1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
  
 

 2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
   
 

 4ª Parte

   

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Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 5ª Parte

   

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Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
   
 

 6ª Parte

   

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Capítulo 10

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Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

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Capítulo 14

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Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 7ª Parte

   

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Capítulo 9 

Capitulo 2

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Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
     
 

 8ª Parte

   

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Capítulo 10 

Capitulo 2

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Capítulo 3

Capítulo 12

Capítulo 4

Capítulo 13

Capítulo 5

Capítulo 14

Capítulo 6

Capítulo 15

Capítulo 7

Capítulo 16

Capítulo 8

Capítulo 17

Capítulo 9

Capítulo 18
   


Cuarta Parte

 

1. “TRAPALANDA”, CIUDAD ENCANTADA

 

La quinta zona sudamericana, la más austral, que comprendía Tierra del Fuego y el estrecho descubierto por Magallanes, fue capitulada en 1536  por Carlos V con el obispo de Plasencia don Gutiérrez Vargas de Carvajal. No irá en la expedición, pero será él quien la financie.

Al mando de un sacerdote, fray Francisco de la Ribera, zarpan de Sevilla tres naves en agosto de 1539, esperanzados con “todo el oro y plata, piedras  y perlas, que se obiere en la batalla o en entradas de pueblos, o por rescate de los indios, o de minas”, del cual correspondería un quinto al monarca, otro al obispo y los tres restantes se lo repartirían los expedicionarios, como era de estilo en las capitulaciones.

El 12 de enero están frente al cabo “Vírgenes”, y el 20 después de esforzadas peripecias consiguen pasar la primera angostura del estrecho de Magallanes. El mar está agitado, el viento es huracanado y la nave capitana naufraga. Fray Francisco con 150 hombres consigue llegar en bajeles a la costa, cabalgando olas de diez metros de alto. El capitán de otra nave , Gonzalo de Alvarado, un veterano del Plata que había fundado Buenos Aires con Mendoza y acompañado a Ayolas en su expedición al norte, intenta inútilmente recoger los náufragos. Lo mismo quiere el de la otra, Alonso de Camargo, pariente del obispo. Varios días batallan contra la naturaleza intentando la  hazaña pero todo es inútil, hasta que el viento y el oleaje los separan y arrojan fuera del Estrecho en rumbos opuestos: Alvarado, después de pasar seis meses en el cabo “Vírgenes”, volverá a España en noviembre de 1540; Camargo, por su parte, llegará al Perú por el Pacífico.

De quienes quedaron, nada se supo. Se dijo que mandados por un capitán –Sebastián de Arguello- se internaron en la Patagonia y fundaron una ciudad: “Trapalanda” o la “Ciudad Encantada de la Patagonia”, que algunos identifican con la inhallable “de los Césares”.

La leyenda correrá por Chile, Buenos Aires y el Tucumán. No faltaron los indios que aseguraban haber estado con  Arguello y otros compañeros del fallecido fray Francisco en moradas de pórfido y oro; en 1567 unos criollos misteriosamente arribados a Nicaragua no se sabe de dónde, se proclamaron enviados de “Trapalanda” ante el virrey de Méjico; en 1589 el gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velazco, toma testimonio a unos indios que decían haber visto a los de “Trapalanda” en su ciudad maravillosa; dos marineros anduvieron por Chile quejándose por haber sido expulsados de la “Ciudad Encantada” en 1620 (140).

