1ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
  
 

 2ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 3ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
   
 
 

 4ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 5ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
     
 

 6ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9 

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
   
 

 7ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 9 

Capitulo 2

Capítulo 10

Capítulo 3

Capítulo 11

Capítulo 4

Capítulo 12

Capítulo 5

Capítulo 13

Capítulo 6

Capítulo 14

Capítulo 7

Capítulo 15

Capítulo 8

Capítulo 16
  Capítulo 17
     
 

 8ª Parte

   

Capítulo 1

Capítulo 10 

Capitulo 2

Capítulo 11

Capítulo 3

Capítulo 12

Capítulo 4

Capítulo 13

Capítulo 5

Capítulo 14

Capítulo 6

Capítulo 15

Capítulo 7

Capítulo 16

Capítulo 8

Capítulo 17

Capítulo 9

Capítulo 18
   


   

Octava Parte

 

1. EL INCA HUALLPA

 

                   Ya en 1630 se había producido una sublevación de los indios del Tucumán, como lógica consecuencia de la crueldad de los encomenderos y de la constante sangría de las tribus “calchaquíes” arrastradas como esclavos hasta las ciudades del Alto Perú, en especial a las letales minas potosinas.

                   Aún resonaban, pronunciadas un siglo antes, las palabras del primer historiador de América, Pedro Mártir de Anglería, cuya obra contiene críticas dignas de un Las Casas: “Muchos indios perecen de su inmensa fatiga en las minas y se desesperan hasta el punto de que muchos se quitan la vida y no cuidan de criar hijos. Aunque se ha decretado con real cédula que son libres, sin embargo se les obliga a servir más de lo que agrada a un hombre verdaderamente libre (...) Se ha disminuido intensamente el número de aquellos infelices”.

                   Fue en 1660 cuando un nuevo levantamiento calchaquí cobró una envergadura que alarmó seriamente a los “pacificadores”.                   Su líder fue Pedro Bohórquez, un zambo nacido en Quito que tomó su nombre de una familia española.

                   Dijo llamarse “Inca Huallpa”, nieto de “Ata Huallpa” y como tal fue considerado por los indios de los valles calchaquíes. También embaucó al gobernador Alonso de Mercado y Villacorta, quien le permitió titularse “inca” con la esperanza de que los indios le trasmitieran el secreto de dónde estaban enterrados las “huacas” y los tesoros que contenían. Y hasta los jesuitas creyeron que con la influencia de tal impostor se podría conseguir la conversión de esos indios tan resistentes a la religión católica.

                    Pasó el tiempo, los tesoros no aparecían y los indios no se convertían, pero en la hoy “Cafayate”, Bohorquez vivía con el desahogo que le facilitaban las prebendas de su condición “real”. Cuando el virrey de Lima don Baltasar de la Cueva se enteró de esta farsa no dudó en hacerlo prender y llevar a Lima, para ser juzgado y ahorcado.

                   Entonces Bohórquez huyó y para defenderlo los “calchaquíes” se levantaron en armas. La guerra duró cinco años, durante la que hubo mucha muerte y mucha destrucción en ambos bandos.

                   En la “Carta Anua” de los jesuitas, el padre Simón de Ojeda relata: “Pero estaba convencido aquel Rey fingido de que  mientras nuestras Compañía moraba en aquella región no podría con bastante eficacia sublevar los ánimos de los indios ( ...) Por lo tanto se determinó a expulsarlos de todas aquellas tierras (...) cuando de repente aquel traidor penetró furioso por casa e iglesia de los padres saqueándolas e incenciándolas”. Así fueron destruidas las misiones de “San Carlos” y “Santa María”.

                   Por fin el falso “inca”, a quien se ha prometido perdón para su vida, se rinde ante las autoridades hispánicas y es enviado a calabozo en Charcas, no sin antes confesar su engaño desde un púlpito de Salta ante un auditorio de indígenas.

                   Pero los “calchaquíes”, obstinados, temerosos de las represalias y muchos de ellos convencidos de que más valía morir en libertad que vivir como esclavos, continúan la desigual lucha, acéfalos y mal armados, hasta el casi exterminio.

                   Mercado y Villacorta, para prevenir futuros alzamientos, “trasplanta” a los nativos a otras regiones del territorio. Las familias y tribus de los “quilmes” son obligados a caminar hasta el sur de Buenos Aires, donde son radicados dando origen a la población de ese nombre.

                   En cuanto al ex “inca Huallpa”, indulto incumplido por el peligroso prestigio que aun mantenía entre los indígenas,  fue muerto por “garrote vil” o ahorcamiento en su celda, el 3 de enero de 1667. Luego se lo decapitó y su cabeza expuesta hasta la putrefacción en el extremo de una elevada pica, “para escarmiento” (127, 152, 163).

 

  

 

 

 

2. COLONIA DEL  SANTÍSIMO SACRAMENTO

 

                   Para ahondar los males de España su Rey,  Carlos II, es enfermizo y de pocas luces, tanto que recibe el apodo de “El Hechizado” por suponerlo víctima de alguna brujería.

                   Las otras potencias se disputan los despojos. Mientras Luis XIV de Francia le arrebata el Franco-Condado y varias ciudades flamencas, el Infante don Pedro, regente de Portugal, independizado en 1668 de España, ordena la fundación de una ciudad en la margen oriental del río de la Plata para disputar el dominio del estuario y establecer una base para su comercio y el de su aliada Inglaterra. Sobre todo el tráfico esclavista. Los portugueses no ignoran los pingues beneficios que pueden extraerse de un puerto allí emplazado.

                  Manuel Lobo, jefe de la expedición, erige el nuevo poblado al que bautiza como “Colonia del Santísimo Sacramento”, España no estaba en condiciones de declarar una guerra por lo que se limita a presentar una protesta formal.

                  En Buenos Aires, en cambio, no se resignan. Su existencia y la prosperidad de su comercio están amenazadas. También la dignidad de quienes se sienten patriotas.

                 El gobernador  José de Garro, decidido,  prepara una fuerza con los soldados y voluntarios del puerto y de otras ciudades amigas, como Asunción, Tucumán, Córdoba, que también se verían afectadas por la competencia portuguesa, a lo que se suma un importante contingente de aguerridos guaraníes de las misiones jesuíticas, veteranos de las guerras contra los “bandeirantes”.

                   Sin atender a las propuestas de negociación de Lobo, las fuerzas argentinas al mando de Antonio de Vera y Mujica reconquistan el poblado luego de seis meses de ocupación portuguesa.

                   Pero en Lisboa y en Londres –Portugal era entonces un verdadero protectorado inglés- no estaban dispuestos a resignar un enclave tan estratégico para el contrabando, exclusividad monopólica que por entonces detentaban los británicos.

                  Las presiones diplomáticas, a las que se sumó Francia, obligó a la debilitada España, por el “Tratado de Lisboa”, a devolver Colonia y a defenestrar al valiente Garro hasta que el Papa no arbitrara sobre el diferendo.

