llegaban al Nuevo Mundo en busca de
riquezas. Eran aquellos que, según Fray Bartolomé, pretendían servir a su Rey
“matándole sus vasallos y robándole sus tesoros”.
Pero
luego la avaricia de la tierra y la hostilidad de los indígenas hacían que lo
buscado, con desesperación, fuese lo elemental para la subsistencia: agua y
alimento.
Cuenta de ello da Álvar Núñez Cabeza de Vaca cuando hace relación de
lo acontecido durante la partida de la bahía de Caballos: “(...) y con esto
tornamos a caminar por luengo de costa la via del río Palmas, cresciendo cada día
la sed y el hambre, porque los bastimentos eran muy pocos e iban muy al cabo, y
el agua se nos acabó, porque las botas que hecimos de las piernas de los
caballos luego fueron podrida y sin ningún provecho (...)”. El primer
explorador del Paraguay relata que la “necesidad del agua era en extremo”, y
“como había cinco días que no bebíamos, la sed fue tanta, que nos puso en
necesidad de beber agua salada, y algunos se desatentaron tanto en ello, que súbitamente
se nos murieron cinco hombres”.
Sigamos ahora con el relato de Mártir de Anglería sobre las penurias de
Nicuesa en el Darién: “Se convinieron algunos compañeros en la compra de un
perro flaquísimo que ya casi se estaba muriendo de hambre; le dieron al amo del
perro muchos pesos de oro castellanos; le despellejaron para comérselo y la
piel sarnosa, y en ella los huesos de la cabeza los tiraron a unos espinos próximos;
al día siguiente un infante de ellos dio con la piel tirada llena de gusanos y
que casi hedía. Llevósela a su casa; quitándole los gusanos la echó a cocer
en una olla y cocida la comió. Acudieron muchos con sus platos, por el caldo de
la piel cocida, ofreciéndole un castellano de oro por cada plato de caldo (...)
Otro se encontró dos sapos; un enfermo se los compró para comérselos; y dicen
que le dio por ellos dos camisas de lino recamado de oro, que valían seis
castellanos. En cierto camino del campo se hallaron algunos un indígena muerto
y ya pútrido; lo descuartizaron secretamente, y cociendo sus carnes mataron por
entonces el hambre, cual si comieran pavos (...)”.
Es de resaltar que aquí, como en los primeros tiempos de Buenos Aires,
el canibalismo corrió por cuenta de los españoles (4, 119).
12.
EL TEMIBLE “MARTÍN CAMPO”
Los
“araucanos” llamaban a Lorenzo Bernal, que aún peleaba a los setenta años,
“Martín Campo”, y con ese nombre asustaban a sus niños.
Como
si del “cuco” se tratase.
Razón había para ello.
Lorenzo Bernal está sitiado en el fuerte de “Arauco”, su situación
es desesperada. Se acerca un indio a la empalizada y a los gritos les anuncia a
los españoles que acaban de arrasar la ciudad de Concepción, provocando muerte
y destrucción entre sus compatriotas.
El “pacificador” le responde “(...) que ya sabía él haber muerto
todos los españoles del reino, pero que los que allí estaban eran bastantes
para conservar en todo él la prosapia española, conservándola y dilatándola
con más aumento y restaurando con ventajas lo perdido. Dijo entonces el indio:
‘¿Pues qué mujeres tenéis vosotros para poder llevar adelante vuestra
generación, pues en la fortaleza no hay ninguna?’
a lo cual respondió el capitán español: ‘No importa: que si faltan
mujeres españolas ahí están las vuestras, en las cuales tendremos hijos que
sean vuestros amos”.
El coraje de los españoles en batalla era destacable. Como memorable
sigue siendo el comentario del “Bayardo” a su Rey, el de Francia:
“Ayer vencimos a cuatro españoles en un torreón. No quisieron
rendirse; les habíamos cortado las manos y los pies, y no podíamos acercarnos
porque mordían” (143).
Los
ingleses se han hecho dueños de los mares luego de
destrozar a la poderosa flota española, “La armada invencible”.
Sus piratas son el azote de ciudades y naves hispánicas, a las que
asaltan para robar sus riquezas americanas.
El más famoso de ellos es Francis Drake, a quien la Reina británica hará
“sir” por servicios destacados a su patria.
Sir Francis, astuto y despiadado en la acción, acostumbra a comer a
bordo arrullado por una orquesta de cuerdas.