 

  

 

2. LA MACANA

 

González de Nájera describe minuciosamente la “macana” que usaban los “mapuches”: “(...) la cual arma es una asta de madera densa y pesada, de largueza de quince palmos, poco más o menos, y tan gruesa como la muñeca, con una vuelta al cabo de hasta palmo y medio, que va ensanchando hasta el remate cuanto un palmo, y gruesa como dos dedos, a modo de tabla, en cuya vuelta forma un codillo que es la parte con que de canto hace el golpe y hiere, y así se valen de ella los indios en las trabadas peleas, y particularmente donde se defiende mucho algún enemigo, porque en tales tiempos llega el macanero y con un golpe que le alcanza, concluye con él y lo echa a una parte por armado que esté, porque siendo esta arma, como es, de dos manos, levantada en alto y dejada caer con poca fuerza que sea, ayudado su peso, como queda atrás la vuelta que dije y va el codillo adelante, corta el aire y asienta tan pesado golpe donde alcanza, que no hay celada que no abolle, ni hombre que no aturda y derribe; y aún es tan poderosa esta arma que se ha visto algunas veces hacer arrodillar a un caballo, y aún tenderlo en el suelo de un solo golpe (...)”

Viene al caso recordar que Vargas Machuca aconsejaba a los conquistadores que en algunas tierras siempre usasen celadas de acero bien acolchadas de algodón por dentro, particularmente necesarias al entrar en la oscuridad de los “bohíos”, donde los indios aguardaban la oportunidad para acabar con ellos. Tal fue la suerte de Nuflo de Chaves, lugarteniente de Cabeza de Vaca, cuando quitada la celada y vencido por la confianza y el calor de la tarde chaqueña, descansaba en una hamaca. No alcanzó a sospechar de los indios que se le acercaron amistosamente y le descalabraron la cabeza de un solo golpe (143, 169).

 

  

 

3. “BECERRILLO”

 

Los perros fueron de gran ayuda en la Conquista. Tanto que algunos de ellos, para que no se despeñaran en las travesías montañosas, eran transportados en hamacas por indios reducidos.

Algunos son registrados por cronistas de la época:

“Este fue un perro llamado Becerrillo, llevado de esta isla Española a la de San Juan, de color bermejo, y el bozo de los ojos adelante negro, mediano y no alindado; pero de grande entendimiento y denuedo.  E sin duda, según lo que este perro hacía, pensaban los cristianos que Dios se los había enviado para su socorro; porque fue tanta parte para la pacificación de la isla,  como la tercia parte de esos pocos conquistadores que andaban en la guerra, porque entre doscientos indios sacaba uno que fuese huído de  los cristianos, o que se le enseñasen, e le asía por un brazo e los constreñía a se venir con él e lo traía al real, o a donde los cristianos estaban; e si se ponía en resistencia e no quería venir, lo hacía pedazos (...) y entre muchos mansos conocía un indio de los bravos, e no parecía sino que tenía juicio y entendimiento del hombre y aun no de los necios”.

A perros como “Becerrillo” se habían referido las profecías de los sacerdotes–tigres en el “Chilam-Balam”, libro sagrado de los mayas:

“Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines bravos” (54, 129, 143).

 

  

 

4. CASTIGO DIVINO

 

No faltaron los religiosos que afirmaron ante las Cortes que la sífilis, antes desconocida en Europa y de veloz y letal expansión en el Viejo Continente, era castigo de Dios por los excesos en América.

Fernández de Oviedo reafirma tal opinión: “Puede Vuestra Majestad tener por cierto que aquesta enfermedad vino de las Indias, y es muy común a los indios, pero no peligrosa tanto en aquellas partes como en éstas”.

Don Pedro de Mendoza podía dar fe de ello... (46, 54)

 

  

 

5. PELEAS POR EL PODER

 

Los conquistadores, adelantados, obispos y gobernadores no solo debieron luchar contra los indígenas, sino que fue frecuente que se desataran entre ellos conflictos de mayúscula gravedad. A veces verdaderas guerras, como sucedió en el Perú entre “pizarristas” y “almagristas”.

En lo que sería el Virreynato del Río de la Plata tampoco faltaron tales litigios, con sus secuelas de prisión, destierro o muerte.

El virrey del Perú, conde de Nieva, ordena en 1564 la separación entre Chile y Tucumán y envía a Francisco de Aguirre a gobernar  la jurisdicción independizada.