                   Tal dictamen, como era previsible, nunca llegaría y los portugueses supieron dar un fuerte desarrollo a su nueva y estratégica colonización (107, 140, 146).

 

  

 

3. LA SANTA INQUISICIÓN ENTRE NOSOTROS

 

                   Es instaurada en España por los Reyes Católicos, en 1478,  como complemento de su lucha contra la ocupación mora. Se dudaba de que muchos judíos y árabes “conversos” lo fueron sinceramente y no continuasen sus prácticas herejes y “contaminantes”.

                   Fue inevitable que esta acción represiva se extendiera a todas aquellas personas, creencias y asociaciones, que los gobernantes y sus acólitos, aun de pequeñas jurisdicciones, considerasen perturbadoras para sus convicciones e intereses. Tal fue el caso de los “iluministas” y los “erasmistas”, y más delante de los “luteranos”.

                   No pocos científicos que  hicieron avanzar el conocimiento hasta criterios que no se condecían con interpretaciones entonces en boga de los libros sagrados, fueron aprisionados, torturados y aun quemados en hogueras “purificadoras”. Uno de los casos más notorios en España es el de Miguel Servet, notable teólogo y médico quien por primera vez describió la circulación sanguínea en el cuerpo humano.

                   En Sudamérica, la Santa Inquisición o Tribunal del Santo Oficio, que impregnó de terror y delación a las relaciones sociales, se instaló en Méjico en 1533, en Perú en 1570 y en 1610 en Cartagena de Indias.

                   Los navíos que atracaban en los puertos de Indias tenían un ingrato contacto con el Nuevo Mundo: los primeros en subir a bordo eran los comisarios del Santo Oficio, que exigían información sobre “qué libros tienen en la mano para rezar o leer o pasar tiempo y en qué lengua y si saben que alguno sea prohibido”, como rezaban las instrucciones pertinentes. Recién después subían al barco los funcionarios aduaneros.

                  Las instrucciones reales también imponían que “no se llevasen a estas pautas libros de romance de materias profanas y fabulosas porque los indios que supiesen leer no se diesen a ellos, dejando los libros en buena y sana doctrina, y leyéndoles no aprendiecen en ellos malas costumbres y vicios”.

                   Como si, quizás de buena fe, animase a algunos españoles la “esperanza” de mantener a las tierras americanas libres de pecado, en estado de gracia. Como si no fueran ellos mismos, los “pacificadores”, quienes contaminaron a América, no sólo de viruela y sarampión, sino también de codicia, de violencia, de racismo.

                  Las lecturas prohibidas abarcaban un espectro muy amplio: desde las novelas “de caballería”, como el “Amadis de Gaula”, y las novelas “picarescas”, como “La Celestina”, hasta los textos considerados heréticos, consignados en el “Index librorum prohibitorum”, que incluían obras de Erasmo y Maquiavelo, pero también obras de San Juan de Avila, Fray Luis de Granada y San Francisco Borja. Lo que da una idea de la intolerancia que animaba a aquel Oficio que se imponía Santo...

                  Reconforta saber que había quienes burlaban, con el imaginable peligro, tales prohibiciones porque no se resignaban a no saber, a no entender. Por ello, el 9 de mayo de 1608 los funcionarios hispánicos en Buenos Aires, que por entonces pertenecía al Virreynato del Perú, escriben a sus superiores en Lima, denunciando que los barcos procedentes de puertos europeos, como Flandes y Portugal, que llegaban al río de la Plata traían “libros y otras cosas prohibidas disimulados en pipas y otras cajas”, según refiere Fray José Toribio Medina.

                  En nuestro territorio la Inquisición no llegó a entronizarse formalmente, aunque no faltaron víctimas argentinas. Entre ellas, la más célebre, la del tucumano Francisco Maldonado de Silva, de padre converso y madre criolla, quien fuera encarcelado por el Santo Oficio en Chile y enviado a Lima, donde luego de una larga prisión y un tortuoso proceso, fue quemado en el auto de fe de 1639 (“La gesta del marrano”, M. Aguinis).

                  Otro caso, mucho menos conocido, fue el del padre Manuel Nuñez, compañero de andanzas evangelizadoras en el Tucumán de San Francisco Solano, quien comparece ante el tribunal de Lima en 1608 “testificado de solicitante con siete testigos de diferentes actos, y así mismo de haber dicho algunas proposiciones sospechosas de la porfidia judaica”.

                   En 1625, por razones que se desconocen, es acusado nuevamente de “judío judaizante en la guarda de la ley muerta de Moisés”. Tal eran los términos que entonces gastaban los “custodios” de la moral religiosa que tanto daño hicieron, no solo a la Iglesia sino también a la Humanidad, sumergida en el oscurantismo que tanto tardó en disiparse.

                   El padre Nuñez fue encerrado en los calabozos de Lima donde murió “impenitente, condenado por hereje, apóstata pertinaz, factor y encubridor de herejes, excomulgado de excomunión mayor”.

                   Pero ello no fue suficiente para aquellos “guardianes de la virtud”: el 21 de diciembre de 1625 “sus huesos y su estatua” fueron quemados en ceremonia pública (17, 121).

 

  

 

 

 

4. LAS COMARCANAS MUY HERMOSAS

 

                  En una de las llamadas “Cartas Anuas”, enviadas periódicamente por los padres de la Compañía de Jesús a sus superiores de Roma, el padre provincial recomienda el envío de misioneros no demasiados jóvenes a tierras de Cuyo “por ser las indias comarcanas muy hermosas, y no sea que desvelados por la salvación de sus almas, pierdan los misioneros las propias” (62).

 

  

 

 

5. BENEMÉRITOS Y CONFEDERADOS VI

 

                   La corrupción de Buenos Aires se ha vuelto ya intolerable no solo para los ciudadanos probos y temerosos de Dios. También para Lima y para Madrid, por razones comerciales, ya que el creciente contrabando rioplatense, dominado por Portugal e Inglaterra, significa un cuantioso quebranto en sus ingresos.

                   Se instaló, en 1618, una “aduana seca” en Córdoba, bajo jurisdicción del virrey del Perú, para controlar el tráfico de mulas y carretas que transportan ilegalmente metales preciosos, esclavos y manufacturas importadas entre Buenos Aires, “la puerta de la tierra” y los mercados del Alto Perú y del Perú.

                  En diciembre de ese mismo año, Madrid nombra a un altísimo personaje, el licenciado Matías Delgado Flores, visitador del Consejo de Indias, para poner fin a la descomposición porteña, que da de comer y vestir a la casi totalidad de los rioplatenses.

                  El visitador confirmó, tal vez haciendo uso de la “cuestión extraordinaria”, que las mercaderías traídas por el gobernador Góngora no han sido para su uso personal, sino remitidas a Potosí para su comercialización y que el negocio ha producido más de doscientos mil pesos plata de beneficio.