Entre sus hazañas está la de haberse apoderado en el peruano puerto del
Callao, en 1578, a donde cae por sorpresa luego de haber atravesado el casi
infranqueable estrecho de Magallanes, del codiciado “galeón de la plata”,
que llevaba el nombre de “Nuestra Señora de la Concepción”. La apelación
a la Virgen no fue suficiente para proteger las inmensas riquezas, arrancadas a
tierras indianas, listas para transportarse hasta España.
El pirata incorpora el galeón a su flota rebautizándolo en castellano,
burlón, como “Caca-fuego”.
Antes, en su camino, se ha asomado al río de la Plata, con el imaginable
terror de los habitantes de Buenos Aires.
Pero sir Francis hace virar sus naves y se aleja para no regresar.
No toma tal decisión por temor a cañones, soldados o fortificaciones
porteñas. Buenos Aires carecía de todo ello.
Lo que defiende al villorrio paupérrimo es, justamente, su miseria. Un
corsario de fuste no perderá el tiempo en atacarlo y saquearlo sabiendo que el
provecho no justificará el esfuerzo. En cambio sí valdrá la pena el puerto de
Cádiz, en 1587, donde se apodera del oro y la plata americanos allí acumulados
y pasa a deguello a la mitad de la población.
Uno de los aliviados pobladores porteños habrá sido fray Sebastián
Villanueva, quien describirá su vida en aquel páramo rioplatense en carta a un
pariente en Sevilla: “(...)quisiera escribirle una carta larguísima, dándole
noticia de todo lo que es esta miserable tierra; porque en mi vida he visto, ni
es capaz que aiga en todo el mundo tantas desdichas juntas (...) No hay en toda
ella un arbolito; la leña que quemamos es una yerba que tiene una cuarta de
alto; las casas que vivimos, son todas cubiertas de paja (...) No le escrivo mas
porque se me yelan los dedos (...)” (62, 149).
Vargas Machuca se manifiesta enemigo de que el soldado dé voces mientras
pelea, porque ello resulta aliento para el contrario y el que no se puedan oír
las órdenes que dan sus jefes.
Sus consejos se ocupan también del herido, indicándole que no se queje,
puesto que ello resulta inútil porque nadie lo ayudará durante la contienda,
porque se desalientan los camaradas oyendo sus lamentos y porque se alegra el
indio cuando oye sufrir a un blanco (169).
El guerrero araucano o mapuche es el más temible y famoso de todas las
Indias. Los veteranos de Italia y de Flandes no ocultaban su asombro ante
aquellas masas de hombres bien ordenadas, que con disciplina y sin conmoverse,
aguantaban las cargas de la caballería española enarbolando sus larguísimas
picas.
“Hacen su campo, y muéstranse en formados
escuadrones distintos muy enteros,
cada hilada de más de cien soldados;
entre una pica y otra los flecheros
que de lejos ofenden desmandados
bajo la protección de los piqueros,
van hombro con hombro, como digo,
hasta medir a pica al enemigo.
“Si el escuadrón primero que acomete
por fuerza viene a ser desbaratado,
tan presto a socorrerle otro se mete,
que casi no da tiempo a ser notado;
si aquel se desbarata, otro arremete,
y estando ya el primero reformado,
moverse de su término no puede
hasta ver lo que al otro le sucede” (...)
Alonso de Ercilla, “La Araucania”(52, 115, 143).
En su desmedro, pero acorde con la época, fray Bartolomé no rechazaba
la esclavitud, siempre y cuando fuera “legítima”, es decir, africanos
aprisionados en “buena guerra” o adquiridos por compra a sus “legítimos
dueños”.
Estos fueron en Europa los principios que justificaban
la trata de esclavos, a la cual se dedicaba principalmente Portugal por
detentar las fuentes de “materia prima”: sus colonias en África.
Las Casas, como otros religiosos, aceptaba la esclavitud negra porque así
aliviaba la suerte de sus queridos indios. Para proporcionar a los colonos de
las Antillas la necesaria mano de obra, había incluido en sus propuestas de
1516 y 1518 la importación de cierta cantidad de negros. Todavía en 1531 pedía
se trajesen 500 a 600 esclavos negros a cada una de las islas antillanas y que
el Rey los diese a crédito a los colonos.
Cuando los jesuitas fueron expulsados de nuestro territorio, salieron a
subasta pública 3.000 esclavos que servían en sus posesiones.
En el ocaso de su vida Fray de las Casas temía que por haberse
aprovechado de sus esclavos negros no sería
absuelto en el Juicio Final (58, 89).