Este, a su vez, manda a Diego de Villarroel a fundar un asentamiento en territorio “diaguita”, para vigilarlos y dominarlos: así nace “San Miguel del Tucumán”.

Aguirre será juzgado por herejía religiosa, promovida por el párroco santiagueño Julián Martínez, a quien apoya el poderoso obispo de Charcas. El pretexto son algunas opiniones poco ortodoxas, como aquella de “se hace más servicio a Dios en crear mestizos que el pecado que por ella se comete”. Aguirre abjura de sus dichos pero ello no impide que sea encarcelado por la Inquisición de Lima y que el virrey de Toledo lo releve de su cargo.

Lo sustituye Jerónimo de Cabrera, corregidor en Potosí. A él se debe la fundación, en 1573, de “Córdoba de la Nueva Andalucía”. Nunca se comprendió lo de “Córdoba”, pues no era su ciudad natal, como era costumbre. Lo de “Nueva Andalucía” obedeció a que Cabrera se constituyó a sí mismo en “gobernador” y tal era el nombre de sus dominios.

En España, en 1570, Gonzalo de Abreu había obtenido del Rey su designación como gobernador del Tucumán, región cuyas mentas la hacían mucho más atractiva que el Plata. El Consejo de Indias, por su parte, confirmaba a Cabrera. Había entonces dos gobernadores en el Tucumán.

El pleito se resolvió fácilmente pues, apenas desembarcado,  Abreu mandó  apresar a su rival y el 17 de agosto de 1574 lo hizo degollar sin dilaciones, acusándolo de desobediencia al virrey.

El nuevo gobernador también es fundador: “San Francisco” en el valle de los “jujuyes” y “San Clemente” en territorio “calchaquí”. Ninguna de dichas ciudades logrará resistir la empeñosa hostilidad de los nativos.

Pero el que a hierro mata... En España, donde pocas noticias llegan del Tucumán, nombran a un nuevo gobernador, Hernando de Lerma, seguramente a cambio de una buena suma de dinero.

Su rival se encuentra expedicionando en busca de la “Ciudad de los Césares”. Lerma envía una partida en su captura. Abreu no será degollado como su antecesor sino que dejará su vida en la tortura a que lo somete el mismo don Hernando, egresado de la Universidad de Salamanca.

Le toca a él fundar “San Felipe de Lerma”, correspondiendo el nombre del santo al entonces Rey hispánico, Felipe II. Lo de “Lerma” no prosperaría por los muchos enemigos que supo hacerse y sería sustituido por “el valle de Salta”.

Don Hernando entra rápidamente en conflicto con el clero, en particular con el flamante obispo de Tucumán, Francisco de Vittoria. Este desarrollaba importantes negocios de contrabando y será el principal impulsor de la refundación de Buenos Aires para que su comercio de géneros flamencos y esclavos de Guinea tuviese salida al Atlántico.

Para derrotar al gobernador, quien imprudentemente había prometido “ahorcarlo en un algarrobo junto con los demás clérigos”, el obispo puso en práctica una ofensiva infalible: suspendió todos los servicios religiosos hasta que Lerma renunciase.

En una comunidad tan temerosa de Dios como ésa, la imposibilidad de bautismos, confesiones y comuniones ponía a todos al borde del infierno. El hasta entonces gobernador terminará preso en Charcas (13, 82, 94, 101).

 

  


6. FRAY LAS CASAS II

 

Un grupo de indígenas, habitualmente con organización propia (tribu, familias, etc.), era encomendado a la protección de un “encomendero” español, quien se beneficiaría con su trabajo y obediencia a cambio de adoctrinarlos en la religión católica.

Salvo honrosas excepciones, este sistema permitió la vil explotación de los americanos, que terminaban muriendo por extenuación, por hambre y también por depresión.

El “encomendero” contaba con la complicidad del sacerdote “doctrinero”, pagado de su peculio o con participación en los beneficios económicos.