                  Delgado averigua mucho más sobre el contrabando, la introducción clandestina de negros,  las actividades de la banda de “confederados” que se había apoderado del gobierno de la provincia y del cabildo de la ciudad. Hasta le pide a “Hernandarias” su voluminoso e inservible expediente, que éste atesora en Santa Fe.

                 Delgado Flores tiene violento el carácter y responde al Cabildo, ante una invitación que seguramente intentaba suavizar el conflicto: “No me siento yo donde están los culpables contra quienes traigo comisión”.

                 A su entender “Hernandarias se ha quedado corto”, así informa a la Audiencia de Charcas, porque los contrabandistas están en todas partes: “He de matar a los de esta ciudad” se le oye decir, o se le atribuye haber dicho, en un momento de imprudente exaltación.

                    De su juicio no se salva ni la Compañía de Jesús, que ha participado del negocio según las confesiones obtenidas. Pide a la Audiencia de Charcas que confirme a Hernandarias como pesquisidor y le permita rehacer el sumario con autorización para torturar; mientras él, como visitador del Supremo, se encargará de enjuiciar a Góngora y de procesar a los cabildantes, súbditos de Vergara.

                   Los mercaderes se inquietan y pasan a la contraofensiva. Ya están duchos en eso de sacarse de encima funcionarios molestos que quieren perturbar sus negocios. Para ello, esta vez, cuentan con la complicidad de los jesuitas.

                   Estos mantienen en lo que sería nuestro territorio una actividad dúplice: por un lado, en la selva misionera, una tarea doctrinaria de hondo contenido social, mejorando las condiciones de vida de los indígenas y salvándolos de la barbarie explotadora de minas y encomiendas.

                  Pero por otro, en las ciudades, su privilegiada dedicación a la labor educativa de niños y jóvenes de familias ricas, sumado a que los excedentes económicos de sus misiones eran invertidos en negocios asociados con los principales comerciantes y terratenientes, hacía que los intereses de la Orden de San Ignacio de Loyola coincidieran estrechamente con los de los poderosos. Y éstos, en Buenos Aires, eran los “confederados” con el ex “pesquisidor” Juan de Vergara como su jefe.

                   El acoso a Delgado Flores se inicia con un pedido del Cabildo, el de los “regidores perpetuos”, a la Audiencia de Charcas, con la que existía una fluida relación de conveniencia, para que desestime las solicitudes del visitador, “atenta la enemiga declarada que tiene a toda esta república, cabildo y vecinos”.

                   Habrá sentido también el impulsivo funcionario una generalizada repulsa del vecindario porteño que, con buena o mala conciencia, subsiste de los beneficios que deja la única actividad posible en un puerto que Lima y Madrid pretenden asfixiar hasta su desaparición irremediable. Tantas eran las trabas que hasta 1690 estuvo prohibido el intercambio entre las provincias del virreynato.

                   Delgado Flores se deja ganar por un nerviosismo azuzado por la impotencia, la misma que han sentido “Hernandarias” y Marín Negrón, y comete un error: en un arrebato de cólera, y en presencia de algunos notables, como queda prolijamente documentado en su proceso, vocifera que iba “a  arrebatar a los Padres de la Compañía sus embarques, meterlos presos, derribarles el Colegio y sembrar sal en sus cimientos”.

                   Era lo que sus enemigos esperaban. Vergara, como notario del Santo Oficio, no demora en iniciarle pleito al blasfemo   y nombra un juez incondicional- Francisco de Trejo- para entender, según ley canónica, en una “grave” ofensa contra una Orden religiosa. El proceso es veloz y secreto, los jesuitas aportan lo suyo y el 20 de abril de 1621 se condena al visitador del Supremo a diez años de destierro en Africa.

                   Encerrado en un calabozo del mismo Cabildo,  protesta Delgado Flores por el agravio que en su persona se infería al Consejo de Indias, y alega con lógica que la justicia eclesiástica no podía arrestar a un juez seglar y mucho menos de tan alta investidura como la suya.

                   Será en vano. Nadie le hace caso. El 21 de junio lo meten en un buque negrero y no se sabe si el ilustre visitador llegó a Africa o murió durante la travesía (140).

 

  

 

 

6. LA RAPIÑA DE UTRECHT

 

                  Como aves de presa, las potencias europeas se arrojan sobre la desquiciada España para apoderarse de los restos dejados por el pésimo reinado de “El Hechizado”.

                   Pero al no haber acuerdo Francia, Inglaterra, Austria, Portugal  y otras naciones se embarcan en una crudelísima guerra llamada “de Sucesión”, que duró doce años. Al cabo de los cuales los contendientes decidieron hacer la paz en Utrecht y repartirse España y sus posesiones, en 1713.

                   Francia puso en el trono de Madrid al príncipe Felipe de Anjou, que reinaría como Felipe V.

                   Inglaterra se quedó con Gibraltar, Menorca, Terranova. También el monopolio por treinta años del tráfico de negros en los principales puertos americanos, entre ellos Buenos Aires.

                   A Austria le tocarán posesiones hispánicas en Flandes, la actual Bélgica.

                   Portugal, a su vez, obtiene el definitivo reconocimiento de  la “Colonia del Santísimo Sacramento”, de la que espera obtener un importante rendimiento económico (140).

 

 

  

 

7. UN DESORDEN PERNICIOSO

 

                   Buenos Aires, debido a su boyante contrabando ya no era la ciudad que a fines del siglo XVI merecía memoriales al Rey en que se atestiguaba que “no hay cuatro hijos de vecino que traigan zapatos y medias ninguno y cual camisa”, además “en esta ciudad no hay himno para decir misa ni cera ni aceite para alumbrar el Santísimo Sacramento, ni tafetán ni otra seda ni holanda ni otro lienzo para servicio de los altares y ornato del culto divino, ni hierro ni acero para el servicio de las piezas de artillería que hay en este puerto, ni hierro para las rejas de los arados y hoces para segar los trigos”.

                   Ahora a mediados del siglo XVIII ya han quedado en el pasado las mezclas, sobre todo sexuales, entre blancos, indios y negros. La sociedad se ha estratificado en clases.

                   Corre el dinero y las mercaderías de contrabando, mientras se desvalorizan los productos de las “chácaras”. Ya no habrá vecinos y estantes, sino ricos y pobres: clase “principal”, también llamada “sana” y “decente”, y clase “inferior” o “plebe”. Los “principales” dueños del dinero sustituyen a la vieja aristocracia engendrada por la Conquista, la burguesía mercantil al feudalismo militar.

                   Una burguesía que para olvidar sus turbios orígenes traficantes va haciéndose propietaria de la tierra, cuando el yermo se distribuirá en “mercedes de estancias” al hacerse necesaria la cría de ganado doméstico por extinguirse los “cimarrones”, y perder en consecuencia el viejo patriciado el último privilegio económico que le quedaba: el derecho a “accionar” en vaquerías.