Fray Bartolomé de las Casas se declaró activo enemigo de la encomienda. Según él las leyes que la permitieron fueron “inventadas por Satanás y sus ministros para ofuscar y escandalizar y encubrir la ponzoña mortífera de ese repartimiento”.

“¿En qué lugar sobre la tierra –escribiría a Fray Domingo de Soto- jamás, padre, tal gobernación se ha visto, que los hombres racionales no sólo de todo un reino pero de diez mil leguas de tierra, les repartiese entre los mismos crueles matadores y robadores, tiranos y predones, como  despojos de cosas inanimadas e insensibles o como atajos de ganado que se estiman menos de chinches? ¿Es cosa pía? ¿Y que todo el mundo clama y abomina?”.

Encomendar a los indios, apostrofaba, equivale a “ponerlos en los cuernos de muy bravos toros, entregarlos a lobos y tigres de muchos días hambrientos”.

Rogaba, o exigía, al Soberano su abolición asegurándole que “Vuestra Majestad será señor universal muy mejor y más firme que ahora lo es en todas aquellas naciones”(58, 88).

 

  



7. GRITOS, INSULTOS Y PERNETAS

 

En las “guazabaras” los indios solían utilizar recursos amedrentatorios relacionados con la magia y el simbolismo. Algunos historiadores afirman que en las peleas entre tribus los alaridos, las burlas y las pinturas, además del armamento y el número, a veces servían para demostrar la superioridad de uno de los contendientes, la que, aceptada por el vencido, impedía la masacre inevitable.

Poco o nada de esto significaba para el europeo y sus descendientes criollos, para quienes la guerra nada tenía de simbólico o mágico.

La pintura más difundida y generalizada ha sido la que se lograba macerando un arbusto rojizo, la “bija”, que daba a los indígenas un fiero aspecto de demonios. Fernández de Oviedo y Valdés, cronista curioso y perspicaz, advirtió varias finalidades al “embijamiento”: “(...) lo uno aprieta las carnes e da más vigor a la persona; lo segundo paréceles a ellos que están muy gentiles hombres e fieros así pintados, e lo tercero, aunque sean heridos e les corra mucha sangre, no parece tanta cuanta es, por estar el indio colorado”. Hombre informado, advierte juiciosamente que los británicos acostumbraban también a pintarse de rojo y que “lo mismo hacían los romanos cuando entraban triunfantes en la ciudad”.

En cuanto a los gritos, que ponían piel de gallina a los conquistadores, era presentación que a voz en cuello hacía el guerrero de su persona, loando sus hazañas, comunicando su nombre y el número de españoles que llevaba muertos. Los araucanos, según cuenta Joseph Gumilla, entraban a la lucha gritando: “Yo soy bravo como un tigre”, “yo soy rabioso como un caymán”.

Tampoco faltaban los insultos.

El más notable de estos injuriosos indios fue “El Ronquillo”, en el Nuevo Reino de Granada. Cuando se sitiaba un “palenque” o una fortaleza indígena, después de la medianoche subía el indio a unos reparos hechos con tablas para evitar la pelota de los arcabuces, “(...) y con una voz algo feroz se estuvo toda la noche hablando y diciendo bravosidades y desgarros contra los españoles, fingiendo que les había lástima, pues tan propincuos los veía a la muerte (...)” El indio, que se hizo notorio y bien conocido de los sitiadores por sus nocturnas vociferaciones, fue así bautizado por aquellos hombres tan afectos a los apodos  “porque, de más de tener la voz espantable, algunas veces por falta de anhélito se enronquecía” .

Ante los desvastadores arcabuces y trabucos se probaba también la efectividad de las mofas y de las irreverencias, que los de la Conquista llamaban “pernetas”, “(...) los cuales atrevida y desenvueltamente, con desverguenza de bárbaros, se allegaban y acercaban a mofar, haciendo muchos visajes con el cuerpo que ellos tienen por costumbre alzando las piernas, mostrando las nalgas, dando barbeadas y muy grandes risadas, cosas cierto para perder la paciencia y no esperar con tanta flema la amistad de tan rústica gente” (Fray Pedro de Aguado) (72, 143).

 

  


8. QUASI NADA ENHIESTO

 

En 1539, fray Vicente Valdeverde, otro religioso humanitario, entonces obispo, escribía al Rey a propósito del Cuzco: “Y certifico a Vuestra Magestad que si no me acordara del sitio de esta cibdad yo no la conociera a lo menos por los edificios y pueblos de ella; porque quando el gobernador don Francisco Picarro llegó aquí y entré con él, estava este valle tan hermoso en edificios y población que en torno tenía, que era cosa de admirarse de ello, porque aunque la cibdad en sí no tenia más de tres o cuatro mil casas, tenía en torno quasi veinte mil. La fortaleza que estaba sobre la cibdad parescia desde a parte una gran fortaleza de las de España. Agora la mayor parte de la cibdad está toda derribada y quemada. La fortaleza no tiene quasi nada enhiesto. Todos los pueblos de alrrededor no tienen sino las paredes que por maravilla ay casa cubierta” (51).

 

  

 

9. EL ESTRECHO CERRADO

 

El gobernador de Chile, Hurtado de Mendoza, encarga al capitán Juan Fernández Ladrillero internarse en el estrecho de Magallanes para encontrar la riquísima “Trapalanda”, de cuya existencia no duda.

Sufre las imaginables dificultades, sin lograr su objetivo. En vez de desengañarse sobre la existencia de la ciudad encantada, deduce que el fraile Ribera, Arguello y los demás la habrían fundado tierra adentro.

El gobernador teme que los piratas ingleses  encuentren “Trapalanda” antes que los españoles y escribe alarmado al Rey, aunque, quizás pudoroso, la razón que esgrime es el riesgo de que las plazas españolas en el Pacífico pudiesen ser atacadas por mar.

Convencidos, en Madrid imaginan un ingenioso ardid: anuncian a todos los vientos que el estrecho se ha taponado con “una mole de piedra o isleta arrastrada por las tempestades”(140).

 

  

10. AMERICANOS V

 

Pigafetta se ha propuesto que los europeos sepan cómo son los americanos, con la autoridad que le da el ser uno de los 18 sobrevivientes de los 267 tripulantes originarios de la expedición de Magallanes.

Cuenta que en una de las tantas islas indianas vivían hombres que tenían las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que “cuando se acuestan, una les sirve de colchón y otra de frazada” (125, 139).

 

  

 

11. CUAL SI COMIERAN PAVOS

 

La inmensa mayoría de los conquistadores llegaban al Nuevo Mundo en busca de riquezas. Eran aquellos que, según Fray Bartolomé, pretendían servir a su Rey “matándole sus vasallos y robándole sus tesoros”.

Pero luego la avaricia de la tierra y la hostilidad de los indígenas hacían que lo buscado, con desesperación, fuese lo elemental para la subsistencia: agua y alimento.

Cuenta de ello da Álvar Núñez Cabeza de Vaca cuando hace relación de lo acontecido durante la partida de la bahía de Caballos: “(...) y con esto tornamos a caminar por luengo de costa la via del río Palmas, cresciendo cada día la sed y el hambre, porque los bastimentos eran muy pocos e iban muy al cabo, y el agua se nos acabó, porque las botas que hecimos de las piernas de los caballos luego fueron podrida y sin ningún provecho (...)”. El primer explorador del Paraguay relata que la “necesidad del agua era en extremo”, y “como había cinco días que no bebíamos, la sed fue tanta, que nos puso en necesidad de beber agua salada, y algunos se desatentaron tanto en ello, que súbitamente se nos murieron cinco hombres”.