                    Será entonces indispensable fijar con claridad el “lugar” que corresponde a los negros, los indios y los mestizos: “(...) que en la fundación de esta ciudad y después de ella se tuvo y ha tenido a los naturales, negros, mulatos, indios, indias, mulatas y mestizas, sujetos y con vestidos competentes a su esfera. A pocos años a esta parte se ha visto y se ve actualmente que éstos exceden en más de lo que les es permitido, usando las dichas mulatas, indios, y mestizos, ropas profanas y de costo, queriendo competir con las principales familias del lugar y aun queriéndolas ultrajar por la soberbia que se les infunde por las dichas posturas. Y en los mulatos y demás de esta esfera, lo mismo, como también queriendo igualarse con los españoles compitiendo asimismo en los avíos de a caballo, poniendo jáquimas con chapas de plata y pretales. Considerando los dichos señores lo pernicioso que es este desorden a la república y que los dichos no pueden alcanzar posturas de tanto costo sin que en esto dejen de usar de la ofensa de Dios, lo que se debe celar con toda vigilancia, lo primero; lo segundo, los latrocinios que se experimentan de plata en las casas de familia y aun en los templos de Dios, como se ha visto ha pocos meses. Para obviar tamaño desorden y sujetar a la gente plebe, haciéndolos que conozcan su bajeza y estén sujetos y humildes como deben, porque, de otro modo, pudiera resultar mayor daño, por la desenvoltura con que viven; y para atajar esto, confirieron dichos señores se publique Bando a son de caja de guerra por los cantones de esta dicha Ciudad, mandándoles: no usen, ninguna mulata, india, mestiza, ni negra, cosa de seda, cambray, ni encajes, sarcillos de oro, percal, ni corales, pena: perdimiento de ello (...) por la primera vez; por la segunda, perdimiento de todo en la misma forma y 50 azotes en el Rollo. Y los mulatos, indios mestizos, que no usen chupas ni calzón de seda, ni franjas de ninguna laya, ni menos espuelas, pretal ni cabezadas de plata, bajo la misma pena y aplicación” (102).

                   En Córdoba las cosas no eran distintas. Lo cuenta Concolocorvo, el viajero:

                    “No permiten a los esclavos, y aun a los libres, que tengan mezcla de negro, usen otra ropa que la que se trabaja en el país, que es bastantemente grosera. Me contaron que recientemente se había aparecido en Córdoba cierta mulatilla muy adornada, a quien enviaron a decir las señoras se vistiese según su calidad, y no habiendo hecho caso de esta reconvención la dejaron descuidar y, llamándola una de ellas a su casa, con otro pretexto, hizo que sus criadas la desnudasen, azotasen, quemasen a su vista las galas y le vistiesen las que correspondían por su nacimiento, y sin embargo de que a la mulata no le faltaban protectores, se desapareció, por que no se repitiese la tragedia” (42).

 

  

 

8. EL IMPERIO GUARANÍ V

 

                   La paz de Utretch obligó a España a devolver “Colonia del Sacramento” a los españoles. Eso había ocurrido en 1715.

                   Pero para los intereses de los mercaderes de Buenos Aires tal competencia era intolerable ya que debilitaba grandemente su movimiento comercial.

                  Dado que la “materia prima” del tráfico esclavista provenía de colonias portuguesas en Africa y que su aliada Inglaterra había logrado en Utrecht el monopolio de tal comercio, la cadena se cerraba en perjuicio de los porteños.

                  Durante las negociaciones de 1750 los representantes hispánicos pusieron el asunto sobre la mesa. Los diplomáticos portugueses, ni lerdos ni perezosos, no desperdiciaron la oportunidad, inspirada en el afán expansionista del Brasil.

                  Propusieron un cambio: Colonia por siete misiones jesuíticas en la frontera entre Brasil y Argentina, movidos por la circunstancia de que habiendo obtenido Inglaterra el monopolio del tráfico esclavista, operaría desde Buenos Aires, pudiendo prescindir del enclave en la banda oriental del Plata.

                  Los españoles, desinformados o sobornados, aceptaron y firmaron el ominoso “Tratado de Permuta”.

                  Inauditamente se había consumado en una mesa de negociación a miles y miles de kilómetros de distancia, la defunción de un proyecto admirable, ejemplo, más allá de sus defectos, de cómo dos mundos tan diferentes como el europeo y el indiano podían encontrarse basados en el amor, el respeto y la eficiencia.

                    El gobernador de Montevideo, don Joaquín de Viana, quien debió cumplir con la entrega de las poblaciones a los cebados portugueses, exclamó a la vista de las imponentes iglesias, de las calles adoquinadas y de limpio trazado, de las casas limpias y aireadas, de tan elevado arte en tallas y pinturas, de huertas sembradas con esmero: “Debe estar loca la gente de Madrid para deshacerse de estas poblaciones sin rival”.

                   Los padres jesuitas, con la disciplina militar que caracterizaba a su Orden, acataron la medida con su corazón partido. Los indios, perdida su confianza en ellos y con sus esperanzas  derrumbándose, escribieron al gobernador y al Monarca: “¿(...) y hemos de abandonar de balde, por ventura, nuestra grande y hermosa iglesia que Dios nos dio con el sudor de nuestro cuerpo? ¿Y Dios por ventura lo tendrá a bien? (...) Tenemos también en la memoria que los portugueses pelearon con nuestros abuelos y que mataron a muchos. ¡Y después de esto , a nosotros, que somos sus hijos, nos quieren echar y apartar de esta nuestra tierra! (...)”

                   Fue inútil. Quienes osaron resistir y defender lo propio fueron masacrados por el avezado y bien equipado ejército portugués, ayudado por tropas españolas obstinadas en el cumplimiento del Tratado y en debilitar a la internacionalmente poderosa Orden Jesuítica, con la que la Corte hispánica había entrado en un creciente conflicto.

                  Las desiguales “guerras guaraníticas” duraron lo necesario para la completa destrucción de los voluntariosos pero desorganizados guerreros americanos que esta vez no contaron con sus jefes jesuitas, como en sus victorias de antaño contra los “bandeirantes”.

                   Las misiones “devueltas” fueron arrasadas e incendiadas y los “guaraníes” que sobrevivieron pero no lograron huir a la selva de la que habían partido hacía un siglo y medio, fueron apresados y vendidos como esclavos en el Brasil (60, 140).

 

 

  

 

9. LA COMPAÑÍA INGLESA DEL MAR DEL SUR

 

                   España había cedido el monopolio americano del comercio de esclavos a los ingleses, que operaban la “South Sea Company”, por el lapso de treinta años “a correr desde el 1 de mayo de 1713”, además de una extensión de terreno “para poder refrescar y guardar en seguridad sus negros hasta que se hayan vendido”.

                  Antes, por el “Tratado de Versalles” de 1703, el monopolio había correspondido a Francia, aunque fue de escaso cumplimiento efectivo por el saboteo de Inglaterra y Portugal. El primer cargamento francés de esclavos fue memorable pues todas las “piezas de Indias” llegaron muertas debido al maltrato, el hambre y la peste.

                   En dos asentamientos –uno en Plaza San Martín, “Retiro de los Ingleses”, y otro cerca del Parque Lezama- la “Compañía Inglesa del Mar del Sur” concentraba multitudes de esclavos que vendía a traficantes mayoristas. Pese a tener prohibido transar en forma individual, la compañía también hacía operaciones con particulares. Las autoridades no sólo lo sabían sino que eran cómplices y en ocasiones, desprejuiciadamente, lo presenciaban.

                    Según el convenio, la “Compañía Inglesa” introduciría “ciento cuarenta  y cuatro mil negros, piezas de Indias de ambos sexos y de todas las edades, a razón, en cada uno de dichos treinta años, de cuatro mil ochocientos negros”. La mercancía se vendería en Buenos Aires, en el interior y en Chile.

                     En una misma nave, en este caso “navío de asiento”, descendía en Buenos Aires la carga reputada legal o conforme a registro ante el control de los funcionarios. Pero luego, subrepticiamente y con la vista gorda de éstos, bajaba la oprobiosa carga humana, apretujada en las bodegas, los “tumbarios”, semiasfixiada y mal alimentada, que constituía la cuota de contrabando de “piezas de ébano” incluida en cada operación. Lo mismo sucedía al zarpar con los metales, cueros y diversos frutos del país. Y la cantidad denunciada era siempre menor que la ilegal (80, 146, 155).

 

  

 

10. FIN DEL IMPERIO DENTRO DEL IMPERIO

 

                   Una Orden internacional como la “Compañía de Jesús”, de estricta disciplina, donde cada integrante debía “obedecer hasta cadáver”, dueña de inmensas riquezas, monopolizadora de la enseñanza de las clases dirigentes, con jefes de la talla de San Francisco de Borja, Claudio Acquaviva, Juan Pablo Oliva, Francisco Retz o Lorenzo Ricci, tenía necesariamente que despertar la animadversión de muchos.

                  1°) De los reyes, encarnación en el siglo XVIII de la “monarquía absoluta de origen divino” dentro de los límites nacionales, que naturalmente se oponían al internacionalismo “ultramontano” (es decir, romano) de los jesuitas.

                   2°) De Inglaterra, cuya hegemonía comercial y política avanzaba en el siglo XVIII, y era enemiga de la Compañía por el doble motivo de haber apoyado al pretendiente Estuardo y de ser su rival mercantil.

                   3°) De los “alumbrados”, que anteponían la ciencia a la revelación divina y eran opuestos a todo lo religioso. Quienes seguían a Voltaire profesaban el escepticismo y consideraban norte de su acción “aplastar a la Infame”, como llamaban a la Iglesia Católica. Pertenecían a la parte culta de la sociedad y muchos de ellos habían sido discípulos de los jesuitas.

                   4°) Del clero secular y las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, mercedarios), más nacionalistas que la Compañía y además celosos del poderío de ésta.

                   5°) De los “jansenistas”, movimiento teológico que tuvo importancia en Francia y llegó a contar con grandes espíritus, Pascal entre otros, que sostenían la supremacía de la gracia divina sobre las obras humanas (vieja polémica que también había llevado a la “reforma” luterana), y que naturalmente fueron combatidos por los jesuitas, especializados en “obras humanas”.

                  6°) De los viejos pobladores americanos, en parte celosos del buen orden y prosperidad de las misiones jesuíticas, y sobre todo por el apoyo de la Compañía a los comerciantes, sus enemigos en la sociedad colonial. Esta oposición se tradujo en movimientos revolucionarios, como el “Común” de Asunción de 1732 y la “Vecindad” de Corrientes de 1764.

                   7°) Finalmente, de la masonería, sociedad secreta que perseguía los fines opuestos a los jesuítas por procedimientos semejantes: secreto impenetrable, obediencia pasiva, ayuda mutua, apoderamiento de los puestos claves en la enseñanza y la política.

                    El pretexto para la expulsión fue el motín llamado “de las capas” ocurrido en Madrid contra el ministro Esquilache, movimiento popular de oposición a un decreto que reglamentaba el uso de  “chambergos” y el largo de las capas (22 de setiembre de 1766), cuyos disturbios se atribuyeron a los jesuítas.

                   El decreto de extrañamiento de la Compañía en España e Indias fue firmado por Carlos III el 27 de febrero de 1767; la Real Pragmática de incautar las “temporalidades” (los bienes materiales) al mes siguiente, 27 de marzo. El ministro conde de Aranda –conocido “alumbrado” en correspondencia con Voltaire- remitió a los gobernantes de América las instrucciones pertinentes, que llegaron a Buenos Aires el 21 de mayo; gobernaba Francisco de Paula Bucarelli, a quien se encargó el cumplimiento en su jurisdicción, en el Tucumán y en Paraguay (140).

 

  

 

11. UN RICO Y RESPETADO CIUDADANO

 

                   Se conoce el testamento de Juan de Vergara, antaño cabecilla del “Cuadrilátero” traficante, acérrimo enemigo de “Hernandarias” y de todos quienes lo imitaron en rectitud, quien había llegado a ser un rico y respetado vecino en Buenos Aires.

                   Tenía varias casas en Buenos Aires “lujosamente amuebladas”, una gran estancia en Luján “donde tropas de esclavos trabajaban la viña, plantaban la huerta y cuidaban los ganados”, y otras treinta y ocho estancias al norte, sur y oeste de la ciudad que cubrían más de cien leguas cuadradas en la antigua extensión de las “chácaras” dadas por Garay. En la ciudad poseía cinco tiendas “con sus trastiendas” donde se ejercía el comercio, y sobre todo la lujosísima mansión de la calle del Cabildo (hoy Hipólito Irigoyen), de puerta de madera maciza que daba entrada al gran salón cubierto de “payneles” rosados de Flandes y tapices de la India, “bandas de tafetanes rojos de Milán, doseles de terciopelo con flecos de oro, estrado de jacarandá cubierto por una alfombra gruesa, azul, de Oriente; sillones de jacarandá tapizados de damasco rojo con coxines de terciopelo carmesí con borlas de oro; un retablo al óleo de la Anunciación, cubierto por una cortina de tafetán azul de Castilla, dos reclinatorios de caoba y terciopelo de Génova, arcones de roble y caoba para guardar el menaje (...)”.

                   Más allá el escritorio o “pieza secreta” con una caja de caudales de tres llaves donde guardaba las joyas de la familia: “una cruz grande esmaltada; cinto de ante cuajado de estrellas de oro; cadena y brazalete de perlas con peso de ocho onzas; botonadura de jubón con veintitrés botones de oro; varios zarcillos de oro y perlas y sortijas de oro y esmaltadas; tres cadenas de oro valor de mil patacones cada una (...) menudencias de oro y plata torneadas que pesaban en conjunto 125 marcos” (treinta kilos), bolsa de raso listado con monedas de oro “para arras” (140).