Sigamos ahora con el relato de Mártir de Anglería sobre las penurias de Nicuesa en el Darién: “Se convinieron algunos compañeros en la compra de un perro flaquísimo que ya casi se estaba muriendo de hambre; le dieron al amo del perro muchos pesos de oro castellanos; le despellejaron para comérselo y la piel sarnosa, y en ella los huesos de la cabeza los tiraron a unos espinos próximos; al día siguiente un infante de ellos dio con la piel tirada llena de gusanos y que casi hedía. Llevósela a su casa; quitándole los gusanos la echó a cocer en una olla y cocida la comió. Acudieron muchos con sus platos, por el caldo de la piel cocida, ofreciéndole un castellano de oro por cada plato de caldo (...) Otro se encontró dos sapos; un enfermo se los compró para comérselos; y dicen que le dio por ellos dos camisas de lino recamado de oro, que valían seis castellanos. En cierto camino del campo se hallaron algunos un indígena muerto y ya pútrido; lo descuartizaron secretamente, y cociendo sus carnes mataron por entonces el hambre, cual si comieran pavos (...)”.

Es de resaltar que aquí, como en los primeros tiempos de Buenos Aires, el canibalismo corrió por cuenta de los españoles (4, 119).

 

  

 

12. EL TEMIBLE “MARTÍN CAMPO”

 

Los “araucanos” llamaban a Lorenzo Bernal, que aún peleaba a los setenta años, “Martín Campo”, y con ese nombre asustaban a sus niños.

Como si del “cuco” se tratase.

Razón había para ello.

Lorenzo Bernal está sitiado en el fuerte de “Arauco”, su situación es desesperada. Se acerca un indio a la empalizada y a los gritos les anuncia a los españoles que acaban de arrasar la ciudad de Concepción, provocando muerte y destrucción entre sus compatriotas.

El “pacificador” le responde “(...) que ya sabía él haber muerto todos los españoles del reino, pero que los que allí estaban eran bastantes para conservar en todo él la prosapia española, conservándola y dilatándola con más aumento y restaurando con ventajas lo perdido. Dijo entonces el indio: ‘¿Pues qué mujeres tenéis vosotros para poder llevar adelante vuestra generación, pues en la fortaleza no hay ninguna?’  a lo cual respondió el capitán español: ‘No importa: que si faltan mujeres españolas ahí están las vuestras, en las cuales tendremos hijos que sean vuestros amos”.

El coraje de los españoles en batalla era destacable. Como memorable sigue siendo el comentario del “Bayardo” a su Rey, el de Francia:

“Ayer vencimos a cuatro españoles en un torreón. No quisieron rendirse; les habíamos cortado las manos y los pies, y no podíamos acercarnos porque mordían” (143).

 

  

 

13. SIR FRANCIS, PIRATA

 

Los ingleses se han hecho dueños de los mares luego de  destrozar a la poderosa flota española, “La armada invencible”.

Sus piratas son el azote de ciudades y naves hispánicas, a las que asaltan para robar sus riquezas americanas.

El más famoso de ellos es Francis Drake, a quien la Reina británica hará “sir” por servicios destacados a su patria.

Sir Francis, astuto y despiadado en la acción, acostumbra a comer a bordo arrullado por una orquesta de cuerdas.

Entre sus hazañas está la de haberse apoderado en el peruano puerto del Callao, en 1578, a donde cae por sorpresa luego de haber atravesado el casi infranqueable estrecho de Magallanes, del codiciado “galeón de la plata”, que llevaba el nombre de “Nuestra Señora de la Concepción”. La apelación a la Virgen no fue suficiente para proteger las inmensas riquezas, arrancadas a tierras indianas, listas para transportarse hasta España.

El pirata incorpora el galeón a su flota rebautizándolo en castellano,  burlón, como “Caca-fuego”.

Antes, en su camino, se ha asomado al río de la Plata, con el imaginable terror de los habitantes de Buenos Aires.

Pero sir Francis hace virar sus naves y se aleja para no regresar.  No toma tal decisión por temor a cañones, soldados o fortificaciones porteñas. Buenos Aires carecía de todo ello.

Lo que defiende al villorrio paupérrimo es, justamente, su miseria. Un corsario de fuste no perderá el tiempo en atacarlo y saquearlo sabiendo que el provecho no justificará el esfuerzo. En cambio sí valdrá la pena el puerto de Cádiz, en 1587, donde se apodera del oro y la plata americanos allí acumulados y pasa a deguello a la mitad de la población.

Uno de los aliviados pobladores porteños habrá sido fray Sebastián Villanueva, quien describirá su vida en aquel páramo rioplatense en carta a un pariente en Sevilla: “(...)quisiera escribirle una carta larguísima, dándole noticia de todo lo que es esta miserable tierra; porque en mi vida he visto, ni es capaz que aiga en todo el mundo tantas desdichas juntas (...) No hay en toda ella un arbolito; la leña que quemamos es una yerba que tiene una cuarta de alto; las casas que vivimos, son todas cubiertas de paja (...) No le escrivo mas porque se me yelan los dedos (...)” (62, 149).

 

  



14. QUE EL HERIDO NO SE QUEJE

 

Vargas Machuca se manifiesta enemigo de que el soldado dé voces mientras pelea, porque ello resulta aliento para el contrario y el que no se puedan oír las órdenes que dan sus jefes.

Sus consejos se ocupan también del herido, indicándole que no se queje, puesto que ello resulta inútil porque nadie lo ayudará durante la contienda, porque se desalientan los camaradas oyendo sus lamentos y porque se alegra el indio cuando oye sufrir a un blanco (169).

 

  



15. MEDIR A PICA AL ENEMIGO

 

El guerrero araucano o mapuche es el más temible y famoso de todas las Indias. Los veteranos de Italia y de Flandes no ocultaban su asombro ante aquellas masas de hombres bien ordenadas, que con disciplina y sin conmoverse, aguantaban las cargas de la caballería española enarbolando sus larguísimas picas.

 

“Hacen su campo, y muéstranse en formados

escuadrones distintos muy enteros,

cada hilada de más de cien soldados;

entre una pica y otra los flecheros

que de lejos ofenden desmandados

bajo la protección de los piqueros,

van hombro con hombro, como digo,

hasta medir a pica al enemigo.

 

“Si el escuadrón primero que acomete

por fuerza viene a ser desbaratado,

tan presto a socorrerle otro se mete,

que casi no da tiempo a ser notado;

si aquel se desbarata, otro arremete,

y estando ya el primero reformado,

moverse de su término no puede

hasta ver lo que al otro le sucede” (...)

Alonso de Ercilla, “La Araucania”(52, 115, 143).

 

  



16. FRAY DE LAS CASAS III

 

En su desmedro, pero acorde con la época, fray Bartolomé no rechazaba la esclavitud, siempre y cuando fuera “legítima”, es decir, africanos aprisionados en “buena guerra” o adquiridos por compra a sus “legítimos dueños”.

Estos fueron en Europa los principios que justificaban  la trata de esclavos, a la cual se dedicaba principalmente Portugal por detentar las fuentes de “materia prima”: sus colonias en África.

Las Casas, como otros religiosos, aceptaba la esclavitud negra porque así aliviaba la suerte de sus queridos indios. Para proporcionar a los colonos de las Antillas la necesaria mano de obra, había incluido en sus propuestas de 1516 y 1518 la importación de cierta cantidad de negros. Todavía en 1531 pedía se trajesen 500 a 600 esclavos negros a cada una de las islas antillanas y que el Rey los diese a crédito a los colonos.

Cuando los jesuitas fueron expulsados de nuestro territorio, salieron a subasta pública 3.000 esclavos que servían en sus posesiones.

En el ocaso de su vida Fray de las Casas temía que por haberse aprovechado de sus esclavos negros no sería  absuelto en el Juicio Final (58, 89).

   

Quinta parte