 

  

 

12. BUEYES Y BURROS ARGENTINOS

 

                   Las dificultades de la vida y la necesidad de supervivencia fortalecieron no solo a los seres humanos sino también a los animales del Tucumán.

                   “(...) se asombrarán del valor de los bueyes del Tucumán viéndolos atravesar caudalosos ríos presentando siempre el pecho a las más rápidas corrientes, arrastrando unas carretas tan cargadas como llevo dicho y que con el impulso de las olas hacen una resistencia extraordinaria. A la entrada manifiestan alguna timidez, pero no retroceden ni se asustan de que las aguas les cubran todo el cuerpo, hasta los ojos, con tal que preserven las orejas. (...) Al principio creí que aquellos pacíficos animales se ahogaban indefectiblemente, viéndolos casi una hora debajo del agua y divisando sólo las puntas de sus orejas, pero las repetidas experiencias me hicieron ver la constancia de tan útiles animales y el aprecio que se debe hacer de su importante servicio”.

                   No eran los únicos:

                   “Los tigres son los animales más temibles de los caballos y mulas; pero el burro padre se les presenta con denuedo, y no pudiendo, por su torpeza o poca agilidad, defenderse con sus fuertes armas, que son los dientes, deja montar sobre su lomo al tigre, y después de verle afianzado con sus garras, se arroja al suelo revolcándose hasta romperle su delicado espinazo, y después le hace pedazos con sus fuertes dientes, sin acobardarse ni hacer juicio de las heridas que recibió” (42).

 

  

 

13. LOS ESTANCIEROS Y LA NUEVA RIQUEZA

 

                   La irracional explotación de las minas de Potosí, que tantas vidas humanas inmolase, hizo que a fines del siglo XVII sus vetas estuvieran ya prácticamente agotadas. Ello determinó que la principal exportación rioplatense, la plata contrabandeada, fuese languideciendo.

                   A su vez, el tráfico de esclavos, tan rentable, se había transformado en un asunto de Estado y se lo disputaban los gobiernos de las grandes potencias: Inglaterra, Portugal, España, Holanda.

                   Había llegado la hora de la explotación ganadera. Los mercaderes y contrabandistas se transformaron en “estancieros”, dueños de la tierra, lo que les daba el status social que hasta entonces había sido privilegio de los “beneméritos”, descendientes de los primitivos conquistadores y adelantados, y de los soldados, marineros y colonos con ellos desembarcados.

                    Los “cimarrones” se habían multiplicado en proporción geométrica y eran  ya tantos que los indios y los “gauderios” los mataban, a veces, sólo para asar una lengua o escarbar un “caracú”.

                    También relata Concolocorvo que cuando de un carro caía a la calle un cuarto de res, el criollo no se molestaba en recogerlo y quedaba allí, al sol, para alimento de perros vagabundos.

                    Los “estancieros”, ni lerdos ni perezosos, fueron apropiándose de extensas parcelas de pampa, con los animales que allí pastaban, lo que generó furiosos y sangrientos “malones” de los indios que se habían acostumbrado a disponer con libertad de vacas y caballos, indispensables para su subsistencia.

                    El provecho que se sacaba de la ganadería desembocó en su depredación. Lo enfatiza Concolocorvo:

                   “Por el número de cueros que se embarcan para España no se pueden inferir las grandes matanzas que se hacen en las cercanías de Buenos Aires, porque se debe entrar en cuenta las grandes porciones que ocultamente salen para Portugal y la multitud que se gasta en el país. Todas las chozas se techan y guarnecen de cueros y lo mismo los grandes corrales para encerrar el ganado. La porción de petacas en que se extraen las mercaderías y se conducen los equipajes son de cuero labrado y bruto. En las carretas que trajinan a Jujuy, Mendoza y Corrientes se gasta un número muy crecido, porque todos se pudren y se encogen tanto con los soles, que es preciso remudarlos a pocos días de servicio; y, en fin, usan de ellos para muchos ministerios, que fuera prolijidad referir, y está regulado se pierde todos los años la carne de dos mil bueyes y vacas, que sólo sirven para pasto de animales, aves e insectos, sin traer a la cuenta las proporciones considerables que roban los indios pampas y otras naciones.” (42, 75, 91)

 

  

   

14. EL REY DEL PERÚ, QUITO Y TUCUMÁN

 

La creciente actividad de los negreros al fin del siglo XVI, en el Plata, moverá al virrey del Perú, conde del Villar, a ordenar al gobernador Fernando de Zárate, que reemplazara a “Hernandarias” por corto tiempo, el cierre del puerto de Buenos Aires al arribo de barcos cargados de esclavos africanos, géneros flamencos, especies asiáticas.

La economía limeña comenzaba a resentirse por la creciente actividad del hasta entonces irrelevante villorrio con salida al Atlántico, el mismo océano que bañaba los principales puertos europeos tan distantes del Pacífico en cuyo litoral se erigía la capital del virreynato del Perú. Además la navegación por el Atlántico sur era más calma, sin las tormentas que azotaban el Caribe. Por otra pare se encontraban menos piratas que en la ruta hacia Panamá, donde, para mayor engorro, debía descargarse, cruzar el istmo a pie y volver a cargar en el Pacífico.

Ordenado el cierre, los mercaderes “portugueses” encontraron el medio de facilitar la entrada de las barcas negreras aprovechando la reglamentación vigente sobre “arribadas forzosas”: cuando un barco se encontraba en dificultades, en imposibilidad de navegar o en  riesgo de naufragar, le era permitido desembarcar en cualquier puerto.

Entonces, cuando algún navío se veía “forzado” a atracar en el puerto de Buenos Aires, su carga era desembarcada y rematada en pública subasta, a precio vil, siendo los “confederados” sus infalibles compradores. Tal procedimiento, que se haría común, recibió el nombre de “contrabando ejemplar”.

“Hernandarias”, leal a sus rigurosos principios, se opone a esa forma de corruptela y logra que en octubre de 1602, también a instancias del interesado virrey de Lima, el Rey de España dicta una cédula ordenando la expulsión de todos los portugueses de Buenos Aires. Estos llegaron a ser tantos y tanto su poder que el Plata era, virtualmente, un enclave comercial del Portugal, que en 1640 proclamaría su independencia de España.

Las razones de la expulsión: “estar esa gobernación llena de gente de esa Nación, sospechosos en asuntos de fe”. Eran tiempos de Inquisición.

Imaginable es el escándalo provocado. Los mercaderes porteños ponen en acción sus influencias y sus sobornos y logran que el obispo de Asunción, Fray Loyola, dictamine ingeniosamente que la cédula real fuese “reverenciada pero no cumplida”. Porque el rígido monopolio a que la metrópoli sometía a sus colonias y la escasa demanda de sus productos hacían que el contrabando fuese para muchos en Buenos Aires, Tucumán, Córdoba y Santiago del Estero la única posibilidad de subsistencia. “No hay cosa en el puerto tan deseada como quebrantar las órdenes y deseos reales”, se quejaría el gobernador Dávila en 1638.

Sintiéndose fortalecidos los “portugueses” intensifican su comercio ilegal: abiertamente descargan en el puerto negros y manufacturas europeas que siguen camino, a lomo de mula, hacia los mercados de Potosí, Cuzco y Lima. Las naves, antes de emprender el retorno, cargan harina, cebo, y, lo más sustancial: plata potosina en monedas o en pasta.

Sin rendirse, “Hernandarias”, solicitó en Madrid el envío de “pesquisidores” de confianza de la Corona para investigar y sancionar la conducta de los funcionarios corruptos, cómplices de los mercaderes.

En 1605 llegan el tesorero real Simón Valdez y el escribano Juan de Vergara, ambos con fama de incorruptibles.

Pero Buenos Aires y sus hábitos comerciales harán su efecto y al poco tiempo ambos serán cabecillas de la banda de funcionarios y contrabandistas cómplices que dominan el mercado porteño, a los que el “caudillo” denominará los “confederados”.

Es un comercio de elevadísima rentabilidad si se considera que hacia 1630, en Buenos Aires, un esclavo costaba cien pesos, mientras que el traficante que lo adquiría en África pagaba cuarenta. Era revendido a Potosí, plaza preferida por su necesidad de mano de obra esclava para las minas, donde se pagaban ochocientos pesos. En Santiago de Chile se vendían a seiscientos, en Lima a cuatrocientos cincuenta y en Cartagena a trescientos pesos.

Es ésta una de las razones por las cuales pocos negros se afincaron en nuestro territorio: el beneficio estaba en venderlos y no en conservarlos (15, 65, 85, 132, 140).

 

  

 

15. UN DILEMA DIFÍCIL

 

                   “Allá un chiste, (...) que manifiesta el carácter de los tucumanos.

                     “Prendieron éstos a un mestizo que había robado dos mulas, y lo estaban amarrando a un tronco. Llegó el capataz y preguntando qué sacrificio iban a hacer, le dijeron los peones que iban a arrimarle cuatro docenitas de azotes.

                     “El capataz, que es reputado entre ellos como jefe soberano, les dijo que no hiciesen con aquel pobre semejante inhumanidad, y que lo despachasen libre y sin costas cortándole los  cojones.

                     “La miserable víctima apeló de la sentencia y aceptó la primera, porque temió las resultas de la segunda en un sitio donde no había cirujano ni boticario.

                    “Confieso que si yo me hallara en tal conflicto dudaría mucho sobre cuál de los dos partidos me convendría elegir, porque he visto a un tucumano, de un chicotazo, abatir al suelo a un negro robusto y soberbio, y dejarlo casi sin aliento. Supongo yo que los azotes no serían de este tamaño, porque, no digo a las cuatro docenas, pero a los cuatro, no quedaría pellejo, carne ni hueso, que no volasen por su lado” (42).

 

  

 

16. LOS HOMBRES ALEGRES

 

                   Nuestros gauchos fueron originariamente denominados, algo despectivamente, “gauderios”, del latín “alegrarse”.

                   Vivían una existencia libérrima, en estrecho contacto con una naturaleza generosa que les procuraba lo necesario para su subsistencia.

                    Eran virtuosos en “cazar” al ganado cimarrón que en grandes rebaños pastaban en la pampa inmensa y sin límites. Con largos palos terminado en una medialuna de metal “desjarretaban” a las reses cortándoles los tendones y los nervios de sus patas traseras, derribándolas por tierra.

                   “(...) lo más prodigioso es verlos matar una vaca, sacarle el mondongo y todo el sebo que juntan en el vientre, y con sólo una brasa de fuego o un trozo de estiércol seco prenden fuego a aquel sebo, y luego que empieza a arder y comunicarse a la carne gorda y huesos, forma una extraordinaria iluminación, y así vuelven a unir el vientre de la vaca, dejando que respire el fuego por la boca y el ano (...)” (42).

                   Cuenta también el asombrado testigo que a las reses “desjarretadas” las dejan tendidas en el campo, bramando agónicamente “hasta el día siguiente, que las deguellan y dividen ensangrentadas”. Suponen que así será más sabrosa la que “llaman carne cansada, y yo envenenada”.

                   Es tan abundante y tan accesible la carne, “una abundancia perjudicialísima”, que hasta los ratones se cansan de alimentarse con ella y entonces “se comen los huevos y aniquilan los pollos sacándolos de debajo de las alas de las gallinas”.

                  De esta abundancia resulta también la multitud de holgazanes, los “gauderios” o “gauchos”.

                   “Mala camisa y peor vestido, procuran  encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla”.

                   Hombres sin hogar, enamorados del horizonte, apuntados al desafío, “se hacen de una guitarrita que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores”.

                   Enemigos declarados del trabajo  “se pasean a su albedrío por toda la campaña (...) y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando”.

                  El viajero asturiano, comisionado por la Corona para la organización del correo y postas entre Buenos Aires y Lima, continúa su “Diario” de viajero: “Muchas veces se juntan de estos cuatro o cinco, y a veces más, con el pretexto de ir al campo a divertirse no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo (...) A veces matan una vaca o un novillo sólo para comer el matambre (...) otras más solamente por comer una lengua, que asan en el rescoldo”.

                  A medida que la pampa va teniendo dueños y que desjarretar una vaca y comerla es considerado un delito contra la propiedad privada, la situación del gaucho va deteriorándose, condenado a la marginalidad y a la pobreza. Ya no será un “hombre alegre” sino “un vago y ocioso, que no tiene otro modo de subsistir que robando” (Bando del Cabildo de Buenos Aires, 1642).

                  Se autorizó la “leva” que los enganchará en el ejército, donde cumpliría las tareas más degradadas y las más peligrosas, o caían en las “requisas” que los obligaban, por un infamante pago en “vales”, a deslomarse en las cosechas (62).

 

 

  

 

 

 

17. EL VERDADERO Y ÚNICO ANTEMURAL

 

     

                   Fueron varios los motivos que determinaron la creación del Virreynato del Río de la Plata en 1776.

                   1)El crecimiento en importancia de Buenos Aires, debido a su actividad comercial tanto legal como ilegal, ya sin la competencia de “Colonia del Sacramento”, y erigiéndose como el principal puerto hispánico del Atlántico Sur a pesar de los persisitentes obstáculos interpuestos por la debilitada Lima. En 1676 se logra desplazar  la “aduana seca” que ésta había forzado en Córdoba, como forma de disminuir el contrabando porteño, hasta Jujuy, con lo que se anticipaba por razones de rivalidad comercial el que muchos años más tarde sería el límite norte de nuestra Argentina.

                   2)El informe, en 1770, del fiscal de la Audiencia de Charcas, Tomás Alonzo, enviado al Tucumán para encontrar una solución al desorden político y administrativo. Su opinión fue lapidaria y proponía separar del Virreynato del Perú a Buenos Aires, Tucumán y Paraguay, bajo el gobierno de la primera.

                  3) La organización, por parte de Portugal, aliado con Inglaterra, del Virreynato del Brasil con el evidente propósito de ampliar su territorio hacia el sur, como compensación de la ya inevitable pérdida de las colonias británicas en la América del Norte. Por otra parte, la intervención inglesa en América del Sur vengaría el apoyo de la Corona española a los insurgentes del norte. Pero el principal motivo expansionista de las dos  potencias aliadas era garantizar más mercados para la creciente producción británica, embarcada ya en la revolución industrial.

                   4)El conde de Floridablanca, hombre fuerte de Carlos III, organiza una poderosa expedición militar con el pretexto de vengar una afrenta del Bey de Argelia. Son nueve mil soldados experimentados y bien armados que se embarcan en una bien artillada flota. Su verdadero destino es el río de la Plata, para recuperar la región de “Río Grande” usurpada por Portugal.

                   El mando de la expedición es confiado al hábil y valiente Pedro de Cevallos, quien conoce la región pues ha participado en las guerras guaraníticas. Se le encarga también el mando político de todas las provincias que comprende la Audiencia de Charcas (Alto Perú, Paraguay, Tucumán y Buenos Aires), designándolo a cargo de un “provisorio” virreynato del río de la Plata mientras “se mantenga en esta expedición militar” por Real Cédula del 1° de agosto de 1776.

                   Se agregan los territorios de Mendoza y San Juan, hasta entonces formalmente pertenecientes al virreynato de Chile, pero en la realidad aislados de éste durante gran parte del año por los intransitables Andes nevados. Se completaba así un inmenso espacio con salida a los dos océanos, con 800.000 habitantes.

                   La provisoriedad se transformará, con el tiempo, en definitiva. Sobre todo porque la codicia de las otras potencias no disminuirá, como lo demuestran las peripecias de las Islas Malvinas, enclave estratégico para dominar el estrecho de Magallanes.

                   El sentido defensivo-militar del nuevo virreynato, que venía a sumarse a los del Perú, Méjico y Nueva Granada, es claro en la carta de Cevallos al ministro Gálvez del 28 de noviembre de 1777:    “(...) es el verdadero y único antemural de esta América, a cuyo fomento se ha de propender con todo empeño (...) es el último punto en que ha de subsistir o que ha de perderse la América meridional”.

                   La inclusión del Alto Perú, hoy Bolivia con la riqueza minera de los dominios de “El Rey Blanco”, sumada a la que resultaba del intenso tráfico de Buenos Aires, garantizaba la financiación del amplísimo virreynato.

                    No se recuperará la rica y extensa zona del Río Grande, porque, nuevamente, la diplomacia española por el “Tratado de San Idelfonso”, en otra pésima negociación, canjea “Colonia del Sacramento”, obstinadamente reconquistada por los portugueses, por “Río Grande” y la estratégica isla de “Santa Catalina”.

                    El persistente conflicto con el expansionismo de nuestros vecinos se mantiene aún después de la independencia argentina y es ése uno de los motivos por los que, años más tarde, por torpeza y corrupción de nuestros sucesivos gobernantes, además de dichas riquísimas regiones hoy brasileras, se perderán también Bolivia, Paraguay y Uruguay del que fuera nuestro territorio virreynal (92, 102, 138, 158).

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18. EN BUENOS AIRES, NINGUNA

 

    

   

                     La libertad de comercio, ilegal o legal, es decir la incorporación del río de la Plata a los mercados controlados por Inglaterra y naciones asociadas como Portugal , no sólo perjudicaba a España que así veía quebrado el monopolio comercial con su colonia, sino también a las precarias producciones de nuestras provincias, que debían competir con telas, vajillas, vestimentas elaboradas industrialmente, de mejor calidad y más barato.

                   “Las provincias tenían un gran comercio. Córdoba surtía de bayetas, frazadas finas  ordinarias, ponchos, de unas alfombras que decían ‘chuses’ y eran los que tenían en los cuartos para abrigo, porque las alfombras para las salas sólo venían por encargo.

                    “De Corrientes venían unos lienzos que les decían tucuyos, costaba dos reales la vara y era de lo que se vestía la gente pobre; porque el género blanco más ordinario costaba un peso y seis reales.

                     Es Mariquita Sánchez de Thompson quién hará esta enumeración en su “Recuerdos del Buenos Aires virreinal”:

                    “En las provincias había industrias; en Buenos Aires, ninguna. De Mendoza venían alfombras para ir a la iglesia, hechas allí con mucho ingenio. También hilaban las lanas y las teñían de los colores más hermosos y hacían las alfombras de relieve, lo que era muy estimado. Venía de Mendoza mucha cantidad de frutas secadas riquísimas. Las pasas de uvas secas a la sombra era muy estimadas; tenían todo el gusto y eran verdes a la vista. Traían ricos dulces muy apreciados entonces, sobre todo, por ser de frutas como guindas y ciruelas, que había muy pocas. Traían aceitunas muy ricas, compuestas y secas como las francesas. Muchas almendras y nueces; arrropes, que eran unos dulces hechos con higos en lugar de azúcar. Traían vinos de varias clases, preferidos por el pueblo al carlón, que era el vino que se traía para el consumo, desde España. Venían de San Juan tropas de mulas con barriles de vino fuerte, imitando al Madeira, muy claro, pero con mucho aguardiente. De Córdoba venían también muy ricos dulces y cosas de azúcar, hechas de un modo muy original: tazas, zapatos, muñecas, confites, cosas muy estimadas. Venían de Salta ricos pañuelos bordados de Cambray, era cosa muy apreciada y celebrada como regalo”.

                   Que a nadie escape el “en Buenos Aires ninguna”. Allí no se producía, sino que se comerciaba y se recaudaba de la aduana, además de vender lo que casi espontáneamente generaban la agricultura y la ganadería.

                   Esas diferencias entre el puerto que crecía a favor del comercio ultramarino y las provincias que debían adaptarse a novedosas circunstancias que las desfavorecían pues los intercambios comerciales ya no tendrían como eje el camino entre Lima y Buenos Aires, instituyen un conflicto que atraviesa la historia argentina, irresuelto hasta hoy.

                   La “Rubia Albión” desplaza a “El Rey Blanco”. Y lo hará por la fuerza, con desparpajo, como en las fracasadas intentonas de 1806 y 1807, o solapadamente, preparando el escenario para la revuelta de mayo de 1810 y apoyándola susterráneamente: el abogado de las empresas inglesas en el río de la Plata, Mariano Moreno, será el factotum de las primeras y decisivas acciones revolucionarias, y dos años más tarde, la fragata británica “George Canning” aportará a la sublevación que debilitaba a España, potencia rival de Gran Bretaña, aunque circunstancial aliada, la solución a su más grave déficit: la carencia de un jefe militar capacitado para arrancar a la Corona ibérica su colonia americana más pujante.